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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del martes, 22 de mayo de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Domingo Hernández, nobles.
Diestros:
Entrada: lleno.
Incidencias: Eugenio de Mora recibe una cornada en su primer
toro y abandona la lidia. Parte médico: herida por asta de toro en el tercio superior, cara interna del muslo derecho de 15 cm., con una
trayectoria hacia abajo de 15 cm. que causa destrozos en músculos
abductores. Es intervenido bajo anestesia general. Pronóstico menos
grave, que le impide continuar la lidia. pasa a la clínica La
Fraternidad.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC,
El Mundo, La Razón
Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Eugenio de Mora impone su temple y cae herido
Corrida de Garcigrande y Domingo Hernández, con genio general (1º,4º,5º y 6º), con un toro encastado como el tercero, y con un toro bravo y noble como el segundo, que llevó el hierro de Garcigrande. Espartaco se despedía de Madrid, de la feria de San Isidro, y mató tres toros. Pasó mál rato sobre todo con el primero y el último, se desconfió con el genio del primero, y se aburrió con el sexto, con el que no quiso complicaciones. Pero en el cuarto toro Espartaco salió y se estiró a la verónica ante un toro de franco galope, un toro que fue al caballo con alegría, y se empezó a apagar en el quite de El Juli. Llegó a la muleta con genio, y Espartaco le ganó la voluntad, y le bajó los humos a base de poner el cuerpo por delante y hurtarle la muleta. Recursos de torero veterano, recursos de Espartaco, que exhibió su pundonor en su última tarde en Madrid. El Juli pasó por Madrid en su primera cita muy obligado. Se justificó con valor, con mucha firmeza, a lo mejor demasiada firmeza. Estuvo presente en quites, banderilleó a los dos toros, y lo hizo por el pitón izquierdo en el segundo de su lote. Al tercero le ligó faena en los medios, en un palmo de terreno, una faena de compás cerrado en la que cosió los muletazos unos a otros apenas girando sobre los talones, pero las tandas no terminaron de reventar aquello. Para colmo, pinchó al toro. Con el quinto fue a por todas, se fue la puerta de toriles y le dio dos largas cambiadas para luego ajustarse lanceando. El toro tuvo motor, pero se acostaba por ambos pitones, tuvo genio y arreó en la muleta, sin entrega. El Juli se lo pasaba cerca, pero le protestaban…y se metió entre los pitones para poder al toro, para imponerse, y de paso demostrar que el toro no valía un duro. Mató mal de nuevo, pero la ocasión, sobre todo, había pasado por el tercero. ¿Qué le faltó a El Juli para ser El Juli? Creo que desmelenarse, soltarse, liberarse de la presión. Ser El Juli de todas las plazas y todos los toros.
Eugenio de Mora cortó las orejas al único toro que mató. Un toro bajito, bien hecho, armado, pero no agresivo, el toro con el mejor galope y temple de la corrida. Un toro al que protestaron. Un toro con el que se templó el de Mora toreando a la verónica y acalló voces en contra. Y con la muleta, temple, temple y temple. El toro no era Sansón, pero cada vez embistió mejor en una muleta que le acarició, que le hizo sentirse cómodo. Y Eugenio de Mora cuajó faena sobre ambas manos, a placer en muchos momentos, y con sus ya clásicos y monumentales pases de pecho. Muy bien toreado el toro de Garcigrande, bravo y con clase. Con el único pero que no se le podía obligar al toro para que aquello fuese más fuerte todavía, pero esa fue la gran virtud de la faena de Eugenio, no obligarle, acariciarle, dejarle que se deslizara en una muleta que cada día tiene más sabor. Sólo faltaba matarlo, y se perfiló muy de verdad, se echó encima del toro, y del encuentro salió el toro muerto y el torero cogido aparatosamente. Una cornada que le ponía la épica a la estética, al temple de Eugenio, al toreo bien hecho. Al toreo de Eugenio de Mora.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Eugenio de Mora, herido menos grave
Ejecutó
Eugenio de Mora el volapié a toma y daca, y salió cogido. El toro, que
hacía segundo en la tarde, le tiró dos derrotes certeros: uno en el
momento del embroque, otro inmediatamente después y en el aire, cuando
el torero aún no había caído de la voltereta. El Juli y un peón se
lo llevaron en brazos a la enfermería, mientras el toro, estoqueado en
las agujas, agonizaba pegado a tablas. El presidente se apresuró a
conceder a Eugenio de Mora las dos orejas que una minoría del público
pidió, principalmente -y no es poco- por la emoción vivida y a modo de
compensación al torero herido. Y otra parte del público protestó
airadamente la atribución que se había tomado el presidente para hacer
regalos que no le corresponden.
