GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID

Tarde del domingo, 28 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Conde de la Corte, con trapío y aparatosas arboladuras -4º derribó, 5º impresionante veleto-, mansos. Toros de María Olea, con trapío, cornalones, fuertes -2º derribó-, bravucones.

Diestros:

  • Manolo Sánchez, pinchazo y estocada corta ladeada (silencio); pinchazo, estocada corta atravesada, rueda de peones y descabello (palmas y algunos pitos).

  • Javier Vázquez, pinchazo y otro hondo atravesado (silencio); bajonazo perdiendo la muleta -aviso- y rueda de peones (aplausos y también pitos cuando saluda). 

  • Dávila Miura, estocada trasera (escasa petición y vuelta); estocada corta perdiendo la muleta y rueda de peones (palmas).

Entrada: Lleno

Crónicas de la prensa:
ABC, El País


ABC. José Luis Suárez-Guanes. Madrid.  Vuelta al ruedo para la firmeza de Dávila Miura 

Cuando a la muerte del tercer toro, nos puso la alcachofa la guapa periodista de Telemadrid, los nervios se crisparon y las palabras se escondieron. Sólo un breve análisis de lo que era hasta entonces la corrida quedó discreto. Con las ganas que uno tenía de largar por la tele y decirle a Alberto Ruiz-Gallardón que con todo el dinero que obtiene cada año de Las Ventas ya podía reinvertir algo más en la Fiesta en lugar de en narcosalas. O de indicarle al alcalde de esta ciudad de nadie que los churros nada tienen que ver con los libros, como las churras con las merinas, y que vender literatura en el Retiro no guarda relación con autorizar los puestos de fritanga y gofres, y que ni en nombre de la cultura merece la pena poner patas arriba uno de los parques más bellos de Europa, que está sucio como un vertedero y plagado de camellos en lugar de ardillas y palomas. Al final, unas únicas y tímidas frases sobre el festejo se difundieron por las ondas la cadena autonómica. Y nada más.

La corrida del Conde de la Corte dio para poco, aunque se movió. Pero lo hizo sin clase, sin celo y sin entrega, cargada de mansedumbre. Algunos, en cuanto un toro viene y va, aunque gazapee y no se rompa nunca en la muleta ni el caballo, ya echan las campanas al vuelo. Mal momento para la Fiesta y la afición, peor por la escasez del último colectivo que por el propio espectáculo. ¡Qué cantidad de tonterías se escuchan en los tendidos! Eso sí, el histórico hierro mantuvo una presentación excelente, digna de la casa.

El ejemplar que más bravura y calidad derrochó fue el tercero, que se empleó en el caballo a base de bien. Carmelo pareó con eficacia y facultades en un segundo encuentro que valió las ovaciones del respetable. Y es que el toro había cortado mucho el viaje. Dávila Miura se mostró muy dispuesto, muy firme y seguro cuando las embestidas se acortaban no sin peligro, acusando el esfuerzo en varas. Construyó faena por ambos pitones, de manera meritoria al natural. El inicio y el volapié serían a la postre lo mejor. La contundencia del espadazo significó la petición del trofeo y la vuelta al ruedo, un paseo de ley, que para eso existe semejante recompensa. A ver si vuelve a recuperar su sitio, porque una vuelta al ruedo en Madrid es más que una o dos orejas en Esparragosa, por ejemplo.

Un tío

El sexto fue un tío, con un velamen como para hacer un par de percheros o salir en el Diez Minutos, que ahí salen mogollón de cornudos. Dávila lo recibió con una larga cambiada en el tercio y unos lances a pies juntos de valentía. Luego el condeso se dolió en banderillas y resultó deslucido y con guasa. Resolvió con brevedad el sevillano ante la imposibilidad de lograr algo en limpio.

Sin opciones

Presentó un pitón derecho el toro que abrió tarde de auténtico terror. Molestó el viento durante esta lidia, aunque después desapareció. Manolo Sánchez se dobló con poderío y poco más. El animal apenas le dio opciones.

El abanto cuarto, manso como el resto, se emplazó de salida. Aquellos momentos acabaron siendo los únicos en los que no anduvo, porque luego no paró, gazapón y muy molesto para el torero pucelano. Derribó con estrépito en la querencia. Se entonó Sánchez para arrancar su quehacer muleteril y en algún pasaje por la derecha (dos derechazos dibujó con excepcional concepto). Pero el bruto iba a su aire, con la cara a media altura. Pasaba por allí como quien va a por tabaco. Y la muleta le era ajena.

También tiró al caballo y a su jinete por tierra el segundo, mas no fue indicador de bravura. El hombre del castoreño se ensañó en una cobarde «vendetta» en la siguiente vara. Huía de la franela como de su sombra. Sólo a favor de querencia consiguió Javier Vázquez robarle algunos pases. Casi lo mismo le ocurría al cornalón quinto, que hacia adentro se tragaba los muletazos por el pitón izquierdo. Vázquez pecó de alargar demasiado su labor, y de ahí el aviso que escuchó. Usó la tizona por los mismos bajos.

