GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del jueves, 17 de mayo de 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Mari Carmen Camacho, deslucidos.

Diestros: 

Entrada: lleno hasta la bandera.

Crónicas de la prensa: Cadena Cope, El País, ABC, El Mundo


Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Javier Castaño, torero cabal

Una corrida mansa, deslucida y sosa de Camacho no fue obstáculo para que Javier Castaño exhibiera en su confirmación de alternativa en Madrid sus armas de torero valiente y cabal. Poco más se podía hacer ante semejante colección de toros desrazados y contrarios a lo que debe ser un toro bravo. Salvo por su facha, y no todos (el sexto se tapó por los cuernos), era una corrida en tipo, bajita, y si se quiere, hasta agradable para Madrid.
Ortega Cano se hizo presente para hacer un quite al toro de la confirmación de Castaño, pero desistió por alguna guasa del tendido…y el pasotismo del resto. Luego hizo algo importante, apenas valorado, pero que revelaba que Ortega quería: se plantó en los medios para parar a su primer toro, y lo toreó a la verónica, con poder, con seguridad, mandando en las embestidas. Como en sus dos toros, la cuadrilla molió a mantazos al bicho, y cuando llegaba a manos del matador se frenaba o, sencillamente no iba. No se confió Ortega, pero a su primero lo mató por arriba. Por derecho. En el cuarto, Castilla se hizo un lío con el capote, y todo fue cuesta abajo, con el toro maltratado y a peor (cara alta y viaje escaso), Ortega resultó volteado cuando intentaba pasarlo de muleta con la mano derecha.
Finito de Córdoba toreó de capa a sus dos toros de salida, en los mejores momentos de su tarde en Madrid. Con su primero no le dejaron directamente, aunque el toro, a la defensiva, tenía para poco. Y con el quinto, Finito planteó faena en corto, pero no se acopló en un largo trasteo. Un toro soso y sin clase, pero la dignidad de Finito no bastó en una faena demasiado larga.
Confirmó alternativa el de Salamanca, otro Javier. Castaño, que el año pasado salió por la puerta grande de novillero, no pudo reeditar aquel triunfo. Exhibió su seco valor, se templó con su primer toro en el inicio de faena, para terminar acortando las distancias y entre los pitones. Se llevó una voltereta sin consecuencias, y le protestaron las manoletinas finales en el intento de exprimir por alto a un toro que no tenía nada dentro. Ya veremos qué pasa con las manoletinas en lo que queda de feria.
Lo de Castaño en el sexto fue un arrimón en estado puro, con un toro berreón y de genio que embistió en los primeros tercios a arreones, Castaño empezó muy bien la faena, dando sitio al toro, y aliviando por alto, pero muy asentadas las zapatillas. Valiente de verdad, con los pitones rozándole, y él tan tranquilo, cómodo como nadie en ese sitio tan difícil y tan poco valorado. Se obligó Castaño con ese toro, y su faena debió ser sorda, pues no sonó ni una palma al matar a ese toro con el que se jugó limpiamente la vida.
Castaño pasó por Madrid en su confirmación como un torero honrado y cabal. Un valiente sin suerte. La suerte puede cambiar. Lo otro, el valor, ni se compra ni se vende. Se tiene o no se tiene.

 


El País. JOAQUÍN VIDAL. Un tupido velo

Sobre lo que sucedió en la función isidril, que hacía quinta en la feria -novena por orden de abono, décima si cuentan los carteles-, mejor será correr un tupido velo, que dijo el rapsoda.

Una parte del público se durmió y otra pasó la función esperando que a alguien le diese por intentar algo. No importaría que fueran los toros. Muchas veces son los toros los que argumentan la corrida. Podría ser por su bravura o por su mansedumbre, por su nobleza o por su poderío. Sin embargo estos de María del Carmen Camacho no eran ni cuanto queda dicho ni todo lo contrario,

Ganado soso, valdría decir, si no se tiene intención de molestar al ama del predio que los vio nacer. De cualquier modo siempre hay alguien que menciona las cosas por su nombre y acaba echando por tierra los disimulos y los tupidos velos. Fue un aficionado del tendido 9 que seguramente no se podía aguantar y voceó: '¡Ganadera, mande sus borregos al matadero!'.

Las cosas claras.

En Madrid no faltan aficionados que dicen las cosas claras. Por ejemplo, a Finito de Córdoba se las dijeron con una transparencia cristalina. Iniciaba dubitativo Finito su primera faena, desde el graderío le afeaban que metiera el pico, hizo con la mano el gesto de pedir un margen de espera, y una voz del 7 le respondió: '¡Venga, ya, que llevamos esperándole 10 años!'.

La afición de Madrid, cómo es. Parte -entiéndase-, pues otra parte calla. Aunque a lo mejor quienes callan son sevillanos. Habrá que investigar.

La amenidad de la corrida, si la hubo, vino por estos monólogos del tendido, también algunos diálogos entre gente del graderío y gente de lidia. Se trataba, obviamente, de la libertad de expresión, que es característica en el foro de Las Ventas.

