GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
LAS VENTAS
Tarde del domingo, 09 de marzo del 2000
Novilleros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Peñajara, bien presentados, encastados y nobles. 

Diestros: 

  • Sebastián Castella, de Beziers (Francia), nuevo en esta plaza: dos pinchazos, estocada corta tendida caída, rueda de peones -aviso- y descabello (silencio); pinchazo y estocada ca ída (silencio).
  • Sergio Aguilar, de Madrid, nuevo en esta plaza: estocada ladeada y rueda de peones (oreja con escasa petición); estocada corta -aviso- y descabello (aplausos y salida a los medios); asistido de contusiones y puntazo, leves.
  • Alberto Álvarez: dos pinchazos, estocada corta y rueda de peones (silencio); estocada trasera y descabello (palmas y saluda).

Incidencias: Sergio Aguilar fue atendido en la enfermería de contusiones y erosiones múltiples en el hombro y la rodilla derecha, en la que sufrió una herida incisa leve.


Crónicas de la prensa: El Mundo, El País


El País.JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Un lujo de novillos

Soltaron seis novillos -hierro Peñajara- de buena estampa y mejor catadura. Los seis eran un lujo; como para celebrar unas bodas de plata. No hay nada mejor en la celebración de las bodas de plata que gozarse con la compañía de seis ejemplares al estilo de los Peñajara, con sus armoniosas hechuras, con su capa colorá, con su bien puesta cornamenta. A novillos así cualquiera les da fiesta.

Aunque depende. Hay en el censo de coletudos muchos novilleros (y no pocos matadores) que a los Peñajara y restante ganado de parecida condición no les dan fiesta ni nada. Sin ir más lejos, los novilleros de ayer en Las Ventas.

Uno, sin embargo, se llevó una oreja. Fue el debutante Sergio Aguilar. No es que el público la pidiera por mayoría (antes bien se trataba de una obvia -y vociferante- minoría), pero al presidente le debió dar lástima el infortunio del torero y se la concedió. Los presidentes, ya se sabe: lo suyo es practicar la elegancia social del regalo.

El infortunio del torero consistió en que sufrió varias y muy dramáticas volteretas. La primera, en el tercio de banderillas. Había cuarteado dos pares al segundo novillo de la tarde sin relieve alguno, intentó después un quiebro y el novillo le alcanzó y revolcó. De nuevo en la palestra, Aguilar quebró un par de banderillas; al embroque, el novillo le prendió por la pierna volteándolo de mala manera, y el novillero resultó con la taleguilla destrozada.

Magullado y dolorido tomó Aguilar los trastos toricidas y toreó por derechazos y naturales. No es que le resultaran plenos y bellos mas se le advertía buen corte, formas distintas a las de sus compañeros de terna e incluso a las de la mayoría de la militancia novilleril. El modo de coger los engaños y presentarlos, de citar y embarcar, de cerrar las tandas mediante los pases de pecho hondos, se alejaba de los trucos habituales en la neotauromaquia pegapasista y se aproximaba a las normas del toreo clásico, que es el bueno.

La nobleza del novillo contribuyó al éxito del torero. En segundo lugar le salió otro boyante, volvió a banderillear para el olvido y al reunir un par de dentro afuera sufrió un acosón. Sergio Aguilar no ganaba para sustos. En plena faena de muleta, que esta vez instrumentaba sin ajuste ni acierto, debió sentir un dolor (acaso se tratara de una torcedura) pues la cortó de súbito pegando un respingo. Peones todoterreno le aplicaron un masaje, que no le quitó la cojera. Continuó cojeando Sergio Aguilar durante el resto de la faena, con mayor intensidad al acudir al toro que al quitarse si de eludir su embestida al remate de los pases se trataba, y el público agradeció muy de veras su valentía. Cobrada la estocada perdió el equilibrio y el novillo le arrolló sin herirle. Desmadejado y en brazos se llevaban las asistencias a Sergio Aguilar pero a medio camino, coincidiendo con que el novillo doblaba, recobró las fuerzas y acudió a adornarse ante el agonizante animal. Esta vez ya no hubo oreja sino aplausos en reconocimiento a su pundonor.

Toda la historia de la función empezó y terminó con Sergio Aguilar, su concepto del toreo bueno, que abarcaba a las suertes de capa; sobre todo las gaoneras, o lances de frente por detrás, interpretados a la antigua usanza. Empezó y terminó con Sergio Aguilar la historia pues sus dos compañeros alternantes se perdían en la vulgaridad y en el acusado espíritu de conservación. Alberto Álvarez, que entró a quites y los ejecutó variados, en los turnos de muleta toreaba fuera de cacho, con abuso del pico, y daba el pase corto, por añadidura sin la templanza que requiere el toreo dominador y bien hecho.

El francés Sebastián Castella tuvo un oscuro y decepcionante debú. No sólo por su toreo insustancial sino porque venía precedido de brillante cartel. Llegó avalado por el sello de torero revelación y fenómeno, y tras someterse al control de calidad de la cátedra se marchó acarreando unas hermosas calabazas.

Los novillos no eran culpables de nada. Aparte de que en aquel lujo de novillada no podía haber maldad, quiso el azar (o el enredo; quién sabe) que le correspondieran los dos más nobles y guapitos de cara. Lo cual, visto el resultado, no se sabe si es suerte o desgracia.

He aquí un dato inquietante: este torero ha sido contratado tres tardes en Madrid, Fiestas de la Comunidad y Feria de San Isidro incluidas. Veremos qué pasa.


El Mundo.L. CAJITAN El joven pundonor

MADRID.- La tarde fue de pundonor y arrojo, sobre todo por parte de Sergio Aguilar, que cortó una merecidísima oreja a su primer novillo, un colorao de Peñajara que le dio juego y mucha mirada heladora. Aguilar se presentó en el coso venteño serio y rico en matices: quites por talaveranas, largas cambiadas... y estilando unos pares de banderillas asomándose al balcón con todo el pecho hacia adelante. Esto le costó el revolcón en el primero de sus ejemplares. Después llegó la muleta, y estuvo entregado en los dos de su lote. Hubo naturales de vibración, derechazos lentos y largos. Notas de hondo color bien aliñadas con dos estocadas en lo alto, lo que le valió el apéndice.

Sebastián Castella llegó a Madrid arrastrando su estela de espectación triunfante. Sin embargo, los astados le pudieron, sobre todo el primero, noble y encastado, al que tan sólo le sacó una tanda de naturales fría y unos derechazos descompuestos que no confirmaban demasiado. Si el trapo no estuvo a la altura de los animales, mucho menos la espada, vulgar y titubeante, más propia de ser empuñada por un mochaorejas.

Lo de Alberto Alvarez fue, sin duda, de menos a menos que cero. Sí, buenas intenciones, o sea nada. No se acopló en ninguna de las faenas y, no contento con la hazaña, desperdició con dosis precisas de aburrimiento y titubeos un sexto novillo de muy buena condición que le ofreció la posibilidad de torear a gusto. En definitiva, Aguilar fue la tarde.