GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 14 de octubre de 2001
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Adolfo Martín, desiguales de presentación.

Diestros:

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo.


El País.  JOAQUÍN VIDALLos adolfos no dan la talla

Están los adolfos de capa caída y los conspicuos jurando en esperanto por ese motivo. Quizá convendría aclarar un poco: los adolfos son los toros de Adolfo Martín, que no dan la talla; y los conspicuos, la afición fiel de la plaza de Las Ventas, que había puesto en esta ganadería sus esperanzas por algo que sucedió hace un tiempo y no ve que progrese ni dé motivos para mantener en ella la fe.

Los toros de Adolfo Martín, que fracasaron estrepitosamente en la pasada Feria de San Isidro aquella tarde nefasta de los tres avisos a José Tomás, en esta comparecencia de la Feria de Otoño no han mostrado nada que permita abrigar una recuperación.

Antes al contrario, los toros de Adolfo Martín fueron tan malos como suelen ser los toros malos; tan inválidos y descastados como esas ganaderías en las que han suplido la casta brava por la sangre borrega.

El primer toro de Adolfo Martín llega a pertenecer a Pepito Pérez y su desvergonzada falta de trapío provoca un levantamiento popular. En cambio la gente aguantó y esperó, pues era adolfo. Aunque sólo unos minutos porque el inocente animalito empezó a pegarse costaladas y ya no paró hasta que le dieron mala muerte.

El autor de la mala muerte fue Óscar Higares. El público, que se había tornado levantisco contra el palco por no devolver aquella miseria, se disgustó doblemente ya que Óscar Higares estaba empeñado en torear de muleta pese a los batacazos. Óscar Higares, sin embargo, seguía y seguía. Y aún se echó la muleta a la izquierda con harta pinturería. Para su mal, el toro se le arrancó codicioso y Óscar Higares hubo de poner pies en polvorosa. Qué bochorno.

El cuarto toro, otro inválido, hierro Valdeolivas, presentaba una impresionante arboladura pero todo se le iba en fachada. Embistió manejable y algo corto por el pitón derecho, lo que aprovechó Higares para darle tres tandas de derechazos de diversa factura, y cuando decidió citar al natural resultó que el toro estaba por la izquierda avisado y le derrotó con aviesas intenciones. Luego mató de bajonazo. Óscar Higares les había cogido el aire a los bajonazos; las cosas de la vida.

Peores modos empleó José Luis Moreno con el quinto, inevitable adolfo inválido, al que ejecutó a la tabernaria manera metiéndole en la barriga un sartenazo de los de juzgado de guardia.

Tampoco Moreno se traía en las espaldas las musas. El adolfo que devolvieron al corral lo acosó y persiguió hasta el catre. Al sobrero de Flores Tassara no había manera de aplicarle las habituales suertes pues se desplomaba víctima de su invalidez. Al quinto de la tarde, manejable y aborregado, le hizo una voluntariosa faena por naturales y derechazos, si bien le faltaron recursos técnicos, destempló los pases y la gente pidió que terminara de una vez aquel plúmbeo repertorio. Y entonces acaeció el sartenazo.

A El Cid le correspondió el adolfo incierto que acosaba en cada muletazo, e hizo frente al compromiso con pundonor. El sexto padecía ese descastamiento propio de los toros a la moda y El Cid, que no está acostumbrado a semejante género, porfió naturales y derechazos, sacó algunos con estimable valor interpretativo y la verdad es que no le hicieron ni caso.

El público, sí, estaba hasta la coronilla de los adolfos impresentables y de los voluntariosos pegapases. La afición madrileña posiblemente no volverá a apostar el chaleco por esta ganadería que tuvo un par de tardes interesantes y las siguientes las resolvió en fracaso.

La madrileña Feria de Otoño, muy desigual, ha traído momentos interesantes que llaman a la reflexión. Ahí quedó la torería de Luis Francisco Esplá, triunfador indiscutible una tarde memorable. Y no se puede olvidar el infortunio de Mariano Jiménez y Alfonso Romero, que pagaron con su sangre los peligros inherentes a una corrida de toros bravos.

Ésta es la cuestión: los toros de Joaquín Núñez del Cuvillo, que se disputan las figuras por su bondad y su blandura, en la Feria de Otoño salieron fuertes, no se cayó ninguno y embistieron con una casta brava que llenó de emociones la lidia. Y, en cambio, estos adolfos con fama de encastados, resultaron descastados, inválidos y borregos. ¿Quién se explica esto?


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Adolfo Martín cierra un mal año

Adolfo Martín cerró de mala manera una Feria muy interesante y un año, el suyo, para olvidar. Corrida pésima, floja, descastada y desigual, remendada con un toro de Valdeolivas. Cómo sería que casi hace bueno el fiasco de San Isidro.

