GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 26 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Ramón Flores Sánchez,  justos de presentación y nobles.

Diestros

Entrada: un tercio de entrada.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC


El País. MA CUADRADO. Mariano Jiménez se templa

La última corrida de toros del mes de agosto venteño nos deparó el temple de Mariano Jiménez, al que se vio con seguridad, alegría y unas maneras sobrias y depuradas que le fueron jaleadas desde el primer momento en el que se hizo presente, muleta en mano, a dictar lecciones de torería. Ante una corrida titular de Ramón Flores que resultó manejable y en líneas generales muy apta para interpretar el toreo. El remiendo de Palomo Linares resultó de inválido comportamiento, y el sobrero de Nazario Ibáñez metió la cara con nobleza y poca codicia.

Tuvo Mariano Jiménez en primer lugar un toro noble de embestida templada, que cambió para bien en los últimos tercios, pues en el caballo manseó y no empujó. Y el torero madrileño se paró con el burel en los medios, tras un comienzo, andándole hacia afuera, que traspiraba torería y mimo. Alternó los dos pitones y la segunda tanda por cada lado fueron las más conseguidas. Los ayudados y trincheras finales, suaves y sentidos, fueron para buenos paladares. Clasicismo en la composición y naturalidad en el hacer.

En su segundo Mariano Jiménez brindó un buen tercio de banderillas al respetable, ante el sobrero de Nazario Ibáñez, con tres pares bien reunidos, el primero de poder a poder, que le fueron aplaudidos con justicia. Se templó a continuación con el flojo y manso, al que anduvo muy bien por la cara y dio muletazos del mejor trazo, en un trasteo que iría mejorando, hasta que el toro comenzó a pararse.

El Molinero estuvo sin muchas ilusiones en el soso y flojucho que lidió en primer lugar, que algo iba por el pitón derecho y topaba por el izquierdo. Con poco sitio y como vencido desde el principio, muleteó dejando al toro muy a su aire, sin pisar el lugar más adecuado. Había poca tela que cortar, y el Molinero cogió sin fe las tijeras. El trasteo resultó anodino.

Hizo un esfuerzo en su segundo, que fue manejable y se arrancaba al darle distancia, y de su labor torera, sin embargo, no se puede destacar demasiado, bueno, es un decir, tal redondo y el apunte de algún natural. No hubo a la postre acoplamiento, y el Molinero se fue sin grano ni recompensa alguna.

Jose Antonio Iniesta poco pudo hacer con el capote en su primero, un toro blando y distraído de salida, manso en el caballo, y buen colaborador en la muleta. Humillaba y si se le esperaba y corría la mano iba lento y con buen son. Iniesta le realizó un faena de muleta salpicada de clase, en los muletazos iniciales y en una primera tanda de naturales. En redondo también consiguió alguno bueno, amén de ayudados y pases de pecho. Pero le tropezó la muleta más de la cuenta y el trasteo perdió gas. En el recuerdo la tanda al natural y un par de trincherazos de los llamados de cartel. La espada, en fin, mejor olvidarse. En el sexto, un quite por verónicas, rematado con una larga suave y lentísima, sería lo mejor de cuanto el torero nacido en Albacete, consiguió de toda su labor. Puro estilismo, digno de un orfebre. Aunque la espada, ¡ay!, tampoco estuvo afilada, tras un trasteo irregular, a menos, en el que despuntó algún muletazo de buena clase. 


ABC. ROSARIO PEREZ. Otra prometedora actuación de Jiménez

Se despidió el agosto venteño con una manejable corrida de Ramón Flores, divisa que debutaba en Madrid y que, quizá, debería haberse aprovechado mejor. Última cita en la Monumental en este mes, que bien ha merecido la pena, aunque sólo sea por el festejo del Día de la Paloma, uno de los más importantes de esta temporada y en la que tres nombres -Manolo Sánchez, José Luis Moreno y Alfonso Romero- han brillado con luz propia. A ellos hay que unir también el de Mariano Jiménez, con quien -por la senda adecuada- surgieron los destellos más luminosos del festejo de ayer. Fue otro prometedor paseíllo de este joven que ha vuelto con la ilusión renovada.

