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Feria de Otoño
MADRID
Tarde del domingo, 8 de octubre de 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victorino
Martín, 1º, inválido intolerable y 6º, topón deslucido, mal
presentados; resto bien presentados, con casta, emocionantes, dificultosos; 4º,
noble.
Diestros:
-
Luis Francisco Esplá,
pinchazo y estocada corta (silencio); estocada corta tendida caída
(oreja).
-
Eulalio López "El Zotoluco", pinchazo hondo y rueda de
peones (ovación y también pitos cuando saluda); tres pinchazos y dos
bajonazos (pitos).
-
José
Luis Moreno,
media estocada tendida, rueda de peones y tres descabellos
(silencio); dos pinchazos y estocada (silencio).
Picador que destacó: el picador Efrén Acosta fue
largamente ovacionado por su actuación en el 5º.
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo,
ABC
El
País. JOQUÍN VIDAL. Estampas
de la tauromaquia eterna
Salió un primer victorino que era una vergüenza por sus enjutas
hechuras y por su perniciosa invalidez y estábamos en la tónica de la moderna
tauromaquia; la de la corrupción, la mediocridad y el desesperante
aburrimiento. Alguien propuso irse, alguien se iba a quemar a lo bonzo: ¡Oh,
no! ¡Con los victorinos, no! Pero pasado el trance del victorino
tirilla e inválido la tauromaquia fue restablecida en sus justas esencias. Y
hubo toreros con mando en plaza que supieron resucitar algunas de aquellas añejas
estampas que la alzaron a la gloria y la llevaron a la eternidad.
Sin el toro no habría podido ser. Aficionados al moderno estilo se andan
ahora con que hay un torero de la otra galaxia. Lo ves torear al natural o pegar
la manoletina y oh, si, es de otra galaxia. Disimulando lo de la manoletina, que
inventó Llapisera y había sido desterrada de la fiesta por bufa, a uno se le
ocurre preguntar por el toro, cómo era. Y entonces los enfervorizados galácticos
carraspean, "bueno" -conceden- "embestía como una oveja, pero de
haber embestido como un toro el ídolo de la galaxia le hubiera dado los
naturales y las manoletinas igual".
El movimiento se demuestra andando, pero en fin.
El movimiento y la torería, y la enjudia de las más caras suertes se
demostraron con el toro victornio, de trapío ya irreprochable a partir
del segundo y con una casta brava que les permitía vender caras sus vidas.
Zotoulco firmó la primera estampa de la tauromaquia eterna. La faena de muleta
que realizó, a toma y daca, no logró dominar la encastada embestida y el toro
le pegó una voltereta tremenda seguida de un impresionante palizón. Repuesto
Zotoluco, montó la espada, entró en corto y por derecho y cobró un pinchazo
hondo en la yema que tiró al victorino sin puntilla. Un volapié tal
cual dictan las normas de la tauromaquia clásica.
Luis Francisco Esplá es paradigma de la torería en todos los lances. Aunque
no siempre al lidiar pues a veces su técnica lidiadora riñe con la lógica. Si
el toro (caso del tullido primero) en un encuentro con el caballo ha denotado
mansedumbre, a qué viene colocarlo allá en las quimbambas y esperar a que se
arranque si le da la gana, que no le dio.
El cuarto sacó un trapío apabullante. Plantarle cara ya tenía mérito y
Esplá lo lidió con serenidad y sabiduría. Recordaba a Antonio Bienvenida. No
es la primera vez... Aquella faena de Esplá al Miura Dadito en Valencia,
a un servidor le recordó también el toreo de Antonio Bienvenida
Luis Francisco Esplá no es que imite a Bienvenida -qué va- pero en ambos
alienta la misma concepción del arte de torear y la esencia que derraman es
similar. Décadas atrás no se hubiese notado tanto pues casi toda la torería
andaba a lo mismo. Sin embargo con la tauromaquia corrupta y bufa que hoy domina
y sus sensaciones galácticas, que llegue un torero derramando las esencias de
la tauromaquia eterna pone a cien los corazones y golosos los paladares.
Las derramó Esplá con las trincheras y los cambios de mano, con los
naturales de frente, con la suavidad de los redondos en el toro de apabullante
envergadura, que había brindado, precisamente, al hermano de Antonio
Bienvenida, Ángel Luis. Todo un símbolo.
