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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del miércoles, 17 de mayo del 2000
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Samuel
Flores, (cuatro) y 2º y 3º de Manuela
Agustina López Flores. Los tres primeros, justos de trapío y
sospechosos de pitones, el resto mejor presentados; inválidos, mansos y
aborregados.
Diestros:
-
Enrique Ponce,
aviso antes de matar, pinchazo y bajonazo traserísimo (división
y tambien fuertes protestas cuando sale al tercio); estocada corta
baja (algunos pitos).
-
Rivera Ordóñez,
estocada corta baja y rueda de peones (silencio); estocada corta
trasera baja (algunos pitos).
-
El Juli, que
confirmó la alternativa: pinchazo, otro hondo y estocada tendida trasera (silencio);
tres pinchazos y estocada (silencio).
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El País.
Joaquín Vidal. Qué petardo
Menudo petardo pegó El Juli en su confirmación de alternativa, y eso que había
despertado una expectación inusitada. Ni un rasgo de torería, ni un detalle
artístico, ningún gesto; nada que permitiera barruntar que aquí hay torero.
Oiga: así no se viene a Madrid.
No se viene a Madrid ni con ese ánimo ni con esas formas. No se viene a
Madrid eligiendo semejante mansada de samueles infumables, sin trapío
para empezar ni fuelle para terminar, que en otras plazas (desde Sevilla a
Castellón; la referencia es intencionada) valen para justificarse y cortar
orejas; pero en Madrid, no.
Tarde aciaga de El Juli y casi peor para aquellos que (dicen; un servidor no
lo ha visto) habían pagado arriba de veinte mil duros para asistir a su
confirmación de alternativa.
El petardo se extendió a cuanto se movía en el redondel: desde los seres
irracionales hasta los racionales representados por el hombre blanco. Desde los
caballos de picar, que estaban igual de inválidos que los toros (o igual de
fumados), hasta los compañeros de terna de El Juli, figurones del escalafón,
incapaces también de dejar plasmado allí para el recuerdo algún remoto rasgo
de torería.
Aburridos pegapases ambos colegas; pelmazos del derechazo. Dios los cría y
ellos se juntan. Aunque puestos a dirimir, no sería justo ocultar que uno es
mejor que el otro. No sabe igual el derechazo de Enrique Ponce que el de Rivera
Ordóñez. El de Enrique Ponce, con su pico, con sus ventajas, con su falta de
ligazón, posee una estética y una enjundia inimaginables en el de Rivera Ordóñez,
que aún mete más pico y se toma mayores ventajas.
Enrique Ponce, por añadidura, toreó al natural, suerte que a Rivera Ordóñez
le parece ajena. Y, por naturales, cuajó al segundo toro de la tarde tres de
hermosa factura, que acogió la plaza con júbilo y estruendosas ovaciones.
Claro que a buenas horas. Llevaba ya un montón de pases sin reunirle ninguno al
borrego inválido, y cuando ligó los tres naturales, más otros tres redondos
de propina, el inválido borrego ya estaba para el arrastre.
Y, ejecutados y aplaudidos, ocurrió lo de siempre: que pasado de faena el
tundido toro, no se cuadraba, sonó un aviso... Enrique Ponce es el diestro que
más avisos ha oído en toda la historia de la tauromaquia.
Al cuarto ni siquiera esos naturales buenos le dio. Tampoco verónicas ni
nada con el capote. Salieron los picadores y Ponce aún no se había enfrentado
con el manso, que galopaba abanto por el redondel. Enfrascado durante el turno
de muleta en el derechazo, que embarcaba con el pico para salir corriendo en
cuanto lo remataba, Ponce ensayó varias tandas y tan pronto pudo apreciar que
en el tendido se coreaban con rechifla, cortó la faena.
Las faenas de Rivera Ordóñez se caracterizaban por el color. Y el color que
las caracterizaba era la ausencia total de color. El descolorido artista, salvo
un breve intento de aplicar naturales al tercer toro (y la afición le dio las
gracias por desistir), se dedicó a los derechazos con fruición. A cual peor,
por cierto. Se puede ser de derechas pero hay que tener mano izquierda, y si del
arte de Cúchares se trata, la izquierda es la que trae la fama y los billetes.
Este torero, si en vez de llamarse Francisco Rivera Ordóñez se llamara Pachi Pérez,
no sabe uno si llegaría a torear.
El Juli se esperaba redimiera al público de tanta vulgaridad, pues se le ha
visto por esas plazas variado, alegre y valiente, sin permitir que nadie se le
subiera a las barbas; mas resultó que estaba sumido en ella hasta las trancas
(es ésta expresión de poetas) y no dio pie con bola. Discreto en par de
quites, mediocre al banderillear, sin gusto ni poderío. y ni siquiera aguante -que
es lo suyo- al muletear, decepcionó a todo el mundo y abandonó el ruedo
marcado por el estigma del fracaso. Quién le ha visto y quién le ve a El Juli.
