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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del martes, 29 de mayo de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Alcurrucén,de
presentación desigual.
Diestros:
Entrada: lleno de no hay billetes en tarde de mucho calor.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC,
El Mundo, La Razón
Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. La clase de Uceda Leal en una tarde tranquila
Por fín llegó el relax a San Isidro. Por fín una tarde tranquila, normal, sin estridencias, sin broncas, dejando a los toreros hacer, para bien o para mal, pero sin dictar las faenas desde el tendido. Fue una tarde de toros en la que brilló la calidad del toreo de Uceda Leal, y en la que la corrida de Alcurrucén tuvo poca raza, aunque fue manejable para los toreros, salvo el inválido cuarto, y un descastado y deslucido sexto. José Luis Moreno tuvo delante un primer toro que no se empleó nunca en la muleta, que había salido suelto del caballo, abantón de los capotes. Moreno sí se empleó con la mano izquierda, pero sin grandes resultados. Con el cuarto, un toro blandísimo, remangado de pitones, no lució el empeño del rubio torero cordobés, que sólo tuvo un momento para lucirse: el quite al tercero, por suaves chicuelinas y una plástica larga a una mano. La única vuelta al ruedo la dio Uceda Leal a la muerte del segundo de la tarde, un toro bajito y playero al que se le picó lo justo, pero con el que Uceda abrió faena con rumbo y categoría, para luego torear con calidad y temple sobre el pitón derecho, con mucho poso para pulsear las embestidas de un toro que renunciaba pero seguía la muleta incitado por los oportunos toques de la muleta de Uceda Leal. Maduro y tranquilo el trasteo del de Usera, pero con un final de faena que enfrió algo los ánimos, y no hubo pañuelos suficientes. Uceda Leal entendió al quinto, un toro noble pero tardo, al que encontró pronto el sitio: en corto, y muy tapado. En esta ocasión llegó el toreo al natural, tras una primera serie muy en línea en la que el toro le pidió más profundidad. El torero se la dio, y surgieron los naturales sabrosos, no muchos, apenas dos series, pero con clase, intermitente, pero clase al fin. Mató mal y fue ovacionado. Jesús Millán sorteó un lote de diferente catadura. Noble el primero, aunque apagado, y Millán llevó la iniciativa siempre, para ligar, para bajar la mano, y enseñar el camino, muy largo, a ese toro. Exprimió las embestidas con firmeza, pero el toro se vino a menos, y la faena, también. El sexto fue un toro deslucido, “esaborío”, con la cara alta al final de cada pase, muy distraído. Millán exhibió pundonor y ganas de agradar, pero había poca tela que cortar con semejanteregalo.
El País. JOAQUIN
VIDAL. El toreo al revés
El toreo es parar, templar y mandar... cargando la suerte. ¿O no?
Se hace la pregunta porque la inmensa mayoría de los toreros
actuales hacen el toreo al revés. De entrada, el primer tiempo -parar-
no lo ejecutan nunca porque no cargan la suerte. En el mejor de los
casos adelantan la pierna contraria al citar, lo que nada tiene que ver
con cargar la suerte, aunque muchos crean lo contrario. Y en el peor -que es el común- en vez de adelantar la pierna la atrasan y realizan el
toreo con la suerte descargada. Dicho lo cual, quede claro el convencimiento de que todo eso de cargar la suerte o descargarla, y lo de parar, templar y mandar, a la mayoría del público y del escalafón de matadores, les importa un
pepino. El toreo que éstos hacen siempre y aquellos acostumbran a ver
ha producido que cuando peor se torea más se se aplaude, lo cual pudo
apreciarse en la siniestra tarde de autos.
A Uceda Leal, acreditado artífice del toreo puro en pasados fastos,
cuando le cantaron fuerte el óle y le aplaudieron de verdad fue
justamente cada vez que descargaba la suerte. Y es que toreó así: una
vez remataba cada pase, perdía un paso y escondía descaradamente la
pierna atrás para hilvanar el siguiente.
