GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 21 de octubre de 2001
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Novillos de Sánchez Fabrés, de desigual presentación. 

Diestros:

  • César de Madrid, silencio en ambos. 
  • Tomás López, ovación saludos tras aviso y vuelta.
  • Roberto Martín Jarocho, oreja y ovación con saludos. 

Entrada: un cuarto de entrada. 

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País.  JOAQUÍN VIDALUn animado final

Había una enorme animación. La verdad es que éramos pocos -media plaza, a lo sumo- pero, eso sí, muy animados.

Los más animados, los jarochistas, que hacían mayoría. Los jarochistas en cuanto vieron al titular de la causa, llamado Jarocho, unos capotazos movidos e irrelevantes, le pegaron la ovación de la tarde. Y luego, por el mismo procedimiento, consiguieron que el presidente le concediera una oreja muy discutible y bastante protestada.

Jarocho, natural de la población madrileña (y cervantina) de Alcalá de Henares, nuevo en esta plaza, puso mucho de su parte, naturalmente. Se traía una toreo parsimonioso merecedor de sinceros parabienes. Templó derechazos y luego dio naturales corriendo bien la mano con la salvedad -nada baladí por cierto- de que se dejaba retrasada la pierna contraria, lo cual no es que ofenda al dogma sino que es ventaja por donde se van el dominio, la ligazón, el canon de parar, templar y mandar. Mató mal, le pidieron la oreja los suyos a grito pelado, el presidente la concedió y a diversos aficionados semejante exceso les supo a sacrilegio.

El vigente reglamento, que es un coladero, debería regular de distinta manera la petición de orejas que, por lo general, se convierte en un vil chantaje y una manifestación de incivilidad. Lo normal es que los orejistas la pidan siempre pase lo que pase; que constituyan una minoría; que esa minoría arme un broncazo sin faltar insultos, con lo cual se finge que la petición de oreja es mayoritaria y el presidente está obligado a concederla.

Jarocho pudo cortar la del sexto y habría servido para salir por la puerta grande. Lo que faltaba. A ese lo recibió a porta gayola pero el novillo no aceptó la larga cambiada y embistió al aire. Volvió Jarocho a realizar el torero despacioso aunque con menor ligazón en los naturales. Demoró la faena, oyó un aviso, mató mal y ya no hubo trofeo que valiera.

Los novillos de Sánchez Fabrés dieron juego aunque plantearon problemas que los novilleros, jóvenes e inexpertos, tenían dificultades para resolver. César de Madrid, que inició su primera faena con un cambio por la espalda, sufrió achuchones y no pudo con el novillo. Al cuarto, de Juan Antonio Ruiz, precioso ejemplar de capa cárdena clara, con trapío y bravura, lo destrozó el picador mediante sendos puyazos alevosos perpetrando la indecente carioca. Llegó al último tercio reservón el novillo y César de Madrid, tras porfiarlo, decidió abreviar.

Otro ejemplar encastado del mismo hierro le correspondió a Tomás López -que sufrió un volteretón sin concecuencias al quitar al segundo novillo- y le hizo faena parecida a la que aplicó al ejemplar del percance; muy voluntariosa, valerosa y vibrante en los derechazos, y menos lucida en los naturales, que en su trasteo a ese serio quinto práctivamente no existieron pues lo desbordó al intentar la mencionada suerte.

Tomás López tuvo una petición de oreja tan mayoritaria -o sea, igual de minoritaria- que Jarocho en el tercer novillo y sin embargo el presidente no se la otorgó. Lo cual carece de lógica y exigiría una explicación si en este país -se quiere decir esta fiesta- hubiera sentido de la responsabilidad, respeto al público, seriedad y competencia.

Pero no lo hay. Los poderes públicos, de toros, pasan, y les da igual que, por pasar, haciendo dolosa dejación de funciones, la tricentenaria fiesta se haya convertido en la casa de tócame Roque.

Les salva que la gente es pacífica e ilusionada y con ver volar una mosca se pone a cien.


ABC. JOSÉ LUIS SUÁREZ GUANES. ¡Que viene El Jarocho!

El 8 de abril de 1951 se presentó en Madrid un mexicano que atendía por Rubén Rojas «El Jarocho». Llenó la plaza al reclamo de unos pequeños recuadritos publicitarios en el semanario «¡Dígame!» que ponían simplemente: «¡Que viene El Jarocho!» Fue tal el impacto de la publicidad que la expectación llegaba al máximo cuando el azteca hizo el paseíllo secundado por Morenito de Talavera Chico y Pedro Palomo. El resultado no pudo ser peor. Esta vez -cincuenta años después- ha vuelto un Jarocho, de Alcalá de Henares éste, a debutar en Madrid. Ha causado una estupenda impresión, que se pudo ir a pique en el segundo de la tarde por una voltereta aparatosa.

En ambos toros no hizo nada destacable con el capote, pero con la flámula es gente. Se sacó a su primero al centro del anillo y ejecutó dos series de naturales verdaderamente logradas, siempre con la mano baja y rematando en la misma posición. Sometió de verdad al rival, lo atemperó y lo llevó por donde quiso. En todo momento, la muleta en la cara, para empalmar un pase con otro en perfecto engranaje. Insisto: dos series estupendas con el aditamento de unos adornos de altura y siempre oportunos. Aunque la espada cayó algo baja, se le concedió una oreja con toda justicia.

Muy bien al torear por derechazos al sexto en dos fases totalmente diferentes. Confirmó que es un torero para tener esperanzas. Anduvo más bajo con la izquierda, tardó en cuadrar a la res y falló a espadas, por lo que se diluyó el premio, que le hubiera llevado a la Puerta Grande.

César de Madrid se lució con el percal con el toro que abrió plaza. Toreó de rodillas con dos largas y en verónicas posteriores. Su antagonista se coló en los comienzos del trasteo, y a César se le vio demasiado bisoño. Labor anodina y borrosa en el cuarto, que no daba mucho margen para el lucimiento.

Tomás López se mostró valiente y embarullado en el primero de su lote. A retazos dio algunos muletazos de buen estilo, dentro de una concepción modernista de ahogar a la res. El conjunto -aunque fallase en la suerte suprema- resultó positivo.

Volvió a estar valiente en el quinto, en el que salvó un percance de casualidad, tras colársele su rival. Ejecutó muchos muletazos -la mayoría sin limpieza- pero, a pesar de la largura, la espectacularidad de la muerte de su oponente, con una estocada con la mano izquierda, hizo que se le pidiera la oreja con fuerza.