Toreo exquisito interpretó Ortega Cano con el capote a la verónica y sobre todo al dibujar dos medias cuasi belmontinas. No volvió a ocurrir, desde luego, ya que, al parecer, Ortega Cano tenía dificultades para conectar con las musas.

Las tenía asimismo para entender a la afición. Oyó en las alturas '¡Ese capote!', debió creer que se lo demandaba desde el cielo el Sumo Hacedor y entró rápido a quites. Mas no se refería a él sino al peón Cruz Vélez, que llevaba el capote almidonado y tan grande que parecía el telón del teatro de la Zarzuela.

Muleteó Ortega Cano con mayor voluntad que acierto a su primero, marcó el redondo en una embestida incierta y el toro le tiró una cornada a la ingle, dándole, de paso, un escalofriante volteretón. Se incorporó Ortega Cano sin mirarse, con la taleguilla destrozada (afortunadamente no había herida) y trasteó a la defensiva. Alguien del público le reprochó que el toro se le iba sin torear y Ortega le contestó con una sonrisa irónica y señalándose el boquete de la pernera.

El cuarto toro desarrolló sentido y como Ortega Cano tomó sus precauciones, le pitaron a modo. Se ve que a este veterano diestro no le toleran movimiento mal hecho.

A otros toreros tampoco, lo que pasa que algunos no intentan movimiento bueno ni por casualidad. A Finito de Córdoba no se le ocurrió nada distinto a meter el pico y rectificar terrenos tras cada muletazo, pese a la docilidad de sus toritos. A Javier Castaño, en tarde crucial pues confirmaba la alternativa, tampoco nada diferente a citar con la muleta retrasada, abusar igualmente del pico, destemplar derechazos y naturales, y ponerse tremendista ahogando las embestidas para pendular la pañosa y sacar pases por la espalda.

Tarde plúmbea, toros y toreros para el olvido.

'¡Que alguien toree algo, por favor!', solicitó, a voz en cuello, otro aficionado. Pero no le hicieron ni caso.


ABC. Seis silencios como seis losas

No sé ni siquiera como precipitarme a la vorágine de la contrarreloj de la crónica. No encuentro palabras para definir lo acontecido. Atrapadas bajo la losa de los silencios, entre el plomo del bochorno insoportable y la nada, entre el gris del cielo y la grisalla de los toreros, mueren las ideas de una tarde mortecina. Tiempo para meditar los vértigos en tiempos donde todo se iguala por abajo, por la mediocridad y la rutina. Pero ni lo uno ni lo otro van con el toreo. Y lo que se sale de la normalidad se anula.

Leí en días pasados sobre una historia de amor: un hombre enfermo terminal de cáncer se suicidó ante el tenebroso futuro que le esperaba a su mujer, víctima de Alzheimer. No era la muerte lo que le aterrorizaba, sino el abandono de la amada, la soledad que le esperaba en un mundo irreal y perdido en el que flotaba. Pero Paquirrín se ha caído de una tapia y Maribel Sanz iba ayer a los toros envuelta en una nube de fotógrafos y cazadores de declaraciones insustanciales. Mejor así, no vaya a ser que por hablar/escribir de desesperanzas y quiebras del alma le demos a la gente que pensar. Opio para el pueblo, morfina de superficialidad. Pan y cotilleos. Igual los periodistas de la cosa rosa le sacan partido a la voltereta que sufrió Ortega Cano en el cuarto. El percance vino entre dudas e inseguridades, en medio de un duelo íntimo del torero entre su cabeza y el corazón. La memoria de la carne. Penosa había sido la lidia, que el maestro de Cartegena dejó en manos de sus peones. Capotazos a mansalva, regates, enganchones trapaceros, y el toro que es toro, no un tonto como otros, se orienta, aprende, desarrolla. Si además de todo aquello siente la lucha interna del hombre, percibe los temores, la visible pugna, «me quedo, me voy», la muleta retrasada una y otra vez... Gracias a Dios se levantó indemne, con la taleguilla rota, para matar al animal que le había radiografiado el espíritu y las debilidades.

Ortega Cano recibió con aguante el silencio y los pitos como antes había recibido con decisión al segundo ejemplar de Camacho, que se emplazó de salida en los medios, desafiante. Una verónica y una media hicieron presagiar que el ave de la inspiración se había posado sobre Ortega. Otras vez, como luego, sobraron capotazos; otra vez, como después, el engaño retrasado en el último tercio. Y el toro que parecía que servía, aunque no descolgara la embestida. Y desde entonces hasta la despedida, el duelo interno se apoderó del torero.

SIN MALAS IDEAS

La corrida de Mari Carmen Camacho no se cayó, no sacó malas ideas sino nobleza. Pero los toros parecían tan plúmbeos como Finito o Javier Castaño, que no intervinieron en un solo quite. Probablemente, ni se les pasó por la mente intentarlo. Exasperante conformismo.

