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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del jueves, 8 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Dolores
Aguirre, de presencia y juego desiguales. 1º y 2º, discretos y
flojos. 3º, discreto, bravo y noble. 4º, aceptable y manso. 6º, bien
presentado y con problemas. En 5º lugar, dos sobreros de Carlos
Núñez, uno devuelto por inválido y otro mansurrón.
Diestros:
-
Miguel Rodríguez,
media atravesada y descabello (silencio); tres pinchazos,
metisaca en los bajos -aviso-, pinchazo, falla el puntillero y, por
fin, se echa el toro (algunos pitos); tres pinchazos y estocada
atravesada (silencio).
-
Víctor Puerto, aviso
con retraso antes de matar, estocada caída a un tiempo, rueda de peones y
se echa el toro (aplausos y también pitos al saludar); aviso
antes de matar, pinchazo, media estocada, rueda de peones y descabello (aplausos
y también protestas al saludar).
-
El
Califa, estocada tendida y caída (dos orejas); cogido durante
la faena de muleta, pasó a la enfermería (vuelta de su cuadrilla).
Incidencias: El Califa sufre dos heridas en el muslo
izquierdo y otra en la mano derecha, con contusiones y erosiones múltiples, de pronóstico
menos grave.
Entrada: Casi lleno.
Crónicas de la prensa: ABC, El
País, El Mundo
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Madrid. El Califa conquista el trono
de Madrid
Algún día tenía que ser. Algún día debía ocurrir el suceso del
toreo, aunque fuera cubierto de sangre a última hora. Tal vez ya el destino había
marcado de antemano la fecha de ayer. La espera se nos ha antojado larga, pero
ha merecido la pena: El Califa ha conquistado el trono de Madrid con una faena
muy verdad, muy pura y auténtica y otra que murió a medio camino con la
cornada ante el sexto. La emoción recorrió los tendidos como un reguero de pólvora,
como una conexión eléctrica que provocaba el ole colectivo. El gentío se
levantaba como impulsado por un resorte. El peregrinaje ha sido árido hasta
alcanzar semejante momento.
Enfrente del joven torero de Játiva hubo un gran toro, un ejemplar bravo
dentro de la mansedumbre general derrochada por la corrida de Dolores Aguirre,
una mansada móvil, que sirvió en gran medida para la muleta. Y además, para
satisfacción de la ganadera bilbaína, ha sido éste el único toro desorejado
a lo largo de treinta días, todo un desierto.
El Califa arrancó la faena con un pase cambiado por la espalda, también
denominado péndulo. Y apenas sin rectificar enjaretó una serie de derechazos
en un palmo de terreno, sobre un azulejo, como los chotis chipén. A esta tanda
siguió otra de mayor intensidad, igualmente rematada con un pase de pecho para
la eternidad, para gozo de la afición. Fue al natural cuando resquebrajó los
cimientos de la Monumental con un toreo lento, estático y ligado, con la muleta
a rastras y la cintura tronchada, rota, antes de hilvanar con el obligado, pese
al parón y a la duda del bicorne. Y la plaza loca, ronca, rendida a este califa
de Játiva, conquistada por otra media docena de zurdazos de calidad, naturales
despatarrados, en los medios, donde se desarrolló toda la faena.
Un respiro dio para coger la espada; un alivio para la congestión que sufríamos,
para el toro que no se había cansado aún de repetir, como demostró en las
dobladas finales, genuflexo el torero, que vaciaba los viajes por debajo de la
pala del pitón, con una plasticidad pasmosa, entre el poder y la finura.
Pañosa de seda
Pañosa de seda en la mano izquierda de El Califa, látigo
dominante, muñeca elástica. La espada había rubricar la gran obra, no podía
fallar. Se perfiló lejos, con metros de por medio, y ejecutó la suerte con los
tiempos irregularmente marcados, mas a tumba abierta. Los pitones maracaron su
señal en la chaquetilla: el diestro salió rebotado, sin muleta y con el
objetivo cumplido: el acero se había hundido arriba, o casi. Un par de centímetros,
quiza menos, no debían robarle el triunfo de Puerta Grande, la gloria. La
petición fue como las últimas elecciones, abrumadora; sólo que ayer nadie
perdía, no había oposición ni derrotada oposición, porque el pupilo de
Aguirre, doña Dolores, también se erigía como ganador. Dos orejas cayeron en
las manos jóvenes del torero, que abrazó emocionado al alguacil.
Odiamos el ya lo dijimos, pero ya lo dijimos en Valencia. No es jugar a
listos. En Fallas ya había levantado José Pacheco el hacha de guerra y había
llamado la atención. Ahí están las hemerotecas.
Se proponía redondear la tarde, y no pudo ser. Cambió una puerta por otra,
una Puerta por la enfermería, cuando ya sometía al último enemigo sobre la
zurda. Perdió la fotografía de la salida a hombros de Madrid, en San Isidro.