Corría el rumor de que, según aseguraban "por estas y que me muera aquí
mismo si no" presuntos testigos presenciales, un caballero había pagado
cuarto de millón de pesetas por dos entradas de mil duros. Enhorabuena. Al que
lo cobró, por supuesto, pues con eso ya tiene arreglado el veraneo y se libró
de soportar aquel petardo.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. El triste juego de los samueles
ensombreció la confirmación de alternativa de El Juli
Colgados y ya desollados en los garfios
del desolladero ofrecían mejor espectáculo los toros de Samuel Flores que en
el ruedo. Nacieron y fueron criados para la lidia y resulta que al final valían
más para el negocio de la carne. Triste destino.
Tanta expectación, tanto clavel y
glamour en los tendidos, y luego la desolación, la decepción y las caras
abatidas. A los que se habían dejado el dinero en la reventa se les reconocía
por el gesto. Al resto le dolía menos el bolsillo.
La confirmación de alternativa de El
Juli quedó ensombrecida por el comportamiento, triste, bueyuno y blando de
los samueles. ¡Oh! Aparte, dio la impresión de que al confirmante le pesó
sobremanera la tensión durante la lidia del toro que inauguró la tarde, y
careció de la frescura y la chispa de otras veces. No cuajó el saludo a la
verónica y apenas nada. Las más intensas palmas sonaron en un apretado quite
por chicuelinas, cuando el alto y soso bicorne le puso los pitones en la nuca.
Como todos sus hermanos, hizo una abanta salida y huyó con descaro del
caballo. Y con la cara por encima del peto o haciendo sonar los estribos
soportaban el castigo, muy medido la mayoría de las ocasiones porque además
blandeaban. O sea, seis regalitos para dar pie al tedio.
Julián López brindó a la Infanta Doña
Elena tras obviar el tercio de banderillas. Arrancó faena por alto y pronto
se echó la muleta a la izquierda. Trató de hilvanar los naturales, mas al
samuel lo de repetir las embestidas y eso lo había oído en el campo y no lo
aplicaba. Transcurrió la faena sin emoción. Para colmo, uno de los fuertes
de El Juli, la espada, tampoco funcionó ayer.
Remota posibilidad
Todavía en el sexto cabía
una remota posibilidad de que remontara el vuelo la corrida a última hora.
Lanceó El Juli con decisión y buen juego de brazos, con valor, a la verónica,
hasta rematar con un torero recorte a una mano. Las dormidas pasiones se
encendieron. Había un resquicio para la esperanza. Al paso, galleó por
chicuelinas, para poner al toro en el caballo, y después quitó por
caleserinas, un tanto embarullado. Y de esta lo que casi se quita es la
montera de un capotazo.
Estudiadas reacciones.
Muy estudiadas tiene El Juli las
reacciones del público, y como siempre permitió que los banderilleros
acudieran a los medios para hacerse un poquito de rogar antes de coger los
palos. Un par al cuarteo y dos al sesgo, de dentro afuera —fue el segundo el
mejor de los tres— provocaron las alegrías del personal. ¡Con qué poquito
nos conformamos en esto de la Fiesta! Fue todo. El animal alcanzó el tercio
postrero rebrincado, con un molesto cabeceo. Quiso templar, mas no siempre
querer es poder. Difícil se tornó el lucimiento, para no desentonar de la tónica
general. Otra vez falló con el acero. Al cuarto encuentro cobró una estocada
que no redime su floja actuación.
Claro que peor anduvo un Rivera Ordóñez
trapacero, sin un ápice de torería en nada de lo que realizó. Porque se
puede estar mejor, peor o regular, pero en torero. Y eso fue lo último que se
le pasó por la cabeza a Rivera, quien por cierto causó la sensación de que
todo le traía al pairo. Lo suyo fue la apoteosis del adocenamiento, de la
vulgaridad fuera de cacho y del bajonazo,
Renqueaba de la mano izquierda el
tercero, no humillaba, apenas seguía la muleta, manejada cual vileda. Al
petardo de su matador se unió la cuadrilla ante el astifino y descastado
quinto.
Ponce, al menos, consiguió los mejores
naturales de la tarde con el bajito, bizco y abrochado segundo. A base de
sobarle, de no obligar las embestidas, terminó por arrancar dos series de
muletazos largos y templados sobre la mano izquierda. Tras dos tandas así, en
las que se abrochó con el obligado de pecho, bien ligado, instrumentó
derechazos que exprimieron al samuel mucho más allá de lo que ofrecía.
Dilató demasiado su obra hasta escuchar un aviso antes de entrar a matar. Ahí
Ponce se anotó el borrón de una estocada trasera y caída, más arriba de la
que colocaría luego al buey Apis que hizo cuarto, toda una mole de carne sonámbula
y mortecina que vagaba por el ruedo. Imposible cualquier tipo de planteamiento
para alcanzar la brillantez.
O sea, que una vez más se cumplió el
dicho de la expectación. Hoy, en filetes, los toros darán mayor juego. Mejor
con patatas.
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