El diestro de Córdoba dibujó una salutación notable al tercero, a la verónica, claro. Pocos entendieron qué le había visto para doblarse con tanto poderío en el principio de faena, con un afán de quebrar las arrancadas de las que pudiera ser portador. Porque había metido bien la cara en el capote. Allí se frustraron un par de series por lo menos y algo de alegría. No hubo continuidad y manejó muy mal la espada, hasta concluir con un sartenazo de fea ejecución.

Más seriedad portaba en su anatomía el quinto. No repitió ahora los lances a la verónica con la misma categoría que aquellos. La densidad y la espesura se apoderó de Juan Serrano, uno de los triunfadores de abril. Se repitieron los enganchones con excesiva frecuencia.

El leonés Castaño ópaisano y orgullo de Vicente Ángel Pérezó confirmó la alternativa con un toro bondadoso, de justas fuerzas. Su hacer, a media altura, no transmitió intensidad. Ni calidad. El pupilo de Mari Carmen Camacho cabeceaba más por las carencias físicas que por otra cosa, y tropezaba la muleta. Se arrimó el toricantano, que acortó las distancias como a él le gusta y provocó el ¡ay! con una espaldina y una voltereta. Ole, ninguno. Aseguró la estocada en los bajos, casi sótanos.

Tal era el aburrimiento en el sexto que el público hizo desmonterarse a José Manuel Zamorano por un buen par, una pasada en falso clavada en el aire y otra reunión peor que mediocre, además de caída. Castaño se adocenó con el toro. Muchos pases y casi ninguno bueno. Se despidió con otro espadazo cinco dedos por debajo de la cruz. Los seis silencios se hicieron tan insoportables como la tarde. Mortecina, vaga, tremenda.


El Mundo. EFE. Corrida descastada y aburrida

Otra vez a cuenta con el ejemplo del vino y el agua para explicar el alarmante momento que atraviesa la cabaña de bravo, de total descastamiento. Resulta que al vino se le rebaja con el líquido elemento, suavizándole, pero cuidado cuando se quieren recuperar los grados, ya es imposible. Algo parecido pasa con la casta en los toros. Nobleza más allá de la bravura significa mansedumbre sin más. Y de esta última nadie puede esperar nada bueno.

Ortega Cano comparecía en Madrid por primera vez tras su vuelta y después de haber convencido mucho en las dos primeras ferias grandes de la temporada, Valencia y Sevilla. Pero esta vez no le han salido las cosas, por el inconveniente apuntado de los toros y por su propia desconfianza. Con todo, se ha anotado una brillante intervención con el capote en su primero, una serie de lances a la verónica muy mecidos y templados, con magnífico remate de dos medias. Toreo de lujo, pero hasta ahí.

Lo demás ha sido un continuo quiero y no puedo, o quién sabe, pues se ha hecho presente en dos quites que después no ha resuelto, en el primero de Finito y en el segundo de su lote, respectivamente. Muleta en mano, Ortega se ha puesto en su primero demasiado encima y descruzado, es decir, sin darle el sitio apropiado al toro, que era algo gazapón pero que atendía a los toques.

En el cuarto por un momento ha tenido un arranque de amor propio al ponerse muy de verdad con la muleta en la mano derecha. Ha sido cuando el toro se le ha venido al cuerpo, propinándole una voltereta con la que ha renacido la desconfianza. A todo esto el toro se revolvía pronto. Así que no ha habido faena posible. Ortega ha hecho intención de salir en el sexto de nuevo en su turno de quites, aunque tenía ya tan en contra la gente, y ha desistido.

Finito de Córdoba ha pasado también en su primera comparecencia en el ciclo con más pena que gloria. Y si en el primero tuvo la disculpa de la falta de colaboración en el toro, deslucido por parado y falta de recorrido, en el quinto, en cambio, ha batido el record de la incompetencia. Trapazo va y trapazo viene, mientras el toro cuando menos demostraba mucha fijeza, yendo a todos los cites, eso sí, sin rematar los viajes, pues siempre salía con la cara arriba. Lo mejor del torero cordobés, la estocada a este toro.

A propósito del aburrimiento y el tedio que ha producido la labor de Finito en este quinto toro, de una localidad alta del siempre crítico y mordaz tendido 7, ha salido una voz oportuna y sentenciosa que ha definido con exactitud la situación: "por favor, torear alguien". Eso faltaba, en vista de la incapacidad manifiesta de los artistas, que se hubiera buscado entre el público a alguien que supiera y quisiera torear.

Javier Casta–o ha venido a confirmar una prometedora alternativa que ha tomado hace menos de dos meses. Torero de arrestos, que en su reciente paso por Sevilla ha demostrado también tener las ideas muy claras. Pero no había hoy material propicio. Ordenada y con torería su primera faena, le ha faltado la chispa que no tenía el toro.

En el úlltimo, berreón pero más encastado que ninguno de los anteriores, Casta–o se ha apretado en los lances de recibo, en tanto que con la muleta ha estado firme. En terrenos de cercanías y por la senda de la emoción, metido entre los pitones, ha buscado una faena que a todas luces ha resultado después imposible. Tendrá que ser en mejor ocasión

 

El Albero

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