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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 18 de mayo de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de
El Puerto de San Lorenzo, deslucidos.
Diestros:
Entrada: lleno de no hay billetes.
Incidencias: José Tomás fue voltereteado en sus dos toros
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC
Cadena Cope
JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Manuel Caballero, primer triunfador de San Isidro
En la primera corrida de gran expectación de San Isidro fue Manuel Caballero el que se llevó el gato al agua. Cortó la primera oreja de la feria por una faena medida, poderosa, de mano baja y sometimiento inteligente a un bravo toro de El Puerto de San Lorenzo. Una corrida seria, bien hecha, mansona en general, pero con dos toros muy importantes: cuarto, bravo y encastado, y quinto, encastado también, y con un pitón izquierdo importantísimo. Manuel Caballero se templó con su primero, en dos tandas iniciales sobre la mano derecha en las que le encontró el sitio y la distancia. El toro tuvo genio y se quedó cortito, para terminar pesando mucho en la muleta de Caballero. Con el cuarto, un toro con poder, con fuerza en las embestidas, Caballero hizo un quite muy en corto a la verónica. Se agarró el toro en el primer puyazo, y se agarró El Turuta en el segundo encuentro, una gran vara, tanto que medio eclipsó la ovación al quite por chicuelinas de José Tomás. Y una lidia que puso en evidencia a las demás cuadrillas respecto de la de Caballero: qué pedazo de cuadrilla, a pie , y a caballo. Y el de Albacete, muy resuelto, inteligente para plantear en corto la faena a un toro que arreaba mucho. Sometió desde el planteamiento, y sobre todo al bajar la mano a ese toro de fuertes embestidas. Caballero ligó sobrado por ambos pitones. Hubo poderío, hubo verdad, hubo importancia, y eso caló en la plaza de Madrid, que pidió la oreja tras media estocada en el hoyo de las agujas. Caballero se había colado en la fiesta, y lo había hecho legítimamente, por derecho, con las armas que siempre le fueron propias. Un triunfo que rearma a Manuel Caballero en un momento delicado. José Tomás hizo del aguante bandera. La táctica en ambos toros fue similar: aguante de hielo, absolutamente escalofriante, pero sólo aguante. Se hizo presente en un quite por gaoneras al primero de la corrida, un quite de gran facilidad…para él. Ese quite y el del cuarto por chicuelinas fue su bagaje con el capote. El segundo de la corrida le levantó los pies del suelo al plantear faena, apenas sin probar al toro, por el pitón izquierdo. Luego, José Tomás quiso imponerse por lo civil o por lo criminal, y a pasar miedo todo el mundo, pero el toro no fue nunca gobernado en una faena de valor indudable, pero de logros escasos. Con el quinto, un toro encastado, abantón, pero de un muy importante pitón izquierdo, José Tomás abrió faena por las bravas, sin probar, en los medios, y con la izquierda. Se mascó la cogida, que afortunadamente no llegó, pero el grueso central de la faena fue con la derecha, y el toro no estaba metido en el canasto. Ya en el final, José Tomás insistió con la mano izquierda para lograr torear al natural de forma emocionantísima, muy intensa, algo tarde, pero muy fuerte. El toro se entregó por ese pitón. Fue faena larga, tan larga que sonaron dos avisos en medio de cinco pinchazos entrando sin convicción. José Tomás ha cambiado la táctica: del valor para someter y hacer el toreo, al valor por el valor, a la emoción del aguante, indiscutible, pero de menor dimensión que aquello que hacía antes. Y un dato para los desmemoriados: a esta misma corrida y a un toro similar, hace dos años, además de valor, le hizo el toreo, de arriba abajo, y le pudieron pedir el rabo. Fue en el San Isidro de 1999. Morante de la Puebla mató en primer lugar un sobrero que se movió y terminó protestando. Hubo toreo delicado con el capote, hubo sabor, y hubo un quite de Caballero por chicuelinas. La faena de muleta fue a menos con el toro a menos. Con el sexto, de templada salida, Morante se gustó toreando de capa. Un placer ver torear con ese sentimiento, con ese garbo, y con ese ritmo, como en el quite, un deleite de armonía, y en los recortes para poner al toro en suerte. Morante quería, y estaba a gusto con ese toro. Y con la muleta hubo torería, y hubo voluntad de estar bien, pero no le permitían hacer lo más difícil del toreo: dejársela puesta, que se la dejó, para que la tomara. No repitió el toro, y fue sensiblemente a menos. Pese a todo, las espadas siguen en alto.
