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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del lunes, 4 de junio de 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Monteviejo, duros.
Diestros:
Entrada: lleno en los tendidos.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC,
El Mundo
Cadena Cope
JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Los "gremlins" de Victorino
Corrida dura. De verdad, ¡qué miedo!
¡Por estas que fue dura de patas, ágil de cuello, y con más peligro que una piraña en un bidé! La de Monteviejo. Para que se aclaren, la que Victorino compró de sangre “vega-villar”. Los patas blancas de Cobaleda. Y fue una corrida muy seria, muy armada, bajita y bien hecha en general, con la belleza, por inusual en estos tiempos, de esas capas berrendas. En cualquier caso, una corrida con peligro evidente. Una corrida que rebañó en sus frenadas, que no arrancadas. Una corrida que hizo casi lo mismo que otras del mismo hierro desde hace un par de años. Por cierto, ¿por qué se lidiaba Monteviejo en San Isidro?
Porque fue como una tarde en el zoo, por el placer de contemplar la estampa de los bichos, pero con el agravante de intentar ver algo parecido al toreo y sospechar de principio que era misión imposible.
El Fundi hizo una faena sobre las piernas al primero, un toro que tuvo más alegría para ir al caballo que para pelear. El cuarto, un toro fino de cabos, se frenó, y se frenó. Y sólo el oficio de El Fundi sirvió para que ocurriera nada grave. Lo mejor, la estocada. Sin puntilla.
José Ignacio Ramos esquivó como pudo al segundo, un toro de gran fijeza en el bulto. Mató malamente, con un saltito. Lo corrigió en el quinto, al que, tras un pinchazo, le recetó una gran estocada. A ese toro le puso un gran par de banderillas, el tercero, de dentro a fuera, pero en la muleta fue misión imposible. Cazaba moscas, y la faena fue pura esgrima.
Y Padilla, que se fue entre una pitada porque algunos le culparon de la desastrosa lidia del sexto, en varas y capotes. Y fue desastrosa porque Padilla no apareció con un toro que sí tuvo fijeza y celo en varas. El tercero fue un toro que en las primeras arrancadas tuvo la firmeza del capote de Padilla, que incluso se permitió un galleo, un toro el que brillaron los tres toreros con los palos, en especial la raza de Padilla. Pero un toro que se quedó muy corto en la muleta, y Padilla no se dio coba.
Tarde agria. Dura. Tarde en la que los toreros intentaron dar espectáculo en el segundo tercio, y por momentos, lo consiguieron. Tarde en la que Victorino pegó un petardo importante. No vale lo del horror, terror y pavor. No. Ya no. No cuela. Muy mala la corrida, que no tuvo movilidad ni para que los toreros se pelearan con ella. Una corrida de nula entrega. Y sin entrega no hay bravura. Lo diga quien lo diga.
Aunque a lo mejor el petardo no es cómo salieran los toros. El petardo puede estar en el atrevimiento de venir a San Isidro con tan poco tiempo de manejo de esa ganadería en manos propias. La categoría de la feria no se puede permitir un espectáculo tan malo. Los toreros se libraron. Toda una hazaña.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Mala sangre
Los
victorinos de Monteviejo sólo tenían fachada. Guapos, sí; lo
eran como ninguno. Pero en cuanto se les rascaba un poco les salía la
mala sangre propia del toro criado mal a conciencia.
De
dónde se habrán sacado los victorinos de Monteviejo (o los
Monteviejo de Victorino, por mejor decir, y así sea) semejante
mansedumbre, que marginaba cualquier instinto embestidor. De dónde ese
temperamento asnal, esa fijación asesina.
De
dónde -pregunta uno, sin ánimo de ofender- cuando en la actual ganadería
de bravo, nada brillante ni ejemplar por cierto, es difícil que se
encuentre un semental o una vaca con ese cúmulo de vicios, lacras y
defectos.
Y,
encima, los Monteviejo de Victorino Martín se caían. Esa sí que es
buena. Todo aquel corpachón inmenso, toda aquella cornamenta arbolada y
buida, todo aquel pechazo badanudo, toda aquella culata que más
correspondía a un animal de tiro, toda aquella estampa a la antigua que
parecía salida de los grabados de La Lidia, no le sirvió a ningún
Monteviejo de Victorino Martín ni para estremecer a la cochambrosa
galería de percherones que se utilizan para picar en Las Ventas.
Menudo
fracaso ganadero supuso esta presentación de los Monteviejo de
Victorino Martín en la feria de San Isidro.
Menudo
fracaso, que provocó una tarde interminable sin interés alguno.
Porque, efectivamente, muchas corridas duras, incluso las mansas,
conllevan interés, y en ocasiones su lidia resulta apasionante. Pero
este invento de Victorino no tenía nada que lidiar, ni que torear
llegado el último tercio. Lo único sensato habría sido gritar ¡Sálvese
quien pueda! Y hacerlo.
Algunos
de los espadas lo hicieron, de hecho, y no se les censuró. Toros que no
embestían nada, que si alguna vez se arrancaban era sin humillar, que
se revolvían a medio pase, no merecían sino el trasteo de aliño que
les aplicó la terna después de porfiar inútilmente naturales y
derechazos. Y eso en el mejor de los casos pues lo normal era que se
pusieran a escarbar escondiendo la carota entre los brazuelos.
