|
|
|
Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del martes, 16 de mayo del 2000
Novillada
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de La
Quinta (bien presentados; desiguales).
Diestros:
-
Martín Antequera.
Estocada
corta trasera (silencio); cuatro pinchazos, estocada perdiendo la
muleta, rueda de peones y dos descabellos (silencio); estocada después
de entrar a matar Barea al 3º (silencio); cinco pinchazos y dos
descabellos (silencio); pinchazo perdiendo la muleta, media estocada
baja y descabello (ovación y salida al tercio); estocada (oreja).
-
Fernando Robleño. Pinchazo
trasero y estocada saliendo cogido.
-
Antonio Barea.Cogido al muletear
a su 1º.
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El País.
Joaquín Vidal. Cogidas de Robleño y Antonio Barea
El segundo novillo le pegó dos volteretas, la segunda
espeluznante, a Fernando Robleño, y las asistencias se lo llevaron a la
enfermería. El tercer novillo le pegó a Antonio Barea dos cornadas: una al
empezar la faena de muleta, otra al entrar a matar y de esta hubo de ser llevado
también en brazos de las asistencias camino de la enfermería. Ambos iban
seriamente heridos. Se quedó solo Martín Antequera, que encabezaba la terna, y
hubo de matar la novillada entera, lo que hizo con un valor y una entereza que
se ganó las voluntades del público. Y acabó cortando una merecida oreja, que
paseó por el redondel en triunfo. Claro que la paseó cojeando, pues al recibir
al sexto novillo a porta gayola, hubo de evitar el feroz arreón del animal, que
se le venía encima, tirándose en plancha, y del porrazo quedó lastimado.
La corrida traía hule, cualquiera que fuese el lado por donde se la mirara.
La corrida de novillos tenía usía. A diferencia de los borregos del día
anterior, y de tantos otros en cualquier feria, estos novillos de La Quinta
estaban hechos a la antigua, llevaban en la sangre pólvora, que es la esencia
de la auténtica casta de la ganadería de bravo.
Y como eran a la antigua, la lidia transcurrió asimismo a la antigua, con
incidentes muchos, emoción a raudales, picadores cayendo de latiguillo,
caballos a punto de ser lanzados a freír vientos. Y si no resultaron lanzados a
freír vientos fue porque los han infundido unos resabios antirreglamentarios
consistentes en que cuando el toro aprieta, el caballo se vence de costado y se
le echa encima.
Un picador despedido violentamente de la montura en una de esas acometidas,
no salió por los aires porque el pie se le trabó en el estribo. Y aún pudo
ser peor pues al caballo le dio por caminar y le arrastró unos metros.
Afortunadamente no pasó nada, salvo que la gregoriana le quedó para llevarla
al guarnicionero.
Tenían peligro enorme los novillos, principalmente los jugados en segundo y
tercer lugar. El segundo, al que Fernando Robleño había veroniqueado de cine y
ejecutado quites de fantasía, llegó al último tercio topón, con la cara
alta. Era evidente que correspondía arrimarlo al tercio, castigarlo por bajo;
mas Robleño se empeñó en torearlo por derechazos y naturales en el centro del
redondel, y su faena -temeraria, desgarrada- resultó angustiosa. Hasta que el
toro le volteó, le recogió del suelo y le tiró un derrote bestial, lanzándolo
por los altos.
El tercer novillo sacó similares bronquedades y dio prueba de sus
intenciones al segundo muletazo. Trazarlo Barea y ya le había pegado la
cornada. Siguió el torero, no obstante. Antonio Barea, que había lanceado a la
verónica con finura y dibujado una de las medias verónicas más redondas y
bonitas de la temporada, se empeñó en triunfar; buscó, afanoso, reunir y
ligar los redondos y los naturales, entre coladas, con gran riesgo de cogida. Y
se produciría al matar. Después de un pinchazo, se volcó en el volapié a
toma y daca, y resultó volteado y herido.
