Cuando se hace por primera vez el paseíllo en la plaza de Las Ventas
hay que salir con los ánimos a la altura de las nubes. Si no, más vale
quedarse en casa leyendo el Cossío. El deseo de triunfo y el
suficiente entusiasmo y aliento para lograrlo son imprescindibles en un
debutante.
Con ese afán se ha presentado en la plaza madrileña un novillero de la localidad jiennense de Martos que se llama Rafael Sánchez Pulido.
Sus ambiciones empezaron nada más salir su primer novillo, al que
recibió en el tercio con una larga cambiada de rodillas. Después, en el manejo del capote se le apreciaron aromas andaluces en los remates.
Ese su primer enemigo resultó ser un torete renqueante, manso y berreón. Ninguno de esos problemas pareció afectar al neófito, que se
fue al centro del redondel para pasárselo por la espalda en dos ceñidos
muletazos en la suerte del péndulo. Y allí siguió, en ese centro geométrico, donde el novillo pesaba una barbaridad, pasándolo de muleta con desiguales resultados. Le salían muchos muletazos faltos de temple y no terminaba de mandar en la embestida, como hubiera sido de desear. El
novillo, empujado por su mansedumbre y en vista de que el dominio del
torero era escaso, se escapó a los tableros del tendido 1. Allí se defendió y terminó por no pasar.
Muchos problemas presentaba el sexto. Manso y flojo, topón y sin humillar. El de Martos se quedó quieto, aunque volvió a adolecer de
falta de mando. Intentó el toreo lineal sin darse cuenta de que había
que tratar de corregir antes los defectos de la res; sólo al final lo
macheteó por bajo con aceptable técnica.
Este torero andaluz ha demostrado que tiene lo principal: ánimo y
valor. Ahora, a dedicarse a superar sus evidentes carencias.
El madrileño Gregorio Alcañiz no ha salido muy bien parado de esta
su nueva salida a Las Ventas. Se defendió mal, desde el reducto de su
mansedumbre, el primer novillo y Gregorio no acertó a conducir
adecuadamente su embestida. Tampoco supo darle sitio. Al final del
trasteo, cuando le bajó la mano y no le quitó la muleta de la cara después de rematar, consiguió llevárselo toreado. Lo malo es que
entonces ya se había acabado el novillo. Con el cuarto brilló en
algunas trincheras y en tal o cual muletazo de mano baja. Con la mano izquierda dio muchos tirones a cual más feo. Y se perdió en un barullo
de desarmes y aspavientos después de ir aprovechando querencias al
final de la faena. Tendrá, además, que explicar por qué se hizo un lío
en banderillas con los terrenos. Por darle ventaja al novillo en los
medios sufrió un revolcón.
Leandro Marcos demostró sus ya conocidas buenas maneras en algunos
pasajes de su faena al segundo. Sufrió una voltereta por despreciar el peligro de un novillo muy mirón. En el quinto cayó en los defectos de
ahogar y no dar sitio a un novillo que, naturalmente, terminó por
mandar más que el torero.