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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del martes, 5 de junio de 2001
Corrida de toros

Traslado de EL Juli a la enfermería de Las VEntas. Foto de EFE
Es Juli es trasladado hasta la enfermería de Las Ventas

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Salvador Guardiola, complicados.

Diestros: 

  • Rivera Ordóñez, silencio en los tres que estoqueó.
  • Víctor Puerto, silencio tras aviso y ovación.
  • El Juli, ovación en el primero que estoqueó donde resultó cogido de pronóstico menos grave.

Entrada: lleno de no hay billetes.

Incidencias: parte médico de El Juli: El Juli sufre herida por asta de toro en triángulo de Scarpa izquierdo con desgarro de 20 centímetros que afecta a piel y tejido celular subcutáneo. Rotura de aponeurosis y músculo recto anterior. Contusión de paquete vascular-nervioso. Contusiones y erosiones múltiples (tórax, axila izquierda y región frontal) Pronóstico menos grave. Operado bajo anestesia general. Trasladado a la Clínica de la Fraternidad".

Crónicas de la prensa: Cadena Cope, El País, ABC, El Mundo, La Razón


Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. La sangre de El Juli

La cornada e impresionante voltereta sufrida por El Juli cuando toreaba con la mano izquierda a su primer toro, la conmoción que sufrió la corrida entera, basta para explicar el tono desilusionante de una tarde marcada desde ese mismo momento. El Juli fue cogido de forma violenta por un toro altísimo y sin fijeza, y el ruedo se pobló de toreros, de gente, de mucha gente porque la impresión fue terrorífica. Se lo llevaron a la enfermería, donde le apreciaron una cornada en el triángulo de scarpa del muslo izquierdo con desgarro de 20 cms, que le afecta el músculo recto y contusiona el paquete vasculo nervioso.
La corrida fue otra, porque la corrida era El Juli, con todos los respetos a sus compañeros. El Juli era la referencia, y estaba cumpliendo su papel: había quitado por chicuelinas en el segundo de la tarde, y había lanceado con empaque y decisión al altísimo toro que le hirió más tarde. El Juli se sabía centro de las miradas y siguió en el empeño: quite por saltilleras, de perfecta sincronización ante un toro que se lo pensaba, y torerísimo remate por bajo con una tijerilla como una trinchera. Luego, El Juli se llevó al toro a una mano, y lo puso en suerte con una serpentina torerísima y eficaz. Siguió El Juli, y tomó los palos para hacerse cargo del segundo tercio en una demostración de responsabilidad, porque el toro echaba la cara arriba y se había puesto difícil, sobre todo para banderillear, y así fue: tres pares de riesgo, muy en corto, de vergüenza torera. Con apenas dos muletazos, abrió al toro hacia los medios. La primera serie, con los muletazos de uno en uno con la izquierda, sin prisa, dando tiempo, fue “didáctica”, para enseñar al toro, para educar esa condición de falta de fijeza y enseñarle el recorrido. La faena iba tomando cuerpo, pero el toro se lo llevó por delante con violencia, con gran aparato, y con la sensación fuerte de algo grave. Afortunadamente no fue así, y es que El Juli estaba de verdad, asentado.
La corrida de Guardiola sacó nobleza, pero no la nobleza tonta. Una corrida fina, armada, en la que los mejores toros fueron quinto, cuarto y segundo, por ese orden. Sin fijeza el tercero que hirió a El Juli, y desrazado el sexto. El primero de la corrida fue un toro noble pero muy apagado.
Víctor Puerto no se acopló con la bondad apagada del primero, y se descompuso con un toro complicado para la suerte de matar. Con el quinto, un toro de buena condición con el que Puerto comenzó de rodillas, y se templó, y lo llevó despacio. Luego se fue a los medios, y citó para cambiar por la espalda, a partir de ahí, el toreo con la derecha, en redondo, templado. Duró poquito, porque el toro le dio un pitonazo en la pierna derecha, y ahí cambió la faena, se enrabietó Puerto para pasar al toro por ambos pitones, con garbo, con muletazos de adorno, sin el fundamento del toreo ligado. La faena, a menos.
Rivera Ordóñez mató tres toros y en casi ninguno pasó nada. Replicó en el segundo a El Juli, y se embarcó en una faena en la que no se llegó a confiar con un toro que había ido muy largo por el izquierdo en el capote de Curro Molina, pedazo de torero de plata. Rivera dudó, le dejó pensar al toro, y no hubo caso. Con el cuarto, toro noble, Rivera tampoco apostó. A medias. Y a medias se quedó. Con el último tenía más motivos Rivera Ordóñez, y no se dio coba. El peor toro de la corrida. El toro que le hubiera correspondido a El Juli.
Tarde de sangre.
Sangre de un torero que de alguna manera calla la boca a los “antis”.
Sangre de un torero legítimo, que legitima del todo, y para que no haya dudas, un San Isidro fundamental para él.
Sangre de El Juli, torero.

