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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 25 de mayo de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Cuatro
toros de El Torero (dos
fueron rechazados en el reconocimiento), uno devuelto por inválido: muy
bien presentados, flojos, manejables; 6º, cinqueño, con gran trapío,
poder, casta y nobleza. 1º, sobrero, de Juan José González,
escurrido, anovillado, inválido total. 3º, de Salvador Domecq, con
trapío, de encastada nobleza. 5º, de Nazario Ibáñez, grande, serio y bien armado, con casta noble. El último ovacionado en el arrastre.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, Diario
de Sevilla
Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Abellán defiende el título
Miguel Abellán defendió con uñas y dientes su título de triunfador de San Isidro, y lo hizo con valor, con decisión, por las bravas, en dos faenas calientes, de mucho aguante y sordo peligro, sobre todo el del sexto.
La corrida de El Torero fue remendada con uno de Salvador Domecq, encastado y reservón, y otro de Nazario Ibáñez, peligroso y berreón. Además, un sobrero manso de Juan José González. Los titulares fueron nobles y descastaditos, y complicado el cinqueño que salió en sexto lugar. Jesulín de Ubrique estuvo políticamente correcto. O sea, no pasó nada. Ni con el manso inválido que hizo primero, ni con el cuarto, un toro descastadito y flojo, un toro colorado de buena percha con el que Jesulín no se confió y terminó aburrido y aburriendo. Le pudo el ambiente. Rivera Ordóñez tuvo en primer lugar un toro noble y con clase, un toro protestado por flojo, y la faena no remontó nunca. Monótono Rivera. Con el quinto, un toro berreón y peligroso de Nazario Ibáñez, Rivera comenzó poderoso, y luego lo pasó de muleta con tanta facilidad como frialdad. El toro terminó acusando sentido. Pero para sentido, el del sexto, un astifinísimo toro de El Torero con el que Miguel Abellán tragó muchísimo. Muy de verdad Abellán, con la muleta por delante y atacando al toro en el remate de cada pase para que no se le rajara, y para poderlo. Valiente y a por todas, Abellán le ganó la voluntad a un toro que embestía con el cuello torcido hacia adentro, un toro cinqueño que puso a prueba al torero de Usera y éste la superó con creces. Faena de fondo, faena de poder, faena desnuda y pura, emocionante. Como la del tercero. Un toro encastado al que Abellán corrió la mano y llevó tapadito para gobernarlo a placer. Una faena de torero más hecho. Con el mismo valor, o más, que el año anterior, pero con más madurez, con la responsabilidad del que va a por todas porque sabe lo que se hace. Los doblones de inicio fueron toreros, eficaces, firmes. Fue faena eminentemente de derechas, quizá fuese el único pero, la tardanza en echarse la muleta a la izquierda, pero el toreo en redondo de Abellán tuvo sabor y categoría. Muy templado, tiró del toro, lo llevó muy, muy toreado, en cuatro tandas a más. La faena perdió vuelo en el final, y Abellán no estuvo fino con la espada. Si lo hace, corta una oreja de gran peso específico, por derecho. Dio la vuelta al ruedo. Miguel Abellán hizo del valor bandera, y defendió con creces su título de triunfador de San Isidro 2000. Paso adelante para el torero madrileño, en tarde muy importante por actitud y capacidad, anuncio de lo que puede ser, y evidencia del torero en que se ha convertido este jovencísimo madrileño, aunque no gozara hoy de la Puerta Grande. Al tiempo.
El País. Joaquín
Vidal.
Un
toro de puerta grande
Hizo
sexto... Hubo un toro de puerta grande que hizo sexto, pertenecía al hierro titular de El Torero y le correspondió a Miguel Abellán, que no salió por
la puerta grande.
Miguel Abellán ni salió por la puerta grande, ni cortó oreja, ni obtuvo
éxito alguno.
