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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del jueves, 18 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Aráuz
de Robles, ( bien presentados, flojos -algunos, inválidos-, mansos,
manejables; 2º saltó al callejón, y 4º, tres veces). De Hermanos
Astolfi, (bien presentados: 3º devuelto por inválido, 5º aún más
inválido, manejable). Sobrero de Palomo Linares, (con trapío, fuerte,
manso).
Diestros:
-
Juan Mora,
pinchazo a paso banderillas, pinchazo -aviso- , nuevo pinchazo
y se echa el toro (silencio); pinchazo y estocada atravesada que
asoma (aplausos y salida al tercio).
-
Pepín
Liria, estocada caída (petición minoritaria y vuelta con
protestas); dos pinchazos bajísimos, pinchazo, media muy tendida, rueda de
peones -aviso- y dos descabellos (silencio).
-
Dávila Miura,
estocada perpendicular trasera y cuatro descabellos (palmas); aviso
antes de matar, dos pinchazos bajos, pinchazo hondo y rueda de peones (aplausos).
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El País.
Joaquín Vidal. Los Toros juerguistas
Dos toros saltaron al callejón y los restantes galopaban abantos por el
redondel buscando la escapatoria. De los toros que saltan al callejón siempre
se dijo que son mansos. Pero eso era antes. Hoy en día, según los taurinos y
los aficionados de la nueva ola, los toros no son mansos ni bravos. Son buenos o
malos, porque se dejan o no se dejan.
De manera que si los toros saltan al callejón no les cuenta nota mala ni
nada; antes al contrario, son toros divertidos, que regocijan al personal y
amenizan la lidia. Un servidor no desdeña la moción. Hay toros juerguistas que
traen de la dehesa el cuerpo jota, y en cuanto ven una barrera se les alegran
las pajaritas.
Es un resabio, naturalmente. Esos toros (presume este cura) al caer la noche
están en la dehesa ojo avizor, aguardando a que el amo se marche a cenar, y en
cuanto lo ven desaparecer por el portalón del caserío, saltan furtivos la
cerca y se van de aventuras. Las aventuras, naturalmente, consisten en ligar con
las vaquitas de la ganadería de al lado y, si ellas son consentidoras, las dan
fiesta.
Estos toros vienen luego a Madrid y se creen que todo el monte es orégano. O
sea, que tras la barrera de Las Ventas hay asunto, y corretean en su demanda,
indiferentes a que gente de coleta los quieran capotear. Uno de los toros de
Arauz de Robles, que hacía segundo, saltó la barrera una vez. Y el que hacía
cuarto, tres. En la primera se quedó a medias. Le basculó el corpachón en el
borde e igual que pudo caer para adelante, cayó para atrás y se pegó una
culada en la arena. Pero no desistió de su empeño, y al minuto ya había
alcanzado el callejón; y vuelto al ruedo, volvió a brincar, sembrando el pánico
entre el gentío que siempre está allí no se sabe muy bien el motivo, salvo
gritarles a los toreros "tócale", "pónsela", "amo
a gustanno pepeluí".
A los toros juerguistas no les debió gustar esta vociferante, fea y bípeda
variedad del reino animal y regresaron rápido al redondel. Las vaquitas son
otra cosa; cómo se van a comparar... Y, ya en el redondel, lo recorrieron
trastabillantes si no era pegándose costaladas. La antes ganadería de bravo,
es evidente, está muy consentida.
Juan Mora a los toros que le correspondieron les hizo el toreo. A ratos, entiéndase.
Juan Mora lo mismo ciñe una verónica divina que mete un mantazo infernal. Tal
cual suena y sin solución de continuidad. Lo mismo templa el natural
metamorfoseando en seda la pañosa, que la convierte en el trapo de fregar. Juan
Mora va del arte al desastre y así transcurrieron sus dos faenas, hondas ahora,
crispadas después, en conjunto caóticas. Un poco de orden y de calma le falta
a este veterano torero, que lo es de una pieza.
De brusquedades y sordideces también sabe Pepín Liria. Y si se lo propone
hasta es capaz de superarlas. Valiente y pundonoroso a toda prueba (pocos los
habrá más honrados), Pepín Liria se pasó cerca a sus toros, los fijó
estupendamente a la verónica, porfió pases con una indiferencia a la
incertidumbre de las embestidas rayana en la temeridad. Ocurrió, sin embargo,
que con cierta frecuencia sus toros -sobre todo el de Astolfi que hizo quinto-
se arrancaban nobles y repetidores. Y entonces, lejos de ligarles los muletazos
-que es lo suyo- rectificaba terrenos, volvía a empezar y planteaba la faena en
la modalidad del unipase, que es un sucedáneo del arte de torear.
El arte no era patrimonio de ninguno de los tres diestros y la fiesta se
resentía por ello. Dávila Miura apenas pudo sacarle faena al tercer toro, que
era uno de esos juerguistas pendientes de la barrera y continuamente se soltaba
del engaño para derivar a su arrimo.
El sexto, en cambio, tenía un buen embestir, preferentemente por el pitón
izquierdo, y Dávila Miura, al apercibirse, planteó la faena por naturales.
Hasta cinco tandas ejecutó, las primeras toscas, las restantes de mejor reunión.
