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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 3 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Novillada con picadores
Ganadería: Novillos de El
Ventorrillo, bien presentados, de juego irregular; 3º, noble y
flojo; 4º y 6º, encastados.
Diestros:
- Reyes
Mendoza, pinchazo en hueso y estocada trasera y caída (palmas);
media estocada delantera, que escupe, y descabello barrenando
(silencio).
- Javier Valverde,
pinchazo en hueso ballesteando y estocada saliendo prendido (oreja);
estocada desprendida (ovación).
- Salvador Vega, pinchazo, estocada delantera y desprendida, tres
descabellos -aviso- y descabello (silencio); pinchazo bajo y
estocada delantera (ovación)..
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, El Mundo.
El País.
M.A. CUADRADO. Satisfechos, que no contentos
A ver como nos explicamos. Hay que decir
que salimos satisfechos porque hubo novillos toreables, que además
apuntaron casta. Faenas de interés y emoción repartida entre los
novillos y la garra que los coletudos tuvieron a bien desplegar en
cuanto les dejaba la inspiración y el valor, eso que se tiene entre
pecho y espalda para ofrecer al respetable de la primera plaza del orbe
taurino. Pero no hubo arrebatos, olés desbocados y tampoco el personal
salió toreando por la calle, camino de mentideros, tascas y sus casas
respectivas.
Vamos, que sucedió algo más de lo que
suele ser habitual en cualquier tarde de toros, y que no es poco, aunque
nunca suficiente. Era la tercera de la miniferia, segunda de abono, y la
tarde corría fresca, aireada, para estar a tono, y los novillos de El
Ventorillo, de juego desigual y que en ocasiones metieron la cara con
casta, pusieron en bandeja algún triunfo que se escapó por falta de
entendimiento, rumbo y cabeza fría. Como le sucedió a Reyes Mendoza,
que se dejó esapar una oportunidad en su segundo novillo, encastado y
de embestida vibrante, por falta de acoplamiento y sentido del temple.
El novillero cordobés se estará
lamentando, de no haber podido conducir con temple y majeza los viajes
del castaño cuarto de la tarde. Refugiado en tablas, Mendoza dio series
cortas sin continuidad, hasta que el novillo se paró. Hábil con la
espada en esta ocasión, ya que suele ser un pinchauvas, recogió un
displicente silencio. En su primero, Reyes Mendoza dio su dimensión de
torero de quietud, personalidad y esos remates de series y tandas, con
pases cambiados por la espalda imprevistos y suigéneris que le
procuraron una tremenda voltereta sin consecuencias; o ese abrochar unas
verónicas de saludo con una larga cambiada de rodillas, postrado,
arrojado el ademán.
Oreja a Valverde
Javier Valverde arrancó una emotiva
oreja tras un espadazo de torero macho, del que salió prendido, y con
una paliza considerable. La faena de muleta había transcurrido a favor
del viento en los medios. Aguante, zapatillas clavadas en el albero y un
temple que se va manifestando y no siempre sale a flote. Dio la vuelta
al ruedo con parte del rostro cubierto de sangre y con la pierna
izquierda arrastras pasó a la enfermería.
Salió el salmantino a estoquear su
segundo novillo y eso lo hizo de verdad. Un estoqueador valiente y puro,
este Valverde. Y a la postre fue lo más destacado de su febril actuación.
La faena de muleta, firme, más limpia que la de su primero, sin ligar
las tandas del tardo y no repetidor novillo, templado en los obligados
de pecho. La espada pelín desprendida, mas la ejecución a ley de oro
del arte de matar. Muleta al hocico y apuntar el hoyo de las agujas. Ya
se sabe: torero que no hace la cruz, se lo lleva el diablo, que diría
el clásico.
El malagueño Javier Valverde en su
primero, poco. Algún natural o derechazo suave. El inválido, poco más
le dejaba hacer, salvo que se compadeciera de él. Y en su segundo, sí
señores, lo han adivinado, llegó lo mejor. Lances de saludo que
tuvieron prestancia; luego un trasteo en el que predominó la garra y en
el que no faltó el gusto y los adornos con majeza y la mirada en los
tendidos.
