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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 12 de mayo de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Hernández Plá (de diferente presentación, con trapío. El 2º,
inválido).
Diestros:
- Óscar
Higares, estocada y rueda de
peones (silencio); estocada pescuecera perdiendo la muleta (bronca).
-
Javier Vázquez, estocada
trasera baja -aviso- y cae el toro tras larga agonía (aplausos y saludos); tres pinchazos, estocada, dos descabellos -aviso-
y tres descabellos (silencio).
-
Alberto Elvira,
pinchazo hondo, bajonazo, estocada
delantera, rueda de peones y cinco descabellos (silencio);
estocada corta baja, rueda de peones y seis descabellos (bronca).
Entrada: lleno
Incidencias: El picador del 6º, propuesto para sanción.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, Marc
Levie (en francés).
El País.
Joaquín Vidal. Una
luminaria de bravura
De
repente saltó a la arena un toro bravo y cambió totalmente la fiesta. Hubo dos en la tarde, cuando ya iba de vencida, y aquellos dos
fulgurantes destellos crearon una luminaria de bravura que pusieron
tarde y fiesta del revés. Boca abajo, diría el clásico.
La función pegapasista, descastada y desclasada que se lleva pasó
al olvido. La corrida de toros volvía a ser la fiesta brava de siempre, la que prendió en el pueblo, se ganó sus corazones, vivió pujante
durante tres centurias y alcanzó a llegar hasta el tercer milenio, si
bien no se sabe a ciencia cierta con qué rumbo.
Si el rumbo hubiera de ser el que marcaron esos dos toros de Hernández
Pla por su casta brava, o esos seis preciosos ejemplares cárdenos del
mismo hierro que dieron ejemplo de lo que es el trapío, cabría asegurar que la fiesta marcha pujante y llegará sin novedad al cuarto
milenio. Si ha de ser, en cambio, el de tantas otras tardes, con el
torucho borreguil al servicio de los toreros pegapases, podríamos irle
cantando el gori-gori.
El cuarto toro se arrancó por su cuenta al caballo desde lejos, y también desde mucha distancia acudió pronto al segundo puyazo, que tomó entregado y fijo. En banderillas dio una arrancada impresionante, y
Pirri le ganó la cara echándole valor para reunir y prender en lo alto
asomándose al balcón. La torería del banderillero y la bravura del
toro conformaron aquí uno de los brillantes momentos de la tarde. Noble en la muleta el toro, Óscar Higares no le cuajó la faena de arte y hondura que se esperaba. Más bien tiró líneas, planteó fuera
cacho las tandas de derechazos y naturales, y prolongó excesivamente el
trasteo. Los ayudados y pases de la firma que dibujó al final, pese a
su compostura, acabaron de encrespar a los aficionados, muy disconformes
con la faena y a favor del toro. El sexto tomó un primer puyazo que puso al público en pie. En
realidad se puso en pie el toro. La imagen sobrecogió a la plaza
entera. Lanzado el toro al galope, al entrar en jurisdicción y sentir el hierro metió la cabezada bajo la panza del caballo y echó a lo alto los cuartos traseros, quedando prácticamente vertical, apoyado en los
brazuelos. El picador se agarró al morrillo y cobró el puyazo reunido que toman metiendo los riñones los toros bravos. En el siguiente, sin
embargo, el picador le sacudió al toro un castigo carnicero que casi lo deja para el arrastre.
El picador regresó a sus cuarteles oyendo el broncazo que merecía y la gente se puso en contra de su jefe, Alberto Elvira, a quien no perdonó
movimiento mal hecho en el transcurso de su voluntariosa faena. Poco
lucida, por otra parte, pues la brutal sangría había apagado al noble
toro y, el pobre, no daba para más. Tuvo Elvira en su anterior turno un manso de dudosa casta, probón e incierto, al que apenas pudo trastear. También sacó mal estilo el
primero de Óscar Higares, que se esforzó en provocarle su nula
embestida. Los de Javier Vázquez ofrecieron mejor juego y este buen
torero pudo conseguir algunos muletazos de notable factura aunque sin
redondear las faenas.
Con semejantes formas la corrida iba de capa caída, pero carece de importancia: pasaron al olvido. Y la historia de la tarde -y de la
feria- pudo ser esa exaltación de la casta santacoloma, esa bravura
emotiva y jubilosa que desarrollaron dos toros de Hernández Pla y
pusieron la fiesta en la gloria.
Cadena Cope.
JOSÉ MIGUEL MARTÍN DE BLAS. Tarde
de locos
Las Ventas, en la primera de San Isidro, exhibió con todos sus
poderes la realidad de una plaza que se convirtió en una degradante
jaula de grillos, de masa vociferante y enfurecida, de agresiones e insultos entre espectadores en el sexto toro de la corrida. Todo por un tercio de varas en el que el picador
de turno cometió el pecado de castigar a un toro que empujaba, y ¡oh, sacrílego!, pisar la raya del tercio. Una bronca descomunal que retrata
y deja en pelota picada a la afición de Madrid, que se ensañó con el
picador, que por otra parte se agarró de fábula en dos encuentros
soberbios, ¿alguien lo entiende?