Aldabonazo al toreo, a los despachos de los empresarios que aún mantengan
abiertas las ferias de estío.
Víctor Puerto no tocó pelo y sin embargo es uno de los matadores que salen
reforzados del ciclo isidril. Planteó en los medios una sólida faena al manso
y rebrincado segundo, consiguiendo derechazos de enorme mérito. Su quehacer no
acabó de romper definitivamente y pasó las de Caín para cuadrar a su gazapón
oponente.
Hasta tres veces se fue a portagayola luego para recibir al quinto y los dos
sobreros de Carlos Núñez que le suplieron. Hubo una nueva muestra de valor y
reposo con el zambombo núñez para sacar muletazos largos en una obra maciza y
de lento transcurrir.
Miguel Rodríguez no está. Poco más cabe decir, sólo que hasta que se rajó
el cuarto y surgió el viento dejó redondos para anotar. Y punto.
El País. LUIS MORCILLO, Madrid. Triunfo
y cogida de El Califa
La luz y la sombra de la fiesta han caído sobre los hombros de El Califa. Un
rayo de luz al haberle cortado las dos orejas al tercer toro, el único de la
corrida al que se pudo torear sin tener que andar pendiente de resolver
dificultades. El frío de la sombra, al ser cogido por el sexto, a la salida de
un pase de pecho, suceso nada extraño si se tiene en cuenta que el torero de Xàtiva
se planta delante de los morlacos sin miedo a las dificultades y sin rehuir ese
sitio en el que los toros dan cornadas.
La luminosidad le vino con su faena a su primer toro, que, aunque ante el
capote se revolvió por ambos pitones, tras dos buenos puyazos con mucho
castigo, se quedó hecho un guante. Llegó a la muleta el toro con un son
extraordinario y El Califa inició su faena con unos pases en los que se quedó
muy quieto, como tampoco rectificó posturas ni se le fue un pie durante todo lo
que siguió después. Y lo que siguió fueron dos tandas de naturales en las que
hizo girar al toro sobre la pierna izquierda. En la segunda brilló, por encima
del resto, un natural lento e interminable aguantando una barbaridad el apretón
que le hizo el astado. Los ayudados por bajo con que acabó el trasteo, los podría
haber firmado su paisano Enrique Ponce, tales fueron la largura, la estética y
el temple, sobre todo cuando se cambió el engaño de mano para prolongar la
embestida y hacer doblar al toro.
El toro fue excelente, no cabe duda. El público pidió para él la vuelta al
ruedo, que el presidente no concedió. Pero esta clase de toros pueden descubrir
a los malos toreros, que se pierden con ellos en una ensalada de pases. El
Califa no se perdió y ganó el doble trofeo, aunque la segunda oreja puede ser
discutida si se tiene en cuenta la defectuosa colocación de la estocada.
Quiso repetir El Califa con el último la apoteosis del tercero. El toro tenía
más de bronco que de suave y El Califa, con aguante y destreza y también con
algún regate para evitar los hachazos, volvió a torearlo con la mano izquierda
sin importarle en absoluto el peligro de la res, que terminó por mandarlo a la
enfermería.
Si El Califa anda ya subiendo los peldaños de la gloria, Miguel Rodríguez
se cruza con él en la escalera, pero en sentido contrario. El torero de Madrid
atraviesa un bache evidente. No sabemos por qué causa un diestro al que le
hemos visto otras veces con suficiente capacidad lidiadora anda ahora de cabeza
con los toros. El primero de la tarde, aunque estaba flojito, metía bien la
cara y Miguel estuvo agobiado y aperreado con él. Muchos pases con la derecha,
faltos de dominio porque el torero estaba más pendiente de lo que tenía que
hacer con los pies que de emplear acertadamente la muleta con las manos.
Fue el cuarto un toro mansote pero que iba y venía sin problemas. A Miguel
Rodríguez le faltó ponerse en el sitio y su faena desacoplada y despegada no
calentó los tendidos. Miguel ha tenido poca entrega y debe reflexionar sobre su
futuro.
A que la corrida terminara a las tantas contribuyó mucho Víctor Puerto, que
se empeñó, con tozudez, en hacer las cosas que eran imposibles.
En ambos toros le tocaron un aviso antes de entrar a matar y no se concibe cómo
un torero al que tal cosa le sucede no es corrido después a gorrazos por el público.
En vez de correrlo, hicieron que saliera a saludar. Absurdo e ilógico premio a
lo pelmazo que había estado.
El colmo de la tozudez llegó con los tres toros que salieron en quinto
lugar, a los que se emperró en darles la larga cambiada frente a toriles a los
tres. Después, con ese quinto que tardeaba y manseaba, estuvo intentando hacer
un quite por gaoneras a medio capote, a pesar de que el bicho le apretaba y le
hacía correr.