El País. JOAQUIN
VIDAL. El ídolo venerado
Llegó José Tomas en loor de santidad y todo cuanto hizo se tomó a
gesta gloriosa. He aquí el ídolo venerando de la moderna tauromaquia.
Las salidas por la sevillana Puerta del Príncipe y anteriores proezas
le han dado patente de santidad y la ejerce con todas sus con
secuencias. Pero ni siquiera esas salidas justificarían la arrebatada
idolatría que provocaban sus intervenciones toreras. Aunque puede que
fuese por lo de la galaxia.
La expectación que despertó el anuncio de la llegada del Mesías
(esto no data de ayer sino de hace tres siglos) se debió a que creía
la gente que había de venir de otro reino, pues si llega a saber que
nacería en un pueblo que ni siquiera estaba en el mapa, a lo mejor
pasaba. Pues eso cabe suponer de José Tomás: que viene de otra galaxia
a redimir la descompuesta tauromaquia.
Claro que si habría de redimirla con el toreo que desplegó en Las
Ventas, la cosa no queda muy clara. El toreo que desplegó José Tomás
en Las Ventas poseyó poca enjundia, menos magia y hubo ocasiones en que
pareció harto montaraz. Lo cual no quiere decir que la feligresía
tomasista se lo demandara; antes al contrario, se lo aclamaba,
desbordada de frenesí.
A veces estas reacciones sólo podrían entenderse abordándolas
desde la psicología de masas. Complicada cuestión. Sin ir más lejos,
es muy difícil entender, tanto desde el raciocinio terrenal como desde
el dogma divino, que para glorificar al ídolo venerando se deba
incurrir en herejía. Por ejemplo: ¿no es herético aplaudir los
bajonazos? Pues el bajonazo que perpetró José Tomás a su primer toro lo celebró el público dedicándole una enorme ovación, puesto en pie.
Las ovaciones del público puesto en pie a José Tomas se estuvieron
repitiendo a lo largo de la tarde. Con motivo de un ceñido quite por gaoneras, con motivo de otro por chicuelinas bastante vulgares, con
motivo de unos capotazos insustanciales para mudar de terreno al toro, con motivo de unos naturales logrados a las tantas que tampoco eran para
lanzar cohetes, con motivo de un toque de muleta destinado a levantar a un toro que había abrumado a pinchazos y ya le iban a tocar el tercer aviso....
Cualquier cosa, efectivamente, constituía motivo sobrado para
aclamar al ídolo. A los dos diestros con quienes alternaba, en cambio,
no. De manera que si Manuel Caballero dio más pausadas y ceñidas las
chicuelinas y Morante de la Puebla las interpretró más bonitas y
pintureras, o -a mayor abundamiento- éste coletudo recreaba la verónica
clásica al saludar al sexto toro, se les dedicaban a ambos unas palmas
como quien cubre el expediente y asunto con cluido.
Los compañeros alternantes no aceptaron, sin embargo, el papel de
comparsas e hicieron lo que podían. Que tampoco fue mucho, francamente.
Caballero y Morante parecían tener los cables cruzados en sus nobles
primeros toros, mientras en sus segundos se decidieron a torear.
Caballero ligó derechazos y naturales y le regalaron una oreja. Morante
instrumentó una tanda de naturales hondos -la mejor de la tarde- pero
luego sufrió un achuchón y se desconfió un poco.
El natural ensayó José Tomás después de unos estatuarios en su primer toro y se llevó una voltereta. Siguió por derechazos sin especial relieve, volvió a los naturales, sufrió un nuevo achuchón y
luego vino lo del bajonazo. Al quinto le inició la faena en el platillo, por naturales, mas le salían enganchones. Pegó tandas
insulsas de derechazos y cuando ya llevaba casi diez minutos de plúmbeo
trasteo, sacó dos postreras tandas de naturales, nada del otro jueves
por cierto, aunque la masa tomasista se los aclamó hasta el delirio.
Mató a la última, oyó dos avisos, y ese colofón, que para cualquiera
hubiese supuesto el desastre, para José Tomás fue un nuevo timbre de
gloria, con el público a sus pies, su leyenda en el empíreo.
ABC.
. El
temple de Manuel Caballero frente al valor seco y a secas de José Tomás
No defraudó la tarde a la expectación en lo más mínimo. La pasión
con que se vivió la corrida y la intensidad que se respiraba en el ambiente compensó todo. José Tomás regresaba a «su» plaza envuelto
en una aureola de mito. No cabía un alfiler en los tendidos. Todos por
y con el torero de Galapagar. Pero hete aquí que saltó la liebre:
Caballero.
