GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del lunes, 14 de mayo de 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Fermín Bohórquez, inválidos

Diestros: 

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: Cadena Cope, El País, ABC, El Mundo


Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. La personalidad de Luguillano

Cuatro hierros para una tarde de toros en la que hubo hasta tres sobreros sobre la arena de Las Ventas. Una corrida descabalada en la que las únicas gotas de clase y nobleza las aportaron los toros de Bohórquez corridos en tercer y sexto lugar. Y con ellos, David Luguillano, decidido y, en momentos, muy inspirado. Luguillano dio una vuelta al ruedo a la muerte del sexto toro. Una tarde de toros amenazada de lluvia, que sólo se atrevió a salir al final de la misma.
Luguillano fue el torero que gozó de mejor materia prima, y además, el más decidido de principio. Replicó con garra, por gaoneras, a un quite de Cepeda, más que a un quite, a una media de cartel de toros que dejó Cepeda, y provocó a David. Luego, con el toro alegre, con el toro al galope, la distancia para abrir por estatuarios y uno del desprecio. Luguillano en estado puro, con sus virtudes, y defectos, con su pasión, y con su irregularidad dentro de una misma faena. Luguillano fiel a sí mismo, que es lo mínimo que se puede esperar de un artista. Hubo personalidad, buen aire, plasticidad, en una faena que Madrid siguió con deseos de ver toreo. Y reaccionó fuerte cuando David se lo dio, cuando compuso, y cuando se desplantó con aires aflamencados y garbosos. Mató de media estocada y un descabello “al encuentro”.
El sexto fue un toro cincqueño, un toro de más altura de agujas, pero un toro que también repitió en la muleta. Una faena a menos en cuanto a logros, puesto que a un comienzo muy entonado, compacto y ligado del vallisoletano le siguió una fase de desacople en un final de faena que Luguillano defendió con más ardor que cabeza. El premio fue una vuelta al ruedo de un torero que en Madrid se siente, y Madrid, a su manera, siente como propio.
Fernando Cepeda y José Luis Bote no mataron ninguno de Bohórquez: al primero lo mató el puntillero, porque se echó; el segundo fue un sobrero de Julio de la Puerta que se quedó corto; el cuarto, otro sobrero de Moreno Silva, apagado y a menos; y el quinto, un sobrero de José González, muy descarado de cuerna, y vacío de contenido. Tarde en blanco para Cepeda y Bote. A Bote le queda otra.

El País. JOAQUIN VIDAL. El toro del rabo flácido

El primer toro se desplomó y no había forma de levantarlo. Le tiraban del rabo y nada. Eso debió de ser porque lo tenía fláccido. Seguro. Dónde se habrá visto que a un toro le tiren del rabo y le traiga sin cuidado. Ni un toro ni nadie se deja tirar del rabo porque sí. Póngase en su lugar.

Lo más raro de todo es que ese toro, hierro Fermín Bohórquez, sacó un trapío de los de aquí te espero. Serio como un carabinero de los tiempos de la República, pegaba unas embestidas tremendas, las que son propias de los toros de casta brava. Como para irle tirando del rabo o tocándole lo del día de la boda. Y, de repente, cataplum: se vino abajo. Y ya no volvió a ser persona (dicho sea con perdón y mejorando lo presente).

Fernando Cepeda se ponía bonito para darle los derechazos al tullido animalito (así cualquiera, claro), y no lograba sacarlos completos pues se le desplomaba exangüe y en una de esas ya ni se pudo levantar. Peones asumiendo la función de la grúa le tiraban del rabo para arriba y les habría dado igual tirar para abajo. El toro, ni se inmutaba. Acudió finalmente el peón que llaman cachetero, le pegó el cachetazo y el pobre toro pasó a mejor vida.

Saltó a la arena otro toro del hierro Fermín Bohórquez, que padecía la invalidez del anterior, y lo devolvieron raudo al corral. Todos los toros eran del hierro Fermín Bohórquez, efectivamente, pero sólo pudieron lidiarse dos ya que los restantes padecían la mencionada invalidez y fueron devueltos previa airada exigencia del público. Qué bochorno, don Fermín. Para ese viaje uno no viene a la feria de San Isidro; mejor se queda en casa viendo la televisión.

Los sobreros, cada uno traía el hierro de su padre y de su madre -es natural- de manera que hubo en la arena toros de cuatro ganaderías distintas. Todo un muestrario de trapíos y de linajes que permitieron al publico gozar de la contemplación de bien conformadas láminas y harto armadas testas. Las testas -es justo precisar- venían coronadas en todos los ejemplares que pasaron por el barrizal venteño -titulares y sobreros-, de unas cornamentas desarrolladas y astifinas, poco usuales en otros pagos. Un dato significativo.

