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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 9 de marzo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Festival homenaje a Manuel Vidrié
Ganadería: Reses de distintas
ganaderías.
Caballeros:
Diestros:
Entrada: media entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC
El País.
MIGUEL ANGEL CUADRADO. Destellos
para el maestro
Los tendidos de Las Ventas no se poblaron convenientemente en el primer festejo de la temporada. La ocasión lo merecía, pues se homenajeaba al maestro Manuel Vidrié, y, además, en el cartel había espadas de los llamados de arte, que son del gusto de la afición de Madrid. Pero así es la vida, nunca llueve a gusto de todos, como lo hizo el domingo pasado, fecha en la que no fue posible este espectáculo en el que tan sólo hubo destellos de torería y arte, una vez que el tiempo fue benigno y se pudo celebrar el festival.
Los novillos toros de distintas ganaderías dieron un juego muy desigual, y además adolecieron de casta y fuerzas, y de ahí que los resultados finales no fueran muy brillantes.
Pero habíamos quedado en que hubo destellos que le fueron brindados al maestro Manuel Vidrié, y éstos tuvieron luz propia, en el caso de un Julio Aparicio que vino animoso, y le dio fiesta a un novillo toro de Daniel Ruiz con capote y muleta, sin redondear, aunque sí con chispazos de arte que le serían muy aplaudidos.
Recogió Aparicio de capote, en lances flexionando la rodilla, y otros erguida la planta, de factura irregular, pero arrebujado, más embraguetado en los instantes de mejor logro, natural, y tuvo detalles, recortes y lances preciosistas, al poner al toro en suerte frente al caballo, que gustaron una barbaridad.
Aparicio se lució en el quite, a base de una verónica, media y larga, y luego realizó una faena de muleta que empezó con muletazos de vuelo alto, al sacarse el burel hacia las afueras, y que después transcurrió en los medios, en series de naturales y derechazos en las que, a falta de ligazón, hubo pases de muchos quilates, en trincheras, ayudados y los de la firma, en donde siempre hubo torería. Sin cuajar faena, dejó muestras sobre el albero de arte, empaque y marchosería.
João Moura actuó en primer lugar y le ofreció a Vidrié una lidia a caballo templada y clásica, en la que sacó partido del manso y aquerenciado en tablas torillo jabonero, con la sorpresa de alternar a caballo en el tercio de banderillas junto a su hijo, un chavalín que demostró buena escuela, sobriedad y maneras, dando con el padre una merecida vuelta al ruedo. Actuó a caballo después Leonardo Hernández, que estuvo suficiente en la lidia y en el momento de clavar banderillas a una mano, aunque fue en un par a dos manos donde estuvo más lucido. Torpe con los rejones de muerte, se llevó un silencio final.
Pepe Luis Vázquez, en fin, no estuvo a gusto con su colorao, de nombre Barbudo, ni al recibirlo de capa ni al trastearlo de muleta. El manso ejemplar tenía su aquel de geniecillo y el torero sevillano abrevió. Para qué molestarse con el malaje, se diría el particular y asolerado espada del barrio de San Bernardo.
Otro que también dibujó sobre el albero venteño varios destellos artísticos fue Curro Vázquez, que ante el noble y flojo ejemplar que tuvo entre sus manos toreras no escatimó unos lances largos y profundos en el turno de quites, y tales naturales de frente que se paladearon con gusto.
El veterano Ruiz Miguel puso de su parte en el noble castaño de Torrealta, y llegó a trazar una serie de redondos despaciosos, para terminar metido entre los pitones y mandar en la situación. Tablas no le faltan.
Hizo el paseíllo Manuel Vidrié, sujeto sobre su caballo, para agradecer las atenciones de la afición, esa que tiene en su memoria tantas tardes de gloria que el auténtico maestro en el toreo a caballo supo recrear para dignificar esa lidia del toro bravo que está en el origen de la Fiesta con mayúsculas. Y de verdad que se emocionaron hasta las tejas del techo de la plaza que es cátedra y misterio.
ABC. JOSÉ LUIS SUÁREZ-GUANES.
Julio Aparicio volvió por sus fueros en el festival de Manolo Vidrié
El festival homenaje al gran rejoneador madrileño Manuel Vidrié resultó de lo más emotivo. El caballero en plaza salió capitaneando a las cuadrillas en el paseíllo. Posteriormente, realizó alardes sobre el equino al unísono con sus compañeros. Fue una pena que el público no llenara la plaza, como correspondía al recuerdo del gran torero a caballo y a los componentes del cartel.
Lo más importante lo realizó Julio Aparicio en el sexto. Se vislumbró, y a veces se vio con total fulgor, su gran toreo de capa al recibir a su antagonista. Las ovaciones de los prolegómenos continuaron cuando Julito llevó al toro al caballo y, posteriormente, al ejecutar un estupendo quite por verónicas. Tanteó con donaire, con ese soplo de los grandes toreros artistas. Andándole con gusto a su rival, sintiéndose, poniendo ángel en el pase del desprecio. Extraordinarios los pases con la derecha, unidos a un derroche de gracia, en la segunda de las dos series ejecutadas. Pareció que la tendencia genuflexa del bovino iba a impedir la continuidad, porque el diestro no se terminó de acoplar con la izquierda en un primer tramo. Pero, tras estar en buen tono con la derecha, otra vez, llegaron unos naturales que enardecieron a los espectadores. Media estocada rápida y en su sitio y el convencimiento general de que este torero debe volver a los ruedos para poner las cosas en su sitio, aunque sea, simplemente, porque torea mucho mejor que el 95 por ciento de los que se visten de luces. Por no decir el cien.
Torería de Moura y su hijo
Después de lo de Aparicio, lo mejor lo hizo el rejoneador portugués Joao Moura. Supo sacar a su rival de su tendencia a las tablas. A partir de la suerte de banderillas toreó en colleras con su hijo, del mismo nombre y en edad aún impúber. Si el veterano puso su maestría, su clasicismo y su saber hacer, su retoño combinó las dosis de entusiasmo con una torería que le viene de herencia. Mató el progenitor de un rejón mortal y no entiendo cómo no le concedieron la oreja, aunque recorrió el anillo.
Leonardo Hernández -el otro torero a caballo del festival- anduvo bien con los rejoncillos previos y desigual con las banderillas. Su oponente también tenía tendencia a los adentros y Leonardo lo supo desengañar, pero no anduvo a altura con las armas toricidas.
Ruiz Miguel hizo buenas cosas en el cuarto con capa y muleta. Tuvo que cuidar la poca fuerza del burel de Torrealta. Muy bien en dos tandas de derechazos y sin poder rematar la primera con la izquierda por caída del rival. Puso suavidad y tacto en el resto de la faena, para acabar con un final de toreo de cercanías y una deslucida forma de matar.
A Curro Vázquez se le vieron cosas al veroniquear, sobre todo en un quite en el que dejó estela de su reconocido arte. Tardó en encontrar el entente con la franela, pero al hacerlo llegaron unos naturales realmente armónicos y artísticos. Aderezó el guiso torero con pases de trinchera y, pienso, debió de dar la vuelta.
Se esperaba, como siempre, a Pepe Luis Vázquez con ilusión. El astado que le correspondió, de los Hermanos Lozano, entró andando desde que salió al ruedo. No hubo nada en el haber de Pepe Luis, pero sí atisbos y apuntes de Aparicio en un quite. A Pepe Luis le jalearon un par de muletazos con la derecha en los que pudo más la ilusión de la gente que el hecho en sí. Luego no vimos nada. Tampoco podía ser.
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