Es decir, que iban de menos a más, y eso es lo bueno. De cualquier forma, y
bien mirado, el zénit de lo bueno, en su versión, levantaba muy pocos palmos
del suelo.
La fiesta es como la vida; que unas veces da pares, otras nones. Y eso sucedió.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. La aguerrida entrega de Liria en una tarde interesante de
toros desaprovechados
Es feo meter a Dios en asuntos terrenales y más si de toros se trata, pero
dicen que nunca ha sido gran aficionado, que cuando hay toreros que hacen el
toreo fallan los toros y viceversa. Ayer tocó viceversa. No por Pepín Liria
que mostró su mejor cara en su primera faena, sino por sus compañeros.
Una aficionada con raices en Francia, Angeles de nombre, guapa como su nombre,
intuía que los pupilos de Arauz de Robles merecían otra lidia, otro arte, otra
cosa. Pues aunque saltaron varios al callejón, clara sintomatología de mansos,
luego metían la cara en la muleta con franqueza, obediencia y sometimiento. ¿Cómo
entonces no hubo triunfo? Ahí vamos: Juan Mora sigue en su línea. ¿Cuál es
su línea? Ni el mismo lo sabe. Mora es uno de esos toreros que tienen la
moneda. Es capaz y sabe torear. Por eso hay que exigirle. A quien no se le
pueden pedir explicaciones es al que no guarda unos mínimos. Al placentino cabe
plantarle sobre el tapete preguntas y críticas. Una de ellas es la siguiente:
¿por qué un profesional con valor, estética y dominio cuando quiere se empeña
en hacer un toreo de espejo ausente de mando? ¿Por qué en una misma faena nos
encontramos a un Mora poderoso y fajador y a otro amanerado? En definitiva, ¿por
qué ayer no cortó una oreja a cada uno de sus enemigos?
Faenas fulminadas
A la última pregunta, primera respuesta: por la espada, argumento sobrado para
perder los trofeos si se usa mal. Pero ya entonces, cuando tocaba la suerte
suprema, las faenas se habían desvaído, difuminado en un mar de nada. Con
excelentes trazos inició la faena inaugural de la tarde, por bajo, genuflexo,
torerísimos los muletazos rodilla en tierra. Ese murmullo de expectación corrió
por los tendidos como la pólvora, ese runrún que precede a la importancia que
se presiente. Un desarme ensombreció el panorama nada más plantear la batalla
sobre la derecha. Mas Mora recuperó el ritmo y toreó con largura por ese pitón,
no sin cierta aceleración. La siguiente serie fue inferior. Al natural,
tardeaba el ejemplar de Arauz, aunque volvió a arrancarse con noble estilo.
Tres muletazos surgieron con belleza. Y volvió a la derecha (¿por qué?) y
regresó a la izquierda y vino otro desarme con el toro ya más parado y luego
otro, y la espada... Lo siento tanto por el diestro como por mis amigos Ignacio
Aguirre y Marcelo Elizagaray.
Saltó al callejón el cuarto por dos veces. Hubo verónicas de gran
plasticidad. El toro quedo dañado en su afán por emular a los caballos de
Astolfi , y aun así quería seguir el engaño en el último tercio con boyantía.
La faena se desarrolló marcada por continuos dientes de sierra, desigualdades y
altibajos, con algún momento notable al natural y poco más.
Dávila Miura tardó en enterarse del buen pitón izquierdo del sexto, y cuando
lo hizo templó un par, quizá tres, de series de naturales. Un poquito menos
encorvado, mejor aún. Consiguió conectar con los tendidos también con algún
pase de pecho, pero en general la impresión era de que debía haber estado más
rápido en percatarse del toro. La espada emborronó lo conseguido.
El sevillano había apechado con un manso y peligroso sobrero de Palomo Linares,
un tío que sólo quería huir de la muleta. Sobre la izquierda y la derecha
quiso Miura, con más voluntad que recursos técnicos de poderío y castigo.
Una lámina antigua de La Lidia recorda el corniveleto, largo y astifino
segundo, que también alcanzó el callejón. Debían de bajar mucho los
ejemplares rechazos en el reconocimiento, porque sino no se explica dejar coja
una corrida que llevaba camino de ser más que buena e interesante. Se vencía
el toro por el derecho. Liria estuvo valentísimo con él en los medios,
inteligente al pretender hacer el toreo al natural de manera fundamental.
Mantuvo la colocación siempre al pitón contario. De frente, a pies juntos,
concluyó, entre la admiración de la mayoría, que supo valorar su entrega.
Atacó la suerte del volapié con rectitud y consiguió un espadazo muy
efectivo, quizá desprendido. Cayó rodado y sin puntilla el animal. Hubo petición,
no mayoritaria, y dio una vuelta al ruedo de ley, pese a la colocación de la
espada. Algunos quisieron regatearle el paseo al anillo como si les fuera la
vida en ello.
Complicado fue el quinto, de Astolfi, blando y manso con mal estilo, Derrotaba
arriba constantemente. Si bajaba la mano Liria se le caía y sino veía los
pitones cerca de la cara. Pasó las de Caín con la tizona.
Fue una tarde interesante, la leche en bote comparada con la anterior, y más si
llegan a aprovechar los toros.
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