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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del sábado, 27 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Fermín
Bohórquez, mansos casi todos, pero que acabaron dando juego.
Diestros:
-
Pablo Hermoso de
Mendoza, ( rejón trasero muy bajo (oreja); rejón bajo, rueda de
peones y, pie a tiera, dos descabellos (ovación y salida al
tercio).
-
Andy
Cartagena, (dos pasadas sin clavar, pinchazo, rejón caído y rueda de
peones (silencio); pasada sin clavar, rejón trasero bajo y, pie a
tierra, descabello (oreja)).
-
Leonardo Hernández,
(pasada sin clavar y rejón trasero caído (petición y vuelta con
protestas); dos pinchazos, pasada sin clavar, pinchazo, rejón en lo alto,
rueda de peones y, pie a tierra, seis descabellos (silencio)).
Entrada: Lleno
Crónicas de la prensa: ABC,
ABC. José
Luis Suárez-Guanes. Madrid. Hermoso
de Mendoza cortó una oreja de ley y Andy Cartagena, otra muy trabajada
Leonardo Hernández vio como su primero era distraído y abanto y huía
de caballero, caballo y capotes que salieron de auxilio. Partiendo de dentro a
fuera clavó Leonardo el primer rejón, que por las circunstancias, tuvo que
ser a la grupa y, además, cayó trasero. Hernández le enseñó a embestir
con la banderola, pero sin que el astado abandonase la tendencia distraída.
El segundo rejón tuvo buena ejecución, pero cayó un punto bajo. Un quiebro
en la misma cara resultó fallido, pues el hierro se desprendió enseguida y
cayó a la arena. Nuevo fallo al volverse a caer el palo en la primera
banderilla. En segunda instancia clavó en lo alto, para después ser
alcanzada la montura, tras haber corrido dos pistas. Llegaron dos nuevos
palitroques en su sitio, que hicieron un total de tres colocados, antes de
poner uno a dos manos, en el que hizo todo el esfuerzo el caballero, pues el
astado se paró en aquel momento. Un carrusel de cortas y tras una pasada en
falso clavó un rejón mortal que fue definitivo. Se le pidió la oreja,
aunque no de forma mayoritaria. Dio la vuelta al ruedo. A pesar de algún que
otro fallo su actuación resultó positiva.
Distraído el cuarto, dio varias vueltas al ruedo antes de que Leonardo
lograra clavarle un hierro preliminar, al relance, en el centro del anillo.
Continuó el astado barbeando tablas con una clara tendencia a la huida. Después
del segundo patentizó, de nuevo, su falta de fijeza y su querencia a tablas.
Colocó un tercero de forma sobria y clavó una banderilla al quiebro muy
trasera. Una en lo alto, haciéndolo todo el caballero y otra tercera, en la
que la preparación para sacar al animal de esa querencia fue ardua y
francamente meritoria. Un par a dos manos precedió a repetidos fallos con el
rejón postrero y a tener que echar pie a tierra, donde tampoco estuvo
brillante.
Con torería
Hermoso de Mendoza clavó en lo alto su primer rejoncillo previo. Toreando
siempre con la cola preparó el segundo envite para ir de parte a parte de la
plaza. Puso el hierro en su sitio, y recortó, con torería, banderola en
mano. Al correr de costado preparó la primera banderilla, dando un curso de
torear con las ancas del caballo como muleta, para desengañarlo de
querencias. Puso el hierro en lo alto, en la siguiente intervención, siendo aún
mejor la forma de torear. Se cayó el tercer palo después de una floreada
pirueta, pero consiguió el objetivo con el cuarto rehilete. Dos rosas
consecutivas hicieron que no se apagaran las palmas, que sonaron fuerte en
todo momento. El rejón final fue contundente y la oreja merecida, pues si
hubo algún pequeño fallo nunca fue ni de toreo ni de ejecución.
El primer rejón de Hermoso, en el que quebró el viaje, quedó enhebrado.
Luego puso uno en las mismas péndolas y se esforzó en torear y desengañar a
la res para colocar el último. Empezó a enseñar la senda al distraído
bovino. Llegó un rehilete en lo alto y un alarde de la montura en una
minicarrera a doble pista, para colocar el segundo. Con su rival bastante
quedado le supo alegrar con la misma cola imantada a la res y acabar con un
recorte en la misma cara para la ejecución del tercero. Un par a dos manos y
una corta llegaron antes del rejón postrero, que necesitó de dos golpes de
descabello que emborronaron lo logrado, que tampoco había llegado a las cotas
de otras veces.
Andy Cartagena embarcó bien la embestida del rival, aunque clavara muy
lateral. El toro se emplazó en los medios y Andy tuvo que pasar en falso sin
clavar, cosa que hizo en buen sitio en una buena intentona. Con un precioso
tordo rodao llegó el tercio de banderillas. Cumplidor con creces en la
primera, llegaron dos pasadas en falso consecutivas, para desembocar en una
consumada y colocada en buen sitio. De frente y quebrando en la cara puso dos
realmente logrados y en terrenos totalmente diferentes, aunque las dos veces
de fuera a dentro, que en estas circunstancias es recurso válido. Tres cortas
en lo alto del morrillo. Cierta tardanza en doblar la res disiparon
entusiasmos anteriores.
