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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del lunes, 29 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Un toro, 5º, de José
Luis Pereda (cinco se rechazaron en el reconocimiento), terciado y armado,
manso y borrego tumbón. 1º de La
Dehesilla, chico e inválido. Cuatro de Gavira (otros cuatro se rechazaron
en el reconocimiento), uno devuelto por inválido: justos de presencia y
moruchos. 2º, sobrero de Santiago Domecq, anovillado e inválido
Diestros:
-
Finito de Córdoba,
estocada traserísima baja (silencio); pinchazo y estocada caída
(división y también bronca , pues sale a saludar).
-
Morante de la Puebla, estocada
caída (silencio); tres pinchazos, el toro se tumba y hay que
apuntillarlo (algunas palmas).
-
Miguel
Abellán, dos pinchazos, otro hondo trasero, rueda de peones -aviso-
y dos descabellos (silencio); estocada (silencio).
Entrada: Lleno
Crónicas de la prensa: ABC, El País
ABC. Vicente
Zabala. Madrid. Los toreros
carecieron del aliento necesario
Uno sería incapaz de triunfar en Madrid si fuera torero. Valor no hay,
primer hándicap. El cuerpo no acompaña, segundo escollo. En el caso de que se
supusiera el arrojo y la esbeltez, con un ambiente tan desapacible y escasamente
alentador como el de la Monumental de Las Ventas ayer, no daría una a derechas
o se hundiría el ánimo en ese vendaval de voces críticas y sabias que de
continuo pretenden conducir las faenas o en esa frialdad y aquella desorientación
de los tendidos de sombra. Es el ruido de fondo de la redacción, y ya cuesta
concentrarse en la crónica, cuánto más ante un toro seriamente armado, con
dos velas, en San Isidro, en la inmensidad del ruedo venteño, en medio de la
soledad terrible del torero, con la batalla interna de los miedos aflorando en
el gesto, en las formas, en la respiración...
Exigencia, sí. Respeto, también. Y un poquito de aliento, un ole, un bieeen,
que se dice ahora mucho, un algo. Finito de Córdoba nunca podría haberse
imaginado que después del bache profundo por el que ha atravesado, una vez
recuperado el fondo y el sitio, en lugar de tratarle con un cierto empuje se le
iba a dar vinagre y sal en las cicatrices del alma aún frescas.
Pocas palmas animaron el buen son que tuvo un quite del cordobés a la verónica
al manso y noble primero. Tampoco la entonada respuesta de Morante encontró más
ecos, ni el templado inicio de faena de este nuevo Finito, ni las series de
largos muletazos sobre la diestra, ni los naturales, ni un ayudado torerísimo...
Todo eran reproches hacia la colocación del matador, por cómo citaba. Y aunque
luego dirigía el viaje hacia detrás de la cadera, en ocasiones más erguido, más
estético que cuando forzaba la figura, nada valía. Ante el baldío esfuerzo,
se alivió en la suerte suprema. Duro precio parece que se disponen a cobrarle a
Finito ¿por su triunfo en Sevilla? Cuesta creerlo.
No remontó
No remontó el vuelo con el cuarto, abanto, blando y sosote. Se
dejaba en la muleta, tras huir de los caballos. Finito de Córdoba estuvo más
que digno, sobrado, hasta que se desfondó su moral por los persistentes
silbidos. La sombra reaccionó con una ovación, esa sombra tan sombría y
triste y callada siempre.
Gran expectación
Gran expectación había levantado la comparecencia de Morante de la
Puebla. Fue devuelto el toro de Gavira, uno de los cuatro que habían completado
la al final inexistente corrida de Pereda. Ante el sobrero de Santiago Domecq,
muy enmorrillado y puesto en kilos, apuntó un saludo inconcluso y esbozó un
quite gracil por chicuelinas. Intervinó Abellán valentísimo, con el capote a
la espalda, algo embarullado entre gaoneras y tapatías. Entonces, ya el
zambombo anunciaba su queda embestida. Tampoco ayudó mucho el quebrantador
arranque del sevillano, rodilla en tierra, para que aguantara mejor la lidia. Ni
al unipase alegró la aplomada arrancada. Y sólo una trincherilla destelló
como un chispazo.
Menos excusa tuvo Morante ante el serio y apretado quinto, uno de los
supervivientes de la ganadería anunciada, con el hierro de La Dehesilla. Otra
vez Abellán entró en liza, por chicuelinas; ahora el diestro de La Puebla le
dio la réplica con arte y a pies juntos. Hubo un repunte de pasión positiva,
mas ahí se quedó, pues aunque el inicio de su quehacer atisbó torería, se
desinfló como un globo. ¿Por qué tanta prisa por rematar las series? ¿Por qué
su cortedad? ¿Por qué ninguna tanda contuvo cinco muletazos y el adorno y sólo
afloraban dos, tres, como mucho cuatro pases? Todavía habrá que esperar a que
el corazón de Morante vuelva a palpitar con la intensidad de antes de la
cornada de abril. Debió cuidar más a su enemigo en varas y luego aprovechar
con mayor aplomo las veinte o veinticinco embestidas que poseyó, antes de que
se le acabara la bravura y se echara en una especie de rendición. Ni en los
tendidos el gentío ni en el ruedo el torero se entregaron.