Los victorinos no es que viniesen de dulce. Los de José Luis Moreno,
derrotaban y se revolvían fieros, descomponiendo al torero, que no encontraba
recursos para salvar aquellas intemperancias. El que hizo quinto sacó también
una agresividad que descontroló a Zotoluco. No obstante la lidia de aquel toro
dio ocasión a otra estampa de la tauromaquia que permanecía perdida en la
noche de los tiempos. La revivió el picador mexicano Efrén Acosta. Haciendo la
suerte de frente, manteniendo en alto la vara para tenderla justo en el momento
del embroque, consumó tres puyazos de antología y puso a la plaza en pie.
La plaza en pie, aclamando a un picador. La emoción del toro íntegro. El
arrebato estético de las suertes ejecutadas en pureza... Tal es la fiesta única.
Sólo para toreros auténticos. Quizá por eso, los que no, la quieren tirar a
la basura.
El Mundo. JAVIER VILLÁN. Un
picador y la oreja de un homenaje
Esplá yendo a abrazar a Angel Luis Bienvenida mientras el toro agonizaba de
pie en los medios y tres varas memorables de Efrén Acosta a un toro memorable:
momentos estelares de una tarde de toros. Agonizaba el cuarto victorino, se
resistía a la muerte, la boca cerrada como si retuviese en ella la vida. Y Esplá,
desentendido, reclamaba la salida a la arena de Angel Luis a quien había
brindado. No sé qué le diría cuando le abrazó y recogió la montera; mas la
faena, los adornos, los remates, la pureza del cite había tenido sabor
bienvenidista. No digo que fuera bienvenidista, sino que tuvo sabor: limpieza,
gracia, torería. Y sentimiento a raudales, envuelto en una técnica depuradísima.
Y sentido de la colocación. Y brevedad: dos tandas de redondos con ritmo y
aroma sin romper al toro; dos series de naturales citando de frente y manejando
la muleta con la suavidad de un ala. Torero estuvo Esplá toda la tarde, y
oportuno.
El primer toro de Victorino Martín tenía el esqueleto tan quebrado como
muchas de las ruinas de tardes precedentes. No menos de cuatro o cinco veces se
fue al suelo con estrépito y escándalo antes de las banderillas. Era un toro
para la muleta, no la muleta de torear, sino la ortopédica, la de apoyarse los
rencos y estevados. Pero era un victorino y, además, en el palco estaba el señor
Lamarca. Con eso está dicho todo. Ante las continuas costaladas y
genuflexiones, Esplá tiró por la calle de en medio y se lo quitó de delante.
Había toreado bien a la verónica el alicantino, rematando con media a pies
juntos y otra media abelmontada.
Blandeó el segundo, pero se tuvo en pie y empujó en varas. Blandeó aún más
en el suave quite por delantales de Moreno. En banderillas, quite de Esplá muy
bien colocado. Toro encastado y flojo, para llevarlo entre sedas y algodones,
especialidad que no parece ser la de Zotoluco. Descubrió el mexicano la
vibrante bondad del pitón izquierdo y, a trancas y barrancas, enjaretó dos
series de naturales que, si no otra cosa, descubrieron la bravura del animal.
Toro de Puerta Grande, de fuerzas justas y de casta clara. Se descuidó el
aguerrido torero de México y se llevó la gran paliza; el toro fiero tiraba
derrotes, mientras Zotoluco rodaba ovillado entre cuernos y pezuñas. El quinto,
el más bravo de la tarde derrotó en toda regla a Zotoluco.
Las bellas verónicas de José Luis Moreno y la leve pincelada del remate,
tuvieron efectos venenosos. El victorino empezó a blandear y trastabillear.
Tres entradas al caballo no demasiado cruentas, pero demoledoras para la poca
fortaleza del toro; primoroso y añejo quite de Esplá para poner al bicho en
suerte. A mitad del pase el victorino tiraba el tornillazo o rebañaba. El
victorino se puso imposible y Moreno lidiador, con muchas fatigas pero con
decoro. Y no fue mejor el sexto: los dos garbanzos negros de la corrida. Los
dos, aunque flojos de remos, querían comerse. Y se lo comieron. La fragilidad
de José Luis Moreno se estrelló contra aquella tormenta de tornillazos,
parones, frenazos y rebañones. No sé qué hubiera pasado si esos dos toros,
tan poco claros, hubieran estado en la plenitud de sus fuerzas. Flojos y todo,
llevaron de cabeza al matador que perdió los terrenos y pinchó repetidamente.