Pudo alcanzar un cierto éxito Uceda Leal; ahora bien, le correspondieron sendas golosinas de toro, que iban y venían humillados,
y tanta facilidad, unida a las ventajas que se tomaba, restaban a la
tarea muletera emoción y grandeza.
Los otros dos espadas, ni eso. José Luis Moreno y Jesús Millán aún
estaban menos por la labor de parar, templar y mandar, y ni siquiera podía
eximirles ese gusto interpretativo que a su colega le sobra y a ellos
les cuesta sentir.
De manera que la corrida se convirtió en un tostón. Los toros, de correcta lámina y bien armadas cabezas, flojillos en general, daban
juego, lo que no agravaba las inhibiciones y las mediocridades de sus
lidiadores. Uno a veces piensa que muchos coletudos quizá no quieran
ser toreros en su versión cabal. El traje de luces, los viajes, los
partidarios, los homenajes, salir por televisión, seguramente sí: eso
les priva y les pone. Pero lo que no les pone de ninguna de las maneras
es asumir los riesgos deol toreo verdadero.
Ninguno de los tres ha alcanzado la categoría de figura, ni le
llueven los contratos y, sin embargo, su atonía, su renuncia a
intervenir en la lidia cuando les correspondía, daban la sensación de que ya se han comprado todos los cortijos, han cumplido todos sus sueños
y están de vuelta de todo.
Los tres espadas pasaban de competir, pasaban de lancear a la verónica,
pasaban de quites, pasaban de aprovechar la nobleza de los toros para
volver boca abajo la plaza y abrir la puerta grande. Jesús Millán, el neófito, que había sido recibido con esa amable
expectación característica del público de Las Ventas con los modestos
cuando tienen condiciones y desean abrirse camino, defraudó
precisamente por las inhibiciones aludidas y también por la vulgaridad
de su faena al tercer toro de la tarde, cuya docilidad les estuvo brindando un triunfo sonado. En su otro toro ya no pudo haber rectificación ni desquite, pues el animal, muy protestado por su
apariencia anovillada, bravo en varas, acabó distraído, tomando los
engaños con la cara alta. Un diestro docto en tauromaquia -suele ser el caso de los veteranos- quizá habría empleado un muleteo de recurso
para obligarlo a humillar (enseñarle, se suele matizar en la jerga); algo que no cabría exigir de la juventud de Millán, que se limitó a
acompañar los viajes, situándose prudentemente fuera cacho.
Uceda
Leal, artífice de los más cadenciosos muletazos de la corrida, sigue
sin dar motivos para ascender de categoría. Y José Luis Moreno,
deslucido frente a un toro manejable, y sin posibilidad de torear a un inválido que se desplomaba continuamente, tampoco permitió hacerse
ilusiones respecto a su futuro.
Si un día se decidieran, los tres, a torear por derecho, con las de
parar, templar y mandar, acababan con el cuadro. Claro que una cosa es decirlo, otra ponerle el cascabel al gato.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
La
torería incompleta de Uceda Leal
Pasó la tarde, y las esperanzas que había depositadas en el cartel
se marchitaron con el calor y el bochorno insoportable. De la combinación
de José Luis Moreno, Uceda Leal y Jesús Millán con los toros de
Alcurrucén podía salir uno de los triunfadores de San Isidro, por la
juventud de la terna, porque los tres saben torear y porque la fecha venía
envuelta en la discreción de no haber levantado ni muchas expectativas
ni enorme expectación para el gran público. Al final, sí pero no o
medias tintas en el balance global.
Uceda Leal causó una sensación muy positiva. Uceda romperá en un
torero extraordinario algún día. Porque reúne todas las condiciones
para estar en las ferias de tronío y porque sería injusto que ese día
no figurara en el calendario. Pero el toreo está plagado de injusticias
sin responsables. Ayer mismo lo comentaba Pedrés en un almuerzo: tantas
cosas han de confluir. No desespere Uceda, porque usted tiene la moneda
en su mano. Es más: persevere en sus formas y en su torería.