Desde los que no pararon de salir,
durante toda la tarde, voces que recomendaban eso de '¡cruzate!', '¡colóquese
bien, por favor!', o silvidos de protesta si aparecía el pico de la
muleta para citar. Entre los temblores, las nubes y el tímido sol
decoraban el marco venteño. Signos evidentes de que se acerca San
Isidro. Falto el agua.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Valverde
impuso su toreo de roca y mármol frente a los elementos
En tardes así, un caldito de Lhardy, por favor.
La temperatura invernal, los cuerpos ateridos, el toreo arrollado a
veces por el viento y la escritura helada como las cercanías serranas
de Madrid. Cualquier día la Comunidad decide tomarse en serio un
estudio que aporte soluciones que corten la ventosa condición de la
plaza. Aunque creo recordar que hace ya un puñado de años anunciaron
uno, que seguro que cuando se concluya, tras unas cuantas cornadas más
y un buen número de faenas frustradas, aportará una salida eficaz y
estética.
Si el viento imposibilita hasta el toreo de salón, no digamos ante
la cara de un toro. O se cuenta con la firmeza de Valverde para
imponerse al enemigo y a los elementos o se recoge la moral y los
trastos y se toma el camino de casa. Al joven novillero salmantino le
reprocharon luego la oreja conquistada, que al final es casquería,
estadística y motivo de discusión para los aficionados a la polémica.
Pero por encima del trofeo se situó a nuestros ojos un torero de roca y
mármol, aferrado a la arena como un lince al árbol. Ni rachas de aire
ni miradas inciertas. Nada sembró la duda en él, muy superior al
novillo de El Ventorrillo, que manseó en el caballo como la mayoría de
sus hermanos, manejables todos.
La mandona mano derecha se batió el cobre contra los golpes de Eolo
y una embestida que exprimió con reciedumbre; al natural el torete
echaba la cara arriba con incómodos cabezazos. Volvió al redondo
macizo, tras un circular invertido ligado a otro de pecho; el vendaval
zarandeó la muleta en los mismos medios pero no condicionó la voluntad
de hierro de Valverde. El pinchazo fue en todo lo alto, empujando con el
corazón. Atacó el segundo volapié con la misma rectitud, y el novillo
lo volteó mientras el acero lo hería de muerte. El público, que se
había decantado poco a poco por el esfuerzo valeroso, se conmovió con
la emotividad del percance, por fortuna sin consecuencias. Pañolada y
oreja, que ya está dicho.
Ante el colorao quinto, que manseaba y huía de la muleta, le sacó
muletazos sobre ambas manos, bajo los tendidos de sol. De nuevo, hubo
más torero que toro, que se apagó hasta acabar con medios viajes. La
estocada desprendida provocó otra petición, que había que mover el
esqueleto para desprenderse del frío. El presidente se mantuvo en su
sitio.
Reyes Mendoza se apuntó al carro de la valentía con su encastado
primero, y sufrió también otro leñazo sin cornada. Cuesta trabajo
enjuiciar su labor con el airazo que soplaba en este principio del
festejo. Quiso siempre ligar y a veces corrió la mano con sentido y
largura, estupendamente en una serie que acabó en una espaldina,
muletazo soez. Por hache o por be, y por la espada una vez más, no
remató. Fue bravo el cuarto en el peto y noble en la muleta, virtud
ésta común a la novillada. Hubo redondos notables en una faena que se
apagó a la par que las embestidas.
Salvador Vega trajo aromas del Sur en su debut. Tuvo más ocasión de
demostrarlo con el mansote último que con el anterior de su lote.
