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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del viernes, 26 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El
Pilar (dos habían sido rechazados en el reconocimiento), discretos de
presencia; 2º, con poder, bravo y noble; 4º y 6º, inválidos y adormilados; 3º
devuelto por descoordinado. 1º y 5º de Daniel
Ruiz, de discreta presencia, inválidos, cochineros y modorros. Sobrero de Guadalest,
de escaso trapío, igual de inválido, cochinero y modorro que los anteriores.
Diestros:
-
David
Luguillano: estocada perdiendo la muleta (silencio) aviso
- y dos descabellos (silencio).
-
Eugenio de Mora:
bajonazo (pitos).
-
El Juli: estocada,
rueda de peones y tres descabellos (silencio) división y sale
al tercio).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: ABC,
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. Madrid. A El Juli le salva la
campana
A El Juli le salvó la campana, a última hora, como a los boxeadores
groguis que merodean el K.O. y rondan la lona. El Juli se sujetaba contra las
cuerdas, como buenamente podía, tras un tercio de banderillas muy flojo, muy
ramplón, siempre por el pitón derecho. Era la lidia del sexto, con la tarde
vencida, derrotada por una manada de toros tullidos, blanditos, escogiditos
selectivamente. Demasiada nada, porque la nada siempre es mucha, un vasto e
interminable territorio baldío, como la tarde.
Así hasta que en el último toro, enmorrillado y serio, colorado y armado
con dos velas, Julián López lanceó a la verónica con templanza y las manos
bajas. El capote a rastras dibujaba ondas en el albero y el aire, que se
levantaba amenazante y destructor, enlazaba cabriolas con los papelillos y las
ilusiones maltrechas. Antes de que viniera la lluvia —que ya arranca la
Feria del Libro—, El Juli se colocó el capote a la espalda. La bestia
embistió sin fijeza, y por poco le prende por la barriga. Ahora sí que el
joven torero se echó el percal a la espalda como debe ser, con un medio
farol, ajeno a la moda impuesta de un tiempo a esta parte, y tragó en unas
gaoneras méritorias y ajustadas.
Muleta en mano, pasó sin decir algo por la derecha. Fue al natural por
donde se centró, se envalentonó y encontró el ritmo del noble toro. Los
naturales concluían limpios, muy largos y rebozados; morían por debajo de la
pala del pitón, allá detrás de la cadera. A pies juntos, se metió entre
los pitones y tiró de nuevo de los viajes, mientras el cielo rompía en agua
y Eolo se encabronaba cada vez más. Parecía como si alguien pretendiera que
ni por esa campana boxística El Juli sobreviviera al segundo combate de su
San Isidro. Para mal de males, la espada se le escapó a los sotanos, con lo
cual la posibilidad de que tocara pelo se difuminó por completo; aunque no
pocos pañuelos flamearon inútilmente. ¿Por qué los toreros se han empeñado
en robarle a la lista de recompensas la vuelta al ruedo? Un paseo glorioso del
anillo siempre fue premio más que digno, y se decía «fulanito ha dado una
vuelta al ruedo en Madrid». Pero eran otras épocas.
Su anterior toro, un sobrero de Guadalest que había sustituido al titular
de El Pilar, lesionado contra el caótico burladero del «7», alcanzó la
muleta con las fuerzas contadas. Apenas se desplazaba. Un desarme y nada. Atacó
con rectitud la suerte suprema para cobrar una certera estocada en todo lo
alto. O sea, que por unas cosas y otras, principalmente el ganado, El Juli no
se ha estrellado de pleno de Madrid de purito milagro.
Luguillano, tan contento que volvía tras su triunfo del pasado domingo,
vio pasar ante sí al inválido primer astado de la jornada, de Daniel Ruiz. Más
que caerse es que no se levantaba. También el cuarto, perteneciente a los
cuatro de El Pilar que pasaron el filtro veterinario, blandeaba. El diestro
pucelano brindó a los Duques de Lugo, que asistieron al Palco Real. Y por
poco resucita la costumbre de lanzar la montera por los tendidos hasta que
llega a su destinatario. Menos mal que le pegaron el cante. Calidad lucía el
bicorne, mas era penitente su actitud. Un poquito más de temple a media
altura no hubiera sobrado. A toros así le recordamos a El Viti faenas de
triunfo, casi con el mismo ambiente hostil que se respiraba ayer en la plaza.
O peor. Eran los tiempos de la andanada del «8», embrión del tendido del «7».
