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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del sábado, 24 de septiembre de 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de Nazario
Ibáñez, bien presentados, algunos mansos; encastados, dieron juego en
general.
Diestros:
Entrada: un tercio de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC, El Mundo
El
País. JOAQUÍN VIDAL.
Un tal
Alcañiz hizo el toreo
Lo de parar, templar y mandar -o sea el toreo- deseaba verlo la afición,
proponían algunos conspicuos que vinieran maestros retirados a realizarlo,
discutían entre ellos si queda alguno vivo, los más devotos imploraban la
resurrección de Antonio Bienvenida o alguno de su escuela, y en eso que llegó
un tal Gregorio Alcañiz (muy conocido en su casa a la hora de comer) y paró,
templó y mandó.
Ahora Gregorio Alcañiz es muy conocido en su casa a la hora de comer y también
en los mentideros taurinos y allá donde la afición alienta y se quita los
sinsabores táuricos pegándose un latigazo de mollate (o, alternativamente, de
ron).
No es que Gregorio Alcañiz haya alcanzado con estas la fama, pero por ese
camino se anda. Un camino que es de mucho andar, siempre cuesta arriba. Mas si
vuelve y de nuevo para, templa y manda, ese simple detalle lo lanzará a la
cima. La fiesta de los toros tiene estos prodigios. Por eso se mueve entre
magias y ensoñaciones.
Algunos se sorprenden por las maravillas que se les dicen a los toreros
cuando paran, templan y mandan; como si fueran el Arcángel San Gabriel venido a
anunciar a la Virgen María que el Verbo Divino... En fin, todo eso que dice el
catecismo. A los aficionados conspicuos, si están de acuerdo en que paró,
templó y mandó (pues no se crea: a veces hay discrepancias en el parar,
templar y mandar) les parece de perlas el símil, y al torero elevado a la
divinidad, con mayor motivo. Lo malo es cuando el torero va y se lo cree. Es
decir que se cree dios (o su representante en la tierra, el Papa) y reivindica título
de divinidad de por vida.
Aún hay casos peores: los de quienes no pararon, ni templaron ni mandaron
jamás y exigen el mismo tratamiento. Eso, o se andan a guantazos. De ello se
deberá hablar porque tiene su busilis, llamado miga.
Gregorio Alcañiz, debutante en Las Ventas, se reveló como un excepcional
muletero. Muletero de los que paran, templan y mandan, lo cual lleva implícito
cargar la suerte, ligar los pases, toda la carga técnica que guarda la
tauromaquia para desarrollar en plenitud el toreo e interpretarlo con su
proverbial emoción y belleza. De esta guisa toreó Gregorio Alcañiz, y además
al natural; la suerte de la que la tauromaquia tiene hecho fundamento.
Su primera faena la basó Alcañiz en el toreo al natural y esa fue la buena.
Al otro novillo -que hacía quinto- le ahogó las embestidas, recurrió a los péndulos,
a ciertos conatos de tremendismo que encandilaron a los espectadores y tras la
estocada, provocaron una petición de oreja tremendamente ruidosa, pero no
mayoritaria. Y el presidente se la concedió.
No tan buenos modos trajeron Martín Antequera y José Luis Osuna, aunque
ambos se enfrentaron a la novillada con pundonor y aportaron aciertos dignos de
tener en cuenta.
Así, Antequera, que propendía a ligar los pases, sacó buenas tandas. Al
novillo cuarto lo toreó en las postrimerías de la faena sin ayuda de estoque
con la derecha, con la izquierda doblando la muleta para reducirla a la mitad.
Así, igualmente, José Luis Osuna, que corrigió su mediocre primera faena
aplicando al sexto novillo otra bien distinta, maciza y honda en su primera
mitad, encimista al final.
La tarde no se fue de rositas, qué va. Los novilleros tuvieron interesantes
actuaciones y del desconocido Gregorio Alcañiz se sabe, en lo divino, que torea
puro, y en lo terrenal que es hermano del matador de toros Miguel Rodríguez.
Aunque las familias, ni mentarlas. A veces traen lío. Le ocurrió el sábado
al crítico taurino de El Mundo Javier Villán: el padre del diestro
Miguel Abellán le agredió. No estaba solo. Le daba cobertura, en plan
rufianesco, la cuadrilla del hijo. Los banderilleros y los picadores, dando
voces y empujones, al barriobajero estilo. Quien azuzaba a la grey era -según
me cuenta Villán- el propio torero, quien proclamaba que tiene más cojones que
el crítico para ponerse delante de un toro. Y será verdad. Ni aunque me lo
juren me creo que Javier Villán sea capaz de ponerse delante de un toro. Pero
tampoco se me habría ocurrido (ni a mi ni a nadie) comparar a Miguel Abellán
con Javier Villán, uno de los mejores críticos que ha conocido la fiesta. Sí,
en cambio, con otros toreros. Por ejemplo, ese tal Alcañiz (sin ir más lejos),
que es capaz de torear al natural ligando los pases. Y Abellán, en cambio, me
da que no.