Otro Vázquez, don Manuel Vázquez Garcés, que cumple ahora cincuenta años de su debú en Madrid, no entendía muy bien por qué a todos los toros hay que picarlos por narices frente por frente a los chiqueros. Y parece ser que este señor algo sabe de esto. Sin duda, más que muchos bocazas y metepatas.


El País. JOAQUÍN VIDAL, Madrid. El toro serio

Esta vez no fue un tostón, Esta vez la corrida transcurrió interesante y supo a poco. No es que se hubiese producido un milagro. Es que salió el toro íntegro -toro serio lo llama la afición- y hubo tres lidiadores pundonorosos y valientes.

Tres lidiadores que quizá no sacaron todo el partido que tenían sus toros; pero los tres ofrecieron lo mejor de sí mismos y dejaron en alto el pabellón de su indudable torería.

Ahí es nada: torería y toros serios.

Seguramente una cosa trae la otra. Si el toro serio saliera cada tarde se produciría en el escalafón una barrida de escándalo. Unos por incapacidad para dominarlo, otros porque no lo quieren ni ver, entre los que se cortarían la coleta y los que bajarían a segunda, al escalafón no habría quien lo reconociera.

El toro serio, hierros Conde de la Corte y María Olea, tres y tres. Dicen que tanto monta pero en la plaza no parecían hijos de los mismos padres. Los de María Olea sacaron una casta que tiraba a la bravura; los del Conde de la Corte, una casta que tiraba a la mansedumbre.

Casta en cualquier caso. Los taurinos sostienen que si el toro no es bravo no tiene casta y, de paso, llaman bravo al borrego que se deja pegar pases. La Tauromaquia, sin embargo, niega la mayor. La casta es la raza del toro de lidia, que puede manifestarse mediante múltiples matices, en cuyos extremos están la bravura y la mansedumbre.

Hay una zona intermedia que se define por la bravuconería, y de este cariz resultaron los toros de María Olea. Algunos a los bravucones los califican bravos, pues les confunden sus arrancadas tremendas sobre los caballos. Ahora bien, esos toros, que probablemente derriben -así el segundo-, se espantan del escozor del hierro y del estruendo, y galopan sueltos, como sucedió.

Son toros más próximos a la mansedumbre aunque no llega a la del manso declarado, de cuya catadura dio todo un curso el toro condeso que hacía cuarto. Ese animal, que huía de los capotes, en plena estampida descubrió al picador y le metió tal testarazo que del brutal encuentro partió la vara y mandó a la unidad acorazada a tomar vientos, castoreño incluido.

Las gamas de la bravura y la mansedumbre son infinitas; y pudo apreciarse en el tercio de banderillas que el mansazo aquel en realidad embestía con nobleza. Manolo Sánchez lo vio de inmediato y se dispuso a hacer faena. Con mayor fuste por el pitón derecho pues por el izquierdo el manso carecía de fijeza, y logró varios muletazos de irreprochable recorrido. Le faltó, no obstante, ligazón, porque toreaba con la suerte descargada y el dichoso pico, y estas formas son las que se usan cuando no se quiere ligar.

De cualquier manera, todo es relativo y estos planteamientos técnicos se podrían discutir. Lo mismo los de su faena al primero, que se quedaba corto. Claro que citándolo encimista le ahogaba la embestida; y ya no se podía saber si esto traía aquello o al revés.

Javier Vázquez tuvo un primer toro querencioso a chiqueros, y ese fue un problema permanente que le impidió redondear su voluntariosa faena. El quinto -un veleto de impresionante arboladura- traía bueno el pitón derecho y Javier Vázquez, desbordado en su ansia de triunfo, le aplicó una larguísima faena por naturales. La verdad es que no siempre los instrumentó de acabada factura, mas tampoco era tan bueno el toro pues humillaba poco y en tales circunstancias es difícil interpretar, según los cánones, el toreo puro.

Pasaba por bravo el tercero, aunque el picador impidió comprobarlo con su carnicera carioca; se arrancaba pronto y sin duda era noble, mas le faltaba recorrido y Dávila Miura dio réplica a estas complicaciones aplicándole una faena acaso falta de recursos lidiadores, pero valiente y meritoria. Al cuajado, flojo y berreón sexto lo toreó en la modalidad del unipase, que es una versión menor del arte de torear, aunque tampoco el toro estaba para florituras ya que le faltaba recorrido.

Se acabó la corrida y a la afición le supo a poco. Había presenciado la lidia en toda su intensidad, toros serios, toreros auténticos. Y esa es la fiesta. A ver si se enteran.

 

 

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