Un excelente comienzo de faena al primer toro, coronado con dos ajustados pases de pecho, evidenció la condición de Jiménez. Lo toreó largo y templado por el pitón derecho en dos series, engarzadas con otra al natural, en la que pegó tres muletazos sin rectificar, con enjundia y dando siempre la distancia precisa. Aderezó su labor con bonitos detalles como pintureros cambios de manos y toreras trincherillas. Después de matar de una estocada algo defectuosa y un descabello, obtuvo como premio una oreja, oreja a su clase, a su entrega y a su torería. Bien es cierto que le tocó en suerte un toro que, aunque manseó al principio, fue muy bueno para el torero.

El cuarto, de Palomo Linares, fue sustituido por otro de Nazario Ibáñez, muy astifino y que no acabó en ningún momento de romper. Tras protagonizar un brillante tercio de banderillas, al igual que con el toro inaugural, inició una labor muleteril en la que de nuevo hubo pasajes de calidad, aunque sin alcanzar las cotas de la anterior. Aun así, el conjunto de la actuación de Mariano Jiménez fue un rayo de luz y esperanza para la carrera de este madrileño.

José Antonio Iniesta también dejó reflejos de su clase. Toreras dobladas precedieron su faena al tercero. Dio pasó a una tanda de derechazos para continuar con unos naturales de buen tono. Una pena que los enganchones nublaran su labor. Con el astado que cerraba plaza, que embestía con más feo estilo que sus hermanos, igualmente toreó con gusto y demostró sus buenas maneras.

El Molinero -un torero poco rodado-, en cambio, no aprobó el examen. Estuvo por debajo del buen segundo, con el que no se acopló en ningún instante y dio un mitin con los aceros. Con el quinto, a pesar de que también anduvo desconfiado, estuvo más voluntarioso.


El Mundo. L. CAJITAN. Tarde de esquirlas tenebrosas

El cielo plúmbeo del verano madrileño se metabolizó en la terna de ayer con una fuerza somnífera. Tan sólo Mariano Jiménez dejó algún destello con la muleta ante el primero de la tarde, un inválido insostenible al que el torero madrileño supo llevar con suavidad.

Ya con los rehiletes, Jiménez dejó un buen sello de presentación, sobre todo en el tercer par al que abría plaza, de dentro afuera y arrancando desde el estribo, asomándose al balcón y clavando por derecho en lo alto. La faena de muleta tuvo sus momentos de claridad, sobre todo por el pitón izquierdo, por donde el diestro consiguió ligar tres tandas lentas, templadas y embebiendo al toro en el engaño. Un volapié certero puso el colofón a una faena medida y bien planteada por la que Mariano Jiménez recibió una oreja.

Y así se clausuró una tarde apenas comenzada. No extraña que El Molinero y José Antonio Iniesta no pasen de las siete corridas por temporada. Ninguna injusticia se cierne sobre ellos, sencillamente soportan el yunque de la verdad. Desnortados y al sur de cualquier acierto estuvieron los dos. Como también se mostraron sus picadores, que dieron una lección de incompetencia y se enzarzaron en un festín carnicero donde más que picar barrenaron a los astados. Aquellos parecían acorazados Potemkin encima de las monturas.

A ambos diestros se les escaparon los mejores toros de la corrida remendada de ayer. El Molinero, que nació en París «por accidente» según su ficha biográfica, estuvo tenebroso y gótico. A su primero le recetó algo así como seis pinchazos, previo manteo de 20 minutos, porque no hay osadía para afirmar que aquello era torear. Al segundo de su lote, quizá el mejor, lo aburrió sin piedad, con trapazos desconfiados y sin acoplarse con la embestida del animal, aunque las condiciones de un toro dieran para faena. En estas, el morlaco miraba con cara de espanto y pedía eutanasia, eutanasia a gritos.

Esquirlas de tinieblas dejó también el joven José Antonio Iniesta. Ni se centró ni se cruzó. Desconocía los terrenos y desconocía los fundamentos del toreo. Vulgar y desconcertado, fuera cacho y medroso en su lote, tan sólo destacó en un quite por verónicas. Al primer morlaco que le tocó en suerte lo despachó tras una serie de muletazos por ambos pitones que no consiguieron en ningún momento desatar magia ni color. Naturales atropellados y sin ligar, a kilómetros mil del animal y sin cruzarse. Para remate, con la espada fue inseguro y dejó un sartenazo de juzgado de guardia. Ni de matarife le daban plaza.

Al segundo, más de lo mismo o peor. Mal camino para un diestro joven. Mal fario dejar esa estela de desatinos en Las Ventas, que se convirtió en un pozo más plúmbeo que la tarde. Tarde de agravios contra el buen gusto.