El usía se hizo el sueco para no devolver al derrengado toro que prologó la tarde. Hasta se echó en un par de ocasiones durante la faena. A Higares sólo cabe reprocharle que no hubiera matado más decentemente.

No se desquitó con la espada el espigado torero madrileño, que arreó otro bajonazo de nota para despenar al cuarto, de la ganadería de Jesús Gil y Gil, un pavo, el toro, claro, de imponente arboladura y alto como un buey. Deslucido como toda la corrida, no humilló nunca. Óscar Higares se despachó con derechazos sin orden ni fundamento y con un intento frustrado al natural, por donde el animal se revolvía con sentido.

En toda la tarde no galopó un toro. Lucía seriedad el cárdeno segundo, que puso en apuros de verdad a José Luis Moreno en la salutación, metiéndose por detrás del capote. Tras semejante alarde de malas intenciones, blandeó con descaro. Ahora el palco sí usó el pañuelo verde. El sobrero de Flores Tassara, corto de lámina y astifino, renqueó durante toda la lidia de los cuartos traseros. Tanto que, aunque el diestro cordobés trató de mimarlo, se tumbó cuan largo era. Media estocada en los blandos evitó peores imágenes.

Si aquel espadazo mereció severos pitos, no menos obtuvo la puñalada allá en la trastienda con que finiquitó al quinto. En algún momento, como en una serie sobre la mano derecha, parecía que se iba a medio dejar. Pero su desigual embestida, desconcertante, trajo abundantes enganchones.

A El Cid, un torero curtido en Madrid en las duras pruebas de muchos domingos, tampoco le acompañó la suerte. Pronto le cambió los terrenos al tercer adolfo, que se le quedaba debajo del capote, para sacarlo hacia los medios. Nada bueno obtuvo el bicho, que desde su salida hizo todo lo posible por llevarse a alguien por delante. Pocas opciones, más que muletear sobre las piernas, se le presentaron a El Cid.

Tampoco el sexto propició ocasiones para que El Cid reeditara triunfos como el que este año ha conseguido en Málaga o en Sevilla el día de la Virgen.

Una pena que esta Feria de Otoño, que iniciamos de tan mala gana, haya concluido así. Porque se han visto cosas muy buenas, desde una faena de Caballero, pasando por la magistral lección de Esplá, la capacidad y el toreo caro de Encabo o las supremas formas de Alfonso Romero, postrado hoy en el lecho del dolor como su compañero Mariano Jiménez. Sin olvidar las promesas de futuro de ese gitano llamado Antón Cortés.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Lamentable corrida como fin de feria

Una lamentable corrida de Adolfo Martín puso un triste broche a una buena feria que ha tenido cosas interesantes cada tarde. No sé los méritos contraidos por esta ganadería para anunciarse en Madrid tras el desastre de su encierro isidril, pero ayer todas aquellas calamidades se repitieron incluso a una escala mayor.

De los cinco toros que se salvaron in extremis en el reconocimiento matutino, a uno hubo que echarlo por su invalidez, a otro se lo mantuvo incongruentemente desde la presidencia y el resto únicamente desarrolló un peligro desclasado imposible para los toreros. Así la tarde transcurrió entre el bostezo previo al lunes y las despedidas hasta la próxima temporada.

Oscar Higares se enfrentó en primer lugar a un adolfo completamente deshecho por su endeblez y en segundo a un impresionante remiendo de Valdeolivas. Si bien el imponente animal no tenía mucho jugo, Higares tampoco anduvo muy confiado; quizás intimidado por aquellas astifinas y descomunales perchas, pero en todo caso sería lícito, también me acongojé yo desde el tendido. Lo peor de todo fue su completa desfachatez con la espada. Su conocida habilidad con los aceros no la demostró ayer, despachando a sus dos enemigos de sendos bajonazos.

Si con su primero a José Luis Moreno le tocó ejercer de sanitario y practicar los primeros auxilios ante el resquebrajamiento de un bonachón sobrero; a su segundo le pudo aprovechar algo más. Con la sublime humillación habitual de su encaste; y con los problemas también usuales de esta rama, el quinto toro fue el único que salvó en parte la honrrilla del encaste Saltillo. No terminaron de acoplarse toro y torero, y los múltiples enganchones dieron al traste con la faena.

Completaba la terna Manuel Jesús, El Cid, y tampoco disfrutó de un lote para el triunfo. Su primer toro fue el primero de la tarde en mantenerse en pie, pero con esas fuerzas no desarrolló más que malas intenciones. Al desde el principio imposible pitón derecho se sumó un izquierdo igualmente malo. El toro tenía mucho peligro y además lo demostraba, convirtiéndose cada muletazo en un reto a la cornada. Con el complicado que cerraba plaza apenas tuvo igualmente oportunidades de poder entrarle por algún sitio.