Las dos horas y pico de espectáculo dieron mucho de sí. Hubo toros,
con sus mansedumbres y sus problemas; otros sin problemas y con calidad;
una faena muy templada; dos suertes de varas para anotarlas; el valor seco, y a secas, de José Tomás. Y aquí hay que detenerse para
explicar su actuación con detenimiento, porque todo no es gloria,
fervor o desatada entrega. José Tomás asombró con su valentía. Nos
acongojó con su arrojo, con su frialdad y con su hieratismo y su
quietud. A secas. Además José Tomás desprendió una sensación de
tener la mente cuadriculada. Y eso no es. Me explico: al quinto toro, un
tío de 600 kilos, lo midió en el caballo. O sea, que quedó crudo. A
la muleta llegó violento, crecido. Sin ni siquiera intentar ahormarlo, pulirlo un poco, presentó la izquierda, en los medios. Se sucedieron
los enganchones. La falta de dominio se hacía patente. Derrochó valor
a espuertas para aguantar los atragantones, las acometidas. No piensen que el toro era malo, que va, es que pedía que lo sometieran. Pasó sobre la derecha con mayor limpieza, templando el rebrincado
comportamiento, tragando lo indecible. Una colada levantó la angustia; el animal se iba haciendo. Cuando volvió al natural, los pases
enardecieron la plaza, ahora nítidos, impolutos, largos, tardíos. La
consecución de una pereja tandas subieron de nuevo el nivel de la
faena, claramente dividida en dos mitades. Un ayudado por bajo como un cartel de toros y un aviso que sonó antes de entrar a matar. No hubo suerte. Hasta seis pinchazos rebajaron los ánimos. Otro recado
presidencial, y el toro se echó. Todavía quiso levantarlo. Eso le honra. El público se entregó a pesar de todo, un tanto desbocado y fuera de lugar.
Ya se había jugado la vida a pelo Tomás en el anterior de su lote,
un manso con claras querencias. La cuadrilla naufragó en el segundo tercio. Pasó apuros en la apertura por alto y quiso quitarle la
tendencia a tablas en los medios, sobre la mano zurda. El toro no obeció la muleta y lo arrasó como si fuera el AVE. José Tomás rodó y se escapoó de milagro, gracias al oportuno quite de Cubero y del Espíritu Santo. Huía de la muleta el ejemplar de Puerto de San Lorenzo. La derecha trató de sujetarlo en una tanda; en la siguiente lo consiguió.
A pies juntos se metió entre los pitones: sólo asomaba medio engaño tras el muslo. Muy cruzado, se rebozó; igual, al natural, rozando la
temeridad y sobrepasando en metraje una obra que debió ser más medida.
Otra voltereta no le hizo perder la vertical, y si no sale por pies a
alcanzar la barrera, no se escapa. Una estocada desprendida y el primer aviso de los tres que sumó en su actuación. A Manuel Caballero le tocó el mejor toro de la tarde, el cuarto. Picó El Turuta con magisterio; pareó Carretero con poderío. Intervinó José
Tomás por ceñidas chicuelinas. Se presentía el triunfo. Arrancó por
arriba el albaceteño. Los derechazos, a cámara lenta, soberbios. Como
soberbio fue el pase de pecho de la serie posterior, también diestra. La calidad del toro encontraba el templa de Caballero. Bajó de tono al natural y recuperó intensidad de nuevo sobre la derecha, manejada con firmeza y siempre con ligazón. Los ayudados por bajo, genuflexo,
precedieron a un pinchazo en su sitio y suficiente. Merecidísma la ovación en el arrastre y justa la oreja.
Ya Manuel Caballero había demostrado su técnica y su concepto de la
templanza con el pitó derecho del ejemplar que abrió plaza, que, sin
embargo, andaba orientado por el lado contrario, como se vio en el quite
por gaoneras de Tomás. Emborronó su hacer con una estocada baja. A Morante le devolvieron el inválido tercero con razón. El sobrero,
del mismo hierro, gazapeó mucho. Pero para andarín, Morante, que no se
centró. Pero lo peor llegó con el sexto, un astado noble al que lanceó como en un sueño en el saludo. Bien de verdad por el pitón izquierdo.
Los compases inciales de la obra ilusionaron por su torería. Se puso
sobre la izquierda. Un par de naturales quedaron para el recuerdo. Y
entonces el toro le amagó feamente y el torero de La Puebla del Río perdió el ánimo, el norte y la confianza.
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