GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID

Tarde del viernes, 2 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Domingo Hernández, (tres, rechazados en el reconocimiento), bien presentados. 1º y 3º, bravos y encastados. 5º, flojo y manso. 2º y 6º, de Garcigrande, flojos y encastados. 4º, de El Torreón, devuelto por inválido. Sobrero de Santiago Domecq, aceptable y peligroso.

Diestros:

  • Zotoluco,  pinchazo y estocada corta desprendida (algunos pitos); estocada corta caída (palmas).

  • Rivera Ordóñez, estocada corta caída (ovación con algunos pitos al saludar); estocada corta caída y atravesada y descabello (aplausos y también protestas al saludar).

  • Miguel Abellán, media y descabello (oreja); pinchazo y estocada caída (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.

Incidencias: Miguel Abellán fue asistido de herida de 15 centímetros en el muslo derecho de pronóstico leve.

Entrada: Lleno

Crónicas de la prensa:
ABC, El País


ABC. VICENTE ZABALA. Madrid. Abellán apuesta la vida para ganar la gloria 

A apostar la vida. A eso vino Abellán a Madrid. A jugarse el todo por el todo. O blanco o negro. No valían las medias tintas, las mismas que pesan como un lastre sobre esta Feria. La Fiesta es así. Terrible, apasionante, para hombres valientes que una tarde deciden caminar por el filo de la navaja hasta las misma punta, donde aparece el abismo, cuando o funciona el paracaidas de la fortuna o se presenta la Parca vestida de negro y oro, porque la Parca no luce ternos blancos. Es oscura como la boca del tunel de toriles frente al que Miguel esperó a sus toros; es negra como el camino que conduce a la enfermería; traicionera como una puñalada trapera.

Abellán bordeó con su entrega la tragedia. Sensibilizó a la plaza con su gallardía. Y la Monumental premió su actitud, su desprecio por lo más sagrado como es la existencia propia. Tres volteretas, tres, una cornada, las carnes abiertas y el ánimo en vilo, de manera constante, ante las afiladas astas de unos enemigos que se revolvían a la velocidad de los relámpagos de la pasada madrugada, cuando el cielo de Madrid se desplomaba sobre la ciudad desnuda de luz, el mismo cielo que rozaba el joven torero mientras atravesaba la Puerta Grande, ese mismo azul que por poco atraviesa en uno de los vuelos asesinos con los que planeó junto al drama. Fue un triunfo a sangre y fuego, a vida o muerte, a cara o cruz.

Bordó las cosas Miguel Abellán con el capote. Tras la primera larga cambiada de la tarde, sobre la segunda raya de picar, donde verdaderamente es la portagayola, surgieron otras dos más, ahí, en los terrenos de toriles, con las rodillas por el albero. Y en pie lanceó con verónicas de manos bajas y «pata palante», poderosas y valientes. Puso al bravo ejemplar de Hernández/Garciagrande (tanto monta) por rogerinas y quitó por chicuelinas ajustadas. Principió la faena por alto y por bajo, en un arranque mixto y bello. Ya en los medios, sobre la derecha, el toro se quedaba corto, y a la salida de la tanda, a punto el remate de ser un pase de pecho, se revolvió sin dar tiempo al torero a reaccionar: como una daga cortó la taleguilla y la piel, como un cuchillo. Brotó la sangre sobre la seda desvirgada del vestido de torear. Abellán volvió a la pelea, a la refriega con la escasez de las embestidas por uno y otro pitón. Hubo emotividad, básicamente; hubo hombría y pundonor. Y una oreja tras un pinchazo hondo y un descabello.