Da la impresión Miguel Abellán de que es pertinaz en el error. Claro que a lo mejor no es consciente de sus yerros. El empeño en torear por derechazos
a su primer toro cuando por la izquierda poseía la misma boyantía, provocó que su faenar y la vuelta al ruedo que dio por su cuenta, fueron contestados. De los escarmentados salen los avisados, dice la sabiduría popular. Sin
embargo llegó el sexto toro, de una nobleza clamorosa, y en vez de aplicarse
la lección recibida en su turno anterior, lo molió a derechazos, para desesperación de propios y extraños.
El toro era, en efecto, de puerta grande. Se lo advirtió uno de los conspicuos del tendido 7: 'Se le va a usted un toro de puerta grande'. Y como quien oye llover: siguió pegando derechazos. A las tantas de reloj, cuando ya
debía estar el toro muerto, el éxito alcanzado, la puerta grande abierta y la cena en el mantel, se echó la muleta a la izquierda y le salió un churro. No es, ya, que pegara los derechazos cual currante destajista sino que los
instrumentaba mal; es decir, perdiendo un paso, la suerte descargada. Cierto que a la mayoría del público le pasaban desapercibidos estos tecnicismos. La
mayoría del público que sólo va a los toros por San Isidro malamente
distingue la chicuelina del molinete, de manera que a buenas horas iba a discernir exquisiteces como lo de la pérdida o la ganancia de terreno, la
suerte cargada o descargada, el pico o la pala, que también son. En cambio las consecuenciasos sí que las percibía. En tanto el toreo se produce ligado
cargando la suerte, todo el mundo lo nota; en todo el mundo prende la emoción,
sea docto o lego en la materia; mientras si es al contrario, se contempla con
total frialdad. Y eso sucedía: que los inacabables derechazos de Miguel Abellán
los aplaudía el público mecánicamente, si los aplaudía, pues derechaceo
adelante su artífice se destempló, sufrió dos desarmes, ensayó el natural
sin brillantez ni fortuna... Y aunque cobró una estocada perdió la puerta grande, la oreja, hasta el reconocimiento al esfuerzo realizado.
Con mayor autenticidad toreó Miguel Abellán, al noble tercer toro porque a ese sí le ligó los pases. Con el inconveniente de que se excedió en los
dichosos derechazos, el breve intento de torear al natural valió poco, se pasó de faena, oyó un aviso antes de que la concluyera y mató de impresentable bajonazo.
Corrida importante se vió en Las Ventas, por algún ejemplar del hierro
anunciado -principalmente su toro sexto- y por varios sustitutos de los que fueron rechazados o devuelto. Salvando la invalidez de alguno y el escaso trapío
del sobrero, se vio allí trapío, serias cornamentas, alguna aparatosa
estampa, casta y nobleza. Esto último, que tanto importa para el arte de
torear, no lo aprovecharon Jesulín de Ubrique y Rivera Ordóñez. Aburrido el
primero, antítesis del arte el segundo, echaron por tierra las expectativas
que habían despertado en sus respectivos cuerpos de militancia partidista,
también llamados fans.
Luego Miguel Abellán era la esperanza, si le saliera un toro... Y le salió:
un cinqueño puro, con sus hierbas cabales, de majestuosa presencia. Tan pronto plantó la pezuña en la arena infundió respeto, amilanó a Miguel Abellán en sus acciones capoteras, derribó caballos, desarmó peones. Pero
en banderillas mostró su templanza y la acrecentó en el último tercio
desarrollando una embestida repetitiva, franca y humillada, al primer cite. Lo ideal para recrear en su vasta amplitud el rico repertorio de la tauromaquia,
la emoción de la fiesta brava. Y se encontró con que lo molían a
derechazos... Tiene razón, otra vez, la sabiduría popular: la miel no es
para todos los paladares.
Diario de Sevilla.
Barquerito. Miguel
Abellán pone el valor pero se queda sin premio
La primera de las dos comparecencias de Miguel Abellán en San
Isidro se saldó sin un triunfo rotundo pero fue más que convincente.
