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2ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 12 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Corrida de Hernández
Plá, muy bien presentados, de imponente y astifina arboladura. Al 3º,
bravo y noble, se le dio la vuelta al ruedo. El resto, a excepción del
2º, cumplió en varas, aunque presentó problemas en el tercio final; 4º
y 5º, aplaudidos en el arrastre.
Diestros:
- Dávila Miura,
cinco pinchazos, media, un descabello -aviso- y dos descabellos
(silencio); tres pinchazos y media contraria (pitos).
- El Renco, cuatro
pinchazos, bajonazo, un descabello -primer aviso-, tres descabellos,
media tendida, cinco descabellos -segundo aviso-, y un descabello
(pitos); pinchazo, media tendida y descabello (pitos).
- El Cid, cuatro pinchazos,
estocada, cinco descabellos -aviso-, y cuatro descabellos (ovación);
cinco pinchazos -primer aviso-, media, descabello -segundo aviso- y
cuatro descabellos (pitos).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El Mundo, Marc
Lavie (en francés).
El País.
Antonio Lorca. Vuelta
al ruedo para "Guitarrero"
Vuelta al ruedo para Guitarrero, un cárdeno bragao meano, número
47, de 521 kilos de peso,nacido en noviembre de 1997 y perteneciente a
la ganadería de Hernández Plá.
Vuelta al ruedo para un toro bravo y noble que acudía con codicia al
cite y perseguía una y otra vez la muleta con el hocico por el albero.
Vuelta al ruedo para un toro que derribó en la primera vara y galopó
de lejos en la segunda, en la que apretó con fijeza y riñones en un
puyazo inmensamente largo.
Fue el toro más recogido de una corrida de imponente y astifina
arboladura, y, desde su salida al ruedo, cantó sus cualidades: embistió
de largo al capote que le brindaron y permitió tres verónicas
apretadas. En la muleta se desbordó su nobleza y persiguió una y otra
vez la franela, hasta conseguir que la plaza, puesta en pie, solicitara
el premio de la vuelta al ruedo. Así, despacio, recibió el homenaje
desbordante de una afición que fue feliz mientras duró la lidia de un
toro excepcional.
¿Y el torero? Al torero hay que condenarlo a galeras. Bueno, al
menos habría que encerrarlo en un matadero un año entero para que
aprenda a matar los toros. Se le conoce por El Cid. Pero, ¿cómo tiene
este hombre la osadía de llamarse El Cid con lo mal que maneja la
espada? El Campeador estará removiéndose en su tumba después del
petardo de su pretendido sucesor.
Manuel Jesús, que es su nombre de pila, ha perdido la oportunidad de
su vida. Se le ha ido un toro, se le ha ido la feria y quién sabe lo
que se habrá ido después de verlo pinchar mil veces y descabellar unas
quinientas. Manuel Jesús tenía el destino escrito: iba directo a la
gloria, y se empeño en cambiarlo para dirigirse al olvido. Los
misterios de las personas humanas son, a veces, insondables.
Porque El Cid, y esto es lo grave, toreó a ese toro como los ángeles.
Lo citó desde los medios, aguantó la acometividad del animal y trazó
una destemplada pero emocionante tanda de redondos, abrochados por un
largo pase de pecho.Continuó por ese lado, y toro y torero alcanzaron
la gloria con derechazos excelsos, profundos, templadísimos y
perfectamente ligados. A continuación, naturales de menor calidad, pero
igualmente vibrantes, dos naturales más y unos ayudados por bajo de
gloriosa plasticidad.
En aquel momento, la plaza estaba absolutamente entusiasmada, incrédula
ante tanta belleza.
El Cid monta la espada, y uno, dos, tres y cuatro pinchazos (¡qué
pena!); y una estocada y cinco descabellos (¡pero, bueno este
chaval...!), y un aviso y cuatro descabellos (¡que no, hombre, que así
no se puede ser torero...!). Repitió el mítin en el sexto y le
pitaron, como era de esperar.
