|
|
|
Feria de Otoño
MADRID
Tarde del sábado, 7 de octubre de 2000
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: 1º Carmen Segovia, terciado manso.
2º Guadalest, sin trapío, inválido,
devuelto. De Martelilla: primer
sobrero, flojo, noble y 5º, tercer sobrero, con presencia, sospechoso de
pitones, inválido, protestado, en sustitución del de Valdefresno, con trapío,
inválido total, devuelto. 3º Gavira,
sin trapío, inválido, devuelto . De Los Eulogios: segundo sobrero, inválido
total, protestado ruidosamente; 6º, bien presentado, sospechoso de pitones,
flojo, manejable. 4º, de Guardiola
Domínguez, terciado, inválido, noble.
Diestros:
-
Víctor
Puerto, único espada: bajonazo perdiendo la
muleta (algunas palmas); pinchazo perdiendo la muleta, otro bajo, bajonazo y
rueda de peones (silencio); estocada corta baja y dos descabellos
(silencio); estocada trasera caída (silencio); estocada desprendida
(silencio); estocada (silencio). Despedido con división de opiniones.
Entrada: cerca del lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo,
ABC
El
País. JOQUÍN VIDAL.
Un
fracaso sin paliativos
La decisión de Víctor Puerto de encerrarse con seis toros en Madrid
constituyó un fracaso. Y lo peor es que no se le encuentran paliativos. No es
que estuviera mal -que lo estuvo- sino que no se le apreció ningún recurso
fuera del habitual capoteo y muleteo de ir por casa, ningún atisbo de arte,
ningún vislumbre de torería. Acababa de lidiar Víctor Puerto al primer toro y
la corrida había perdido todo su interés.
Y eso que el primer toro fue el único emocionante de la corrida. No por
bueno sino por entero. Toro manso duro de pezuña, que seguramente se habría
rendido a una muleta poderosa; allí inexistente, por cierto. Y cuando le dio la
gana se puso a mirar a su querencia y escapó a ella, acabando de deslucir la
menguada faena.
¿Las espadas quedaban en alto al arrastrarse a ese primer toro? No está uno
muy seguro. En los tendidos ya cundía el desánimo y se alboró al aparecer el
segundo, que no tenía trapío y era impresentable. A las protestas de los
aficionados, el público en general y los militares sin graduación, Víctor
Puerto correspondió acentuando su pinturería. Arreciaban las protestas y el
torero sobreactuaba componiendo esas posturas cañí con que los coletudos
pretenden remedar el arte.
Menuda la hizo. Los antes aludidos tomaron a intolerable menosprecio aquellos
alardes con el toro de la risa (acaso de la burla) y ocurrió que se generó un
lamentable esperpento cuando el toro empezó a desplomarse cada vez que el
artista intentaba darle un lance. Fue la primera de las tres devoluciones al
corral que hubo, y si no alcanzaron el doble se debió a que el presidente o no
se enteraba o no le daba la gana.
A partir de aquí Víctor Puerto tenía difícil la papeleta. El pundonor, la
torería, la razón por la cual se había encerrado con seis toros en Madrid,
tenía que demostrarlos. Y en la palestra, con el toro, tenía que ser. Ahora
bien, no hubo toro (se seguían cayendo); y cuantas acciones desplegó Víctor
Puerto en los distintos tercios -aparte ciertos pases cambiados- no pasaban de
ser las propias de los mediocres pegapases, por añadidura afeadas al manejar
los aceros pues los hincaba artero por los costillares.
Al toro de Guardiola, que hizo cuarto, sorprendentemente le inició la faena,
de rodillas, por derechazos. Ocho y el pase de pecho dio en el tercio con
irreprochable templanza. La belleza de la tanda servía de revulsivo. Parecía
el momento. Ahora iba a ser. Puerto se llevó el toro a los medios con pases de
tirón y al instrumentar un derechazo de poco sufre cornada. Repitió y se le
coló el guardiola. A la tercera un pitonazo le agujereó la taleguilla.
El toro donde iba pastueño era en el tercio pero el torero se empeñó en
hacerle faena en los medios, pese a sus infaustos resultados, porque ésa es la
moda. A un servidor que le demuestren por qué todos los toros de la vida han de
torearse en los medios.
El quinto, tercer sobrero, de Martelilla, estaba inválido hasta el escándalo.
El sexto, de Los Eulogios, lo protestaron los aficionados, el público en
general y los militares sin graduación por sus escobilladas defensas mas nadie
les hizo caso. El toro, flojo como todos, no era un borrego y sacó genio por el
pitón derecho.
