GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 1 de julio de 2001
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Julio A. de la Puerta y Castro, muy desiguales.

Diestros: 

  • Manolo Sánchez, estocada trasera (silencio); tres pinchazos y el torero hace muestras de dolor en la mano derecha -aviso-, tres pinchazos más y bajonazo (palmas).
  • Javier Vázquez, pinchazo y estocada (silencio); estocada desprendida y rueda de peones (palmas). 
  • José Ignacio Ramos, estocada (aplausos y salida al tercio); bajonazo (palmas). 

Entrada: media entrada

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. JOAQUIN VIDAL.  Ni con el toro bueno

Venían de repesca los tres espadas, les soltaron una corrida de saldo como era de esperar, con el toro malo hicieron lo que podían y cuando les salió el bueno, que si quieres arroz. O sea, que ni con el malo ni con el bueno.

Puede que tampoco vinieran de repesca. Esto de las repescas son cosas que se les ocurren a los aficionados, a un servidor también (quizá porque pertenece a la cofradía) y resulta que la realidad es muy otra. Las realidades de la vida quienes las conocen son sus protagonistas, y a veces ni eso. Quién sabe si los espadas de la terna, aburridos de ir de segundones, a lo que venían era a cubrir el expediente y si sonaba la flauta por casualidad, pues miel sobre hojuelas.

Un servidor no se atrevería a especular sobre el estado de la cuestión. Y lo único que resalta es la extrañeza de que saliendo un toro bueno o dos les hicieran un toreo malo o, en el mejor de los casos, aquejado de penosa vulgaridad.

Se excluye de la cuenta a José Ignacio Ramos que al sobrero manso de Astolfi lidiado en tercer lugar, lo embarcó en la muleta a base de coraje; consintiendo las inciertas embestidas iniciales, templándolas a su vez, obtuvo dos emocionantes tandas de redondos bien abrochadas con los pases de pecho. Y atacando finalmente el volapié en corto y por derecho cobró un estoconazo de los que apenas se ven en estos tiempos de pinchauvas.

Las maneras de estoqueador nato mantuvieron expectante al público hasta la conclusión de la voluntariosa faena que le hizo José Ignacio Ramos al sexto, otro manso, que se quedaba en la suerte. Pero en esta ocasión, aun ejecutando Ramos bravamente la suerte suprema, dejó un bajonazo escandaloso. Y, claro, para semejante viaje no necesitaba alforjas. Lo mismo les hubiese dado a él y al toro que se echara fuera. De manera que la afición conspicua dijo apaga y vámonos. Y se fue. Ya harta, pues la corrida duró más de dos y media, no se sabe muy bien la razón.

En realidad sí se sabe: devolvieron dos toros al corral, a uno de los cuales el vaquero, que se llama Florito, lo llevó hasta chiqueros a punta de chaquetilla, corriéndolo al hilo de las tablas. El toro por el ruedo, él por el callejón, faltaría más. Y luego estuvieron las premiosas faenas...

...La premiosidad se lleva mucho en la moderna tauromaquia. Podría ser por parsimonia, por cachaza o por ineptitud o por todo a la vez, quién sabe. El primer toro sacó las dificultades de los mansos huidizos, dentro de un temperamento tontorrón que excluía el peligro, y Manolo Sánchez estuvo con él muy torero intentando fijarlo en la muleta a base de cargar la suerte y esbozar la ligazón de los pases, lo que apenas consiguió dada la catadura mulera del funo.

En justa compensación le correspondió en cuarto lugar a Sánchez un sobrero de El Sierro de gran nobleza. Manso en varas, sacó una sensacional embestida para la muleta y Manolo Sánchez lo toreo sin ajuste ni reunió con la derecha, muy aseado con la izquierda en varias tandas de naturales, no tan hondos ni inspirados como merecía la pastueña codicia del toro. Mató mal, al parecer porque se lastimó una mano, y puede que de haber matado bien hasta habría alcanzado el éxito, pues el público le jaleaba.

Nada pudo hacer Javier Vázquez con un inválido, y al maejable toro quinto le aplicó una faena muy larga, cortando las tandas, cediendo terreno al rematar los pases, que transcurrió en medio del silencio y quizá del tedio que se palpaba en los tendidos. Y así acabó la fiesta: sin pena ni gloria. Por lo que se ve, toro bueno o toro malo da igual.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Una docena de naturales y un puyazo 

Una docena de naturales como doce gotas de agua en el desierto, como doce rosas rojas en la arena infinita y seca. Daban igual las espinas de los tallos, que a algo hay que agarrarse, como naufrago a la tabla, como niño hambriento a los pechos desnudos de la madre. Fue Manolo Sánchez el autor de los apuntes, el creador del breve oasis. Y mantiene así la puerta entreabierta a la esperanza, como la dejó en San Isidro, ni más ni menos, pese al cerrojazo de la espada, dubitativa y floja en una mano dolorida, tal vez lesionada la muñeca.

Y el puyazo, como rosa impar y amarilla, vino de la montura de Pepillo hijo, que ya en mayo en Madrid apuntó sus dotes y su escuela de buen piquero. Pide paso José Carlos González, que debe acabar bien colocado si continúa en esta línea.

Los naturales surgieron ante el cuarto bis y la vara loable, en el quinto. ¿Y el resto de la corrida? Por los suelos o casi. Blanda, por resumir, además de mansa. Los sobreros, de Astolfi y El Sierro, igual de bajos de casta, aunque este último —feo como perro degollado— metió bien la cara por el pitón izquierdo siempre que no lo atosigaran. Manolito Sánchez lo entendió, y pintó la docena de naturales mencionados y muy templados. O quizá fuera alguno más. Y también pudieron ser menos, pues por momentos le perdió la distancia y se colocó un tanto encimista. Luego pinchó y pinchó entre elocuentes gestos de dolor.

En el toro que inauguró la tarde, apenas poco o nada. Abanto y rajado, no quiso saber noticias del torero pucelano, que luchó por fijarlo en la muleta, tarea inútil en la mayoría de las veces.

Flojeó también el segundo, aunque como su primer hermano poseía el don de la nobleza. Javier Vázquez lo saludó con torería a la verónica, antes de que perdiera las manos una y otra vez, acarreando el deslucimiento a los buenos deseos del madrileño. Vázquez brindó la muerte del quinto al público, a lo mejor para agradecer la paciencia ante el calor y alegrar esas caras de conductores desesperados en la operación salida. Ni humillaba el animal ni se empleaba, y las voluntades clásicas de Javier no encontraron la respuesta más idónea.

Pechó José Ignacio Ramos con un sobrero de Astolfi, de rizada testuz y seriedad manifiesta, reservón y poco claro. Banderilleó con facilidad y ventajas, hasta que en el tercer par tuvo que alcanzar las tablas por un inesperado arreón. La verdad es que no lució con los palos. Buscó el burgalés la continuidad de las embestidas con tesonero afán y mató de espadazo contundente y un poco al zambullón. Tampoco encontró la brillantez con el sexto, nada propicio para ello, por cierto. Esta vez la espada cayó baja