Martín Antequera, que ya había matado dos novillos, hubo de acabar con la
novillada entera. No le había encontrado el sitio -ni la distancia, ni el
temple- a su primero, de excepcional nobleza. Y fue a por todas en el resto.
Asumiendo sus responsabilidades con enorme pundonor, se fajó con el borrego
cuarto, esperó a porta gayola al quinto y al sexto, a este le tiró dos largas
cambiadas más, bregó lidiador, apuró las faenas contra viento y marea, y tumbó
al último de una estocada, que le valió la oreja. En realidad, la oreja valió
por toda su actuación, digna, valentísima, propia de un auténtico torero de
raza.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna. Fernando
Robleño y Antonio Barea cayeron heridos de gravedad en una tarde sangrienta
Más que una crónica, estas líneas son un parte de guerra. La casta de los
santacolomas de La Quinta mandó a la enfermería a Fernando Robleño y
Antonio Barea, heridos de gravedad. Sacaron sus enemigos peligro, incrementado
por la movilidad y las ganas de los chavales de triunfar. La papeleta le quedó
al debutante Martín Antequera, que estoqueó los seis novillos y lidió
completos cuatro. Desgraciadamente, la tarde se tiñó de sangre, pero los
novillos matuvieron el interés y la tensión del espectáculo. Y los hubo
buenos y propicios para el triunfo, como el sensacional primero o el noble
quinto, y con guasa como el segundo. Fernando Robleño había salido a por
todas desde un principio. Recibió al segundo con una larga cambiada de
rodillas en el mismísimo platillo y luego lanceó vibrante a la verónica,
para a continuación mezclar en los medios las chicuelinas con las villaltinas.
Y todo para abrir boca. Porque más tarde siguió con el repertorio en un
quite mexicano por saltilleras. Respondió Barea con otro por chicuelinas. La
cosa prometía. Pero la fortuna fue esquiva con ambos toreros, y el
santacoloma, alto y zancudo, largo y vareado, empezó a desarrollar sentido
durante el tercio de banderillas, arrollando al peón de brega. Robleño no se
amilanó e inició la faena con un pase cambiado por la espalda. Peleó por
los dos pitones con aquellas embestidas desobedientes y torvas. Justo en un
descuido, cuando el utrero se percató de que el madrileño se había
descubierto, se arrancó traidoramente. La voltereta fue espeluznante por la
altura alcanzada. En el suelo volvió a prenderle de horrible forma, como a un
muñeco desmadejado. Enseguida percibimos la seriedad de la cornada. Barea ya
es la segunda vez que abandona Las Ventas por la puerta de la enfermería; la
próxima será por la de la gloria, seguro. Manejó el capote de lujo, a la
verónica, en la salutación y en un quite templadísimo. La media desprendió
también aromas de toreo caro. Arremetió el de La Quinta contra el caballo y
descabalgó al piquero con violencia. Después salió suelto. Nada más
arrancar la faena de muleta, el pitón se hincó en la genuflexa pierna
derecha del sevillano, que en esos momentos se doblaba con él. El asta había
calado la carne, pero Barea se deshizo de las asistencias y volvió a la cara
del toro con un par, con amor propio y ganas de ser. Apechó con el continuo
gazapeo e intentó el toreo al natural, por donde el encastado bicorne se
tragaba con mejor estilo los muletazos. Otra vez, cuando casi tocaba la lidia
a su fin, tras un pinchazo, el diestro se fue detrás de la espada y se
encontró con los cortos, astifinos y certeros pitones más certeros cuanto
más cortos . García Padrós no daba abasto. Martín Antequera resolvió
como pudo. Derrochó valor y ganas de superarse en los dos últimos de la
tarde, y la gente, para aliviarle el mal trago del último y tobillero novillo
y por recompensarle dos saludos a portagayola, la estocada de despedida y
también el papelón hecho, le premió con una oreja. Si llega a aprovechar al
estupendo primero, habría sido de Puerta Grande.
|
|