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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del domingo, 25 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Peñajara,
discretos de presencia, justos de fuerza; sin casta.
Diestros:
-
Canales Rivera,
estocada corta trasera perdiendo la muleta (ovación y salida a los
medios); dos pinchazos y media atravesada ladeada (silencio).
-
Jesús Pérez El Madrileño, dos
pinchazos, estocada corta ladeada y descabello (silencio) aviso - y se echa
el toro (silencio).
-
Ruiz Manuel,
pinchazo, otro hondo perpendicular, rueda de peones y tres
descabellos (silencio); pinchazo y estocada corta trasera (silencio).
Entrada: Un cuarto de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Merendaron cordilla
Fue un sopor; ¿se puede creer? Que una corrida de toros transcurra soporífera
tiene difícil explicación. Más que nada por los propios toros, por el peligro
que conllevan, por sus feroces embestidas, por sus buidas cornamentas, por sus
foscas miradas, por sus bestiales derrotes, por su ancestral mugir y su
inquietante bufar.
Los toros son así, salvo que les hayan dado de merendar cordilla. Y esto
quizá fuera lo que les pudo ocurrir a los Peñajara, para que la corrida
transcurriese soporífera.
Es lo habitual, si bien se mira, en estos tiempos modernos y milenaristas.
Los toros que echan en todas partes, ni embisten feroces, ni llevan buidas las
cornamentas, ni asustan al mirar, ni derrotan a lo bestia, ni mugen, ni bufan ni
nada. Los toros que sueltan en estos tiempos modernos no tienen media torta y
parecen tontos de remate.
Sólo hay que echar un vistazo a esas ferias que se celebran estos días para
comprobar hasta que punto está lisiada y crepuscular la ganadería de bravo. Y
en Madrid ocurre otro tanto, no vaya a creerse.
La afición reprochaba al ganadero la mansedumbre del saldo impresentable que
había traído a Las Ventas; y, sin embargo, a lo mejor no era cuestión de
rigor selectivo lo que les ocurría a los seis toros seis, sino la cordilla que
les echaron para merendar y les volvió gilipollas.
A quién se le ocurre, cordilla. O a lo mejor no se trataba de cordilla sino
de peor dieta, a base de química quizá, quién sabe si fumable o inyectable.
Un feo asunto en tal caso. Con lo cual los toros no se caían (o se cayeron
poco, para lo que se acostumbra) y, en su defecto, deambulaban cansinos, embestían
topones si es que acertaban a embestir, probaban recelosos la consistencia de
los engaños y los tomaban sin codicia ni ilusión, al estilo asnal.
Ante semejante panorama los toreros veían arruinados sus deseos de torear.
Si sus propósitos hubiesen sido burrear, pues sí, tendrían encaje con el
temperamento de los toros. Mas tratándose de torear no podía haber consenso.
Los toreros querían emular al Cúchares, los toros tiraban al monte.
De manera que se vieron desajustes, destemplanzas, y la ciencia aplicada no
sabría precisar si eran debidos a la impericia de los lidiadores o a la
disparidad de criterios entre el hombre y la bestia.
Corte de torero bueno se le advertía a El Madrileño, en sus vanos intentos
de templar con ajuste y reunión. Y aquí es donde se plantea la incógnita: ¿eran
imposibles tales formas con los toros burros o es que el diestro, ya veterano en
cierta medida, de quien se conserva vivo el recuerdo de algunas exquisitas
faenas, no conservaba la serenidad, el aguante y la técnica debidos para
ajustar, reunir y templar?
De similar guisa se mueven los juicios relativos a los dos restantes espadas.
Ruiz Manuel interpretó sin gracia ni fundamento su toreo -sus conatos de toreo,
conviene precisar-, lo mismo en las suertes de capa que en las de muleta, y sólo
acertó a construir con aseo una tanda de derechazos al toro que hacía quinto,
allá al atardecer.
Canales Rivera recibió con una larga cambiada al tercer toro. El Madrileño
ya lo había hecho con el primero sólo que a porta gayola. Es el año de las
largas cambiadas y las portagayolas.
