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PLAZA DE TOROS DE LAS
VENTAS
Tarde del domingo, 30 de septiembre de 2001
Novillada
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Se han lidiado
novillos de El Trincherazo -ganadería que tomaba antigüedad-,
descastados y deslucidos. Un cuarto de plaza.
Diestros:
- Carlos Gallego, silencio tras aviso y silencio.
- Martín Quintana, palmas y oreja.
- Serafín Marín, ovación con saludos y silencio.
Entrada: un cuarto de entrada.
Crónicas de la prensa: El
País,
ABC
ABC. J.
L. Suárez-Guanes. Martín
Quintana salvó una tarde gris con una oreja debatida
La novillada dominical anduvo siempre por los
caminos de la mayor vulgaridad. Hay que tener en cuenta que los novillos
de El Trincherazo no ayudaron nada. El mejor de todos fue el quinto y,
en el transcurso de su lidia, Martín Quintana ejecutó una faena de
buen aire, pero a la que le faltó un punto de unidad. Toreó con
profundidad y largura en muchos muletazos, especialmente con la
izquierda. Supo bajar la mano y ligar, pero también usó la ventaja de
cierto pico, que empañó los momentos logrados. Mató con su reconocido
estilo -aunque fuera al segundo envite- y le llegó a su poder un trofeo
que fue cuestionado.
En el segundo, un novillo corretón, que llegó quedado y reservón
al último tercio, realizó una labor insulsa, aunque voluntariosa.
El aragonés Carlos Gallego cumplió al lancear a su primero. Realizó
una faena de larguísimo metraje, en la que dio multitud de derechazos.
En los pases zurdos siempre toreó para afuera, que es un vicio de la
torería actual. Tardó en matar. En el cuarto se salvó del percance de
milagro, al ejecutar un natural con la izquierda. El novillo no hizo por
él, dio dos muletazos de buen tono y enseguida volvió a caer en lo
opaco.
Serafín Marín se lució con el capote al mostrar detalles sueltos
en sus dos novillos, también en un embarullado quite por gaoneras en el
primero de Quintana, con el que quiso emular a José Tomás. Se pasó de
la raya como sus compañeros al desplazar a su oponente. La estocada
final le reconcilió con el público. Brindó el sexto al peón Pedro
Giraldo que, según nos dijeron, se retiraba del toreo. Apuntó cosas y
se desvaneció enseguida.
El
País. JOAQUIN
VIDAL. Casta morucha
Carlos Gallego, debutante, le instrumentó
al novillo que abrió plaza unos redondos de mano baja y gustoso corte
torero, y esa fue una sorpresa animada por la esperanza de que podríamos
estar en los prolegómenos del toreo bueno. Pero quiá. Al novillo aquél,
que de salida había intentado saltar al callejón, sólo soportó los
muletazos mencionados. El toreo bueno, incluso el malo, le debían de
sonar a chino.
No era toro para torear ese novillo ni
ninguno. La novillada sacó una casta morucha ofensiva para los más
elementales valores de la lidia y de la fiesta.
Casta morucha: parecerá un
contrasentido. Si a un toro se le atribuye casta no se le puede llamar
morucho sin ofender a la lógica. Y al revés. Porque la moruchez es la
ausencia total de casta. Sin embargo la licencia podría pasar. Ocurre
como con lo de 'falta de raza', que se suele expresar en similares
casos, aunque uno cree que aquí se entra en terrenos más discutibles.
La raza es la especie animal que define y abarca al toro, sin dirimir si
es de casta brava o lisa y llanamente descastado.
De lo que no pareció caber duda, dígase
como se quiera, es que la novillada de El Trincherazo, que cogía
antiguedad en esta presentación en Las ventas, salió grande, seria y
bien armada, pero descastada hasta la desesperación.
La desesperación mayor correspondió,
obviamente, a los toreros, que pelearon para sacar partido a semejante género.
Los pases de Carlos Gallego al primero y también al que hacía cuarto,
acababan enganchados, o embarullados, y el espada esquivando los
derrotes que solían venir cada vez que los novillos, tardos de
arrancada, se le paraban a mitad del viaje.
En una de estas escaramuzas en el cuarto
de la tarde, Gallego perdió pie y se le arrancó rápido el novillo al
verlo caído, más una súbita brisa flameó levemente la muleta que
estaba asimismo en el suelo y mudó el viaje para embestirla. Esto
ocurre en Pamplona y lo llaman el quite de San Fermín.
Martín Quintana, que cortó oreja en
esta misma plaza siete días atrás, volvió a destacar y a ser
orejeado, aunque en la presente ocasión a la mayoría de los
aficionados el premio le pareció excesivo. La la petición había sido
escasa, claramente minoritaria, mas el presidente quiso practicar la
elegancia social del regalo (no se sabe con qué derecho) y su
desahogado proceder mereció airadas protestas.
Lo cual no empece para señalar la
voluntariosa entrega, las valerosas porfías de Martín Quintana, empeñado
en sacar partido a los descastados especímenes que le correpondieron.
El corrido en quinto lugar tuvo mejor comportamiento, siguió con cierto
recorrido los numerosos derechazos y diversos naturales que Martín
Quintana le aplicó abriendo excesivamente el compás (y sin cargar la
suerte). No obstante le duró poco la codicia y al rato se hizo tan
remiso, topón y bobalicón como sus compañeros de camada.
El otro debutante, catalán de
nacimiento, Serafín Marín, pegó el aldabonazo ciñendo un par de
escalofriantes gaoneras en un quite, y desde entonces se le esperó con
interés. Con ganado tan infame tampoco podía lucir, a pesar de lo cual
se le apreciaron buenas maneras, un largo correr la mano en los
naturales, con cierto aire a José Tomás, que -por cierto- no es mal
modelo. Sería justo poder ver a estos interesantes novilleros, con
ganado de casta. Pero -es de temer- no caerá esa breva.
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