Los toros válidos de don Fermín le correspondieron a David Luguillano, que hizo derroche de pinturería. Este torero, a poco que le prenda la inspiración, se desmadra. Para decirlo pronto: su toreo es un puro desmadre, lo que no significa que repugne a las reglas del arte. Antes al contrario, las ejecuta con pureza David Luguillano, y en sus dos faenas, desgarradas y casi hechas a empellones, las derramó hasta el derroche.

De manera que junto a un astroso pase venían otros hondos, emotivos, ejecutados en perfecta ligazón, y engarzados a preciosos muletazos de remate o de recurso; entre ellos, los de pecho, los del desprecio, las trincherillas, los cambios de mano; en fin...

Su primera faena fue variada; su segunda la limitó a los derechazos, dentro de cuatro repetitivas tandas de aleatoria compostura, más otra de naturales a petición del público, que salió ful. Hubo petición de oreja para Luguillano, lo que constituía una exageración, por lo que el premio quedó en vuelta al ruedo y gracias.

José Luis Bote, con un sobrero reservón y otro noble de corta arrancada, estuvo excesivamente precavido y ni siquiera apuntó la torería que lleva dentro, Cosa rara en este torero cabal. A Cepeda, que meció unas verónicas excelentes, el segundo sobrero de la tarde -que hizo cuarto- le salió también inválido y ya es mucha casualidad. Ocurrió casi lo mismo que en el primero. Compareció mirando tablas, pegando arrancadas y perpetrando arreones, cuando, de súbito, le dio el patatús. No era lógico con aquel temperamento y aquella cara de pocos amigos. O sea, que no entiendo tanta invalidez. A mí que me lo expliquen.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. David Luguillano le hace ascos a la suerte

A Fermín Bohórquez le salvaron la cara un par de toros, pero no la corrida. A David Luguillano, esa misma pareja le puso la miel en los labios y el triunfo a huevo. Y este encuentro supuso la parte más agradable de una tarde fría, lluviosa, triste y propicia al reúma, que igual era lo que sufrían los murubes jerezanos.

Todo en la vida depende del color del cristal con que se mire: la actuación de Luguillano se puede medir desde las perspectiva de tabla salvadora del festejo o desde el prisma de oportunidad perdida, según. Según el ánimo, la voluntad, la simpatía por el torero y el grado de comunión con su concepto del toreo. Aunque todo parece indicar, como decía en los telediarios Pérez Reverte, que Luguillano va a seguir siendo Luguillano, en sus ramalazos de inspiración, en sus agarrotamientos y en las caricias que le hace la suerte y que, o por hache o por be, no corresponde en la misma medida.

Ya el año pasado rozó la Puerta Grande en Madrid con un toro excepcional de Javier Pérez-Tabernero; ayer, otra vez, se quedó a punto de pegar el aldabonazo.

El tercer bohórquez, digamos que en tipo, agradable de cara, se sobrepuso a las carencias físicas de sus hermanos anteriores y evidenció su clase en un fabuloso quite de Fernando Cepeda que concluyó en una media verónica soberbia, cincelada a cámara lenta. David Luguillano respondió por gaoneras, pero no le van. Villalpando clavó un buen segundo par antes de que su jefe de filas abriera faena en los medios por estatuarios y un pase del desprecio que cautivó al gentío.

ANIMOSO Y DISPUESTO

El diestro de Pucela pronto presentó la izquierda, muy animoso y dispuesto. Mas la violencia con que manejó la flámula no procedía con la almibarada embestida de su enemigo. Mejoró sobre la derecha en una tanda que careció de continuidad en la siguiente. Otra vez al natural hubo pinceladas, detalles poco sólidos. Y fue entonces cuando se reposó y cuajó una cadena de redondos largos y profundos, guinda cumbre de una obra demasiado desigual, con brotes deshilvanados de toreo caro. Acabó por sanjuaneras. Media estocada tendida, aviso al excesivo metraje y un descabello redujeron el premio a una fuerte ovación recogida desde los medios. Aunque la vuelta al anillo no hubiera sobrado.

Todavía la fortuna le deparaba una nueva sorpresa. El sexto, mansurrón en el peto, rompió en la muleta con nobleza. David toreó más asentado en cuatro tandas de derechazos ligados, firme y muy dispuesto. No tocó ahora la izquierda, y cuando lo hizo no le salió el toreo natural. Quiso matar al encuentro y cobró media estocada defectuosa, insuficiente para que doblara el animal. Dos golpes de verduguillo y otra oreja que se iba al garete. Paseó ahora el anillo.

En el entregado hacer del optimista David Luguillano con aquellos toros, con sus pros y sus contras, se resume la tarde. El resto, invalidez, agua, frío, pañuelos verdes, protestas, devoluciones...

A Bote le echaron para atrás el lote. En su lugar pechó con un sobrero de Julio de la Puerta y otro de Juan José González, ambos complicados, aquél a la defensiva, éste deslucido y con un velamen pavoroso. Fue en el segundo bis cuando Campuzano picó arriba y por derecho. Y aprovecho la ocasión para aclarar un entuerto. Vistas las imágenes de Vía Digital de la primera tarde feria, tras oportuna llamada de Ignacio Aguirre, me autocritico: al sexto toro de Hernández Pla apenas le metieron las cuerdas, aunque esa impresión dio en la plaza, y además fue Héctor Vicente y no Tito quien no acertó con la puya, causando el efecto de la censurada e inexistente carnicería.

