GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID

Tarde del lunes, 5 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería Toros de Partido de Resina (uno devuelto por inválido), de aceptable presencia, mansos y muy flojos. 5º y 6º, inválidos. 2º, sobrero de Criado Holgado, escurrido de carnes, manso, descastado.


Diestros
: 

  • José A. Campuzano, dos pinchazos y estocada (silencio); pinchazo, media y tres descabellos (silencio).

  • El Tato, cuatro pinchazos, metisaca, pinchazo y estocada (algunos pitos); dos pinchazos, media delantera y atravesada y descabello (silencio). 

  • Juan J. Padilla, estocada al encuentro (oreja); media y dos descabellos (silencio).

Entrada: Casi lleno

Crónicas de la prensa:
ABC, El País


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Madrid. Debacle y decepción de los pablorromeros

Mantenella y no enmendalla es de zotes. Como aquí no se pretende la tozudez, vaya una aclaración: cuando hablábamos en la crónica de ayer de que el toro de Adolfo debió probarse una vez más en el caballo decíamos «tercer encuentro» en lugar de un cuarto, pues tres fueron las veces que entró al caballo. Ahí queda la rectificación, que a estas alturas de Feria han de disculpar.

Otros que salvaron la plana del día anterior fueron los responsables de autorizar un minuto de silencio por el vil asesinato de Jesús María Pedrosa. De silencio en silencio vamos, mes tras mes, muerte tras muerte, ¿y de qué vale?

La tarde arrancó como un funeral y desapareció sin dejar ningún rastro de alegría. Almas mansas eran los pablorromeros de Partido de Resina; cuerpos de desigual presentación, algunos guapos, los menos. Blando trote cansino el de unos toros históricos que ni fueron fieles a su historia ni a su tradicional belleza. Decía su representante —ahora los toros, como Julio Iglesias, tienen su mánager—, que habían escogido la corrida más por nota que por volumen. Pues se han lucido, porque además de privarnos, en conjunto, de la hermosa y clásica lámina que lucen los pupilos del histórico hierro no dieron una en el clavo: o lo cuadernos de campo guardan datos equivocados o la apuesta ha sido una absoluta debacle.

Si alguno se salva de la quema ese es el primero. Pero le tocó en suerte a José Antonio Campuzano, que anda de recogida, como también confirmó ante el parado cuarto.

Otro que se libra del desastre es Juan José Padilla, que se mostró muy valiente con el manso —vaya tela la ovación que le pegaron en el arrastre tras dar toda una exhibición de mansedumbre en todos los tercios—. A portagayola recibió a su enemigo, y repitió casi en los mismos terrenos una larga cambiada, todavía más meritoria que la anterior porque no dudó ante un frenazo del pablorromero.

Luego, el llamado «Ciclón de Jerez», se templó por verónicas valientes en los medios, de mando y poderoso trazo, especialmente por el pitón izquierdo. Banderilleó con espectacularidad, en un tercio donde la cuadrilla —mala tarde también para el peonaje en general— dio el cante con intervenciones a destiempo. Brilló con mayor intensidad un par de poder a poder; el resto, como el tercio ante el sexto, ventajista y bullidor.

Padilla muleteó persiguiendo siempre la ligazón. Su faena se situó por encima del comportamiento del bruto, que no humillaba nunca, con la cara por las nubes. Abrochó muletazos por alto con quietud. Como se tiró a matar con fe, quizá aprovechando el imprevisto viaje del enemigo, y como la espada se hundió en todo lo alto, se aseguró la oreja en esta improvisada suerte al encuentro. La larga agonía del pablorromero equivocó al personal, que suele identificar esta resistencia a la muerte con una errónea bravura.

No remató su actuación Padilla,aunque de nuevo arriesgó en el saludo de hinojos en la puerta de toriles. Este último, sin cara ni presencia, daba pena, flojo y descastado, «redondeó» la corrida escogida con «esmero».

El Tato apechó con un manso sobrero de Criado Holgado, deslucido y sin fijeza. Derribó dos veces con estrépito. El maño nunca se confió y estuvo francamente mal; con el débil quinto quiso arreglar las cosas a base de cantidad. Como Campuzano, fue despedido con una sonora pita. Ambos están como para pensárselo.

La tarde pasará a la historia de la nada. Repetimos por segundo día: urge una renovación entre los «legionaros» del escalafón, porque lo que hay no vale ni para formar un tercio.

 

El País.
LUIS MORCILLO, Madrid.
Una birria

"¡Tooros, tooros!". El grito de guerra del tendido 7 saltó como un trallazo durante la lidia del sexto, una birria con los pitones de juguete. Que en una corrida en la que van saliendo por la puerta de toriles unos toros que hasta hace tres años pertenecían a la legendaria divisa de Pablo Romero el tendido 7 tenga que lanzar el clarín de su grito de guerra no deja de resultar chistoso, absurdo, paradójico y, si quieren ustedes, surrealista.

Pero los aficionados tenían razón. Allí no había un toro, teníamos una birria. Una birria pobre de cabeza, inválida, a la que Juan José Padilla andaba dándole mantazos con el capote por todos los terrenos de la plaza.

Antes habíamos tenido más birrias. Un total de cuatro más, porque el sobrero de Criado Holgado más que birria fue un espantajo. Tuvimos dos toros debiluchos, aborregados y bobos, que correspondieron a José Antonio Campuzano. Tuvimos un toro manso, que anduvo durante toda su lidia con la cara alta parándose y con pinta de no tener ni idea de dónde se encontraba. Y tuvimos un inválido más, que hizo quinto, al que El Tato se empeñó en torear, empeño imposible, porque hasta el más iletrado sabe de sobra que los tullidos no se pueden torear. Vaya favor que le han hecho esos señores que dicen que quieren mantener la semilla de Pablo Romero a los tres toreros de la terna.

Nadie exigió a José Antonio Campuzano que hiciera faena a los dos bovinos estúpidos que le tocaron en suerte porque hubiera sido pedir ciruelas al ciprés. Le embistió el primero con poquísima fuerza y mucha sosería y Campuzano se lo fue llevando con la muleta muy templadito, muy despacito, pero aquello no podía gustar a nadie y nadie se entusiasmó. Lo mismo le ocurrió con el cuarto, un toro tonto de baba y medio muerto. Más parecía oveja de dulce redil que bravo toro de lidia.

A Juan José Padilla le correspondió un bicho que, tras mansear en el caballo, se dedicó a corretear sin rumbo fijo y con la cara alta. Torear con lucimiento aquel regalito era imposible, pero Padilla se empeñó en hacerlo y optó por quedarse quieto y dejar que el andarín le pasara los pitones por debajo de la barbilla. Aguantó al manso sin pestañear y le dieron una oreja que no pasará a la historia.

El Tato pretendió parar al fugitivo manso a derechazo limpio. Vano empeño, claro. Por su desconocimiento de otros recursos habría que castigarlo cara a la pared.

 

 

 

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