Discutir los trofeos que se les otorgan a los toreros heridos da cosa, como suele decir -y muy bien- la peña. Sin embargo hay veces en
que los aficionados han de venirse arriba, por encima de las cosas, de
los respetos humanos y de los isidros, aunque sólo sea para restablecer
la justicia distributiva. Que a un torero le pegue una cornada un toro
es lo más lamentable del mundo. Pero ello no empece para que sea
intolerable que a otro torero (o al mismo, cual era el caso), le
correspondan (o le asignen, quién sabe) los dos toros más
impresentables e inválidos de la corrida.
La afición estaba amostazada con la circunstancia añadida de que al
mencionado diestro lo apodera la empresa de la plaza. ¿Toros sin trapío, cornamenta sospechosa, invalideces, el presidente que se apresura a
conceder las orejas, y todo para un torero al que apodera la empresa?
Demasiadas casualidades. Y la afición (un servidor con ella) ya está
demasiado mayorcita para creer en las casualidades.
El toreo que le hizo Eugenio de Mora al toro de la cogida fue bueno. Se trataba de un toreo templado y reunido tanto por la derecha como por
la izquierda e incluyó en sus postrimerías una ligazón de suertes
variadas que evidenciaban lo bien aprendida que tiene la técnica y lo
alta que traía la inspiración este joven matador. Ahora bien, faltaba
la emoción. Cuanto se veía parecía repetir las imágenes de los
tentaderos cuando va el ganadero y pide al espada que continue dándole
pases a la vaca tentada para comprobar a dónde llegan su codicia y su
nobleza.
Se volcó, efectivamente, Eugenio de Mora en el volapié y en el
propio acto de cruzar, en tanto hundía el acero por el hoyo de las
agujas, resultó prendido, volteado, corneado de nuevo en pleno vuelo...
Y no pudo seguir en el redondel. Lo trasladaron a la enfermería, vino
el regalo de las dos orejas y parte del público abroncó al palco por
semejante desafuero. '¡Fuera del palco!', exigía la afición, que no
estaba para bromas.
El disgusto no se pasaría, mas pudo comprobar la afición que todo
es empeorable. Espartaco, con toros de casta agresiva, apenas podía
ocultar la crispación que le producían y se vio frecuentemente
desbordado pese a sus voluntariosas porfías. El Juli, que llevó a los
tendidos masas adictas y expectación máxima, estuvo muy valiente
aunque también muy vulgar y no lució ni en los diversos quites con el
capote, ni en los ventajistas pares de banderillas que prendió, ni en
las premiosas y adocenadas faenas de muleta. No era la tarde de El Juli,
evidentemente. Fue, en cambio la tarde de Eugenio de Mora, en dos sentidos bien contradictorios. Y lo que son las cosas: apenas nadie había
contado con él.
ABC .
ZABALA DE LA SERNA. Una
estocada empaña de sangre la buena faena de Eugenio de Mora
Agarró Eugenio de Mora la estocada en todo lo alto a la par que el toro hundía el pitón en sus carnes. Se había volcado en el volapié y no se escapó. A una altura espeluznante lo elevó el bruto, herido ya
de muerte, y lo buscó en la arena hasta que encontró de nuevo al
torero en un derrote al pecho. La cornada empañaba en sangre una buena faena; el presidente hacía lo mismo con la concesión del segundo
trofeo.