Con el segundo nos demostró que desconoce en qué terreno se puede parar el
gazapeo y con el quinto hizo una faena larga e innecesaria que el toro no merecía.
El Mundo.
JAVIER
VILLAN. Madrid. Los
dioses no perdonan al Califa
Los dioses no perdonan; los dioses no toleran que un simple mortal invada sus
dominios. Y eso fue lo que hizo ayer El Califa toreando por naturales.
Y los dioses, no el toro, le pegaron la cornada. ¿Por qué le pegan tanto
los toros a este torero? No lo sé. Acaso porque se queda ensimismado después
de un muletazo. Otra vez la tragedia y el triunfo en la misma moneda; otra vez
pagar con sangre haber tocado la gloria con los dedos. Se quedó en la cara
después del pase de pecho tras una inmensa tanda de naturales: larga la serie
y larga cada unidad de la misma. Había bordado el natural El Califa: el
hondo, el misterioso, el emocionante natural, base y fundamento de toda
tauromaquia.
Nadie, ni siquiera los dioses vengativos, podían quitarle ya la gloria de
la Puerta Grande; esta vez sí, esta vez sí que hay, por derecho propio, dos
puertas en una misma tarde: la Grande y la de la enfermería. Feo gesto el de
Rodríguez intentando un lucimiento que no había tenido antes.
El Califa, nombre moro, media luna insurgente y pagana, ha puesto boca
abajo a toda la cristiandad taurina de Las Ventas. No sé qué dirá la morería
del califato, pero los pendones cristianos andan desplegados y al galope en
una rendición incondicional: así se torea. Madrid, castillo famoso que al
rey moro alivia el miedo (Moratín) ha hecho fiestas y habrá hogueras en
honor de un tal José Pacheco, apodado El Califa, que dio ayer un golpe de
mano y refrendó lo que desde hace algún tiempo venía anunciando: que en el
toreo al natural no es que sea El Califa de Xátiva, sino que es el emperador
de Bizancio.
Una enumeración de los muletazos y las tandas sería en detrimento de su
intensidad y su hermosa garra; una tanda de cinco naturales, acaso cuatro, por
que luego no digan, es lo que más intensamente perdura en la memoria.
Obscenidad pura y bella de tan cerca como se pasaba al de Dolores Aguirre.
Alcanzó El Califa con la izquierda las excelencias del buen toreo que había
dibujado con la derecha; se rebozó, se arrebujó, se embraguetó cargando la
suerte: gloria in excelsis Deo. El toro, pura gloria en la muleta e incierto
en el capote, fijo en varas, empezó a pregonar sus virtudes en la apertura de
faena: un estatuario por detrás y otro por delante en el mismísimo platillo.
El cierre de faena fue por bajo: largos ayudados torerísimos y un monumental
pase de pecho. La estocada, defectuosa pero letal.
Yo creí, tras el primero, que Miguel Rodríguez no tenía arreglo. Y, a lo
peor, no me equivoqué. El buen ritmo alcanzado con la derecha decreció al
natural.
Los enganchones en la primera tanda quitaron importancia a la segunda,
corta; y enfrió unos ánimos muy calientes que volvieron a acordarse del
Califa. Se enfriaron los ánimos, se enfrió el toro, se enfrió el torero,
que había templado muy bien por redondos.
Cuatro toros le salieron a Víctor Puerto, y a los cuatro, o por lo menos a
tres, los recibió de rodillas, frente a toriles, con largas cambiadas. Le
devolvieron dos, aunque los rodillazos ya no se los quita nadie. Volvió a
ensayar Víctor Puerto la gaonera a capote plegado, o sea que le sobraba la
mitad del capote. Dado cómo se manifestó, yo creo que le sobraba el capote
entero.
Tras el peregrinaje por las tablas, su primero, un manso integral, se
remansó en los medios y allí Víctor Puerto demostró sus ganas de levantar
cabeza y, sobre todo, que la larga campaña preparatoria para llegar a Las
Ventas no ha sido agua de borrajas: empeño vano. Mediada la faena, tras
meritoria labor por la derecha, le cortóel viaje un par de veces al toro de
Dolores Aguirre. Recomenzó con un pase cambiado por detrás y, después,
nuevos cortes que parecían cortes de manga. Y entonces el toro se puso
imposible y andarín. No hallaba Víctor Puerto forma de pararle ni de meterle
la espada.
Coraje y seriedad de Víctor Puerto en el sobrero. Voluntad, valor. Tuvo el
castigo de sus picardías, pues hizo muy poco por mantener en pie al blando
colorado de Aguirre. Y el sobrero le salió peor. Con todo, no se le puede
negar voluntad de triunfo y momentos de torería. Pero cuando los hados se
ponen en contra, es difícil plantarles cara.
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