Volviendo a la crónica que nos ocupa: Bote, aun con excusas válidas, dio una impresión de impotencia. Igual que Cepeda provocó sensación de apatía y desgana. Sino no se explica que se dejara acribillar al sobrero que hizo cuarto bis, de Joaquín Moreno Silva, que apuntaba condiciones. El ya veterano diestro de Gines se conformó con el mencionado quite, encumbrado en una media para el recuerdo, y apuntes inacabados a la verónica. Mató rematadamente mal en la única ocasión que ejerció de matador, pues el toro que abrió la tarde se echó, enfermo, cuadripléjico o podrido. A saber.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Primera vuelta al ruedo de la feria para Luguillano

Se adivinaba buen fondo en la corrida de Bohórquez. Nobleza y cierto tranco, aunque ha podido más la falta de fuerzas, y más todavía la intransigencia de la plaza, que ha obligado a devolver dos de los seis toros, en tanto que el primero no ha aguantado lo más mínimo. Ese toro que ha abierto plaza ha sido sin duda el lunar negro del encierro, al margen claro está de los dos sobreros, sobre todo el primero, un auténtico 'regalo'.

Una pena que la gente se impacientara tanto, sin querer esperar las evoluciones de los toros devueltos, pues estaba claro que los sustitutos nunca iban a ser mejores. Quizá la circunstancia de que el primer desengaño llegara tan pronto, con el que abría plaza, ha hecho que se precipitaran las devoluciones.

Cepeda ha quedado prácticamente inédito con el inválido de marras, toro que ha sido andarín y berreón en los dos primeros tercios, y que ha acabado parado, sin resuello en la muleta. La primera vez que le ha bajado la mano, toro al suelo, y un poco después ha vuelto a echarse por su cuenta y ya para no recuperar nunca más la vertical.

En el cuarto bis, un animal que también ha perdido las manos aunque no tan escandalosamente, que ha sido tardo y probón, Cepeda se ha puesto pero sólo de forma aparente. El reiterado fallo a espadas en éste hizo que el público se enfadara al final.

Pero de Cepeda hay que contar algo muy bueno, una media verónica en su quite al tercero de la tarde. Una media verónica de ensueño, de las que envidian los artistas. Pasarán días y días, posiblemente la feria entera, y no se verá otra igual. Toro y torero magníficamente enroscados en la cintura de éste, y un instante antes el movimiento más cadencioso que se pueda imaginar, haciendo seda la brutalidad de la fiera. Un lance de cartel.

Bote ha sufrido todos los contratiempos de la tarde, y aun así ha cumplido una más que digna actuación. Ha venido a matar una corrida de Bohórquez y ha terminado estoqueando dos sobreros corraleados, de muy feo estilo. Su primero, un toro con mucho cuajo, serio y engatillado, que ha salido andando y olisqueando las tablas, no pasó ni una sola vez en el capote. Ha esperado en banderillas y no ha sido nada franco en la muleta desarrollando mucho peligro. En una arrancada por sorpresa, de un derrote, ha derribado al torero, que tuvo que optar por la brevedad.

Algo parecido en el otro sobrero que hacía quinto, otro toro manso, probón y siempre con la cara arriba. Vistas las nulas posibilidades de faena, Bote ha abreviado de nuevo.

A Luguillano le ha tocado el único toro aprovechable de la corrida, el tercero, con el que se ha encontrado muy a gusto a partir del celebrado quite de Cepeda. Por cierto que ha habido réplica de parte del torero de Valladolid, echándose el capote a la espalda para instrumentar enjundiosas gaoneras. Pero lo bueno por parte de Luguillano ha venido con la muleta. Mucha torería desde la apertura con dos estatuarios y uno del desprecio, y aun faltándole hilván a las series fundamentales por la derecha, aquello tuvo ritmo, empaque y hondura.

Ha rectificado posiciones el hombre al torear al natural para dar siempre la distancia que pedía el animal, algo que sin embargo ha enfriado el ambiente. Nuevamente la cosa ha ido a más en el último tramo, al adornarse por giraldillas. Faltó sólo mayor contundencia con la espada para haber cortado una posible oreja.

En el sexto, toro y torero a más. Luguillano ha sometido mucho y terminó el toro obedeciendo en la muleta. Faena otra vez por la derecha de exquisito corte. Temple y ligazón, y regusto en la interpretación. El intento final por naturales no fue tanto, en todo caso, eso, una buena intención de probar también el pitón izquierdo, pero sin rematar. La estocada no ha sido muy ortodoxa, necesitando otra vez del verduguillo, y perdiendo de nuevo el trofeo, aunque para éste ha habido más petición.

El Albero

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