El toreo estará convertido en una explosión de adocenamientos y ventajismos,
pero las largas cambiadas y las portagayolas que no falten.
Canales Rivera tuvo el detalle de echarse la muleta a la izquierda ya al
principio de su primera faena. Tiró del natural y el toro no le respondía en
ningún caso, bajo ningún concepto, pues en lugar de embestir burreaba y no había
manera de ejecutar el toreo en su divina forma.
No obstante, Canales Rivera, con un pundonor digno de mejor causa, reiteró
los naturales en tandas sucesivas dejando bien clara su disposición y su
generosa entrega.
El sexto toro manseó cuanto quiso. Si se trataba de proclamar el
descastamiento generalizado y la inequívoca mansedumbre de la corrida, ese
sexto ejemplar constituyó el broche de oro. Obviamente tenía pocos pases. La
afición conspicua juraba que ninguno, Canales Rivera coincidía cabalmente en
la apreciación y, tras probar unos derechazos, entró a matar. Y hubo una
sensación de alivio. La afición se marchó corriendo a ver el partido,
mientras los turistas -que hacían mayoría en la plaza - se retiraban
comentando atónitos que si lo visto a lo largo de la soporífera tarde es la
fiesta del arte y del valor, "mi no entender".
ABC. José
Luis Suárez Guanes. Madrid. Poco que contar en una
tarde de calor
Empezó la corrida con el recuerdo, minuto de silencio, montera en mano, por
ese gran torero que fue Chaves Flores. Novillero que un día trató de tú a
Aparicio y Litri y que después de la alternativa no pudo conservar el tirón,
pero pasó a convertirse en un maestro de la brega como subalterno. Llegó a ser
uno de los grandes que en el mundo han sido: como Alfredo David, El Boni o El
Tito de San Bernardo.
El Madrileño hizo caso a la moda y se fue a recibir al primero a portagayola.
La larga le salió limpia. Le dieron fuerte a su oponente en varas y el torero
de Madrid cumplió el trámite en el primer tercio, mientras que Ruiz Manuel se
esforzó en un quite. El Madrileño demostró con la muleta que no es ni mejor
ni peor que muchos de los que torean en las ferias. Voluntarioso, con deseos,
con oficio y técnica supo subsanar, enseguida, el error de intentar torear con
el pico. Siempre sobre la mano derecha, con una última serie más brusca. Falló
con la espada. En el cuarto hizo una faena muy larga y sosa. Tampoco acertó con
los aceros.
Ruiz Manuel, oscuro en el saludo veroniqueador, llevó a la res al caballo
por chicuelinas. Luego ejecutó unas floridas navarras contestadas por otras
chicuelinas sólo aceptables de Canales Rivera. Probó a la res con la muleta,
con tiento y mesura y, ya en el centro del anillo, no se amoldó con ninguna de
las dos manos, marchándose de algunos muletazos diestros antes de acabarlos.
Predominó la voluntad, pero ni transmitió ni asentó los pies ante un toro
cansino. En el quinto logró algunos naturales de buen estilo, pero no existió
continuidad ni conjunción.
En el tercio fue la larga cambiada con la que Canales Rivera recibió al
tercero. El de Peñajara derribó en la primera de las varas. Canales colocó
bien al astado para un nuevo embroque, y El Madrileño apuntó maneras en un
quite. Se sacó el toro a las afueras e insistió en tres tandas de naturales
que no tuvieron mal porte y en las que tuvo que luchar con un rival que, a
veces, cabeceaba y siempre era remiso. Se adornó con gusto y mató certero. En
el sexto, un manso redomado, no cabía otra opción que finiquitarlo pronto, que
es lo que Canales Rivera hizo.
Otra corrida que se va al garete por lo parado que resultó el ganado. Quizá
un par de toros pudieron brillar más en otras manos, pero hay que tener en
cuenta que estos diestros de oportunidad no están suficientemente toreados.
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