Algunos
se prestaron para la suerte banderillera. Sí, tratándose de correr,
los Monteviejo de Victorino Martín no tenían problema. Lo malo fue que
los tres espadas se los tomaron muy a pecho y quisieron banderillear la
corrida entera, primero en alternancia tras cederse los palos, luego
individualmente en sus segundos toros. Juan José Padilla desistió en
el sexto toro y dieron ganas de bajar a pegarle un abrazo.
Porque
las sesiones banderilleras, muy mediocres las cinco realizadas,
constituyeron otro latazo. Los matadores deberían coger los palos para
recrear primores y si no, abstenerse; criterio del que, evidentemente,
disienten los tres del caso. La empresa que montó esta surrealista
función, en el fondo, también. Pues a quien asó la manteca se le
ocurre organizar una corrida de las consideradas duras, que precisan
esmerada lidia, con matadores banderilleros y no con lidiadores.
Pundonor
demostraron El Fundi, José Ignacio Ramos y Juan José Padilla en sus
respectivos turnos, si bien la pasividad de Padilla mientras sus
nefastos picadores Justo Jaén y Alventus zurraban de muerte al toro
sexto son de las que merecen una severa sanción. Seguramente hubiese
sido muy saludable para la fiesta que el presidente los llamara a los
tres al palco -como se hacía antaño- y les leyera públicamente la
cartilla.
De
la pundonorosa terna destacó José Ignacio Ramos, derrochando una vergüenza
torera que para sí quisieran muchos; presentándole pelea al torazo
quinto, un berrendo en cárdeno, lucero y calcetero, impresionante
cornalón de aparatosa presencia, similar a los que pintaba Daniel Perea.
Y para mayor mérito, la pelea la sustanció echándose la muleta a la
izquierda, por suponer que ese pitón ofrecería mejor juego. No hubo
suerte: eran igual de traicioneros el pintón izquierdo y el derecho;
con los dos rebañaba el toro pugnando por tirar la cornada al bulto.
La
imagen de José Ignacio Ramos en los medios, intentando ajustarse por
naturales con aquel mala sangre gigantón huido del averno quizá sea
una de las más admirables y emocionantes que se hayan visto en toda la
feria. Y ojalá le valga.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Y para colmo, una carnicería a caballo
A estas alturas de feria, esto no se hace, Victorino.
Espero que usted, sabio alquimista de la bravura, sepa donde encontrar
la pista del buen camino en la infumable corrida de ayer, piedra marmórea
para manos de Miguel Ángel. Tan sólo la corrida de Miura del pasado
mes de abril se iguala en maldad, sentido y peligro con los patasblancas
de Monteviejo en lo que va de temporada. Sí, la lámina de algunos,
como el berrendo que abrió plaza o el bello quinto, es en sí misma un
monumento al toro de lidia, aunque luego fueran ilidiables. Ninguna
suerte de varas pasará como una pelea brava. La última quedará, sin
embargo, en la retina de la mayoría por convertirse en una iracunda
carnicería, impresentable espectáculo consentido por el matador de
turno, Juan José Padilla en este caso.
Huía el sexto y acudió a la querencia de toriles,
donde le esperaba un lanzazo cruento en la riñonada ante la pasividad
de todos. No crean que el piloto del tanque trató de rectificar la
puya, qué va. Es más, ahondó en la herida, tapando la salida —¿qué
fue de las multas para la carioca?—. Padilla gritó, después de una
eternidad: «¡Levanta el palo!», más para la galería que como
tajante orden, pues luego, en la contraquerencia, el piquero de tanda
volvió a ensañarse a modo ante la impavidez. Otra vez, la carioca.
El diestro jerezano no lo vio claro con los palos y no
los cogió. Mejor así que tomar los rehiletes para hacer un tercio tan
deslucido como el de El Fundi en el cuarto. Obviamente, no se confió
con la muleta. Se le agradeció la brevedad, aunque para completar la
masacre de los del castoreño le arreó al toro un metisaca allá donde
el número, o más bajo. Fue el punto final de una tarde sin un pase.
En las primeras lidias, los tres matadores se
ofrecieron banderillas, no se sabe si como educado gesto o para
fastidiar: nadie invita a nadie a su casa a tomar aceite de ricino.
Todos se lo tomaron bien, menos la afición, que les recriminaba que los
peones anduvieran por el ruedo. Padilla mandó a los suyos taparse
durante el tercio del negro tercero. Clavó El Fundi, le siguió Ramos
con valor y cerró Padilla al sesgo; en el anterior, abrió Ramos al
cuarteo, le fue a la zaga Padilla (al cuarteo) y remató Fundi (¿adivinan
cómo?) al cuarteo. Entre medias, o sea en el segundo, reunió Padilla,
el Fundi se la jugó con el enemigo demasiado metido en tablas y se
despidió Ramos. Los tres poseen atléticas cualidades, demostradas en
las veloces carreras y en los potentes saltos a la hora de clavar. Esta
reedición de aquel cartel de banderilleros de los ochenta no promete
prosperar: la gente se lo sabe ya.
