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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del viernes, 19 mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de oros de Alcurrucén, (6º,
sobrero, en sustitución de un inválido sin trapío), justos de presencia,
escasos de fuerza, mansos y aborregados; 3º, pastueño; 5º sacó cierta casta.
Diestros:
-
El Cordobés, tres
pinchazos y estocada perdiendo la muleta (silencio); cuatro
pinchazos, estocada y descabello (pitos).
-
Eugenio
de Mora, tres pinchazos y estocada corta caída (silencio);
estocada caída (silencio).
-
Miguel Abellán, tres
pinchazos y estocada corta caída (silencio); estocada caída (silencio).
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El País.
Joaquín Vidal. La negación del arte
Los toreros exhibieron la negación clamorosa del arte de torear. Qué les habrá
hecho el arte. A lo mejor le tienen manía.
¿El Cordobés, Eugenio de Mora y Miguel Abellán dice usted?
Por ejemplo.
Si hubiesen salido a competir en tosquedad no se sabe quién de ellos se habría
llevado la palma. Bueno, así, a primera vista, quizá El Cordobés. Pero sólo
a primera vista. Porque el hombre no se molestaba en disimular sus formas. Nunca
ha ido de fino y no iba ahora a dárselas de Duque de la Grand Dumond.
Él a lo suyo -El Cordobés-, que consiste en andar por el redondel a la pata
la llana, escupirse las manos y limpiárselas en la pernera del terno, pegar
risotadas para contagiar a la galería, agitar la blonda cabellera, fingir que
se va a suicidar.
Ahora bien, este Cordobés no es El Cordobés de hace unos años. Aquello de
bullir y ceñir ya no le entra en el ánimo y sólo le queda el aire de gañanía...
No sabe uno si eso será suficiente para ir por la vida.
Peor sentó que sus compañeros se marcaran una de disimulo y se hicieran los
clásicos.
De clásicos, nada: pegapases y gracias.
Queda incluido en la rúbrica Miguel Abellán que, al pastueño tercer toro
(o lo que fuese aquello) lo toreó por naturales.
El natural, sí, es la esencia del toreo. Un torero que apenas esbozados los
primeros tanteos se echa la muleta a la izquierda y construye sobre la suerte
fundamental su faena, está llamando con todo derecho de entrada a la puerta de
la gloria.
Claro que además ha de demostrarlo.
Aquí, como en el Congreso de los Diputados: primero el examen.
Y Miguel Abellán, que tenía la puerta entreabierta, no lo pasó ni con
recomendación. Porque el toreo al natural ha de ser según los cánones. Y los
cánones rechazan que el toreo al natural sea según lo ejecutó Miguel Abellán,
a base de citar fuera de cacho, la suerte descargada; embarcar con el pico;
vaciar hacia afuera; rectificar terrenos en los remates; y vuelta a empezar.
Un toreo de tal manera concebido es el propio de los pegapases pelmazos,
apenas importa que se haga con la izquierda o con la derecha.
Al sexto toro, sin venir a cuento, Miguel Abellán le ahogaba la embestida. O
sea, como El Cordobés, pero sin ser El Cordobés. De repente Miguel Abellán se
había puesto tremendista. Esto de los encimismos ahogando embestidas siempre
trae sombras de sospecha. Y hace suponer que lo que pretende el actor es,
precisamente, que el toro no le embista de ninguna de las maneras. La embestida
es un ataque e indudablemente se encuentra uno más seguro con el enemigo quieto-parao,
que dijo Julio César en La Guerra de las Galias. Para completar su
negación rotunda del arte, Abellán mató de infamante bajonazo.
Parecía tarde de capea. Eugenio de Mora, que en la feria de Sevilla bordó
el toreo al natural, aquí deshilachó la obra aquella y la convirtió en trapo
inmundo. En su primer toro ni siquiera intentó utilizar la izquierda y se limitó
a pegar derechazos malos. En su segundo trapaceó derechas e izquierdas a la
manera de los maletillas indocumentados. Qué cosas: tampoco ha transcurrido
tanto tiempo desde lo de Sevilla -menos de un mes- para que se le haya olvidado
el toreo bueno.
Lo traían todo a su favor los toreros: los toros de la casa, que venían
escasos de trapío y temperamento para que no pudiesen molestar; la tutela de la
empresa, con sucursal en el palco. Y como debió parecerles poco, no dieron ni
una.
Mucho mimo es lo que hay.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. Miguel Abellán perdió el camino del triunfo
Los aires del sur nos han traído las glorias de Romero y el averno de
Rafael de Paula, según la crónica abecedaria de Fernando Carrasco. La hazaña
de Jerez era el comentario general por los pasillos de Las Ventas. Otros
aires, los acondicionados, nos han metido en el cuerpo una gripe primaveral y
molesta. Pero aquí no hay quien mande parte facultativo, que faltan
veintitantas. Por amistad y compañerismo, Javier Villán nos disculpó del
almuerzo. Otra vez será.