También hizo el paseíllo Dávila Miura, triunfador en Sevilla y
torero arrugado en Las Ventas. Sus toros presentaron dificultades, pero
él se mostró incapaz de superar la papeleta. Mató peor. El Renco se
afligió ante el manso segundo y se rajó ante el encastado quinto. El
compromiso le vino muy grande.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. «Guitarrero»
toca a gloria para Santa Coloma
«Guitarrero» tocó a gloria para la línea
Santa Coloma de Hernández Pla. Otro nombre para la historia de los
toros inmortales. Afinada llevaba la sangre de bravura, fijeza y
nobleza; cuerdas que sonaban con el tranco alegre, la galopada larga, el
hocico por los suelos; música preciada para los oidos del aficionado y
para la muleta de cualquier torero que sueñe con la Puerta Grande de
Madrid.
«Guitarrero» fue el más santacoloma de los seis en todo, en
apariencia y fondo. Hermanos suyos hubo con aparato impresionante,
pitones para quitar el hipo al más pintado, alzadas, volúmenes y
características que no corresponden al encaste del que se supone
proceden. El pelaje quizá fuese el único lazo de unión con el árbol
genealógico original. José Antonio Hernández Tabernilla conocerá el
secreto para haber logrado toros como el segundo, cornalón y
desafiante, astifino de punta a cepa, montado e inmenso, lustroso y
fuera de tipo, en definitiva y con perdón.
Pero estábamos con «Guitarrero», más asaltillado de cara, bizco,
recortado y bajo de agujas, que descolgó la embestida desde los lances
de saludo de El Cid. En cuanto vio al caballo, allá que se fue, como
una exhalación. En los terrenos del «1», cerca del «10», sorprendió
al piquero, que cayó por el otro lado en impresionante costalada.
Sacaron rápido al encastado animal del peto, apenas sin sangrar. El
segundo encuentro fue otra historia: «Guitarrero» se empleó a fondo,
metiendo los riñones, abajo la cornamenta. Se escuchaba el regocijo de
la afición, que esperaba un tercer encuentro con el caballo que el
presidente abortó, una vara que hubiera justificado luego completamente
la vuelta al ruedo en arrastre. Faltó tanto para el público como para
el torero en la muleta.
El Cid brindó en los medios y citó en largo, presentado el engaño en
la derecha, sin probaturas ni ahormamientos; «Guitarrero» se comía el
trapo rojo, repetía y repetía. El sevillano bajó la mano y la corrió
con largura al ritmo trepidante que marcaba su oponente; mejoró en la
siguiente tanda, diestra también. Cambió de pitón, y el toro «tocaor»
seguía con su comportamiento extraordinario. Un par de tandas, no
abundantes, y unos ayudados y trincherillas para cerrar al santacoloma
en la raya. Allí se sucedieron unas dobladas bellas e inacabadas. Y
entonces la espada, Tizona o no, la más fiel aliada del mítico
reconquistador, se interpuso en el camino del triunfo. Así no se tira
uno a matar, hombre de Dios. El mitin espadachín no robó de la memoria
colectiva los momentos conseguidos, que provocaron la ovación aun después
de los incontables fallos con los aceros. En el tercio, lágrimas
asomaron por los ojos del guerrero, que sabía que en la vuelta al ruedo
en el arrastre, en la ascensión del alma de «Guitarrero», se le iba
el tren de su vida.
Como «Guitarrero» no hubo otro en la corrida de Hernández Pla, dura
de pezuña, dura de torear y dura de matar, sobre todo en manos tan
inseguras e indecisas como las de Dávila Miura, El Renco y El Cid. No
recordaba uno un petardo tan repartido y compartido con los aceros, y a
la ficha me remito. Mas los pupilos de Hernández Tabernilla trajeron
emoción, con sus complicaciones y su movilidad de cara alta.
En estos blandengues tiempos, corridas como ésta despiertan los
instintos básicos que sostuvieron siempre la Fiesta. Ahora que realizar
el toreo como se concibe hoy parece difícil. Porque saltaron toros,
como el cuarto, que engañaba con su prontitud de arrancada, porque
luego carecía de tranco y no se desplazaba en la muleta. O el pavoroso
segundo, armado con un par de puñales que dejaron a El Renco sin
recursos ni aliento con la espada. Por poco no escuchó los tres avisos.
El joven alicantino ya no recobró la respiración y con el quinto, que
se tragaba los muletazos por el pitón izquierdo, presentó la rendición
incondicional y entregó la bandera sin batalla.
Dávila Miura se estrelló contra el mencionado cuarto y contra el que
abrió plaza, que a izquierdas, suele pasar y no es por ofender, iba al
bulto con mala fe. Ni uno ni otro le redimen esas maneras precavidas de
afrontar el volapié.