Aprovechó bien los viajes a favor de querencia. Evidenció su sello
rodilla en tierra tanto en el inicio como en el final de la faena. Y
entretanto creó derechazos caros, aunque anduvo ligero y acelerado con
la izquierda. Su corte con el capote refleja una clara influencia de
Morante. Debe ganar en consistencia.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Valverde, revolcón y regalo
La cornada, o el percance imprevisible, estuvo revoloteando toda la
tarde por Las Ventas. En los medios, Javier Valverde hizo un quite por
talaveranas; estaba descubierto y el viento lo descubrió más. El
viento es un toro marrajo, descastado y bronco, difícil de torear; el
viento puede ser una manada de toros enfurecidos, a veces una verdadera
estampida que hay que lidiar a favor de querencia. Y la querencia del
viento es enigmática e indescifrable: es la rosa de los vientos.
Lanceaba con buen son Reyes Mendoza y, en el último lance, el viento
se rebrincó. Y Reyes Mendoza se hincó de rodillas e improvisó una
larga cambiada que puso sobre su cabeza un huracán. El viento es un
tornado, una fuerza de la naturaleza que arruina faenas, estructuras de
faenas.
Sobre todo, cuando esas estructuras son inexistentes; porque los
banderazos y los enganchones no son cosa del viento. Valverde, en su
primero, quiso dominar la bronquedad del viento con voces estentóreas.
Y con voces no se domina nada. Viejos maestros que, con perdón, todavía
alcanzó uno a ver, se llevaban toro y huracán a las tablas, empapaban
la muleta en agua de botijo y el revoque de la arena, y si el toro no
lucía, brillaba la técnica torera del maestro. Grandes faenas se han
visto lidiando al viento y a los toros.
Reyes Mendoza, aunque con buen estilo e inspirado en algunos pases
sueltos, no supo lidiar ni al viento ni a los novillos enrazados. Reyes
Mendoza hizo el péndulo una vez, un pase por la espalda desbaratado por
el aire, y a la segunda que lo intentó, el novillo se lo echó a los
lomos y le pegó la paliza: el viento, pero sobre todo la mala colocación.
Porque ésa es otra; la amenaza del viento la agravan la impericia y el
desconocimiento.
El viento, sin embargo, tiene también cosas buenas: conmueve el
corazón de los espectadores, hace suspirar a los partidarios de las
plazas cubiertas y predispone al derroche rumboso a presidentes
sentimentales como el señor Muñoz Infante.
Entró a matar Valverde, salió revolcado y casi exánime, se escapó
de quienes lo llevaban a la enfermería, aletearon unos centenares de pañuelos,
y el señor Infante se encomendó al viento, cerró los ojos y sacó pañuelo
de oreja. ¡Bendita caridad! Mas, si el señor Infante quiere hacer
caridad, que funde una ONG al margen de Las Ventas del espíritu santo.
Quede constancia de que no había pañuelos suficientes ni de
lejos.En compensación tampoco hubo protestas significativas. Malo es el
viento, aunque peor son los malos presidentes, los presidentes
impresionables como el señor Muñoz Infante.
La circunstancia indeseable de un revolcón no puede ser premiada con
una oreja. Eso es confundir el culo con las témporas. Y eso vale también
para los espectadores que pidieron o no protestaron la oreja.
Javier Valverde, dolorido, no acabó la vuelta al ruedo y entró en
la enfermería de donde salió cuando a Reyes Mendoza le invadía la
desolación, pues, otra vez, se había dejado ir un novillo.Reyes
Mendoza tenía un párpado hinchado y restañado, herida de boxeador.
Reyes Mendoza perpetró un bajonazo en el primero y mató de media en
el cuarto. Con todo, lo que cabía dilucidar al doblar el quinto
novillo, tras la estocada caída de Valverde, era si el señor Muñoz
Infante iba a seguir con su ONG o iba a prevalecer un criterio de mayor
rigor presidencial. Prevaleció éste y esta vez no funcionó el
sentimiento caritativo.
Idéntica incertidumbre sobre el premio se planteaba en el sexto
cuando Salvador Vega entró a matar. La plaza estaba baratita, casi a
precio de saldo y las pinturerías de Salvador Vega, su toreo rodilla en
tierra que ya había expresado en el tercero, tenía entusiasmada a la
concurrencia; una tanda de redondos, erguido y un poco crispado, tras el
pase de las flores, intensificó expectativas. Pero mató a la segunda y
eso rebajó la temperatura.
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