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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 8 de abril de 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Juan José González,
de trapío impecable; muy serios de cabeza y
bien armados. Astifinos. Primero, segundo y sexto inválidos totales;
cuarto, muy flojo y manejable; tercero, enrazado y vibrante; quinto,
manso y complicado.
Diestros:
Entrada: tres cuartos de plaza.
Crónicas de la prensa: ABC,
El País, El Mundo
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. La primera, en la frente
Era la primera corrida de toros de la temporada
venteña y acabó siendo también la primera en la frente. La ganadería
de Juan José González echó por tierra las esperanzas de un cartel que
prometía y que levantó expectación: los casi tres cuartos de entrada
así lo demostraron. Entre los alicientes de la tarde se encontraba la
confirmación de alternativa de Jesús Millán. Millán, al menos, dejó
intacto el crédito que traía de Castellón. O sea, que ante los próximos
compromisos isidriles las puertas siguen abiertas. Ayer, sin que las
cosas rodaran como debían —su lote apenas se sostenía en pie, como
casi toda la corrida—, causó sensación de seguridad y aplomo.
NI CLASE NI BRAVURA
De verdad que fue una lástima que los pupilos de González
no vinieran con clase ni bravura ni fuerza. Porque de presencia se las
traían, sobre todo por delante, por pitones, astifinos como puñales.
Del conjunto sobresalió el tercero, que, aunque manseó como sus
hermanos, desarrolló la potencia que da el motor de la casta. David
Luguillano, que fue el afortunado, recogió la galopada genuflexo y se
estiró por verónicas decididas y barrocas. Volvió a palparse el
apetito de éxito del pucelano en un quite que condujo sobre el pitón
derecho y que remató con una media muy frontal y torera.
Luguillano se dobló con el toro en el inicio de faena y sacó pecho
en un trincherazo señero. Pronto presentó la izquierda y el toro se
comía la muleta. La serie primera transmitió buenas vibraciones, a
pesar de un grado de electricidad, quizá por ese abigarramiento que
caracteriza a este matador, tal vez por un punto de violencia del
astado. Pero ya entonces se vislumbró que entre toro y torero cabía un
tren, cosa que quedó aún más patente en la siguiente tanda: la decisión
de David Luguillano se diluyó en el transcurrir de la faena, que se
metió en la cuesta abajo sobre la derecha y en los continuos
desplazamientos del animal hacia las afueras.
El quinto, un tío, careció de calidad y fijeza. El diestro de
Valladolid no se complicó la vida, tomó prevenciones y tiró por el
camino de en medio.
REDONDOS DE CATEGORÍA
La suerte le dio la espalda a José Luis Bote con el segundo
de la tarde, que además de flojo dio muestras de mal estilo. Más
detalles le salieron en el cuarto, manso pero noble, aunque no
humillaba. Bote, cuando le tomó el pulso y la velocidad, no muchas
veces, esbozó redondos de categoría. Sin embargo, a lo peor por ser
todavía primeros de año y porque falta rodaje, las ideas no fluyeron
con nitidez. Muchos enganchones emborronaron una labor amplia. Manejó
las espadas con reiterada ineficacia.
Esperemos a San Isidro, cuando estos tres mismos matadores gozarán
de nuevas oportunidades. Entre los aficionados quedó la brega justa y
de terciopelo de Casanova con el toro del doctorado de Millán.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Sarta de inválidos
La corrida estaba inválida, menuda novedad. Soltaron una sucesión
de inválidos en cadena, o en sarta, como si los hubiesen preparado para
un muestrario.
Muestrario de toros de lidia inservibles, aquejados de una invalidez
provocada por causas desconocidas. Y pues nadie da explicación alguna -ni
el Ministerio del ramo, ni el consejo de veterinarios, entre otras
instituciones responsables-, es preciso recurrir a la impresión
barruntativa: ¿Encefalopatía espongiforme bovina, fiebre aftosa o
droga dura?
