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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del domingo, 11 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos de Fernando Peña, de
presencia desigual, manejables en general. 1º, mansurrón; 2º, codicioso; 4º,
pastueño; 5º, cuajado, manso; 6º, muy bien presentado.
Diestros:
-
Fernando Robleño,
estocada caída (aplausos y saludos); pinchazo y estocada delantera y
desprendida (aplausos y saludos); estocada caída perdiendo la muleta
(oreja).
-
Antonio Barea,
pinchazo y media (silencio); aviso antes de matar, dos pinchazos, pinchazo
hondo, rueda de peones, dos descabellos y se echa el novillo (silencio); dos
pinchazos, media y rueda de peones que tumba al novillo (silencio).
Entrada: Menos de media entrada.
Tiempo: viento
Crónicas de la prensa:
El Mundo, El País, ABC
El País.
LUIS M. MORCILLO, Madrid. Vuelta
a empezar
Terminó la feria de nunca acabar y, ahora, todo vuelve a empezar. Otra vez las
novilladas rutinarias, los japoneses de sonrisa estereotipada en los tendidos de
sombra, los vikingos de pantalón corto en los tendidos de sol, la minoría de
aficionados salpicados por ahí, y cemento, mucho cemento vacío en las
localidades.
Faltaban, naturalmente, los portadores del vaso de whisky del tendido 10, los
isidros que todo lo aplauden y los comilones de la andanada del 8, que se ponen
hartos de migas y empanada. Unos y otros estuvieron, durante toda la feria,
repitiendo elogios y piropos a las novilladas y diciendo a todo el que quería oírlos
que lo que había que hacer era ir a ver novillos y novilleros. Pero cuando,
acabada la feria, se les brinda la posibilidad de presenciar un festejo de su
gusto, se quedan en casa. ¿Y para eso tanto ruido?
Claro está que, a lo mejor, son videntes o pitonisos, porque la novillada de
ayer, la verdad sea dicha, resultó un poquito rollo. Porque hubo novillos
excelentes, como el segundo y el cuarto, y su matador, Antonio Barea, se quedó
sin tocar pelo. Y la orejita que le dieron a Fernando Robleño fue a favor de la
compasión, porque el novillo, el más difícil de la tarde, estuvo a punto de
darle un disgusto.
Si se trata de que todo vuelva a empezar, los primeros que tendrán que
hacerlo son Robleño y Barea. Tres novillos toreó cada uno y sólo a Robleño
le dieron esa orejita que se da a los novilleros para que se animen. Tanto uno
como otro espada desaprovecharon la bondad de los novillos y, seguramente, a
estas horas, ya se están lamentando por ello.
Tuvo Robleño un primer novillo flojito y manejable, y se dedicó a torearlo
sin gustarse y colocado fuera cacho. Tardeaba el animal, pero tenía el
suficiente recorrido como para hacerle un toreo de muletazo largo. Al tercero lo
quiso recibir de rodillas en los medios y el intento le salió mal, porque le
dio la salida por el lado izquierdo y el astado tomó el camino de la derecha.
Volvió a ponerse fuera de sitio el novillero y, por no llevarlo toreado y dejar
ventanas entre la muleta y la embestida, le achuchó el novillo más de una vez.
Al final, le correspondió un manso con trapío, que estuvo a punto de
derribar, se fue suelto de los encuentros con los jacos, hizo hilo en
banderillas y llegó incierto a la muleta. Robleño estuvo decidido y arrojado
con él, aunque le faltó tirar más del burel y torearlo con dominio, porque
allí mandó más el novillo que el torero.
Antonio Barea, que tuvo enfrente dos novillos excelentes, tiró por la borda
la oportunidad que se le había concedido. Quiso hacer las cosas bien, pero no
se acopló nunca y, sobre todo, no remató ningún muletazo, por lo que le vimos
mucho baile de zapatillas a la salida de cada pase.
Sólo le salían aparentes los pases por alto, pero el toreo por alto está
al alcance de cualquiera. Todos los aficionados, en las tientas, torean por
alto.