Técnicamente, planteó sus faenas con inteligencia. Su primer
enemigo fue un buen toro por el pitón derecho, pero carecía del tramo final para rematar los muletazos. Por eso Uceda le dejaba siempre la
muleta en la cara hasta última hora, para obtener ese tramo de pase que hace pasar del «bieeen» al ole. El inicio no contuvo mucha historia;
la primera tanda diestra, con la mano muy baja, empezó a encauzar la
faena; otra serie mantuvo el buen tono, aderezada con un cambio de mano y un ayudado de bandera. El intento al natural no cruzó la barrera de la voluntad. El toro por ahí no era el mismo. Desistió el torero, valiente ante las incertidumbres, y regresó a la derecha. A base de
toques alargó las francas embestidas y a pies juntos también. El
cierre antecedió a un volapié efectivo. Se pidió la oreja, mas la pañolada
no alcanzó la mayoría. Dio una vuelta al ruedo de ley, de esas que valen, que el paseo del anillo dado con justicia otrora servía y se decía
aquello de «fulanito ha dado una vuelta al ruedo en Madrid». SERIO Y ABANTO
El quinto, serio y abanto de salida, impidió que Uceda Leal cuajara una salutación de tan excelente corte como en el anterior.
Derribó el toro, y el matador anduvo rápido para picarlo en la
querencia, mientras el percherón «titular» se hacía el remolón para
lenvantarse de nuevo. La obra muleteril desprendió algunas
desigualdades, pues el ejemplar de Alcurrucén punteaba a veces el engaño,
producto de unos incómodos tornillazos que tiraba permanentemente.
Cuando el diestro madrileño le cogía el temple, los muletazos morían inmensos, detrás de la cadera. En el toreo zurdo, de un conjunto
primero apenas uno concluyó nítido. Pero la siguiente tanda parió un
racimo de los naturales más hondos que se hayan visto en este mayo
cambiante, lluvioso siete días atrás, infernal ahora. Antes de que
rematara con el de pecho, el toro se había apagado. No hubo suerte con la espada, y la torería de Uceda Leal se quedó incompleta, imperfecta,
esperanzadora aún. Algún día, algún día...
La corrida siguió con sus desigualdades, unida tan sólo por las astifinas defensas. A José Luis Moreno le tocó el peor lote. Si el que
abrió plaza no humillaba nada de nada e iba a su aire, el cuarto pecaba
de flojedad. Y entonces Moreno, un torero al que le hemos visto torear
como los ángeles, muleteó sobrado de una brusquedad que
desestabilizaba la ya débil anatomía del burel, con ese poderío que
sulen coger los toreros que pasan por las manos de Diego Robles, y que vale para otras ocasiones pero no para el caso de ayer. Al menos, le
anotamos un par de verónicas y un quite por chicuelinas. Ojalá José Luis Moreno no se quede ahí.
A Jesús Millán, triunfador de la feria de la Magdalena con la
corrida de Palha, le observamos un poquito atacado de más. Quizá la juventud, las ganas de agradar... La faena al bondadoso tercero principió bien sobre la mano derecha y siguió regular, entre algunos zapatillazos
para alegrar las arrancadas, un poco en la línea del toro primero de Uceda, y otros desajustes. La cosa se vino, poco a poco, a bajo y terminó
por circulares invertidos, que se han convertido en un brote de «imaginación»
tan desagradable como el sarampión.
La cara por las nubes llevaba el sexto, que se tapaba por delante las
carencias traseras. Millán, se dobló con él en el arranque de labor.
Ni por esas. Sólo pudo demostrar que hay valor.
Hubo algunos detalles curiosos, como que con este toro se desmonteró el tercero de su cuadrilla, Jesús Arruga, que no se arrugó
precisamente con los rehiletes. O Javier Rodríguez con el anterior de
su lote. Nada como para tirar cohetes .