Salvo las notas mencionadas con el percal, Abellán ni se aproximó a su última
actuación venteña, ni con el manso tercero, que aunque desarrolló genio bajándole
la mano respondía y repetía, ni con el parado y descastado sexto. Esperábamos
otra cosa.
No vale de parapeto, o quizá en parte sí, pero un poquito de aliento no le
viene mal a nadie. Menos a los toreros cuando dan motivos para ello.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. El toro de la risa
Al toro serio le siguió el toro de la risa. Vísperas de mucho días de
nada, sentencia el refrán, Y se volvió a cumplir. El día señalado era
precisamente este, el de la reaparición de Morante de la Puebla: un arte que no
se pué aguantá; el que, en un momento dado, iba a relegar al olvido
a José Tomás y acabar con el cuadro.
Pues ni lo uno ni lo otro.
Con esos toros que dispuso (o le trujeron) y ese toreo que se gastó, o
cambia, o está llamado a ser uno más del montón.
De los toros, no dio la talla ni uno. Enviaron 17, rechazaron nueve, hubo de
salir el sobrero y ninguno servía si no era pa jartarse de reí.
Afirman taurinos que no se encuentran toros mejores en el campo; que estas
son lentejas. Pues vaya panorama. Si no hay otra cosa, aparte de ese género
desmedrado con sangre morucha, resulta que la actual generación de ganaderos es
la peor que se haya conocido en los 300 años que lleva de vida la fiesta.
Enviar 17 toros a la plaza y que no valga ninguno: se dice pronto. De los
anunciados de José Luis Pereda sólo se salvó uno y por los pelos (entiéndase:
por los cuernos). Aducen expertos que son dos pues el de La Dehesilla, corrido
en primer lugar, pertenece también a José Luis Pereda y entonces es lo mismo.
Pero no es lo mismo.
El argumento de las propiedades múltiples viene a ser el truco del
almendruco. No es lo mismo Pereda y Dehesilla, María Olea y Conde de la Corte,
Sanz y Onieva, yo y mi hermano (entre otras cosas, porque no tengo ningún
hermano).
Es preciso reconocer, sin embargo, que una vez en el ruedo daba igual. Si
todos traían la pata chula y la borrega mansedumbre por bandera, la propiedad,
el hierro, el encaste y la madre que los parió nos traen absolutamente sin
cuidado.
El toro grotesco están empeñados en que salga para que pueda producirse en
paz el arte inconmensurable. Pero qué arte. Pues se hacen presentes los
artistas y cuanto se les ocurre es citar fuera cacho y evitarse el compromiso de
la ligazón apretando a correr. Ni un solo pase dieron los tres espadas como
dios manda; ni uno cargando la suerte. Ni el resucitado Finito, ni el rompedor
Morante, ni la eterna promesa Miguel Abellán.
De todos tres, uno lamenta principalmente las formas que ha adquirido Miguel
Abellán, pues irrumpió en la fiesta con mayores bríos, recuperó con El Juli
(o aun antes que El Juli) el amplísimo repertorio de capa y tenía bien
aprendidos los cánones de la tauromaquia clásica. Y de un tiempo a esta parte
-para muestra valdría su actuación en la corrida de marras- se le ve pegapases
impenitente, tenaz y convencido de que el toreo se hace fuera cacho, descargando
la suerte, el pico, todo lo demás.
Lo bueno de Abellán es que aún le queda tiempo para rectificar. Caso
distinto es Finito de Córdoba, resucitado en la Maestranza, según algunos, y aún
anda por ahí dando vueltas, sin ascender a la gloria, que sería lo suyo. Ni
siquiera se le ven las ganas. Y sigue haciendo el toreo anterior a la resurrección,
el ejecutado desde la lejanía, encorvado y medio de espaldas, plantando sobre
el pitón contrario una muletaza que parece fabricada en los astilleros de Cádiz.
No se crea que Morante de la Puebla mejoró la técnica. Antes al contrario,
la repetía, con la única diferencia de ciertas pinceladas en las versiones de
la trincherilla o del cambio de mano, con la muleta; o con el capote, par de
medias verónicas, la sevillanía de una chicuelina. Si con el toro artista de
circo -uno de ellos borrego de los que se tumban a dormir- no redondeó faenas,
la afición se pregunta si sería capaz de hacerlas con el toro serio y
verdadero.
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