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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del domingo, 18 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros Félix Hernández Barrera,
bien presentados en general, justos de fuerza, poca casta, escaso juego
Diestros:
-
Vicente Bejarano,
pinchazo, estocada corta atravesada caída, rueda de peones, cuatro
descabellos -aviso- y dos descabellos (silencio);
-
Rodolfo Núñez, estocada caída
(silencio); pinchazo y estocada (palmas).
-
Manuel
Jesús "El Cid", pinchazo perdiendo la muleta y estocada corta
saliendo trompicado (aplausos y también pitos cuando saluda); estocada
ladeada saliendo rebotado (escasa petición y vuelta).
Entrada: Un tercio de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El País.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Tiempo de
aflicción
Los aficionados, ya se sabe: a sufrir. Y con ese conformismo se llegaron a la
plaza, luego salieron. Son tiempos de aflicción. Pareció que los llevaban a
galeras y de ellas volvían después, cariacontecidos, mohínos. Sólo les faltó
salir arriba las manos. De poco les obligan. Fuera aguardaban dos docenas de
chisgarabís para gritarles ¡asesinos! Lo señalan los códices de la sabiduría
esotérica: sobre cornudos, apaleados. Dicho sea con perdón.
La fiesta está así y de igual forma seguirá hasta su total extinción si
no aparece alguien que la ponga al revés. Cosa harto improbable pues eso sólo
sería milagro y no parece propicia la divinidad a enviar un mesías redentor
que repita aquello de echar a los mercaderes del templo, a guantazo limpio si es
preciso.
Los toros salen malos, los toreros se las gastan peor. No todos, claro está,
y aún quedan unas promociones de aspirantes que buscan una oportunidad para
mejorar sus posiciones en el escalafón. Pero no hay manera. Cada vez que dicen
de dársela, los estrellan. Así los tres diestros de esta siniestra función
venteña.
Durante San Isidro hubo distinto panorama. Entre el ganado intolerable que
caracterizó la espesa mesada salieron ejemplares con nobleza suficiente para
recrear el toreo bueno. Y las figuras contratadas, con ellas muchos que
quisieran serlo, fueron incapaces. El arte de torear ha empezado a caer en el
olvido.
A los isidros les daba igual. Los isidros, desde su ignorancia y su
prepotencia, pretendían imponer un alocado triunfalismo, expulsar a los
aficionados que reclamaban toros y toreo, convertir en un circo la primera plaza
del mundo. Terminado el abono, la dejaron hecha un solar y se marcharon sin
acordarse para nada ni de la fiesta ni de sus restos. Que talle otro...
Y quien ha de tallar es la afición, si no la han echado para siempre, y los
toreros modestos si no les han abortado a base de injusticias la torería que
traían cuando abrazaron la profesión. De estos son una muestra los tres que
compusieron el cartel. Tres espadas de vocación a quienes enfrentaron con una
corrida lo suficientemente descastada para acabarlos de aburrir e inducirlos a
buscarse la vida por distintos derroteros.
Rodolfo Núñez, que es un torero de gusto, apenas pudo apuntar unos lances a
la verónica de manos bajas, varios ayudados arqueando la pierna contraria,
redondos y naturales de meritísimo aguante aunque no acababa de templarlos,
pases de pecho ceñidísimos de cabeza a rabo. Vicente Bejarano peleó tesonero
con sendos mulos; mejor en su trastear el que hizo quinto, un animal de gran
alzada que podía darle capones con el hocico, buey de carreta, al que intentó
encelar desde diversas distancias e incluyó en la técnica retadora un torerísimo
kikirikí. El Cid estuvo hecho un jabato, lo mismo con el incierto tercero que
con el manejable sexto, al que pegó un montón de ceñidos derechazos.
Finalmente lo mató quedándose en la cara, y algunos pidieron la oreja, cierto
que sin convicción alguna, pues pretendía ser una oreja testimonial para
fingir que se había salvado la tarde.
Pero no se había salvado nada. La tarde concluyó casi tan siniestra como
había empezado y, encima, una cuadrilla de amigos de los animales y enemigos de
las personas se puso a gritar ¡asesinos! a los aficionados y a los turistas que
abandonaban pacíficamente la plaza. ¡O tempora! Sí, son tiempos de
aflicción en los que cualquier motivo sirve para dar suelta a la vesanía y
ponerse a insultar impunemente a los semejantes.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. Madrid. El Cid vence en una difícil
batalla
El Cid pide guerra y persigue la reconquista de esta plaza que se entregó a
El Califa por San Isidro. El Cid ha levantado la espada, otra Tizona, y ha
salvado con éxito una prueba difícil, encarnada en la corrida de los Herederos
de Félix Hernández Barrera, mala de solemnidad, con la cara por las nubes
siempre. Allí se estrellaron sus compañeros, con mejor resultado Rodolfo Núñez,
que maneja los aceros con una seguridad pasmosa, que el pobre Vicente Bejarano.
Para contar la historia del festejo habrá que arrancar por describir su
final, lo más lucido o lo más importante del mismo. Porque el sexto toro al
menos se desplazaba por el pitón derecho con una embestida que repetía y
descolgaba algo más que sus hermanos. El Cid anduvo firme sobre una faena
cimentada en la mano diestra en su totalidad. La tercera serie destacó sobre el
resto, muy ligado siempre. Atacó la suerte con rectitud para cobrar una
estocada arriba. Obtuvo su recompensa con una pañolada no mayoritaria y una
vuelta al ruedo que bien vale una mejor oportunidad. Este paseo del anillo que,
por modas, algunos desprecian, a El Cid le ha de servir.
Forjado en Madrid
Ya había estado este sevillano forjado en Madrid francamente
valiente con el tercero, un toro que salió embistiendo con mayor claridad a
derechas: las verónicas que surgieron por ahí, en el saludo, tuvieron su aquél.
Poco a poco desarrolló sentido y aviesas intenciones por uno y otro lado,
siempre con los pitones por la pañoleta. Un violento desarme de última hora
anunció que las cosas no las iba a tener fáciles El Cid con el estoque. En el
segundo encuentro, enterró el acero sin preocuparse de esquivar el cabezazo
sanguinario de la bestia: salió prendido por el vientre de fea manera, indemne
por fortuna.
Por lo demás, la tarde siguió marcada por el juego de los pupilos de Hernández
Barrera, que habían sustituido a la corrida anunciada, de Los Recitales,
rechazada en el reconocimiento veterinario. El crepúsculo fue muy guiri: pocos
aficionados acudieron a Las Ventas, mezclados entre autobuses humanos de
orientales y americanos que aplaudían desarmes y otros contratiempos.
A Rodolfo Núñez le vimos decidido, pero con escasas opciones para lograr el
lucimiento. Además de las complicaciones del primero, se encontró con el
inoportuno viento. Sacó algunos derechazos meritorios. Como ante el alto
cuarto, que calamocheaba continuamente, fue letal con la espada. Todo lo
contrario que Bejarano, que sufrió con el quinto, un auténtico caballo percherón
que le esperaba con la guardia arriba.
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