El País. JOAQUIN VIDAL Impresionante cogida de El Juli en Las Ventas

El tercer toro le pegó a El Juli una cornada menos grave. Se la pegó como suelen hacerlo los toros de casta: recrecido y con saña, tirando derrotes hasta el infinito.

La aparatosidad del percance fue tal que hubo sensación de cornada grande, y cuando las asistencias, seguidas de un tropel de gentes, se llevaban a El Juli a la enfermería, cundió en los tendidos la consternación y hasta la histeria.

Suele ocurrir siempre que hay cogidas en la feria. Los isidros no están acostumbrados a estos sinsabores ni a los avatares de la lidia y cuando ocurren imprevistos se ponen de los nervios. A un aficionado que le había reprochado a El Juli, un rato antes, su reiteración en poner las banderillas sólo por el pitón derecho, le armaron una bronca al producirse la cogida y algunos de los isidros más iracundos pretendían echarlo de la plaza.

Como si tuviera algo que ver el culo con las témporas. El Juli, efectivamente, banderilleó únicamente por el pitón derecho, además con mediana brillantez, mientras en los prolegómenos de su faena de muleta estuvo hecho un jabato y precisamente que se arrimara de firme condicionó la cogida.

Lo de El Juli es un caso y su actitud en la feria merece una justa ponderación. En el anuncio de los carteles se destacó que, por primera vez, acudían las figuras con ánimo de protagonizar gestas, para lo cual torearían corridas con fama de duras. Y así fue, pero según y como. Porque vino la figura Joselito con los toros de Partido de Resina (antes Pablo Romero), y eran una calamidad; volvió la mencionada figura, ahora acompañado del figura por antonomasia, José Tomás, con los toros de Adolfo Martín y aún resultaron más calamitosos. De manera que las gestas se tornaban en muecas; las corridas duras en una sarta de inválidos aborregados y fumados.

Habida cuenta del precedente se temía que los Guardiola de El Juli para la consabida gesta serían otra muestra de engaño y de torería falaz. Pero no. Los Guardiola sacaron el trapío de su estirpe, la casta que les es propia, y precisamente el toro de la cornada, primero de El Juli, fue uno de los más serios y mejor presentados de la corrida.

Luego las intervenciones del torero tendrían sus acostumbrados altibajos: bien con la capa, un remate de tijerillas lo realizó torerísimo, banderilleó sin relieve con dos pares y medio -siempre, efectivamente, por el pitón derecho-, planteó la faena de muleta en el mismísimo platillo.... Allí se echó de inmediato la muleta a la izquierda e instrumentó unos naturales de más aguante que temple pues la casta del toro le desbordaba. Y, en uno de ellos, resultó prendido, encampanado, recogido de la arena, vuelto a cornear...

Ya El Juli fuera de combate, el mano a mano Víctor Puerto-Rivera Ordóñez en que quedó el cartel, no hizo mucha ilusión ni despertó excesivas esperanzas, francamente. Lo visto hasta entonces, desde luego, enturbiaba las perspectivas. Víctor Puerto había tenido en el toro que abrió plaza una de sus más desmañadas y espesas actuaciones que se le hayan conocido en Madrid, empeorada al manejar el acero con total desánimo. Rivera Ordóñez ofreció en el segundo de la tarde su habitual chinchorreo muleteril, venga de pegar derechazos insulsos, tandas interminables de naturales alejados de su persona para lo cual los trazaba por la periferia...

La nobleza del Guardiola quinto, versión Fantoni, propició intervenciones muy interesantes de Víctor Puerto. Por ejemplo, el pase cambiado por la espalda que dio en el centro del redondel. O un par de series de redondos corriendo estupendamente la mano. O el derroche de ayudados y trincherillas, prácticamente ligados, con que resolvió gallardamente -toreramente- una situación apurada en la que el toro le había tirado un pitonazo al muslo, rompiéndole la taleguilla. No obstante y sin que pareciera existir ningún motivo, ahí se le terminó la inspiración a Víctor Puerto, ya no poseyeron la misma solidez y frescura los naturales, la faena se vino abajo y mató de un horrendo bajonazo.

