GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID

Tarde del sábado, 20 mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Flores Albarrán (para rejones), de discreta presencia, mansos; tres dieron juego, tres no.

Diestros:

  • Joao Mourados pinchazos y rejón contrario (silencio); rejón muy trasero caído, otro contrario, rueda de peones, rejón trasero ladeado y, pie a tierra, descabello (silencio); rejón trasero bajo (oreja con minoritaria petición).

  • Pablo Hermoso de Mendoza, cinco pasadas sin clavar, rejón trasero y, pie a tierra, tres descabellos (palmas); rejón trasero caído (oreja); rejón trasero caído (dos orejas); salió a hombros por la puerta grande.

Entrada: Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. Joaquín Vidal. Hermoso de Mendoza siempre 

Pablo Hermoso de Mendoza es garantía de triunfo. También lo es de arte. El arte ecuestre, el que llaman bello arte de Marialba. De manera que anuncian feria y Pablo Hermoso de Mendoza es siempre el triunfador.

Los amantes del rejoneo, que dicen, lo tienen claro: Pablo Hermoso de Mendoza. Los amantes de las orejas, también.

Los amantes del rejoneo y los amantes de las orejas forman un todo indisoluble. En la mal llamada corrida de rejones, todo es aplaudir. La gente entra ya aplaudiendo y no para de aplaudir hasta que se va.

El aplauso no es vicio ni actitud baladí. Antes al contrario se trata de la aportación necesaria para conseguir después la oreja. Cierto que los públicos son hoy muy orejistas en cualquier caso pero tratándose de la corridas de rejones el orejismo es pura pasión. Una corrida de rejones sin orejas es inconcebible y produce estrés.

Hasta el cuarto toro el buen público no pudo ver ninguna oreja peluda y ya le iba a entrar la depresión. Por eso cuando dobló ese toro víctima de un rejonazo donde cayera hubo en el tendido una explosión de júbilo, frenético flamear de pañuelos, un griterío ensordecedor en demanda de la oreja que, naturalmente, fue concedida.

No es que Pablo Hermoso de Mendoza -el beneficiario- hubiese entusiasmado tanto. Ninguna de las suertes que realizó durante su faenar habían tenido tan delirante refrendo. Lo cual tampoco debe extrañar, porque la oreja es un bien en sí misma, aspiración suprema del pueblo soberano, regalo de los dioses. Los actuales públicos de toros en general, y los amantes de las corridas de rejones en particular, ven una oreja peluda y se ponen a cien.

Con el sexto toro -y Pablo Hermoso de Mendoza, y su caballo Cagancho- llegó la grandeza del arte de Marialba. Toreo del bueno hubo allí, y espectáculo. No son contrapuestas ambas concepciones, ni mucho menos. Cuando el toreo se produce en plenitud, se genera un espectáculo de magnitudes estéticas difícilmente descriptibles.

Pablo Hermoso, sobre Cagancho, templándolo a dos pistas, cruzándose de un lado a otro -vuelta y vuelta-, cites de frente, reuniones al estribo. Y, con otra montura, aun repitió los alardes, corregidos y aumentados.

Hubo dos momentos cumbre en la tarde, planteando los rejoneadores muy en corto la suerte de banderillear, acudiendo al toro de frente y reuniendo al estribo. Primero fue Joâo Moura en el quinto toro, luego Pablo Hermoso de Mendoza en el sexto.

A Moura no hay que dejarlo atrás. Hermoso de Mendoza es la figura indiscutible; Moura el maestro por antonomasia de las últimas décadas. Sesudas disquisiciones merece esta cuestión que, de todas maneras, cada uno de ellos dilucida cada tarde en la arena. El toro les da la medida. En cuanto sale manso y problemático, Joâo Moura le plantea la lidia adecuada y acaba convirtiéndolo en boyante embestidor. En cuanto sale pronto y alegre, Pablo Hermoso de Mendoza le aplica el toreo más bello que haya concebido nunca el arte de Marialba.

Mansos con querencia a tablas los tres primeros, Moura enceló a los suyos con valerosa entrega y técnica consumada, y logró que acabaran arrancándose codiciosos; en tanto Hermoso de Mendoza no consiguió que abandonara la barrera, donde se aculaba, el que le correspondió, y allí le hizo las suertes al sesgo, incluida la de matar, empleando formas escasamente académicas.

Mediada la corrida cambió el panorama. Es decir, que mejoraron los toros y entonces pudieron desplegar los rejoneadores sus habilidades, hasta culminar en la apoteosis final de Pablo Hermoso de Mendoza, Cagancho, el arte de torear.

