GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 17 de junio de 2001
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de El Sierro, bien presentados y serios; todos también mansos y la mayoría absolutamente descastados; ninguno dio juego.

Diestros: 

  • El Renco, pinchazo, estocada corta y descabello (silencio); pinchazo hondo tendido bajo, otro hondo caído y dos descabellos (silencio).
  • Jesús Millán, bajonazo, rueda de peones -aviso- y dobla el toro (palmas y también protestas cuando sale a saludar); pinchazo hondo perpendicular desprendido, pinchazo, estocada atravesada -aviso- y descabello (silencio).
  • Alfonso Romero, que confirmó la alternativa: estocada desprendida (aplausos y también pitos cuando sale a saludar); estocada perpendicular ladeada (silencio).

Entrada: media entrada.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. JOAQUIN VIDAL.  Carne de matadero

Menuda mansada enviaron a Madrid los ganaderos salamantinos propietarios de la divisa El Sierro. Hubo un remiendo de Cortijoliva y parecía hijo del mismo padre y la misma madre. Se trataba de lo que llaman carne de matadero; es decir, lo que no tiene lidia.

Para los taurinos profesionales no hubo sorpresas. Ellos saben lo que se pescan. Por mediación de expertos conocedores o de simples chivatos están al cabo de la calle de los que se cría y de lo que se cuece. O sea, que saben perfectamente lo que embiste y lo que no; lo que tira para atrás y lo que no tira ni a la de tres; lo que saca peligro y lo que se comporta pastueño; lo que pide pelea y lo que sólo tiene borreguez. Y, claro, lo mollar, o en cualquier caso lo que conviene, se lo llevan las figuras. Los demás, que arreen.

Y así les fue a los tres diestros de la corrida venteña: que hubieron de salir arreando, cada uno según su saber y entender. Que nadie interprete torcidamente estas palabras llenas de filosofía existencial creyendo -por ejemplo- que cada uno de los tres apretó a correr. No: cada uno de los tres intentó hacer el toreo a los descastados especímenes sin ningún resultado positivo; cada uno de los tres debía rectificar posiciones, ceder terrenos, corregir suertes, porque los toros, de embestir, no entendían ni media palabra.

No podía ser de otra manera dada la vocación de producto cárnico que tenían los cinco toros titulares de El Sierro y el añadido de Cortijoliva. Los seis con alzada y con romana; los seis con la seriedad propia del toro cuatreño; los seis de irreprochables cuajo y hondura; pero mansos los seis, tirando los seis a burros como solo hombre (dicho sea sin ánimo de señalar).

Jesús Millán quiso fajarse con ellos, tiró de repertorio, al sexto le pisó los terrenos planteando temerarias porfías junto a los pitones de las bien desarrolladas astas, y no sirvió ni para que el animal le embistiera ni para impresionar a la afición. La afición, la que hubiera en la plaza (ocasionales reductos entre prietas masas de estupefactos turistas), ya está curada de espantos, y estos alardes se los ha visto demasiadas veces a montones de toreros de cualquier categoría. De manera que una cosa era reconocerle el mérito a Jesús Millán, otra bien distinta ponerse a tirar cohetes. Y luego, lo de los avisos: Jesús Millán oyó dos -uno por toro- sin causa que lo justificara, salvo la innecesaria duración de sus faenas y las deficiencias con que ejecutó la llamada suerte suprema.

Cuando dobló el segundo toro de Millán, sexto de la tarde, de los otros dos espadas apenas se guardaba memoria. ¿Qué hicieron? Los conspicuos se los preguntaban al vecino de localidad, que podía contestar únicamente si tomó notas. Y lo que contestaba, pues -la verdad- tampoco merecía la pena. Ambos estuvieron enormemente voluntariosos en la inútil tarea de que sus lotes respectivos tomaran capotes y muletas con una mínima decencia y ya no crearon más historia.

De los aludidos espadas, uno, Alfonso Romero, confirmaba la alternativa. Tiene guasa: la alternativa, que da patente de antigüedad, se la apadrinaba un diestro más moderno. Los taurinos, puestos a pasarse los ritos de la tauromaquia por el arco de triunfo, han convertido la alternativa en puro surrealismo. Aquí tenemos un nuevo ejemplo: el toricantano iba de director de lidia, ¡óle la grasia! No pudo torear, evidentemente, por lo divino, y trasteó por lo humano. El padrino, por su parte -llamado El Renco-, intentó quites que los toros no admitían y porfió valentón a los descastados ejemplares que le correspondieron.

Se les veía a los toros el plumero de su mansedumbre nada más salir: abantos, huidizos de cuanto se moviera, querenciosos a chiqueros, escarbones y berreones ante la prueba de varas, sueltos en el castigo, a la espera en banderillas, topones y de media arrancada en el tercio final. Menudo regalito que les hicieron a los espadas de la terna y, de paso, al público inocente, turistas incluidos, que habían acudido ilusionados a presenciar una corrida de toros. Así es como quieren hacer afición.


ABC. JL SUÁREZ GUANES. No respondieron los toros de El Sierro

Los toros de El Sierro —que tan buen papel hicieron en esta plaza el verano pasado— resultaron extremadamente mansos, huidos, cobardones y muchas veces parados. Con este material confirmó la alternativa el murciano Alfonso Romero, que ocupaba el primer lugar por ser más antiguo que el padrino y el testigo de la ceremonia. El toro confirmante, corretón de salida, se paró enseguida y terminó escarbador y con clara tendencia a la mansedumbre. Alfonso Romero trabajó de forma ardua para llevar al toro al picador. Luego, en la faena de muleta, se sacó al toro a los medios en unos pases por bajo de buen porte. Ejecutó dos series de derechazos de buenos modos y exacta colocación. Pero su rival se aplomó totalmente y todo quedó en voluntad, ya que era imposible ligar los pases y encontrar calidades, nada más que en unos ayudados por bajo postreros.

En el cuarto, un sobrero de Cortijoliva que no tenía posibilidades, Alfonso Romero le pegó muchos pases por los dos lados sin lograr nada brillante y sin que su voluntad se viera reconocida en ningún momento. Algunos detalles en su primer toro son suficientes para haberse ganado la repetición.

CLARA MANSEDUMBRE

El Renco batalló mucho para llevarse a su primer enemigo debajo de los picadores, pues tenía clara tendencia a la huida. Con la muleta también sufrió lo suyo hasta que logró unos derechazos ligados. Después el bovino, por su clara mansedumbre, se le volvió a ir, y, aunque encontró brevemente la senda en unos naturales, la faena tuvo que terminar grisácea a la fuerza.

El quinto huía de su sombra más que ninguno. Llegó a la muleta como un marmolillo. El Renco tomó el camino del aliño, aunque tardó bastante en cuadrar a la res y esto demoró la muerte.

Jesús Millán se encontró, en su primer turno, con un toro protestado por su flojera. A pesar de las palmas de tango, el burel fue mantenido en el ruedo. Después no perdió pie durante la faena de muleta. Millán realizó una labor de largo metraje. La inició de rodillas y siguió a derecha e izquierda. De todas maneras, en algunos momentos encontró la ligazón y, siempre, en muy poco terreno. Esto fue lo más positivo. Se le coló la res al dar una manoletina, y la espada cayó trasera, haciendo olvidar bastante los momentos más logrados.

En el sexto, Jesús Millán realizó una labor a escasos centímetros de los pitones, llena de deseos. También resultó larga y exhaustiva. Salvó con bien la papeleta y —tal como dijimos de Alfonso Romero— merece, al igual que El Renco, otra oportunidad.