El Mundo.
JAVIER VILLÁN, Tarde sin olor y con poco
sabor
Se desabrochó el compacto remate del pitón derecho y por ese desflecamiento astilloso se le desflecó también el alma al primero de
Alcurrucén. No hubo más desabroche, salvo un poquito el tercero y otro
poquito el sexto; lo cual me evita decir aquello tan socorrido de «indicios
de manipulación en las astas». La verdad es que las astas eran dagas
afiladas. José Luis Moreno no pareció entusiasmarse con este núñez y
sólo mostró sus habilidades alargando la mano en una estocada que, por hábil, quedó ligeramente atravesada.
Aire inocente y recental tenía el segundo, un cuerpo jovencillo sin
cuajar del todo, salvo por la desmesura de su cornamenta. Era ésta de
tan grande envergadura que parecía carretón de entrenamiento. La
muleta de Uceda Leal recogía sólo el pitón de dentro; de embarcar ambos pitones, el interior hubiera tropezado con la pierna del matador.
El toro, pues, llevaba tapado el ojo derecho por la muleta y libre el otro, que oteaba dehesas y horizontes. Por eso, el toro acabó un poco esquizofrénico y, pese al buen ritmo de los derechazos, cuando Uceda se
echó la muleta a la izquierda, el de Alcurrucén se desconcertaba sin saber a dónde mirar. Volvió a la derecha Uceda, templó elegantemente
el redondo y acabó de una estocada a la primera. Se le pidió la oreja que el presidente, con buen criterio y números a su favor, no concedió.
Los peticionarios protestaron y los otros, sin duda mucho más
numerosos, aplaudieron cortesmente.
Todo lo que le sobraba de cabeza al cornalón segundo le faltaba al
tercero, más discreto y comedido. Desde el 7 se solicitó cortesmente
que lo picaran con un poney. Quizá la solicitud fuera un tanto
desproporcionada, mas no deja de ser atractiva y original. Todo se andará
y al autor de la propuesta yo le recomendaría que la registre en el
departamento de marcas y patentes para asegurarse el copyright. Comedido
igualmente y urbano estuvo Jesús Millán. Acaso en exceso. Respetó los
terrenos del toro de tal manera que casi nunca estuvo en la distancia y en el sitio. Este no es el Jesús Millán de las duras corridas de
Zaragoza y Castellón. Un pavo era el cuarto, no exagerado de cuerpo
aunque hermoso, con un trapío armónico y serio. Si acaso un poco bizco
del derecho: dos puñales curvos y afiladísimos, éstos sin
desabrocharse, diamante puro las finísimas agujas apuntando al cielo. Pues bien, a este toro que salió sin indicios de cojera ni trastabilleo se lo cargó el picador con un puyazo traserísimo. A partir de ese infortunado encontronazo, el toro fue una ruina: por delante y por detrás. A ver quién arregla esto de los picadores carniceros. El picador que picó al quinto también era picador carnicero, también metió lanzazo trasero y asesino. Pero el toro se insubordinó y mandó a la arena a caballo y caballero. Mientras el que hacía puerta cumplía el trámite
en chiqueros, el ejército rojo, rojo y azul mahón, de los monosabios,
se afanaba en alzar al penco.
A Uceda, como se dice en la jerga, le tocó el lote; y Uceda sólo se
enteró a medias. El quinto era bueno por la derecha y por la izquierda.
Sobre todo por el pitón izquierdo, largo y bonancible. Lo acreditó una serie de naturales mas, a la vez que aquello acreditaba al toro,
desacreditaba en conjunto al torero. Excelente serie, aislada, para un
toro que exigía la faena redonda. Un serio problema se le presentó a Jesús Millán en el sexto, que andaba por las Batuecas pensando en las
musarañas y sin humillar. El distraído animal le dejaba los pitones en
la pechera a Jesús Millán. Ni siquiera esa incómoda circunstancia
lograba dar emoción a la cosa.
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