ABC. GÓNZÁLEZ
LINARES. Gregorio Alcañiz dejó una excelente impresión
en su estreno en Madrid
Asistimos a la novillada dominical de Las Ventas con el alma triste y la
mente indignada por la agresión, hecha en Logroño, al crítico taurino de «El
Mundo» Javier Villán, a manos de Miguel Abellán, del padre de éste y de
algunos de sus subalternos. Hecho reprobable que ataca la libertad de expresión,
y, además, realizado en grupo, o cuadrilla, contra una sola persona. Un hombre
honrado, Villán, donde los haya. Siempre imparcial cronista —once años
diciendo la verdad— y extraordinario escritor. Los que hemos visto
recientemente al matador bronquista en Bilbao y Salamanca —donde se le escapó
un «toro de vacas»— no tenemos otra cosa que refrendar todo aquello que
sobre el joven torero y su final de temporada ha escrito, el otro día, Javier
Villán.
Gregorio Alcañiz, hermano del matador de toros Miguel Rodríguez, fue el
triunfador de la tarde. Sorprendió con un toreo basado en el juego de cintura
y, en algunos trances, en el quedarse quieto. Se lució en los lances de recibo
a su primero, un sobrero de Hernández Barrera. Después, tras mostrarse digno
con las banderillas, realizó un trasteo, casi siempre sobre la mano izquierda,
en la que dio recorrido y largura a tres tandas de naturales. Tampoco anduvo mal
a la hora de los derechazos, y en los pases de pecho, ejecutados por los dos
lados, dio lugar al estatismo y esa quietud de la que hablábamos antes. La
presidencia le denegó un trofeo, a lo mejor no pedido en mayoría, pero que se
había ganado en la lid.
En el quinto, Alcañiz no hizo nada de particular con el capote. Por el
contrario, se lució con los rehiletes, siendo ovacionado. Empezó bien con
derechazos ligados y, a continuación, su hacer bajó de calidad, aunque subió
en valor y en esfuerzo al citar muy cerca de los pitones. Mató de una estocada,
llena de decisión, y se le otorgó una oreja de ley.
Martín Antequera se enfrentó, en primer turno, a un novillo corretón con
el que se mostró cumplidor al torear con el capote. Empezó su labor muleteril
con pases por bajo de buen porte, para pasar a unas tandas correctas con la
derecha, aunque —en la segunda— ahogando mucho a la res. No le dio sitio a
ésta en el resto de su labor, y cayó en el vicio del largo metraje. Siempre
prevaleció el valor, sobre todo al finiquitar de un espadazo bien ejecutado.
Martín Antequera se limitó a cumplir en el cuarto, hasta que entró en
lides muleteriles. Toreó, con ambas manos, con mando, calma y longitud, aunque
un punto soso. Se quedó dos veces en la cara del novillo a la hora de entrar a
matar.
José Luis Osuna dejó ver sus excelentes modos con el capote en una media de
cierre, en el primer novillo de Alcañiz. Estas buenas cualidades se
incrementaron cuando veroniqueó al tercero. Su labor con la flámula fue de más
a menos. En la primera parte existió ligazón y conexión de un muletazo con
otro. Todos ejecutados muy en corto. Pero cayó, al final, en un tono grisáceo.
Muy voluntarioso en el sexto. Insistente y perseverante, porfió a dos centímetros
de los cuernos y, siempre, con sus mayores deseos. Dejó buena impresión.
El Mundo.
VICENTE RUIZ. La Maldita espada
Las habituales tertulias de los tendidos, debidas al sopor provocado por el
pobre espectáculo en el ruedo, dieron paso ayer a una entretenida tarde de
toros, repleta de multitud de detalles para la esperanza. Toros que se dejaron
en general y toreros dispuestos a agradar no exentos de maneras, fueron los
ingredientes para un buen espectáculo.
Lo más triste del festejo fue el mal uso de la espada por parte del madrileño
Gregorio Alcañiz, quien tras una espléndida faena a su primero, perdió los
trofeos con los aceros.
Gregorio Alcañiz cortó una oreja a su segundo, pero su verdadera dimensión
torera la mostró en una bella faena al segundo de la tarde. El novillero
madrileño realizó una faena basada en la mano izquierda, el mejor pitón del
mejor novillo de la tarde, un gran sobrero de Félix Hernández. Abrió la faena
de muleta con una buena tanda de naturales en el tercio, siempre con la mano muy
baja y llevando al novillo muy despacio, empapándole en el vuelo de su muleta.
El momento cumbre llegó en el toreo de frente a pies juntos, también al
natural, alcanzando cotas de elevadísima belleza estética, todo realizado con
mucha pureza y torería, y tragando cuando el astado le dudó. Tras pinchazo y
estocada baja, dio una aclamada vuelta al ruedo, tras petición.
En su segundo mostró un lado más valiente, arrancando una oreja a fuerza de
fe, coraje y gracias al impulso de su primera faena.
Martín Antequera, un clásico ya en las novilladas venteñas, estuvo
solvente y decoroso ante su lote pero sin llegar al tendido. Estuvo profesional
pero soso. Son muchas las tardes en las que ha pisado el ruedo madrileño esta
temporada y de todo se cansa uno. Fue ovacionado en ambos tras matar de buena
factura a sus dos enemigos, pero necesita dar el salto de escalafón con premura
y afrontar nuevos retos ya de matador de toros.
José Luis Osuna tiene maneras, pero también tiene la capacidad de aburrir a
los aficionados con asiduidad. Ayer lo hizo, como ya lo hiciera en su otra
actuación veraniega. A pesar de todo, habrá que seguirle. Dejó un quite a la
verónica al primero de Alcañiz que fue de lo mejor de la tarde, rematado con
una enjundiosa media, llena del sabor de su tierra sevillana.
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