Tardes como la de ayer sólo ayudan además a multiplicar los virus, porque
el organismo se resiente cada vez que hay que ver a El Cordobés. Su caso se
agrava. Y es que aparte de su habitual tosquedad anda sin sitio, y eso es
todavía peor. Hasta cierto punto, el personal respetó sus modos, su manejo
violento de la muleta, en el toro inaugural del festejo. Topaba más que
embestía el ejemplar de Alcurrucén, con la cara a media altura. Los
enganchones y los trapazos se sucedieron en una cadena infame y destemplada,
entre cabezazos y derrotes.
Quiso Manuel Díaz arreglar la mala imagen dada, y en el cuarto se superó:
acelerado, histriónico, agarrotado y casi fuera de sí, causó una sensación
impeorable. Para colmo, volvió a ejercer de matarife. Aunque el toro no
apuntaba nada, o más bien poco, con semejantes tirones y trallazos resulta
imposible evaluar su comportamiento. Anotamos reminiscencias de nobleza y,
como casi toda la corrida, escasa tendencia a humillar.
Menos mal que allí estaba Miguel Abellán, que tuvo una tarde afortunada y
muy activa, con las ideas muy despejadas. También es cierto que se llevó el
mejor toro, el tercero. Participó en numerosos quites: por apretadas gaoneras
en el segundo —fueron más atragantones que otra cosa—, por chicuelinas
ante el quinto y por navarras vistosas en el sexto. Además, se libró de
milagro de la cornada cuando rodó por el albero tras un traspiés inoportuno
y peligroso durante la brega de su primero.
Evitar el burladero del "7"
Antes de desbrozar la faena que casi le aupó hasta el éxito, merece la
pena hacer hincapié en un detalle que al aficionado no se le debe pasar:
Abellán no permitió que ninguno de sus dos enemigos fuera conducido a base
de capotazos hasta el burladero del «7», un auténtico rompetoros y una moda
que no hay manera de desarraigar entre los toreros actuales. El diestro
madrileño simplemente se limitó a mantenerlos fijos en su capote allá en
los medios. Si todos actuaran así, cuánto ganaría la lidia, para empezar en
agilidad.
Bello trincherazo
Como decíamos, ante su primero, un buen toro, abrió su labor por
alto, con torería, intercalando un bello trincherazo. Cogió la izquierda con
rapidez y planteó la faena entera al natural. Corrió la mano con temple, en
unos naturales larguísimos y ligados. De las veces que más asentado ha
estado: no siempre su toreo se ha caracterizado por la largura de los
muletazos. Fueron tres series macizas, con fondo y formas, que conectaron con
los tendidos. Y hete aquí que al de Alcurrucén le dio por rajarse, y la
faena cayó en picado, de golpe y porrazo. Perdió Miguel Abellán el camino
del triunfo y la distancia, y ya no hubo manera de remontar ni con las
manoletinas de postre. Usó mal el acero, para no desentonar de la línea de
sus compañeros, convertidos ayer en unos auténticos pinchaúvas.
Apechó con un sobrero que sustituyó al débil sexto. Parado, manso, sin
casta, llegó a la muleta, después de que el siempre eficaz Martín Recio
naufragara con los rehiletes. Esta vez Abellán se empeñó por el lado
derecho de manera totalitaria, sin ninguna concesión al natural. O sea, todo
lo contrario que en su anterior quehacer. Nada consiguió de aquellos medios
viajes. Buscó las distancias cortas con valentía hasta acabar muy encimista.
Pinchó en el primer encuentro al volapié y se anotó un alevoso bajonazo en
el siguiente. Para el recuerdo quedaron algunos lances del saludo a la verónica.
Eugenio de Mora venía de triunfar con rotundidad en Sevilla, pero ayer la
diosa Fortuna le dejó en la estacada y su lote dio pobres opciones. Con el
colorado y parado y descastado segundo, porfió con disposición en los
medios, sin lograr mucho, más bien poco, en limpio. De hinojos arrancó el
toledano su última faena hasta abrir al toro más allá de la segunda raya de
picar. Fue casi todo el lucimiento logrado. De Mora no mantuvo la moral y se
mostró desangelado, entre no pocos enganchones. El lucimiento se dio a la
fuga con aquellas embestidas violentas y sin ninguna clase. Defraudó Alcurrucén
las expectativas halagüeñas.
Habrá que seguir esperando para alcanzar un éxito. O para verlo.
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