Sus carencias fueron más visibles con la perita en dulce que tuvo en cuarto
lugar. Un novillo muy noble, que le dejaba colocarse. Y para colmo de desdichas,
estuvo muy desafortunado con el estoque en los tres enemigos que mató.
El Mundo. JAVIER
VILLAN, Madrid. Oreja para Robleño en el mano a mano
Fernando Robleño y Antonio Barea salieron juntos hace cuatro semanas por la
puerta de la enfermería de Las Ventas; ayer hicieron el paseíllo juntos en
singular mano a mano. Las vidas toreras de Fernando Robleño y Antonio Barea
están ya unidas por lazos de buena y de mala suerte; lo que los dioses han
unido, que no lo separen los hombres. Ni los toros. Los dos, lejos ya del
ambiente triunfal de San Isidro, rivalizaron en quites, en ganas de ser
figuras y en otras cosas menos afortunadas.
Ayer Las Ventas estaba a un cuarto de su aforo: 6.000 personas más o
menos. Cuando se fueron los 3.000 japoneses, chinos o coreanos y otras razas
limítrofes, nos quedamos la mitad. Y tras la huida de algunos cientos de
turistas nórdicos, de ingleses sin destino y de algunas decenas de negros,
mulatos y mestizos, quedamos muchos menos frente a los otros 18.000
espectadores que abarrotan la Monumental de Las Ventas en San Isidro. Pero
estos 18.000 tienen la razón del dinero, y de la representación social, sin
las cuales la Fiesta no es posible. Así que es preciso llegar a una tregua,
si no es posible el armisticio. Unos pagan, los más; y otros entienden, los
menos. Además de pagar también. La Fiesta necesita de estos dos sectores, sólo
en apariencia irreconciliables. Una de las pocas verdades toreras que Jesulín
ha dicho en su vida es que los aficionados caben en un autobús. Y con un
autobús, dicen los empresarios, no se montan ferias ni se mantiene la Fiesta.
Habrá que buscar, pues, una solución. Para que la Fiesta se mantenga y
para que se mantenga en su pureza y esencia. ¿Cómo se consigue, a la vez,
que no salgan defraudados los verdaderos aficionados mientras la gente de
aluvión bate palmas? Doctores tiene la Santa Iglesia taurina que lo sabrán
responder. Y si no, mal porvenir nos espera.
Fernando Robleño estuvo en novillero encastado y Antonio Barea en
novillero estilista y fino. Robleño no perdonó quite ni dio pase por
perdido. Barea anduvo con aplomo y quietud. Y ambos exhibieron amplio
repertorio de capa y arrancaron los aplausos de la escasa concurrencia. En el
primero Robleño se tiró a matar con fe y entró derecho dejando la estocada
levísimamente ladeada. Como los chinos de la China mandarines no sacan pañuelos
ni para sonarse, la petición quedó en minoría. Una reforma del Reglamento
tendría que tener en cuenta este matiz nada baladí. ¿Vale igual el pañuelo
de un oriental, armado de cámara fotográfica o tomavistas, que el pañuelo
de un castizo del foro?
Cuando mejor y más confiado toreaba Robleño en redondo al tercero, el
novillo se le fue al pecho y, a partir de ahí, empezó a mansear y a querer
huir. Y Robleño, a buscar los terrenos comprometidos. Volvió a matar, esta
vez a la segunda, con una fe y una eficacia asombrosa. Por entonces, el ejército
amarillo había iniciado ya la retirada, lo que perjudicó la nueva petición
de oreja.
El acierto, la verdad que derrochó Robleño en la suerte suprema, le faltó
a Barea que había toreado largo y templado a su segundo. Muy centrado el
muchacho dio los mejores muletazos de la tarde, los de mejor estilo, los más
largos y pausados; tanto por la derecha como por la izquierda. Puede que el
novillo también fuera el más noble y bravo.
Con más picante el quinto y Fernando Robleño muy firme por la derecha;
ligó dos excelentes tandas y, al rematar la primera, cayó al suelo y él
mismo se hizo el quite. Matando volvió a ser un bombardero, aunque perdió la
muleta. Y esta vez, sí. Esta vez, como no había japoneses, la proporción de
pañuelos fue mayor y cayó la oreja.