¡Y con cuatro orejas! Merecía la pena haber vivido aunque sólo fuera para ver esas cuatro orejas peludas.


ABC. Vicente Zabala de la Serna. Puerta grande menor para Hermoso de Mendoza.

Pablo Hermoso de Mendoza abrió la Puerta Grande. O se la abrieron. El resultado es el mismo, pero el contenido y su significado no. El mano a mano entre el caballero estellés y Joao Moura derivó en una lluvia de orejas para el primero. Todo valía. Si mataba con un alevoso metisaca y tiraba el rejón para esconder la tropelía, también se aplaudía e incluso se premiaba con un trofeo. Así ocurrió al echarse el cuarto, tras una faena vulgar y ramplona. Fue el primer escalón hacia una Puerta Grande menor, sin categoría.

Hermoso de Mendoza, un fenómeno sin duda, tuvo una actuación demasiado normal, como si en lugar de ser la primera figura del rejoneo que es se tratara de uno del montón. Hasta que apareció «Cagancho» ante el zambombo sexto y se desató la psicosis, con especial énfasis cuando a dos pistas bordó el toreo, con recorte incluido por los adentros. Otra historia fue cuando tocaba clavar: de tres palos, uno cayó directamente al suelo y de la tercera reunión malparado salió el torero caballo con un derrote en la grupa. O sea, que del trío de embroques, uno mereció la pena. Antes había arrancado las ovaciones con un violento quiebro y un rejón que necesitó de dos pasadas para encontrar su sitio. Luego lo arregló con un fabuloso par a dos manos —primera vez que le vemos interpretar esta suerte— muy al estribo. Acertó a la primera con el rejón mortal, muy efectivo. Otra vez (ya lo hizo en el cuarto) descabalgó raudo, cuando al toro aún le quedaba un hilo de vida para embestir y provocar el ¡ay! en el entregado respetable, predispuesto a desenfundar los pañuelos ante una Autoridad sin autoridad ni criterio alguno: dos orejas premiaron una obra de una, como otra anterior recompensó una faena de ninguna.

Engañabobos

Al margen de Pablo Hermoso de Mendoza, a estas alturas seguimos sin entender en qué consiste un mano a mano en rejones. A pie, se supone, a priori al menos, una rivalidad, un duelo a quites, una competencia o un algo. A caballo todavía no le hemos encontrado la gracia: cada uno mata —como puede— sus toros correspondientes y después es de imaginar que en el hotel se toman una copa o un piscolabis y comentan lo bien que cada uno ha estado. Lo del mano a mano ecuestre parece indicado para tener una oportunidad más para acercarse al triunfo y echar unos billetes más en la cuenta bancaria, porque mejor repartir entre dos que no entre tres o cuatro. Por ir acabando con el asunto: semejante planteamiento es un engañabobos.

Y como tal se comportó la mayoría cuando el navarro actuó con dudosa ética taurómaca: asestó un metisaca y se deshizo rápidamente del arma del crimen. Antes había conectado con «Fusilero» y una serie de piruetas en la cara de su enemigo muy del gusto de los tendidos. Una de ellas le costó al bello equino blanco una cornada que alarmó a los que más de cerca la vieron. El trofeo fue a parar a sus manos.

Ante el toro que abrió su lote, anduvo muy corriente, clavando desprendidos los rejones y con justitos recursos al hilo de las tablas para luchar con el aquerenciado y rajado animal, tónica que mantuvo la corrida de Flores Tassara. Con una sola banderilla en lo alto falleció el triste cornúpeta.

Joao Moura anda de vuelta, muy en maestro, muy sobrado y exponiendo con muchas cautelas. Templó la salida del toro inaugural de la tarde, un bicho grandullón, alto y noble, al que le supo anular las querencias. El tercer encuentro, ya con las banderillas, resultó extraordinario. Mantuvo encelado el trote cochinero del pupilo de Tassara, mas todo el temple empleado se le escapó con una absurda precipitación a la hora de matar.

Sin pena ni gloria transcurrió la faena al tercero. El maestro portugués manejó la situación con facilidad y holgura hasta que volvió a ejercer de pinchaúvas. Para cerrar su actuación, se empleó a fondo por no irse de vacío. Este quinto fue un buen toro. Concluyó con medio rejón arriba, y la cuadrilla se apresuró a hacer la rueda para que el efecto del acero se incrementara.

Todos aplaudieron todo y de allí, de la Cátedra del Toreo, convertida en plaza de un pueblo grande de La Mancha, salió un público fácil la mar de contento, mientras a Hermoso de Mendoza, el mejor rejoneador del momento, se lo llevaban en volandas por la calle de Alcalá porque tocaba.

 

 

 

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