No digamos El Cid para despedirse del sexto, al que sacó derechazos de
mérito y que de nuevo desperdició con el acero. Otros dos recados
presidenciales sonaron. Una verdadera pena.
El Mundo. JAVIER
VILLÁN. El Cid perdió la rendición de Las
Ventas
A las 20 horas 10 minutos de la tarde pudo El Cid haber conquistado
Las Ventas, pero le falló la espada y no hay conquista que valga.
Madrid, castillo famoso que al rey moro alivia el miedo, se le había
entregado sin reservas. Buena parte de culpa de esa entrega la tuvo el
toro, un hernandezplá que derribó en la primera vara y luego se entregó
con generosidad y nobleza en otras dos entradas. Se agarró bien el
picador, mas quien se agarró de firme fue El Cid.
Faena corta e intensa, faena exacta: dos tandas de redondos citando
de lejos, embarcando la embestida, bajando la mano, rematando atrás. Y
ligando. O sea, esas minucias, esos tópicos, esos gestos baladíes de
los buenos toreros a los que cada vez se da menos importancia; dos
tandas de naturales, discontinua la primera con un tercero sublime; y
sublime, de verdad, la segunda, de parecidas características a las
apuntadas en los derechazos.Y cuatro pases de pecho como cuatro
monumentos. La gente pedía más aunque la obra estaba consumada.
Faltaba lo que, con razón, se llama la suerte suprema, que es la que
verdaderamente corona la obra bien hecha.
Y tras los trincherazos y el toreo por bajo, rodilla en tierra, todo
estaba preparado para el triunfo. ¿Les cuento lo que ocurrió luego con
espada y descabello? Mejor no: una escabechina impropia de quien había
toreado tan bien. Porque lo malo no fue que pinchara y descabellara
reiteradamente, lo peor es que haciendo la suerte de esa forma no se
puede matar. Ayer no pudo conquistar Las Ventas en circunstancias en las
que Las Ventas estaba ya rendida. Porque justo a las 21.20 horas, con el
encendido de las luces, la gloria se le escapaba definitivamente a El
Cid. Ensayaba el derechazo y el toro se le venía al pecho con
intenciones homicidas.El sexto ya no era el tercero. Pero El Cid seguía
siendo el mismo en su desastroso manejo de espada y descabello. Otra vez
la angustia de su incapacidad de matador, acrecentada por los dos avisos
y una amenaza inminente de devolución.
Desde que en el burladero de capotes, cuando Dávila Miura trataba de
parar al toro primero y el toro por poco lo echa al callejón, se vio
claro quién iba a imponerse a quien. El hernandezplá tenía la intención
dividida. O sea, que era un poco esquizofrénico: pastueño por la
derecha y proceloso por la izquierda. A Dávila Miura le impresionaron
igualmente ambos pitones de naturaleza tan distinta: dos clases de
embestida y un solo toro verdadero.No se fio del derecho y tomó
distancias por el izquierdo que le lanzaba navajazos tabernarios. Y
tampoco se fio al matar.La verdad es que Dávila Miura no se fiaba ni de
su sombra.
Muy lejos de ese torero dominador, aunque limitado, perdió la brújula
en el primero y no pudo recobrarla en el cuarto. No es que estuviera en
un mar de dudas; es que era la encarnación esencial de la duda, la duda
existencial, la duda física y metafísica.Eran, precisamente, toros a
los que no se podía dudar; toros con dificultades, algunas menos el
primero, a los que había que hacer sentir el principio de autoridad.
Pero da la impresión de que, tras sus triunfos de Sevilla, la autoridad
le ha abandonado.
A El Renco, fino estilista en sus inicios y, por lo visto ayer,
absolutamente desnortado, le impresionaron los dos dalles, o sea guadañas
mortíferas que esgrimía el segundo. Eso naturalmente no justifica el
naufragio que, de esa mala impresión inicial, ya no se recuperó en
toda la tarde. Le ahogaron las olas de mansedumbre, la tormenta que se
encrespaba en las buidas cumbres de aquellos dos pitones del hernandezplá.