Rivera Ordóñez, pese a su tenacidad derechacista y su empeño en meter pico, no obtenía resultados satisfactorios. Al cuarto le dio un circular citando de espaldas que lo dejó mareado, perplejo y sentado en la candente. Al sexto lo recibió mediante la larga cambiada de rodillas. Y ni por esas. La gente a lo que estaba era a irse. Con semejantes trazas y sin El Juli, la fiesta no tenía color.


ABC.El Juli consagra en su propia sangre

Cuando se torea tan asentado sobre las zapatillas, cuando un torero sale tan convencido y entregado como El Juli, el camino se bifurca hacia Alcalá o hacia el dolor que representa la cara amarga de la Fiesta. La mala suerte quiso que El Juli viviera el lado trágico, la cornada extensa como una boca de Metro que le consagra en su propia sangre.

Toreaba volcado sobre la mano izquierda. De verdad. Ofrecía El Juli los muslos a aquel toro de irreprochable trapío, largo como el AVE, hondo como el océano, alto como él. Y se le venció a mitad de viaje. Corrían los primeros compases de la faena, y el pálpito de la gravedad sobrecogió los tendidos desde el instante del dramático vuelo. Cayó Julián a plomo, a merced del guardiola, que buscaba con saña la yugular, la carótida o el pecho. No sé si será la angustia, pero a uno siempre cacula en una eternidad el tiempo que tardan las cuadrillas en llegar al quite. Y cuando lo hacen a nadie se le ocurre tirar un capote a la cara de la bestia. Allí saltaron también Manolo Lozano y El Soro. El Juli quiso incorporarse, le fallaron las piernas y se derrumbó como un naipe o una hoja. En manos de la camilla humana, por el callejón, se apreciaba el desgarro del muslo, como si una cuchilla le hubiera rasgado el cuádriceps. Pese a la imagen de las carnes escupiendo carne, no se apreciaba una hemorragia torrencial que hiciera presagiar una extrema gravedad.

Hasta la cogida, El Juli había estado perfecto. O casi. Atento a todos los lances de la lidia, presto al quite florido y al de socorro, colocado en el lugar exacto, para echar una mano al picador o fijar al toro en el caballo con los capotazos justos.Los sanedrines de conspicuos sabios quieren arte. Pues ahí tienen el arte de la lidia, la variedad y el dominio de los tercios.

COMO UN ÁNGEL DE LA GUARDA

Desde las verónicas de recibo —lástima que los pitones tocaran el capote y ensuciaran un par de ellas— se palpó la disposición de Juli, que se embraguetó con el toro, muy de frente, embarcándolo por delante. Ojo cómo entiende la verónica este torero, a quien le fallará la estética de su cuerpo, pero no la del lance, que es lo que cuenta. Colocó al de Guardiola en el caballo y luego se lució por villaltinas o tafalleras, hasta rematar con una tijerilla. En el siguiente puyazo, descabalgó el inmenso burel al piquero, que se descolgó hacia delante peligrosamente. Como un ángel de la guarda, su matador le ayudó a recuperar la compostura.

Y luego banderilleó. Mandaba en el ruedo como los grandes y ordenó taparse a los peones esta vez. Quería hacer las cosas acorde a los cánones de la Tauromaquia. Le esperó mucho el toro en el primer par, que derramó autenticidad a espuertas; apuró mucho, de poder a poder, en el siguiente, que clavó con enorme esfuerzo para superar la altura del toro, que además echaba la cara arriba; el tercer encuentro lo afrontó muy en corto, con un valor a prueba de bombas, pero no lo redondodeó y sólo colocó un arpón. Aun así, fue la vez que más puro le hemos visto con los palos. Sí, le gritaron que los tres pares fueron por el pitón derecho, mas el otro día se sucedió el tercio completo por el izquierdo, y nadie le dijo nada.

No cerró al toro, y pronto presentó la izquierda en los medios, dispuesto a todo. La serie despidió firmeza y pronosticaba un triunfo grande, como los siguientes naturales. Hasta que vino la cornada, herida que huele a triunfo, estigma de quien, sin anuncios de autoinmolaciones ni aureolas de dramatismos previos, saltó al ruedo a torear y a darlo todo. ¡Qué paradojas esconde la vida! ¿Verdad?

La corrida quedó marcada por el suceso, en una mano a mano descaifenado. Los guardiolas, de hechuras voluminosas y gigantescas, casi equinas, y caras desiguales, aparentemente manejables y con más miga de la que transmitían, no dieron juego lucido. Salvo el quinto, que puso a Víctor Puerto en disposición de alcanzar la gloria. Pero la cosa se quedó a mitad de camino, tras un inicio de rodillas y unos derechazos también de hinojos, meritorios y templados. Hubo redondos envueltos en la largura y la suavidad y un pase cambiado a la espalda que hilvanó con otros de corte clásico. En un visto y no visto, le rompió la taleguilla en una colada que superó con torería con ayudados y trincherillas. Pero la faena cogió la cuesta abajo, aunque mejoró la sensación de densidad causada en el anterior, un manso poco propicio.