Los patasblancas fueron un conglomerado de malas y
torticeras intenciones. Todos sabían quién movía los engaños desde
que aparecían en el ruedo, como si estuvieran toreados. Parecía que el
primero de la corrida se tragaba algún muletazo por el pitón izquierdo
o el tercero. Pero sólo parecía.
Entre los mejores apuntes, anotamos el saludo a la verónica
de Juan José Padilla y el arrojo de Ramos para remontar un tercio de
banderillas que iba camino del abismo y crecerse hasta donde se podía
ante el cinqueño y manso penúltimo, que le buscaba las espinillas como
Goyo Benito a los rivales en sus más brillantes tiempos. Muletó con
eficacia por bajo y se tiró a matar a ley, en un estilo un tanto
peculiar y a capón. Padeció con los desmanes de su puntillero, que,
como ante el primero de su lote, levantó el toro. Mas errores los tiene
cualquiera, y así, aquí hay que rectificar: escribimos ayer que el
presidente José Manuel Sánchez cambió un tercio de varas por su
cuenta y riesgo en perjuicio de Pepín Liria. Pero el matador ha
reconocido que sí solicitó pasar a banderillas. Vayan las disculpas
por delante.
El Mundo. EFE. Sólo
José Ignacio Ramos se comprometió con los de Monteviejo
Victorino Martín está a punto de consumar el segundo
gran milagro ganadero de la cabaña de bravo, al poner en pie una de las
ganaderías que hace ya mucho tiempo fue santo y seña pero que ya
estaba casi olvidada y, peor aún, muy desprestigiada. Monteviejo es el
nombre de este segundo hierro de Victorino Martín, la antigua divisa de
Barcial, del encaste Vega-Villar.
Toros que tuvieron su mejor cotización en base a la dureza de su
comportamiento y la belleza de su estampa, característica ésta propia
por sus famosas extremidades blancas, de ahí también el nombre que los
popularizó, el de 'los patasblancas' y que ahora Victorino quiere y está
consiguiendo que vuelvan por sus fueros. La corrida lidida en Las
Ventas,, irreprochable de presentación, ha peleado con fijeza y dejándose
pegar en el caballo, y no ha perdonado errores a los toreros.
Sea por aquel pasado o por la fama misma con la que están siendo
relanzados estos toros, en más de una ocasión se ha notado en el ruedo
la psicosis de la fiereza. Y ni mucho menos ha sido para tanto. Todo el
interés artístico de la corrida se puede reducir a las intervenciones
con las banderillas, mejor en los tres primeros toros, cuando los tres
compartieron los palos.
El Fundi ha roto el fuego con el toro más manejable del encierro, el
primero de la tarde. Toro que llevaba la cara alta pero que atendía a
los cites y se desplazaba. El de Fuenlabrada ha merodeado más alrededor
que en frente del astado, y sin quedarse quieto, en una especie de
quiero y no puedo.
En el cuarto, al que ha banderilleado con poca fortuna, no ha llegado a
ponerse ni un momento de verdad, y aún así, ha perdido pie cayendo en
la misma cara del animal, que finalmente le ha perdonado. Trasteo valentón
y al tiempo embarullado.
Ramos, con el peor lote, ha sido el que ha puesto más voluntad pese a
que los logros no han sido muy allá. Su primero cortaba el viaje por
los dos pitones, un astado listo, que no pasaba con claridad y que se
ponía por delante. Por un momento ha habido un emocionante toma y daca
cuando el torero se ha echado la muleta a la mano izquierda. Al cambiar
de pitón, con el animal ya orientadísimo, el burgalés no se ha
querido complicar más la vida y ha entrado a matar sin más.
El quinto ha sido el barrabás de la tarde, toro listo desde que saltó
a la arena, escarbando y con la cara entre las manos, que se ha
arrancado siempre pegando arreones de muy mala manera. Ha sido el único
toro manso en el caballo, que se ha dolido al castigo y se ha repuchado,
cuando no ha salido suelto con descaro.
Ramos, que ha banderilleado decidido a pesar de los amagos que le ha
hecho el animal, ha estado breve pero hecho un tío con la muleta,
valiente de verdad, tanto, que los 'olés' fueron 'ays'. Menos mal que
pronto se ha decidido por machetearlo con sentido lidiador, pues aquello
era verdaderamente angustioso.
Padilla ha lanceado decidido a su primero, que echaba las manos por
delante y se ha puesto a torear con la muleta directamente al natural,
mas esto último ha sido sólo la intención. Perfilero y fuera de
cacho, vencido por la indecisión, no ha resuelto absolutamente nada. Al
sexto ha dejado que lo masacraran en varas, en un primer puyazo trasero
y alevoso, y otro también con mucha y mala saña. Muleta en mano
tampoco ha pasado de las apariencias.
Al terminar la corrida la sensación entre el público era de que se habían
visto más toros que toreros, aunque hay que matizar la actuación de
arrojo que ha tenido José Ignacio Ramos.
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