Y no supo qué hacer ante el quinto que no presentó dificultades
insuperables. Lo insuperable eran las ideas opacas y oscuras de El
Renco; una voluntad que ignoro si era esforzada o frágil, pues anduvo
siempre sin definir. Y gracias a que el reloj del señor Sánchez era de
ritmo lento, su primer toro no volvió a los corrales.
Al final, mientras unos eran despedidos con pitos y otros, El Cid,
con aplausos, el mayoral de la ganadería de Hernández Plá salió a
saludar. Y creo que con todo merecimiento. La corrida no fue un bombón,
sacó problemas a espuertas y algunos toros mansearon también a
espuertas. Pero tuvo todas esas virtudes que los toreros llaman defectos
y que no quieren ver ni en pintura: raza, poder, instinto agresivo. Y un
toro, el tercero, que pudo encumbrar a El Cid.
Marc
Lavie. ÉVÉNEMENT TORISTA.
La présentation de la corrida de Hernández Pla
constituait à elle seule un événement. Il est, en effet, exceptionnel,
de voir réunis dans un seul lot six toros aussi impressionnants d'armures
et aussi sérieux de présence, qui plus est dans un encaste, comme celui
de Santa Coloma, qui n'est pas réputé pour donner des toros d'apparence
terrifiante.
Les toreros ne furent pas à la fête, car chaque
animal sorti du toril exigeait la carte professionnelle. Mais pour
l'aficionado torista qui sommeille en beaucoup d'entre nous, ce fut un régal.
Car lorsque le vrai toro est en piste, le spectacle, s'il n'est pas
toujours brillant, reste passionnant.
Les toros ont été braves au cheval, plutôt mal que
bien piqués, poussant la tête basse et ne fléchissant jamais. Ils ont
été maîtres du rond pendant deux heures.
Le point d'orgue fut le combat du troisième,
"Guitarrero", qui peut d'ores et déjà être considéré comme
l'un des toros de cette feria. D'un type plus saltillo que santa coloma,
il prit bien la cape du Cid qui sortit décidé et dessina trois jolies véroniques.
À la première rencontre, il renversa violemment le picador José Manuel
Espinosa contre les planches, en poussant en brave. Il prit la deuxième
pique en s'élançant de loin, plaquant à nouveau le cheval aux planches
et mettant les reins. Le Cid dédia la faena au public et se plaça d'entrée
au centre. Ce fut une faena courte, constituée de quatre séries de trois
passes, données avec un temple inégal mais avec bon goût et sincérité,
se détachant la première série de naturelles. Il nous sembla manquer au
moins une autre série à droite, car le toro était d'une classe
extraordinaire sur cette corne. Le Cid termina par de jolies aidées par
le bas mais, avec l'oreille en poche, sabota tout avec l'épée. Il
s'accorda beaucoup moins avec le sixième, qui prit bien la muleta lorsque
le torero se centra sur la droite, mais la faena se dilua dans les doutes
et les imprécisions et la mort s'éternisa en longueur.
Le premier, sérieux mais très typé, prit deux piques
avec insistance mais sortit seul des leurres. Dangereux à gauche, il possédait
un parcours noble mais court à droite. Dávila Miura l'aborda bien,
muleta en avant, mais ne prolongea pas l'effort. Le quatrième freina dans
la cape et prit trois piques appuyées, la troisième imposée par le président.
L'animal garda d'ailleurs le manche et la pique sur le dos. On lui ôta le
manche, mais point la partie métallique qu'il garda dans le corps. Ce
toro sérieux et court de charge déborda complètement la cuadrilla et la
faena tourna court, Eduardo ne se confiant guère.
Quant au Renco, il a été dépassé et sembla bien léger
pour la bataille. Le deuxième prit trois piques avec force mais chercha
l'homme dès la deuxième passe de muleta. Le torero alla prendre l'épée
au bout de deux minutes et prit… deux avis ! Imaginez son calvaire avec
l'acier. Il ne se rattrapa guère avec le cinquième, brave en trois
piques, distrait dans ses charges, devant lequel il ne fit que danser
avant de tuer péniblement.
Les trois toreros furent désastreux avec les aciers.
J'ai comptabilisé un total de 25 pinchazos et 27 descabellos… Le public
salua l'entrée et la sortie de chaque toro par une ovation. C'était une
vraie corrida de toros, sans qu'on ait de honte à l'écrire. La barre
"torista" de cette San Isidro est désormais très haute. (M.L.)
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