Mediada la faena, Víctor Puerto, que había estado abusando de los
derechazos toda la tarde, citó al natural. Se trataba de la última
oportunidad, de desesperezar bravamente la torería, de interpretar como Dios
manda el toreo verdadero. Y, sin embargo, se puso a citar con la muleta
retrasada, meter pico...
A veces uno es lo que quiere ser, y no cabe darle más vueltas.
El Mundo. JAVIER VILLÁN. Surtido
de inválidos
Víctor Puerto ha tenido un gesto al final de la temporada de octubre. Seis
toros para él solito en Las Ventas. Seis toros cuando otros andan hasta las
trancas y presentan partes médicos sobre males ficticios. Como a aquel
inolvidable personaje de Molière, a muchos toreros, a estas alturas de octubre,
podría llamárseles los enfermos imaginarios. Víctor Puerto, pues, ha tenido
un gesto después de una temporada ni tan buena como él quisiera ni tan mala
como esperaban sus detractores: simplemente de esperanzada recuperación. Esa
era la noticia; mas, en esto de los toros, nunca se sabe. Y la noticia ahora es
que un extraño virus parece haber invadido los chiqueros de Las Ventas: la
peste negra del toro, la invalidez total. Todos al suelo, todos babeantes, todos
escachifollados o casi todos. He aquí, toro a toro, el resultado de la
frustrante tarde.
Rajado y descastado el de C. Segovia; intentó darle las tablas Víctor
Puerto y el toro se desentendió y probó. En los medios, se volvió a rajar y
huyó innoblemente a las tablas. Puerto lo castigó por bajo y acabó con él de
un alevoso bajonazo trasero perdiendo la muleta.
Se devolvió el de Guadalest, que era de andares asimétricos y propensión a
la costalada. Puerto había toreado con empaque a la verónica. Tardó el señor
Muñoz Infante en sacar el pañuelo verde, confiado en que el buen son del toro
le permitiese recuperarse; pero aquello era una bravura de frágil arcilla. Se
ajustó Puerto en un quite por talaveranas y un remate belmontino; brindó al único
superviviente de la dinastía Bienvenida, Angel Luis. Y, como homenaje al
infortunado Antonio, dio el pase cambiado, el auténtico, a muleta plegada y por
delante. La gente se quedó fría, acaso por desconocimiento del lance, acaso
porque el propio muletazo resultó frío. Lo mejor, unos ayudados por alto muy
toreros y un torerísimo trincherazo. Bajonazo infame a la tercera.
Patética imagen del hermoso toro de Gavira por los suelos, despatarrado.
Cuando el señor Muñoz Infante lo devolvió, la sombra de la reciente tarde de
los 13 toros inválidos amenazaba Las Ventas. Y si no se consumó en la misma
extensión, fue porque el señor presidente no quiso. El sobrero de Los Eulogios
era una ruina y el señor Infante lo mantuvo en el ruedo contra la lógica y el
buen sentido. Eso se llama fraude a la afición, escamoteo, sustracción. Cierto
que reglamentariamente, con dos sobreros basta; pero eso debe ser cuando los
toros son razonablemente normales. El público paga por toros íntegros, y
algunos de ayer parecían miembros de un desfile de ex combatientes de la II
Guerra. Bajonazo infame y dos descabellos.
Blandeó el de Guardiola Domínguez después de una prolongadísima vara. Víctor
Puerto se echó de rodillas, toreó en redondo con buen ánimo y trató de
remontar la tarde. Dos coladas, un pisotón y un arreón acabaron desanimándolo.
Mató a la primera de estocada defectuosa.
Fue devuelto el de Valdefresno y el señor presidente se reconcilió con los
protestones, aunque volvió a indisponerse porque el sobrero no tenía mejor
pinta ni más fuerzas. Y, además, embestía sin estilo ni convicción. A esas
alturas de la tarde, a Víctor Puerto se le notaba sin ánimos ni ganas. Lo
mejor, la eficacia fulminante de la estocada un poco caída. En el sexto, otro
de Los Eulogios, blando de remos y blandísimo de pitones, Puerto estaba en
franca huida. Perdió el capote en la desbandada; mas lo peor no era la pérdida
de los trebejos de torear ante un toro que tuvo cierta movilidad y casta. Lo
peor era la pérdida del alma y el corazón torero. El toro seguía blandeando
alarmantemente antes de llegar a la muleta; a esas horas daba igual que lo
devolvieran o no; todos teníamos ganas de marcharnos a casa y Víctor Puerto el
que más. Fuera porque le fallara la rodilla o la ilusión, Puerto no vio claro
en ningún momento al eulogio. Y pese al estupendo estoconazo, todo quedó en
agua de borrajas.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Víctor Puerto perdió la moral, y la Fiesta baja un escalón más en su
dignidad
A estas alturas deberíamos estar alabando la gesta de Víctor
Puerto, el gesto de dar la cara en Madrid ante seis toros, después de una
temporada ascendente, y la gloria. Pero todo salió al revés. Puerto perdió la
moral poco a poco, hasta tocar fondo, y la Fiesta bajó un escalón más en su
dignidad tras otro desfile de toros sin fuerzas, pobres de clase y vacíos de
bravura.