La presión del público, impactado por la entrega del hombre entre
las astas de la bestia, hizo ceder al usía. Una lástima, porque cosas
así dejan en un segundo plano la faena y ponen por delante la polémica. Hubo toreo del caro, templadísimo sobre ambas manos; monumentales los
pasas de pecho. Si calidad desarrolló el pupilo de Garcigrande, no se
quedó atrás De Mora, aunque a la faena le faltó ese nosequé para adquirir cuerpo y forma de dos orejas.
El matador de Mora de Toledo entedió a la perfección a su enemigo
y, sin obligarle, tiró de él con suavidad extrema, a la vez que
siempre le dejaba la muleta en la cara para hacerle romper en los siguientes viajes, sin que significara una obligación; otra tanda
diestra bajó el tono, que se recuperó en el obligado de pecho; al
natural, siguió en la misma línea hasta poner el alma en la tramo último
de la serie y, sobre todo, en la espléndida cadena de naturales que
brotó de su muñeca a continuación. Un cambio de mano, de derecha a izquierda, un muletazo para nota y el percance y el dolor que sobrecogieron la plaza.
ESTADO DE CABREO
El estado de cabreo se prolongó en el tiempo y la presión
sobre El Juli subió de grados. Y creo que la hostilidad del ambiente
afectó al torero, que construyó una primera faena un punto mecánica y técnica. El toro —que se tapaba por la cara, como otros cuantos a lo largo de la tarde— carecía de calidad, y El Juli tampoco le puso el sentimiento y la chispa. Labor técnica, valiente, encaminada siempre
por los derroteros de la ligazón. Mucho le midieron, es cierto, hasta
con acritud; pero tampoco consiguió calar en esa otra parte de los
tendidos más abierta de mente y dispuesta a aplaudir sin prejuicios. No
remató con la espada como debiera y la recompensa se quedó en una
ovación.
Intervino el joven torero de Velilla de San Antonio en muchos quites:
por gaoneras, por navarras y villaltinas o por chicuelinas
entremezcladas otra vez con el mismo lance que creó Villalta una tarde
en Tafalla (y de ahí el sinónimo de tafalleras). Y para callar bocas
banderilleó en el quinto siempre por el pitón izquierdo, algo que hay
que valorarle aunque la ejecución dejara que desear. Más lucidos le
salieron dos pares de dentro afuera en el tercero, más poderosos y atléticos
—por facultades, no por los colores de su equipo colchonero—.
No sacó clase el astado, que no humillaba y que además le amagó en
un achuchón que no se tornó, por fortuna, en voltereta. Juli no se
arredró y se pegó un arrimón considerable, muy metido entre los
pitones, mientras algunos todavía seguían con la obsesión de
menospreciarle todo. Al final, ni las distancias cortas, ni el esfuerzo
de irse a portagayola y tirar luego otra larga cambiada, le valieron, pues otra vez el estoque le traicionó. Espartaco hizo ayer su último paseíllo en Madrid. Todos los que
seguimos la temporada completa sabemos que al maestro de Espartinas no
le sobran las facultades. Pero de un torero con su veteranía quizá
cabría haber esperado la imposición de un orden mayor en su cuadrilla
durante la supuesta lidia —auténtica capea— que se montó para poner al manso primero en el caballo. Sobraron capotazos y faltaron ideas. Nunca humilló el burel, que no desarrolló malas ideas. Trasteó
a media altura, muy aliviado y sin apreturas. Realizó un esfuerzo con
el escurrido cuarto, que tenía su chispa de genio, y no mejoró su imagen con el deslucido e inválido sexto. Ha sido mucho Espartaco en el
toreo, tanto como para respetarle ahora que suenan los clarines de un adiós que, tal vez, debió decir el invierno pasado.
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