Transcurría la lidia del sexto con normalidad, con la fría belleza de los
muletazos de Barea, con su armonía y su temple, cuando el sevillano se
descuidó, perdió la cara al novillo y se llevó unsusto que pudo ser
cornada. Ya no quedaba cosa que reseñar, salvo otra vez el desastre de Barea
con la espada.
ABC.
GONZÁLEZ LINARES. Madrid. Oreja a Fernando Robleño
por su entrega y contundencia con la espada
Las Ventas recuperó su escenario y ambiente habitualés una vez finalizada
la Feria. Los aficionados asiduos acudieron a presenciar un festejo más para
ellos. No tanto los del clavel, que fueron sustituidos por los «guiris». Se
perdieron así una tarde entretenida e interesante, como se esperaba, sólo a
veces molesta por el viento, que cómo no, estuvo de más. Porque la feliz
iniciativa de la empresa Lozano de reunir en un mano a mano a dos novilleros
que cayeron heridos el pasado día 16, en uno de los festejos más emotivos de
San Isidro, fue a la postre un acierto.
Cosas de interés
Artísticamente una tarde con muchas cosas de interés, por la entrega, por
las ganas de querer ser que, tanto de Fernando Robleño como de Antonio Barea,
evidenciaron en el transcurso de la lidia, aprovechando todas las
oportunidades de quites. Antes de romperse el paseíllo ya fueron recibidos
ambos con una cariñosa ovación, muestra del buen sabor de boca que dejaron
hace unos días y como reconocimiento al gesto de reaparecer ayer en Madrid.
El encierro de Fernando Peña se dejó hacer el toreo, incluso algunos de los
novillos brindaron el triunfo, como los que correspondieron a Antonio Barea,
que sin hacer las cosas mal, no terminó de cuajarlos.
Por eso, el mejor parado fue un entregadísimo Fernando Robleño, que no
escatimó esfuerzos y oportunidad de lucimiento. Variadísimo en todas sus
intervenciones de capote, en el saludo a sus novillos, con verónicas, rodilla
flexionada a su primero; a portagayola en los medios y larga más en el tercio
en el tercero; y de nuevo frente a chiqueros, tragando, pues el animal se le
paró y tuvo que rectificar el lance. Aún más se prodigó con el percal en
vistosos quites, aprovechando siempre su turno: chicuelinas, tapatías,
talaveranas, navarras... Y en la muleta, igualmente, predominó su afán de
agradar. Sus tres novillos acabaron rajándose en el último tercio, aunque
antes dieron opción a Robleño para demostrar su bien aprendido oficio.
La faena al que abrió plaza la comenzó sentado en el estribo y dibujó
algún natural bueno, pese a que el astado hacía constantes amagos de venirse
abajo. La del tercero, la inició por alto y destacó la firmeza de planta en
las primeras series por el derecho hasta que el animal se complicó, avisándole
cuando no salía distraído de los muletazos. Al mansón quinto, huidizo en
los primeros tercios, lo sometió desde el comienzo, bajándole la mano en
tandas que llegaron a los tendidos. Pero, sin duda, lo mejor de Robleño fue
su contundencia con la espada, volcándose en todas las ocasiones y haciendo
muy bien la suerte. Además de por su indiscutible entrega, la forma de matar
fue el motivo para que le pidieran la oreja en sus tres faenas, trofeo que por
petición insuficiente, únicamente llegó en su último novillo.
Corte clásico
Por su parte, el sevillano Antonio Barea, quizás acusó su
reciente cornada en esta misma plaza, ya que se le notó en ocasiones algo más
desangelado. Intervino también en quites e intentó torear con gusto en la
muleta, donde, a pesar de no redondear sus faenas, dejó muestra de su buen
concepto del toreo. Su primer novillo tuvo movilidad y transmisión, con sólo
mostrarle la muleta el animal acudía pronto. Barea intercaló series por uno
y otro pitón y muletazos de calidad con otros de no tanta cuando no terminó
de atemperar la embestida, ya que en conjunto al trasteo le faltó mando. Con
el cuarto anduvo más entonado, dejando entrever nuevamente su corte clásico,
lo mismo que en el sexto, a pesar de que no acabó de resolver.
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