Si sólo se hubiese caído en lo que va de año y de vida esta
corrida, a lo mejor los barruntos habrían de ir por distintos
derroteros. Pero siendo una más entre la inmensa mayoría de cuantas
echan a los festejos mayores, únicamente cabe pensar que hay epidemia o
hay fraude escandaloso perpetrado desde la impunidad.
Daba pena ver a los toros caerse fulminados a la arena y quedar en
ella cuan largos eran. Simpre da pena pero sobre todo si se tiene en
cuenta la bonita estampa que los encausados trujeron de la dehesa.
Bonita por lámina y por capa. Los taurinos se emocionan con las
corridas cuyos ejemplares parecen clónicos. Sin embargo la buena afición
admira aún con mayor motivo estas corridas al estilo de la que envió a
Madrid el ganadero Juan José González, que se equiparan en trapío y
en seriedad lo que no empece para que luzcan variedad de tipos y
pelajes.
Hubo toros coloraos, negros, cárdenos, y entre éstos, se dieron el
salpicao, el moteao, el capuchino. Hubo toros de terciada contextura lo
que no excluía el trapío, y entre estos, el recortado, el hondo, el
badanuvo, el largo y el ensillado.
El sexto, colorao, largo y ensillado, al perseguir a un peón que se
guareció en un burladero, brincó para no estrellarse contra la barrera
y se enganchó con el borde, donde basculó para caer al redondel.
Claro, lo mismo habría podido caer en el callejón y tal posibilidad
fue harto comentada por el público, que agradeció el incidente no por
nada sino porque la tarde vencía tocada por el aburrimiento y le venían
bien estas imprevistas emociones. Luego, en el turno de varas, el toro
se desplomó y en el de muleta embistió sin aliento.
El toro correspondía a Jesús Millán, que llegó a confirmar la
alternativa rodeado de expectación por ser el triunfador de la pasada
feria de la Magdalena. Y la verdad es que no respondió a la
expectativas. Debió de influir el ganado, cierto -el de la alternativa
se estuvo protestando continuamente por su intolerable invalidez-, era
evidente la pundonorosa entrega del toricantano, pero no se le
advirtieron esos marchamos que definen a quienes están llamados a ser
figuras del toreo.
Sus compañeros de terna son veteranos y muy conocidos de la afición
madrileña de manera que se sabían de sobra sus capacidades y sus
estilos. De todos modos, en la fiesta, que es una síntesis del universo
mundo encerrada en un redondel, siempre cabe esperar novedades. Y se
produjeron. Una la trajo Luguillano, otra Bote.
La de Luguillano, en el tercer toro, único enterizo, bravo y noble
de la corrida, al que castigó por bajo con exagerado arquear de piernas
y pegó derechazos con acentuada cargazón. Hasta que, pasada la
sorpresa de esa enfática pinturería, empezó la afición a analizar
las suertes y a decirle al torero -con razón- que en esos derechazos y
en los posteriores naturales abusaba del pico y toreaba hacia fuera.
Después, al quinto, Luguillano no le encontró el temple. Ni falta que
hacía, con aquel tullido infeliz.
El primer toro de Bote era de los avisados - se revolvía en cada
muletazo- y tras intentar embarcarlo por los dos pitones, abrevió
decorosamente. Al cuarto, que sobre invalidez mostró mansedumbre, le
porfió naturales y derechazos en repetidas tandas de aleatoria fortuna,
y una serie de redondos que cuajó y constituyó el mejor toreo de la
tarde. Mas he aquí que al oir una voz discrepante se encaró con el
espectador, luego con los aficionados del 7 que protestaban la invalidez
del toro, y esas formas ni venían a cuento ni cuadran con la demostrada
torería de José Luis Bote.
La afición disimuló esta salida de tono del maestro. En cambio el
presidente no se fue de rositas. Un presidente que ve cómo se desploman
los toros y no devuelve ninguno al corral pese a las protestas del público,
no vale para presidir. Y es lo que pedía la afición: que no presida
nunca jamás.