Daba igual el hierro, porque igual se caía el ejemplar de
Gavira que el sobrero de Los Eulogios o el pupilo de Guadalest. ¿Qué pasa? ¿A
quién reclamar? ¿Al ganadero que cría animales enfermos o al responsable de
su compra? ¿Y los veterinarios qué dicen? ¿Y la Autoridad? La paciencia se
agota, y un día se va a montar la mundial, un escándalo de época, si es que aún
queda ánimo, ganado a pulso. Hoy, cuando Victorino Martín vuelva a ejercer de
salvavidas una vez más —eso si no defrauda a propios y extraños—, la Feria
de Otoño cerrará sus puertas con un considerable fracaso a cuestas que tal vez
signifique su desaparición en un próximo pliego de la Comunidad de Madrid.
Puerto apostó muy fuerte, y perdió. Es parte del juego. Pero
al margen de su actuación, en la plaza se palpó una frialdad manifiesta desde
un principio. Apenas arrancaron las palmas para sacarle al tercio como merecía
tras el paseíllo; la ovación resultó pobre y tímida; el saludo, también.
El primer toro, de Carmen Segovia, desarrolló un
comportamiento manso y huidizo, distraído desde su aparición en el ruedo. Huyó
del caballo y finalmente fue picado en la querencia. Puerto, que había movido
los picadores con inteligencia, se tragó un par de coladas en un quite
inconcluso. Nada más abrir la faena en el tercio, el brutó amagó con rajarse.
El torero buscó los medios, y el enemigo, las tablas. Abrevió con lógica.
Al astado de Guadalest le faltaban la presencia y la
fortaleza. Vio el pañuelo verde tras unas verónicas de nota en el saludo. El
suplente, de La Martelilla, evidenció nobleza y tranco alegre. Sin embargo,
careció de fuelle para durar la lidia completa.Hubo un quite, el quite, porque
no se repitieron más: el torero remate a las tafalleras prendió la ovación en
los tendidos.
El brindis a Ángel Luis Bienvenida, en este XXV aniversario
de la muerte de Antonio, y el cite con la muleta plegada evocaron nostalgias y
recuerdos. Fue una vaga ilusión que se difuminó con la tarde. Puerto cambió
el viaje, pero abrió la franela. El ayudado por bajo y el pase del desprecio se
convirtieron en una bocanada de aire fresco y de esperanza, por su calidad y
hondura. Todavía una primera tanda de derechazos y la apertura pendular de la
siguiente serie mantuvieron un cierto pulso. Lástima que se apagara el toro y
que por dos veces le sorprendiera sobre la izquierda.
Un sobrero de Los Eulogios —reconocida ganadería en todo el
orbe taurino e imprescindible en cualquier feria que se precie— salió tan
mermado como su antecesor de Gavira. La corrida se precipitaba a la nada.
El cuarto, apretado de carnes, lucía el hierro de Guardiola
Domínguez. Cumplió en el peto. Víctor Puerto sacó casta de la derrota que se
presentía, y de hinojos corrió la mano con temple, entregado ahora y relajada
la figura. La respuesta estuvo envuelta en la indiferencia. Recuperada la total
verticalidad, el guardiola se enteró de qué iba el asunto, y en un par de
ocasiones hizo por el matador, que no se amilanó. Es más, su labor sobresalió
del resto por su firmeza. Valió de poco, entre otras razones, porque sin
motivos se escucharon pitos, más fundamentados tras el bajo espadazo. Y es que
Puerto quiso asegurar demasiado las estocadas en el «rincón», y se pasó: en
el quinto y en el sexto apuntó más arriba y atinó con mayor mérito.
El tercer reserva, quinto bis, también de La Martelilla, emuló
a sus primos de Guisando. Y el sexto, otro eulogio, todo carnes, despidió la
debacle. Como para no volver.
|
|