En la misma puerta de chiqueros quiso recibir Andy Cartagena a su rival sin
conseguirlo, ya que el de Bohórquez se fue para otro lado. El astado continuó
en su tono cobardón y al decidirse a embestir le costó pararlo. Los dos
rejoncillos quedaron arriba. Después de unas cabriolas puso el par del violín
con su habitual destreza, galopó demasiado después sin encontrar hueco para
que existieran realizaciones, pero al final encontró su punto al echar mano a
la espectacularidad y a unas piruetas circenses. Hubo pasadas en falso, pero
también momentos conseguidos. El trofeo concedido se lo ganó por su arduo
trabajo.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Luego cabalgamos
El aficionado fetén, si ve cosa buena, sale toreando. Da igual que la cosa
buena sea pedestre u ecuestre. Los que antiguamente se acercaban a la plaza y
pues no les llegaba para comprarse un boleto (la disyuntiva era toros o aceite)
se quedaban por los aledaños oyendo la corrida, al final tenían la oportunidad
de verla repetida por los aficionados, si resultaba buena. Don Mariano (que ya
no va) era en esto la máxima figura y se crecía con las mal llamadas corridas
de rejones: ¿Resultó excelente? Luego cabalgaba. ¿Fue un tostón? Pues se metía
en el bar a pegarse un latigazo y olvidarla.
Los pocos aficionados que quedan también torean en circunstancias
excepcionales y como la corrida de rejoneo las tuvo en algunos de sus pasajes,
se iban Alcalá arriba dándose azotes y cabalgando a dos pistas.
Los degustadores del buen toreo ecuestre templaban los trotes siguiendo el
modelo de Pablo Hermoso de Mendoza, en tanto los que preferían las
espectaculares galopadas de Andy Cartagena cruzaban a toda velocidad la plaza de
Manuel Becerra por lo prohibido y al pasar delante del guardia daban
vertiginosos giros delante de sus narices, dejándolo perplejo.
Algunos no remedaban a Pablo Hermoso de Mendoza, exactamente, sino a su
caballo Cagancho, que también es un señor. Cagancho, se
sospecha, sabe tanto de tauromaquia como Cossío y se marca unas pasadas a dos
pistas, unos coqueteos con la grupa, unas reuniones y unas templanzas que sólo
pueden estar al alcance de los grandes tratadistas de la materia.
No son mejorables los lances de Cagancho con el quinto toro, mas
tampoco procede dejar atrás la forma de encelar con que resolvió Hermoso de
Mendoza, jinete de otro caballo exclusivo, la renuente mansedumbre del segundo,
a base de consentir y obligar, en un tira y afloja que estimuló el temperamento
dormido del toro y pareció convertirlo en bravo.
Toreo de alta escuela desplegó Pablo Hermoso de Mendoza montando ese
caballo, y después el también famoso Chicuelo, para encelar y dominar,
para reunir y rematar garbosamente las suertes. La salvedad se produjo en la
forma de prender; es decir, dónde. Porque ahí no estuvo fino el rejoneador,
pocas banderillas y rejones dejó en su sitio, incluido el de muerte, que clavó
en los blandos. Lo cual -también es cierto- no impidió que le dieran una
oreja.
El rejoneo moderno, que ha hecho cotidianos alardes inimaginables hace décadas,
se basa asimismo en unas clavazones que el público de aquel no habría tolerado
bajo ningún concepto. A buenas horas le iban a regalar la oreja a un rejoneador
(ni a nadie) después de perpetrar un bajonazo. Y, sin embargo, ahora, los
bajonazos suscitan entusiasmos. Puede que haya una explicación: ya que los
bajonazos son fulminantes, la rápida muerte del toro justifica pedir a gritos
la oreja, que para los actuales públicos es el principio y fin de todas las
cosas.
Andy Cartagena se llevó así la del sexto. Claro que antes se había pasado
pegando giros delante del toro, entre cabalgadas al estilo Gary Cooper, y estos
son montaraces estímulos que enardecen a las multitudes e inspiran a los
aficionados conspicuos cruzar Manuel Becerra al galope, dándose arres y azotes
en el culo.
Leonardo Hernández, con los toros más mansos de la mansa corrida, reunió
bien, clavó mal, le faltaron recursos para encelar a sus toros. Al huidizo
cuarto no conseguía pararle las estampidas pese a sus muchos trotes alrededor,
y hubo de ser un peón el que se lo fijara. Lo hizo con sólo cuatro capotazos y
de ahí en adelante quedó el toro toreable, rejoneable y galopable.
Naturalmente nadie reconoció la maestría del peón ni le dio las gracias. Pero
es lógico: si no le iba a valer la oreja peluda, ¿para qué?
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