El Mundo.
JAVIER VILLÁN. Perlas
entre los escombros
Las perlas a que alude el título fueron,
naturalmente, los muletazos de Bote; los escombros, basta con leer la
ficha precedente. Mala cosa es que empiece una temporada con una parte
importante de la Monumental de Las Ventas llamándoles ladrones a quien
corresponda; y peor aún que esos mismos espectadores, que se niegan al
gregarismo silencioso, continúen preguntándose a quién defiende la
autoridad e instando al señor presidente de la corrida a que se vaya
del palco. La tarde terminó en el mismo plan insurgente y protestón
con el que había comenzado. En el palco estaba don César Gómez y,
naturalmente, no se marchó. Yo tampoco quiero que un presidente se vaya
del palco, prefiero que mande a los corrales los toros ruinosos y
cochambres. Y ayer, de esta clase fueron casi todos. Don César Gómez
tuvo la temporada pasada su tarde de gloria y de justicia devolviendo
cinco animales; parece que se ha arrepentido de aquello y está
cumpliendo la penitencia de aquella audacia. A ver si ahora el
aficionado tiene que pagar por ello.
El primer toro no podía con el rabo y estaba despendolado de las
cuatro patas. Eso lo vio, desde el principio, toda la plaza menos el
palco presidencial. Y así ocurrió lo que ocurrió: que al ligarle Jesús
Millán tres muletazos seguidos y bajarle la mano en uno, el toro se
derrumbó y por poco lesiona al matador. Por culpa, pues, de una
presidencia excesivamente permisiva, la confirmación de Jesús Millán
se quedó en agua de borrajas. Duró El Bote lo que duró en pie el
segundo tetrapléjico de Juan José González; o sea nada. Después de
la nada, parones a la defensiva del hermoso animal. El cuarto, más o
menos inválido, embestía rebrincando y pensándolo. Y, cuando dejaba
de pensárselo, se iba al suelo. En esas circunstancias, los muletazos
de Bote eran puro almíbar, pura gloria para paladares exquisitos.
Pisando el terreno exacto, poniéndole la muleta con el toque preciso
para que el toro no se derrumbara, dibujó Bote los mejores muletazos de
la tarde; por la derecha y por la izquierda: pura belleza, ritmo puro.
Faena imposible a un toro cuya debilidad no podía soportar el toreo
cabal de un torero cabal: mano baja y planta erguida en muletazos de
corto recorrido, como el corto viaje del toro. Se atragantó al matar.
Pero más se atragantó David Luguillano ante las dificultades del
quinto. Aunque, a decir verdad, el atragantón había empezado en el
tercero. El tercero duró en pie, y con fortaleza, hasta la muerte en
los medios. Pero David Luguillano duró bastante menos. Se despatarró
en los lances de saludo, barroco y ceremonioso; quite por verónicas con
menos arabescos y mayor naturalidad, sobre todo en una media de ensueño.
Tras las dobladas muy toreras, Luguillano se echó la muleta a la
izquierda y cuajó su mejor tanda de naturales, revalorizada por las
buenas vibraciones del toro. A partir de ahí, Luguillano se difuminó
en niebla y el toro se cuajó a sí mismo. El barroquismo de Luguillano
tiene el peligro de que, a veces, resulta un poco empalagoso. La
naturaleza del quinto apenas pudimos dilucidarla; la disposición de
Luguillano, en cambio, quedó meridianamente clara: no había disposición,
salvo la de irse cuanto antes al hotel.
En el sexto, aquello ya no lo salvaba ni Dios misericordioso y, mucho
menos, el presidente de la corrida que siguió en sus trece. El sexto
era un tren de hermosísima estampa, de imponente arrogancia, que
descarrilaba cada dos por tres. La confirmación de Jesús Millán,
frustrada por dos inválidos, y el palco imposible e impasible; que vaya
Millán a reclamar al maestro Armero, porque don César Gómez no admite
reclamaciones.
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