|
Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del jueves, 25 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Valdefresno,
(tres fueron rechazados en el reconocimiento), y 3º, 4º y 5º de
Hermanos Fraile, bien presentados en general, alguno flojo, último inválido,
manejables.
Diestros:
-
Pepín Jiménez,
pinchazo bajo y bajonazo descarado (silencio) -aviso - y
descabello (pitos).
-
Javier
Conde, pinchazo bajo a paso banderillas, media atravesada y rueda de
peones (bronca)
-
Ruiz
Manuel , estocada traserísima ladeada (silencio).
Entrada: casi lleno.
Crónicas de la prensa: El País, ABC
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Toreó Adefesio
Toreó Adefesio y a muchos les sentó mal, pero eso es porque no hay
tolerancia.
A unos les va lo bello, a otros lo feo, y ninguno podría asegurar que tiene
razón.
Por lo que respecta a los diestros no había problema: los tres se inclinaron
por lo segundo y competían en quién conseguía hacerlo peor.
El resultado daba la razón a Quevedo, que ya lo escribió en sus Sueños
hace siglos: "Todo es horror y fealdad".
Corrían por el ruedo venteño unos toros que prestaban cierto interés a la
competición. Los toros -no se crea- forman parte de la mal llamada fiesta
nacional desde sus orígenes, y tres centurias después aún se conservan
algunos restos.
El toro es eso negro con cuernos que galopa abanto por el redondel.
Convendría advertirlo en los carteles de mano pues gran parte de la gente
que acude a la feria de San Isidro tiene dificultades para distinguirlo. A veces
lo confunde con un señor del 3.
Los toros del horripilante día de autos, procedentes de las ganaderías de
Valdefresno y los Hermanos Fraile -tres y tres- eran de esos que se consideran
presentables; varios luciendo trapío y aparatosas defensas; manejables en su
comportamiento, aunque no tontos de baba como suelen ser casi todos los que les
echan a las figuras en ésta y las restantes ferias.
Y faltándoles esa condición -la babosa tontería- los diestros de la terna
optaron por eludir el enfrentamiento y emplear, a manera de sustitutivo, la
versión más grosera del arte de torear.
A veces disimulaban para no defraudar a los aficionados puristas, que nunca
faltan. Y, así, Pepín Jiménez, que encabezaba la desmedrada terna, se ponía
farruco para el natural, o Javier Conde más chulo que un ocho para el
derechazo, o Ruiz Manuel legionario en ambas coyunturas. Mas, naturalmente, del
disimulo no pasaban.
A Pepín Jiménez le venía el toro y se quitaba de en medio, no le fuera a
arrollar; le venía a Javier Conde y componía aflamencados ademanes pasándoselo
a distancia; era a Ruiz Manuel y, ejecutado el pase, buscaba nuevos horizontes
que siempre se encontraban en lugar alejado del redondel.
Eso en uno de sus toros porque en el siguiente no se molestaron en disimular
ni nada. Pepín Jimenez tiró líneas con el primero de la tarde; Javier Conde
trapaceó huyendo del segundo; Ruiz Manuel anduvo desconfiado con el sexto, que
acabó desbordándolo.
¿Qué hicieron, entonces, en los restantes ejemplares de sus respectivos
lotes? Pues Pepín Jiménez ensayó con el cuarto el derechazo y el natural
apuntando cierta ortodoxia taurómaca y pudo apreciarse que ya no está para
esos trotes de parar, templar y mandar. Javier Conde creyó que el ruedo de Las
Ventas era un tablao, y el público, palmero, bien entonado de manzanilla, y
pretendía aderezar la insustancialidad de su toreo al quinto toro de la tarde
cimbreando el cuerpo y acentuando el andar cañí. Ruiz Manuel tomó de largo al
tercero en el centro del redondel y tras embarcarlo en una estimable tanda de
redondos, montó una larga y repetitiva faena hecha de dudas y vulgaridades.
Entre el público, unos no podían soportar aquellas astrosas formas, otros
las disfrutaban. La fealdad no es mala en sí misma sino según se mire. La estética
filosófica considera la fealdad y la belleza cualidades del alma, y predica de
ellas que si son absolutas es que han alcanzado la perfección. De ahí el arte,
cuya creatividad traspasa los límites que tiene marcados la naturaleza tanto en
belleza como en fealdad.