Rivera Ordóñez le puso voluntad a la tarde. Su técnica precaria y su sentido de la colocación no le ayudaron mucho, la verdad, con el segundo, y se descubría ante un toro necesitado de que le empaparan su escasa fijeza en la muleta. Ante el cuarto y el sexto, al que recibió con una larga cambiada, no pasó de tesonero y vulgar.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. El Juli, herido

Fue en la segunda tanda de naturales. El Juli no estaba destapado, pero la muleta tampoco le sirvió de defensa. Trataba de templar una áspera embestida que le había tropezado casi todos los naturales de la serie anterior; en el platillo, solo. La muleta se plegó sobre los muslos de Julián López, El Juli, el toro se paró y dio el derrote seco; alzó al torero del suelo, lo tuvo luego a su merced, bajo las astas y las pezuñas, unos segundos interminables. La cornada ocurrió en el primer derrote: un tajo, una cuchillada. El Juli se levantó y pedía calma. De pronto perdió el sentido. El boquete de la herida era imponente.

Un lance tan cruento condiciona, naturalmente, el desarrollo de la corrida. Una sensación siniestra adormece la plaza y la empapa de tragedia. Es como si, de pronto, una mala conciencia se instalase en la mente y en el corazón de los aficionados; y un sentimiento de culpabilidad atenaza casi todas las gargantas. Las de quienes aplaudieron, por haberlo hecho insuficientemente; las de quienes protestaron, por miedo de haber sido sus protestas las desencadenantes del drama.

A El Juli se le había aplaudido sin exceso de entusiasmo cuando marcó con ortodoxia las verónicas, pero le salieron tropezadas. Se le aplaudió más en el quite por tafalleras. Había un ambiente espeso, sin las luminarias de otras tardes. Las cosas iban de capa caída y le correspondía, por responsabilidad, enderezarlas a El Juli. En cualquier caso, la cornada truncó todas las esperanzas y posibilidades.

Por otra parte, y esto parece inevitable, la cogida debe de clavarse en la mente de los toreros, se queda congelada como una advertencia, un símbolo o una amenaza. Curro Molina banderilleó superiormente en el cuarto y ahí pareció que la corrida se iba para arriba; Rivera Ordóñez aguantó parones y tarascadas. Y Víctor Puerto pareció remontar el estado anímico de los toreros y a punto estuvo de levantar el bache en que habían caído los espectadores. Empezó de rodillas Puerto, ganando terreno hacia los medios y templando el redondo sin arrugarse; y haciendo de tripas corazón. En los medios, la faena tuvo altibajos: muletazos de enorme plasticidad y otros menos plásticos y más descentrados, pase del desprecio, pases del péndulo por la espalda. Con la estocada caída volvieron a enfriarse los ánimos.

Había habido un momento de rivalidad que no llegó a cuajar en el segundo. Dicen que la rivalidad en quites puede ser el aliciente de una corrida. Entró a quites reglamentariamente El Juli y saldó la situación con chicuelinas de tralla; replicó Rivera Ordóñez: mantazos. Una rivalidad que no condujo a nada. Víctor Puerto, en su primero, rivalizó consigo mismo pinchando y pinchando hasta que el animal se echó. Parecía que los pinchazos tuvieran virtudes revitalizadoras. Y vino el pinchazo del puntillero y levantó al toro; rivalidad en pinchamientos: maestro y puntillero.

Tarde, pues, opaca y más que opaca, sombría y siniestra. En una Feria marcada, sobre todo por el desastre de José Tomás, se esperaba esta corrida como la de la reivindicación del julismo. Y El Juli, se ha despedido del ciclo isidril con una cornada fuerte que resucita el viejo tópico: la puerta de la enfermería como alternativa a la Puerta Grande. La elección no es del todo cierta; nadie quiere irse al hule. Pero estas cosas, estos accidentes ocurren. Y ocurren más cuando se está en la zona del peligro, allí donde los toros pegan. Ayer, El Juli estaba en ese inhóspito lugar.

Parte médico

El Juli fue operado en la enfermería de la plaza de «una cornada en el triángulo de Scarpa, en la cara anterior del muslo izquierdo, con desgarro de 20 centímetros, que afecta a piel y tejido celular subcutáneo, y rotura de aponeurosis y del músculo recto anterior. Pronóstico menos grave».

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