Un Abellán menos en gallo de pelea de lo que solía, pero entregado de
verdad. Entero, valiente, visiblemente dispuesto y visiblemente sereno
pese a atreverse en sus dos turnos a atacar aires muy difíciles: los
dos toros en los medios y en la distancia en sendas faenas que, ante
enemigos de distinta condición, fueron casi calco una de otra. Marcadas
las dos por el atrevimiento y por la firmeza de pies. Asiento real, con
el torero respirando a gusto, apoyado imperturbablemente en los talones
en todos los embroques y aguantando con parecido aliento cuando tomó de
lejos al toro y cuando lo tuvo en las repeticiones bien encima, a veces exageradamente.
El tercero de la corrida incompleta de Salvador Domecq -marcado con el segundo hierro de la casa-, menos toro que los otros pero más en tipo, se empleó con el temperamento clásico de la ganadería. Viveza,
cierta agresividad, motor y hasta alegría de un toro que, por construcción -corto de cuello-, tuvo el defecto de humillar muy poco, pero, a cambio, la virtud de repetir. Pesó el toro por los dos pitones aunque los seis muletazos de castigo con que Abellán abrió en tablas
parecieron haberlo dejado metido y sometido. En los medios, Abellán se
lo trajo de largo con la mano derecha y ligó sin rectificar tres tandas que llegaron al cuarto muletazo sin sobresaltos. Los acostones del toro le quitaron limpieza a este o a aquel muletazo. En parte, por no abrirse el torero lo suficiente. Y en parte
también porque se le encogió el brazo en momentos clave. Los remates
de pecho, dobles, tuvieron fuerza. Por el pitón izquierdo tardó Abellán
en ponerse, pero para descubrir que, contra lo que había pensado, ésa
era la mano por la que más largo se iba el toro. Bien trabada la faena, pero pasada de metraje. Con la gente caliente, y el trabajo reconocido,
sonó un aviso mientras Abellán trataba sin éxito de cuadrar al toro. Tras un feo espadazo atravesado que asomó, una estocada contraria. Ahí voló lo que pudo haber sido una oreja cortada a ley. El sexto fue el de más trapío de la corrida. Bravucón en varas,
llegó a tener derribados a un tiempo a los dos caballos y estuvo a
punto de originar un caos en el ruedo. La serenidad y el criterio de
Jesulín de Ubrique como director de lidia lo evitó. Tal vez este sexto no fuera toro de salirse a los medios ni de traérselo a la distancia, pero Abellán decidió repetir la machada de antes. El aguante y el
corazón, los mismos. La colaboración del toro, mucho menor, porque en
los terceros muletazos de tanda protestó siempre. A este toro lo mató de media desprendida y perdiendo el engaño. Por eso se quedó también
sin premio. Quedó, con todo, la sensación de que el torero está.
Jesulín y Rivera tuvieron a la contra una minoría inhóspita. Jesulín,
que sólo pudo abreviar con un sobrero de Juan José González que se le fue al suelo cada vez que le bajó la mano, sorteó un cuarto
destartalado y muy armado que pegó muchos cabezazos en el caballo y
que, a la defensiva, llegó a la muleta gazapeando por las dos manos y rematando siempre a testarazos. Los intentos de Jesulín no contaron y
los que no midieron la condición del toro se metieron con él en pleno fragor de la lidia más de lo razonable. Rivera, que abrió acompasadamente y en la media altura faena con un segundo muy justo de fuerzas, noblito pero celoso, no le encontró el
aire al toro después. No apostó Rivera por ese toro. Y menos todavía por un quinto bastante bien cortado de Nazario Ibáñez que no paró de
berrear. Rivera abusó de enganchar por fuera y muy en corto al toro. Ligero de pies, acabó a su aire. Un humillante coro de palmas de bulerías
reventó cualquier propósito. Sus enemigos íntimos de las Ventas lo
trataron con crueldad.
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