De donde, porque uno sea feo (y peludo, y bajito) no hay motivo para mentarle
a la madre. La corrida sería horrorosa pero fue, existió, y menos da una
piedra. A nadie se le habría ocurrido discutir el carisma al dios Pan cuando en
la noche de los tiempos iba por los bosques embaucando ninfas con su flauta de
carriza, sólo porque era más feo que pegarle a un padre. Y, sin embargo, los
puristas del tercer milenio se querían meter con la fealdad táurica de los
terrenales Pepín Jiménez, Javier Conde y Ruiz Miguel. ¿No te digo lo que hay?.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. Madrid. Tres náufragos en un mar blanco
Hay días, ayer sin ir más lejos, en que deberían pedir los aficionados una
indemnización por daños y perjuicios. Jornadas taurinas como la de ayer han de
movilizar a la crítica hacia la solidaridad y solicitar en un futuro un
sobresueldo por tortura sicológica. Claro que cualquiera cercano al planeta de
los toros y con dos dedos de frente encuentra la explicación a semejante
fiasco: era la corrida número 13. En esto de la Fiesta, un argumento así puede
sostener casi dos horas de tedio, de carreras y espantás y enganchones y
mansedumbre...
La superchería táurica puede marcar a tres toreros de tal manera que no den
una a derechas. Pepín Jiménez, Javier Conde y Ruiz Manuel actuaron como
siniestros, como tres náufragos en un mar blanco como era ayer en Madrid, un océano
de voces y banderas blancas, de orgullo madridista. La octava ya, la Octava.
Pero la fiesta estaba en la Castellana, en la Cibeles y en el Bernabéu, que en
Las Ventas, templo de la Fiesta, se oficiaba un funeral de toros sin alma y
toreros sin espíritu.
Pepín Jiménez venía con un terno multable. Un vestido naranja butano y
oro, con cabos rojos, debería estar prohibido por el Reglamento. Sin embargo,
las leyes que rigen este espectáculo sí castigan taparle la salida a los
toros, hacerles la carioca o sostener un puyazo más allá de la segunda raya de
picar. Como eso vale para poco, pues Jiménez ordenó darles leña a sus
enemigos como fuera, aun a costa de transgredir todo, y allí no pasó nada,
como tarde tras tarde. Mejor sería imponer sanciones al mal gusto. Y el vestido
de torear de Jiménez sin duda lo es.
Veinte años de alternativa
Lo peor del matador lorquino no fue ya que no asentara las
zapatillas nunca, sino la mala imagen que dio como director de lidia tras los
casi veinte años de alternativa con los que cuenta. Toleró que a su primero le
sacudieran mantazos sin ton ni son, él como capitán general del desbarajuste;
en el que hacía cuarto, reacio a acudir al caballo en un principio, ni se le
ocurrió cambiar los terrenos del penco, y se puso a capear como si le hubieran
dado cuerda. Ser torero es más que ponerse bonito y componer la figura a toro
pasado. Es lidiar, por ejemplo. Qué cosas más tontas tenemos los críticos.
Si ya de por sí el bruto que abrió plaza no humillaba ni a tiros, con la
brega desastrosa que recibió y con los muletazos de pobre poderío de Pepín
fue a peor. No paró los pies un segundo. Los sótanos del bicorne acogieron un
espadazo cruento.
Cierta nobleza
El siguiente de su lote no metía mal la cara en la muleta, cosa que
hacía con cierta nobleza por el pitón derecho. Durante dos tandas parecía que
el murciano se iba a entonar. Irguió la figura y hasta la aposentó a cabeza
pasada. Fue todo.
Otro toro que sirvió algo más —a la postre resultó el mejor de una tarde
cargada de mansedumbre— fue el quinto. Pero le tocó en suerte a Javier Conde.
Ya se comenta en la cabaña brava: «Si te toca Javier Conde, malo». En este
intentó algo. ¿Qué? Bueno, eso ya es otra cuestión más difícil de
resolver. Quizá lo explique con más optimismo su periodista de cámara, un tal
Pacorrón o así.
Ante el segundo, nunca se confió el malagueño. Enfadó, y con razón, a un
público paciente que le abroncó con toda justicia. Y todavía alguno encontrará
justificación para excusar también a Conde por cómo manejó la tizona.
Quedaba la esperanza de que Ruiz Manuel, que ha tenido buenas actuaciones en
esta plaza, enderezara la tarde. Mas el gozo se hundió en el pozo de la
desilusión. Lució más de la cuenta al tercero: le daba metros en la muleta y
le dejaba galopar, más bien trotar, pero cuando alcanzaba la jurisdicción del
torero echaba la cara arriba. El personal interpretó aquellas arrancadas
lejanas como símbolo de buen comportamiento, y como además los engachones se
sucedían en series aceleradas y descompuestas, pues acabaron aplaudiendo más
al burel en el arrastre que al joven almeriense. Y es que sólo un par de
derechazos, quizá tres, merecieron la pena.
Deslucido hasta decir basta fue el gazapón sexto, blando para colmo. Ruiz
Manuel no fue el salvador de nada, y tiró líneas en vanos intentos de buscar
la brillantez. Ni la encontró ni dio consigo mismo.
El único consuelo de la tarde se basó en la brevedad de la misma. Corridas
así merman la afición. Por eso hay que afrontar el establecimiento de
indemnizaciones o algo.
|