Eugenio de Mora y el temple se pelearon ayer. Pasa en las mejores casas y
en las más estables parejas. Desarrolló sentido el toro inaugural de su
lote, que derribó con poder en el caballo y que le enviaba continuos recados
en forma de derrotes sanguinarios por ambos pitones. El resultado: enganchones
y enganchones.
Pronto se rajó el quinto, otro remiendo de Daniel Ruiz. Al menos, el
toledano fue breve, gesto de agradecer.
En el ecuador de la Feria, habrá que seguir esperando a un mesias
desconocido, o conocido, nunca se sabe, que se erija en el gran triunfador de
mayo.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Los toros de Las Barranquillas
El tercer toro no era para la primera plaza del mundo sino para el inframundo
ese de Las Barranquillas. A lo mejor venía de allí. Desde luego se traía
todas las trazas. Flaco, zancudo y con gangoso berrear, se iba de morro. No
sólo se iba de morro sino de vareta también. La verdad es que se iba de todas
partes, sencillamente porque estaba ido. Se plantaba vacilante en cualquier
lugar del redondel y, de repente, caía a estribor.
-¿Usted cuántas rayas cree que lleva ese desgraciado? ¿Dos o tres?
-Yo creo que media docena.
Y en esas disquisiciones se andaba el público por tratar de entender lo que
estaba sucediendo allí.
Ante la fenomenal protesta, el presidente devolvió al toro. Y el toro, en
cuanto vio que le abrían la puerta de la narcosala, trotó allá con mucha
ilusión en busca de una papelina.
Los demás, todos excepto uno, aparecieron con similares síntomas.
Revolcarse en la arena les daba más gusto que embestir. A muchos cristianos les
dio vergüenza que semejantes cosas pudieran ocurrir en la primera plaza del
mundo. Pero es porque la visitan poco. y desconocen que cuando vienen figuras
los toros traen mono.
Toros en semejantes condiciones no sirven para torear, según se pudo
comprobarlo. Aunque si aparecen con la mente clara y la sangre limpia, aún es
peor. Hubo uno de éstos en la tarde y el torero a quien le correspondió -Eugenio
de Mora es su apodo-, lo pasó fatal.
A Eugenio de Mora se le arrancaba el toro y no sabía cómo quitárselo de
encima. El toro embestía codicioso y Eugenio de Mora era incapaz de embarcarlo
con mediano mando, algún temple, la quietud que demanda una elemental torería.
El toro de pura sangre y virginal intución -encastado y bravo en definitiva-
se hizo el amo. Sin recursos el torero, desbordado en todos los frentes, su
faena fue un continuo rectificar terrenos, sufrir enganchones, reburujar la
pañosa, perderla, arrebatada por el toro encastado y bravo.
Menudo traspiés el de Eugenio de Mora, que no pudo tener desquite en el
quinto de la tarde, hierro Daniel Ruiz, pues a cada pase el crepuscular bruto
perdía el norte y se desplomaba exangüe.
La cambiante actitud de Eugenio de Mora es muy reveladora del estado de la
cuestión táurica: frente a las prisas que se dio con el toro bravo, al fumado
no paraba de porfiarle pases sin parecer importarle que el público se los
protestara y acabase dedicándole humillantes palmas de tango.
Con el toro de Las Barranquillas, ya se sabe: todo el mundo es Lagartijo.
Luguillano también lagartijeaba en los suyos y no paraba de insinuarles
derechazos y naturales que, obviamente, no podían tomar, y a poco que los
obligara ya se estaban tumbando a dormir la siesta.
Para El Juli sacaron la especie de drogadicto aquel, y el sobrero que se
encontraba poco más o menos, y un sexto afectado por el síndrome. No había
manera de que a El Juli le saliera un toro en condiciones y la afición se lo
tomó muy a mal.
Se tiene la impresión barruntativa de que El Juli ha metido la pata hasta la
cadera en la primera plaza del mundo. Llegó con una expectación enorme y
vitola de fenómeno, y se va cunero en el arte de torear, marcado con el sello
de los del montón.
Con toros del inframundo no se viene a Madrid. La invalidez del sobrero le
impidió torear. Al modorro sexto le aplicó unas verónicas aceptables, una
gaonera que pudo acabar en cogida, un tercio banderillero vulgar y una faena
encimista, pretendiendo arreglar a última hora mediante alardes de valor las
muchas carencias que se le han observado en la feria. No lo consiguió. Y
ratificó el fracaso al cobrar un infamante bajonazo.
Las Barranquillas tienen ya sala de venopunción y sucursal en la plaza de
Las Ventas. Qué lujo.
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