La corrida, la primera de la feria, tuvo sobre la arena seis
ejemplares de Hernández Pla. Una corrida fina, mansona en general, con tres toros de nobleza apagada: el segundo, muy abanto;
el cuarto, de más plaza y movilidad, y el sexto, que duró un suspiro
para desmoronarse en la muleta. Con el público a favor de los toros, y
sin echar demasiadas cuentas a los toreros, éstos tampoco supieron
hacerse notar, por ellos o por las circunstancias.
Oscar Higares abrevió con su primero, un toro observador (es decir, que no paraba de mirarle). Un toro frenado y manso de libro. Con el cuarto comenzó con buen aire una faena que se presentía importante por la movilidad y nobleza del toro. El toro entró por los ojos a la gente que no entró en la faena de Higares, ligada, con la muleta puesta, pero despegadita. La faena entró en una espiral de desilusiones recíprocas y el empecinamiento del torero. Hubo bronca.
Javier Vázquez no tuvo opción con el manso quinto toro, un toro de genio peligroso. Con el segundo, toro noble pero muy apagado y rajado, Javier Vázquez sacó naturales
con cuentagotas, muy suavemente, corriendo la mano, pero sin continuidad
para que el ambiente se caldease de verdad. Una larga faena que fue ovacionada, como el quite
por chicuelinas al
cuarto de Higares, en el que Javier se enroscó el toro en la media verónica de remate.
Alberto Elvira se estrelló con un primer toro de su lote muy mirón, un toro que desparramaba la vista hacia la hombrera del torero, siempre por encima del estaquillador. Con el sexto pareció cambiar la decoración:
lances a la verónica en el saludo, mejores por el izquierdo, por donde
el toro se desplazó mejor y además no le molestaron a Elvira los golpes de viento. Y la locura alucinante, desproporcionada, en el tercio
de varas. El toro se arrancó muy fuerte en el primer puyazo, y Héctor Vicente se agarró muy bien, sujetó al toro, que recargó con
fuerza, tanta que llegó a levantar espectacularmente los cuartos
traseros en el encuentro. Otro largo puyazo en el segundo encuentro, y la plaza como loca…pero loca de atar. Una bronca descomunal contra
el picador. Si el toro era bravo…¡habría que picar! Si el toro apretaba…¿cómo se va a levantar el palo? Si el toro seguía…¡qué mas da que pise la raya el caballo! ¿O va a salir el picador y su caballo pendiente de una rayita de cal cuando un toro está luchando? La bronca fue de órdago cuando se retiraba el picador. Unos espectadores se insultaban en los tendidos de sol por varios almohadillazos recibidos
en la refriega…y Alberto Elvira, digno, con planteamiento ortodoxo,
muleta por delante, y un toro que se desinflaba como una gaseosa. Y Elvira presumiblemente perplejo, a la vez que indignado, por la bronca
montada sin saber por qué.
¿A quién se protestaba?¿Al matador?¿Al picador?¿Al toro?
¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia? Ni lo sé ni me
importa.
Si esto sigue así, que paren San Isidro, que me bajo.
¡Esto no es Madrid, que me lo han cambiado!
Marc Levie.
OUVERTURE SANS SURPRISE
Il ne s'est presque rien passé lors
de cette corrida d'ouverture de la plus longue feria de l'Histoire. Au regard du cartel, la surprise aurait été, en fait, qu'il se passe
quelque chose.
Un élevage, celui d'Hernández Pla,
formé avec du desecho de Buendía et vivant encore sur le prestige d'un
toro exceptionnel combattu à Madrid il y a plus de vingt ans. Et trois toreros qui n'ont plus guère à faire dans cette difficile profession.
Jetons un voile sur les trois premiers
: petits, bien faits, faibles en général et qui, marqués d'un autre
fer, auraient été protestés avec violence. Higares fut bref et
prudent avec le premier, tué d'une entière oblique. Javier Vázquez ne
canalisa qu'épisodiquement la candeur du deuxième. Et Elvira se défit
du plus difficile troisième.
Le quatrième fit illusion dès sa
sortie. Il prit trois piques, avec chute curieuse au premier assaut, en
venant de loin avec un beau galop, sans beaucoup de puissance et une
bravoure se confondant parfois avec une attirance pour les planches. Il
s'élança ensuite au moindre mouvement de leurre, pécha quelque peu
par distraction et par manque de classe, et ne fut ni soumis, ni captivé
par la muleta d'Higares, lors d'une faena brouillonne, sans liaison, terminée par une entière d'effet immédiat : ovation à la dépouille
du toro et sifflets au torero. Le cinquième fut manso et termina violent. Trop violent pour un Javier Vázquez sur le recul qui tua péniblement.
Le dernier mit spectaculairement les
reins lors de la première pique, en levant les pattes arrière. Il eut
droit à la totale : mal piqué, mal lidié et mal toréé. Le public
prit son parti mais il resta quelque peu inédit. Et en moins de deux
heures, tout le monde à la maison.
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