Se la jugó en la última estocada, cuando el victorino le esperaba, y dejó un
eficaz espadazo defectuoso.
La tarde, pese a ese inválido primer animal, tuvo sabor y color de
Victorino. Una corrida variada, con toros de notable bravura y toros de
insalvables dificultades. Los victorinos blandearon. Descubrieron la inoperancia
y las insuficiencias técnicas del mexicano Zotoluco que ha cumplido una
laboriosa temporada en España. Descubrieron también la fragilidad de un
estilista, José Luis Moreno y la torería de Esplá. Y tres varas clamorosas,
de un gran picador que sabe torear a caballo y tirar la vara, y no buscar carne
cuando el toro se ha estrellado en el peto: una del lección del picador Efrén
Acosta.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Esplá y el picador Acosta rindieron tributo a Antonio Bienvenida con su torería
El callado y descubierto paseíllo de los tres matadores y sus cuadrillas
prologó un minuto de silencio en memoria de Antonio Bienvenida, roto por un auténtico
y sentido viva. Era el colofón a una intensa jornada de homenaje al maestro de
la calle General Mola 3.
Con el cartel de «no hay billetes» en las taquillas, se esperaba a la
corrida de Victorino Martín como la redención, como el dulce que quitara tanto
amargor. Pero, de entrada, el victorino que abría plaza se caía igual que los
vulgares toros de días pasados. Nadie daba crédito, no podía ser, los
victorinos también por los suelos. Ante las incesantes protestas, Esplá liquidó
pronto la cuestión, apenas sin ponerse delante. Atrás quedaba un saludo
capotero de alta nota y un sabroso galleo por chicuelinas.
El maestro de Alicante enmendó el curso de la tarde con el imponente y noble
cuarto. Como siempre, lidió con sabiduría, yéndose las tres veces que colocó
al bruto en suerte por el cuello del caballo. El tercio de banderillas no lució
por su eficacia, y un par de palos cayeron en la arena.
Brindó a Ángel Luis y evocó la figura de Antonio con la naturalidad y el
garbo en el paso, con una torería inconfundible en su clasicismo. Los
derechazos fueron acompañados por el ritmo de la cintura, suaves, sin una sola
brusquedad; los naturales, de uno en uno, a pies juntos y de frente, cruzado,
cautivaron todos los paladares. Nostalgias de muchos, recuerdos, muchos
recuerdos, con una airosa salida de la cara del toro y con aquella vuelta para
cerrarlo en la raya. Veinte muletazos, veinte, y la elegancia. Para qué más.
La defectuosa colocación del espadazo delantero pasó desapercibida para que
cuajara la merecida petición del trofeo.
El picador mexicano Efrén Acosta se sumó al particular tributo de Esplá
con otra actuación torera ante el encastado quinto. Movió el caballo con lógica
para provocar las arrancadas y manejó el palo con peculiar estilo, hundiendo la
puya arriba. Acosta, que ya en la pasada Feria de Julio de Valencia puso la
plaza en pie, repitió hazaña: Las Ventas se volcó. Incluso debió saludar
castoreño en mano. ¿Por qué no?
Sin embargo, El Zotoluco, su matador, no tuvo un día feliz. Su primero, con
unas hechuras preciosas, portaba una Puerta Grande en el pitón izquierdo,
aunque le faltaba un punto o más de fortaleza. Entre la falta de acoplamiento y
un regreso precipitado a la mano derecha, tras dos tandas zurdas de desigual
tono, la cosa se difuminó. Cuando volvió al natural, sufrió una dura
voltereta: el victorino le buscó en el suelo con bravura y poco tino. Al final,
las palmas más intensas sonaron para el animal en el arrastre. No se recuperó
ante el quinto, que le desbordó en todos los frentes. Y eso con tres puyazos
como tres soles en todo lo alto. Estuvo breve, sin complicarse la vida.
Un lote imposible y peligroso correspondió a José Luis Moreno, que resolvió
sin perder la compostura ni el valor. Un par de verónicas con empaque fue su
balance.
La victorinada remontó el titubeante inicio. La leche en bote al lado de
tardes anteriores.
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