Los espadas de la terna no tenían su día. De entrada les llamaron
asesinos, luego les soltaron una corrida infumable, apenas nadie les
agradeció el esfuerzo, se marcharon con el cartel que traían, que era
bien exiguo. O sea, como si fueran la percha de los golpes.
A los toreros modestos les suelen ocurrir estas cosas. A los modestos
(toreros o civiles) todo se les pone del revés. Ayer, sin ir más
lejos, les llamaron asesinos. Con toda la cara. Mira que hubo corridas
en la feria, tardes de figuras y gran expectación, llenos en la plaza,
para que los defensores de los animales montaran acciones
reivindicativas con buen eco. Pues no. Y fueron a armarla precisamente
en esta corrida veraniega, contra un puñado de aficionados pacíficos,
grupos de inocentes turistas y tres toreros modestos contratados por
cuatro duros.
Se apostaron ante la puerta principal, la que llaman puerta grande y
es la puerta de Madrid. No serían muchos -unos 30 o 40-, aunque con
pancartas, megafonía y profusión de banderines en los que podía
leerse 'Toreros asesinos'. Una mujer, que empuñaba el artilugio megafónico,
les gritaba asesinos a cuantos entraban y ninguno tuvo la ocurrencia de
responderla nada. Algunos se paraban a mirar a los manifestamtes
intentando descifrar sus auténticas intenciones, pues más que amigos
de los amimales parecían enemigos de las personas.
Ya todos dentro -los turistas, la música y acá- les salió a los
asendereados espadas una corrida infumable. En líneas generales se
quiere decir, porque hubo toro al que se le pudo sacar algún partido.
Valga de muestra el sexto, hierro Valdeolivas, propiedad de Jesús Gil
-a la sazón presidente del no menos asendereado Atlético de Madrid-,
que se rompió medio cuerno al derrotar en un burladero. Quizá por esta
razón (u otra) le sobrevino la invalidez y acabó dearrollando una
embestidora pastueñez.
Ruiz Manuel, a quien correspondió el galán, no es seguro que le
sacara partido. Dio la sensación de que así iba a ser cuando lo trasteó
por bajo con técnica y elegantes formas, pero luego construyó una
faena casi toda basada en el derechazo, sin hondura ni ligazón. Y así
no es.
No es así si de lo que se trata es de coger el tren de los largos
recorridos y los sustanciosos contratos para lo que da franquía un
triunfo en Madrid.
El otro toro de Ruiz Manuel, tercero de la tarde, carecía de fijeza
y hasta fue desarrollando sentido y quedó patente la generosa entrega
del diestro para intentar sacarle partido.
De ese tono mencionado, bronquedad arriba o abajo, fue la corrida de
Los Derramaderos, para entendermos encaste Núñez. El encaste Núñez
tiene estas cosas: que si sale agrio, ya pueden los toreros andar con
pie ligero y no fiarse ni de la banda. Toro paradigmático de tal
catadura fue el que hizo primero. Hasta en la presencia -chico mas con
la seriedad de su respetable trapío- delataba la agresividad que
llevaba dentro. Y esa agresividad se manifestó en violencias e
intemperancias varias, que el debutante y toricantano mexicano Rafael
Ortega sorteó como pudo. Y aún así, en medio de la guerra, acertó a
trazar unos derechazos que llamaron la atención. Los repetiría en el
quinto. Y esos detalles de buen toreo, junto al valor que mostró en sus
pares de banderillas, permitieron calificar de muy digmo su debú.
Las banderillas costituyeron asimismo el fuerte de Leonardo Bemítez,
arriesgado en los quiebros y em un espeluznante par por los adentros. En
tanto las acciones capoteras y muleteras, salvo algunos detalles por
trincheras o giraldillas, estuvieron mediatizadas por la deslucida
condición de los toros.
Al acabar, los defensores de los animales les volvieron a llamar
asesimos a los toreros; y, de paso, al público que abandonaba la plaza
mohíno, asado de calor y con pocas ganas de ruidos. Y, sin embargo, no
pasó mada. Tiene mérito, si bien se mira.
Confirmaba el mexicano Rafael Ortega, quien además hacía su primer
paseíllo en tierras españolas, pero, como sus compañeros, tuvo
escasas opciones de triunfo con unos toros faltos de raza. Ortega manejó
con soltura el capote con el astado de su doctorado, que derribó al
picador y a punto estuvo de prender a un monosabio, y mostró facultades
con los palos. Los hachazos del burel volaban de un lado a otro y el
torero azteca libró una honrosa batalla con su complicado enemigo.
En el cuarto, trató de agradar en todo momento a los tendidos, pero
su labor, salvo una primera templada tanda diestra, no caló por culpa
de un oponente insulso y sin apenas transmisión. No obstante, el
diestro de Apizaco tuvo una digna actuación, más aún si se tiene en
cuenta que era su primer contacto con ganado español y en la plaza más
importante del universo táurico.
Se vivieron verdaderos instantes de angustia en la salida del tercer
par de banderillas de Leonardo Benítez al quinto, que le perdonó la
vida. El venezolano tropezó en el estribo y los segundos que
transcurrieron hasta que saltó la barrera se hicieron eternos. Antes,
había clavado un meritorio par al quiebro. Benítez, un joven
venezolano curtido en México, intentó instrumentar faena por ambos
pitones, con un toro de escaso recorrido, al que mató de una soberbia
estocada. Al segundo, en el que cuajó un torero quite por chicuelinas,
supo someterlo en las dos series iniciales sobre la mano derecha; sin
embargo, al natural no encontró la entente.
Ruiz Manuel tampoco encontró el lucimento en la plomiza tarde. Para
colmo el sexto, de Valdeolivas, que a la postre tuvo más calidad que
los núñez, se partió el pitón en el burladero. Sólo algunos
detalles: la torería que derrochó el almeriense en las dobladas con
las que principió sus faenas, dos largos naturales y un excelente pase
de pecho.