Había una enorme animación. La verdad es que éramos pocos -media
plaza, a lo sumo- pero, eso sí, muy animados.
Los más animados, los jarochistas, que hacían mayoría. Los
jarochistas en cuanto vieron al titular de la causa, llamado Jarocho,
unos capotazos movidos e irrelevantes, le pegaron la ovación de la
tarde. Y luego, por el mismo procedimiento, consiguieron que el
presidente le concediera una oreja muy discutible y bastante protestada.
Jarocho, natural de la población madrileña (y cervantina) de Alcalá
de Henares, nuevo en esta plaza, puso mucho de su parte, naturalmente.
Se traía una toreo parsimonioso merecedor de sinceros parabienes. Templó
derechazos y luego dio naturales corriendo bien la mano con la salvedad
-nada baladí por cierto- de que se dejaba retrasada la pierna
contraria, lo cual no es que ofenda al dogma sino que es ventaja por
donde se van el dominio, la ligazón, el canon de parar, templar y
mandar. Mató mal, le pidieron la oreja los suyos a grito pelado, el
presidente la concedió y a diversos aficionados semejante exceso les
supo a sacrilegio.
El vigente reglamento, que es un coladero, debería regular de
distinta manera la petición de orejas que, por lo general, se convierte
en un vil chantaje y una manifestación de incivilidad. Lo normal es que
los orejistas la pidan siempre pase lo que pase; que constituyan una
minoría; que esa minoría arme un broncazo sin faltar insultos, con lo
cual se finge que la petición de oreja es mayoritaria y el presidente
está obligado a concederla.
Jarocho pudo cortar la del sexto y habría servido para salir por la
puerta grande. Lo que faltaba. A ese lo recibió a porta gayola pero el
novillo no aceptó la larga cambiada y embistió al aire. Volvió
Jarocho a realizar el torero despacioso aunque con menor ligazón en los
naturales. Demoró la faena, oyó un aviso, mató mal y ya no hubo
trofeo que valiera.
Los novillos de Sánchez Fabrés dieron juego aunque plantearon
problemas que los novilleros, jóvenes e inexpertos, tenían
dificultades para resolver. César de Madrid, que inició su primera
faena con un cambio por la espalda, sufrió achuchones y no pudo con el
novillo. Al cuarto, de Juan Antonio Ruiz, precioso ejemplar de capa cárdena
clara, con trapío y bravura, lo destrozó el picador mediante sendos
puyazos alevosos perpetrando la indecente carioca. Llegó al último
tercio reservón el novillo y César de Madrid, tras porfiarlo, decidió
abreviar.
Otro ejemplar encastado del mismo hierro le correspondió a Tomás López
-que sufrió un volteretón sin concecuencias al quitar al segundo
novillo- y le hizo faena parecida a la que aplicó al ejemplar del
percance; muy voluntariosa, valerosa y vibrante en los derechazos, y
menos lucida en los naturales, que en su trasteo a ese serio quinto práctivamente
no existieron pues lo desbordó al intentar la mencionada suerte.
Tomás López tuvo una petición de oreja tan mayoritaria -o sea,
igual de minoritaria- que Jarocho en el tercer novillo y sin embargo el
presidente no se la otorgó. Lo cual carece de lógica y exigiría una
explicación si en este país -se quiere decir esta fiesta- hubiera
sentido de la responsabilidad, respeto al público, seriedad y
competencia.
Pero no lo hay. Los poderes públicos, de toros, pasan, y les da
igual que, por pasar, haciendo dolosa dejación de funciones, la
tricentenaria fiesta se haya convertido en la casa de tócame Roque.
Les salva que la gente es pacífica e ilusionada y con ver volar una
mosca se pone a cien.
ABC.
JOSÉ LUIS SUÁREZ GUANES. ¡Que
viene El Jarocho!
El 8 de abril de 1951 se presentó en Madrid un mexicano que atendía
por Rubén Rojas «El Jarocho». Llenó la plaza al reclamo de unos
pequeños recuadritos publicitarios en el semanario «¡Dígame!» que
ponían simplemente: «¡Que viene El Jarocho!» Fue tal el impacto de
la publicidad que la expectación llegaba al máximo cuando el azteca
hizo el paseíllo secundado por Morenito de Talavera Chico y Pedro
Palomo. El resultado no pudo ser peor. Esta vez -cincuenta años después-
ha vuelto un Jarocho, de Alcalá de Henares éste, a debutar en
Madrid. Ha causado una estupenda impresión, que se pudo ir a pique en
el segundo de la tarde por una voltereta aparatosa.
En ambos toros no hizo nada destacable con el capote, pero con la
flámula es gente. Se sacó a su primero al centro del anillo y ejecutó
dos series de naturales verdaderamente logradas, siempre con la mano
baja y rematando en la misma posición. Sometió de verdad al rival,
lo atemperó y lo llevó por donde quiso. En todo momento, la muleta
en la cara, para empalmar un pase con otro en perfecto engranaje.
Insisto: dos series estupendas con el aditamento de unos adornos de
altura y siempre oportunos. Aunque la espada cayó algo baja, se le
concedió una oreja con toda justicia.
Muy bien al torear por derechazos al sexto en dos fases totalmente
diferentes. Confirmó que es un torero para tener esperanzas. Anduvo más
bajo con la izquierda, tardó en cuadrar a la res y falló a espadas,
por lo que se diluyó el premio, que le hubiera llevado a la Puerta
Grande.
César de Madrid se lució con el percal con el toro que abrió
plaza. Toreó de rodillas con dos largas y en verónicas posteriores.
Su antagonista se coló en los comienzos del trasteo, y a César se le
vio demasiado bisoño. Labor anodina y borrosa en el cuarto, que no
daba mucho margen para el lucimiento.
Tomás López se mostró valiente y embarullado en el primero de su
lote. A retazos dio algunos muletazos de buen estilo, dentro de una
concepción modernista de ahogar a la res. El conjunto -aunque fallase
en la suerte suprema- resultó positivo.
Volvió a estar valiente en el quinto, en el que salvó un percance
de casualidad, tras colársele su rival. Ejecutó muchos muletazos -la
mayoría sin limpieza- pero, a pesar de la largura, la
espectacularidad de la muerte de su oponente, con una estocada con la
mano izquierda, hizo que se le pidiera la oreja con fuerza.