Desde el hule

Luego, desde el hule se levantó para volver a portagayola, con gesto de dolor. Como una exhalación pasó el toro sobre su cuerpo, cuerpo a tierra, que sino le quita la cabeza. Desde que apareció por el callejón se presentía el gran éxito, se palpaba en el ambiente. A la larga, o amago de larga cambiada, siguieron verónicas a pies juntos rítmicas, cadenciosas. Los tendidos, un hervidero de voces, de oles. Abellán de nuevo se ciñó por chicuelinas en un quite cuasi perfecto. Y marchó como un legionario hasta la misma boca de riego. Dos pases cambiados por la espalda pusieron de nuevo el ¡ay! en las gargantas. La primera tanda diestra careció de acoplamiento; la segunda conjugó mejor el temple y la largura de los muletazos. En el obligado de pecho, vino un rebañón avisador. Tomó la izquierda él, y el toro no. Que decía que nones, vamos. Un enganchón, y una voltereta infinita, vertigionosa. La caída fue brutal: todo el peso del cuerpo, la gravedad del vuelo se precipitó sobre el cuello elástico del torero. Dios al quite, el ángel de la guarda y una multitud de rezos en murmullos. Sonado como un boxeador porfió. El toreo no se repitió. El corazón de la plaza estalló en pañolada en el segundo encuentro, tras un pinchazo y una estocada defectuosa, delantera quizá. Y otra voltereta, con la agonía acuestas. La emoción contenida se desató sin miramientos ante semejante apuesta, que le pone en la órbita más elevada del toreo.

Ya había prologado bien un bravo toro de Graciagrande —sensacional el juego en el caballo— la tarde. El Zotoluco no se hizo con él. La ovación en el arrastre fue para el bruto, muerto sin ser sometido. También el honrado méxicano sufrió un trágico revolcón ante el sobrero incierto y torvo de Santiago Domecq que suplió al cuarto, que se partió un pitón de salida.

Rivera Ordóñez se templó con capote y muleta ante el buen y algo tardo segundo, con más pausadas formas que las habituales. El manejo bajo de la espada dejó la cosa en el tercio. Con todo y con eso, el toro exhaló con las orejas puestas. Manso y deslucido fue el quinto, quinto malo. La portagayola quedó como gesto en una tarde importante.


El País. LUIS MORCILLO, Madrid. Puerta grande para Miguel Abellán

Ya se ha abierto la puerta de Madrid para un matador de toros. Ya han girado sus goznes para que, tras que por ella pasaran uno que torea a caballo y otro que está haciendo el preescolar taurino, salga ahora un joven espada doctor en tauromaquia. Esto parece que se anima.

Miguel Abellán ha salido por esa puerta por méritos propios, no cabe duda. Pero tal vez, con la lupa del rigorista, habría que ponerle algunos peros a su toreo de muleta.

Nada se le puede discutir al joven madrileño sobre su toreo de capa. Los lances con los que saludó al sexto fueron de matrícula de honor. Toreó Abellán muy relajado, con los pies juntos y las manos bajas, dejando caer el capote con un desmayo entre sensual y semidormido. Fueron unos lances en los que el toro parecía ir mecido en un columpio y el torero lo mecía con un sentimiento de cante grande.

Tampoco se puede discutir a Abellán el valor que derrochó. Sombrerazo por sus arrestos al irse a porta gayola cuando volvía de que le atendieran en la enfermería por un varetazo. Ya lo había hecho antes en el tercero y no tenía por qué haber pasado otra vez el mal trago. Miguel estaba dispuesto a demostrar a todos que es un torero de casta.

A la hora de enjuiciar su labor con la flámula hay que empezar por decir que la casta de los toros ha quedado muy por encima de la técnica del torero. No se puede salir a torear a un morlaco como el tercero, que derrochó la sangre brava a raudales, como si fuera la borrega de cada día. A Abellán le faltó pureza en su toreo y por eso no dominó a Polvorillo, que así se llamaba aquel barbián. Le faltó al torero hacer ese toreo de muletazo en semicírculo, sobre la pierna de suerte cargada, para tronchar el empuje del astado. Abellán toreó mucho para afuera y con la pierna atrás. Así no se dominan los toros.

La faena al sexto fue muy emotiva y despertó la admiración del público, más por la entrega y el arrojo del diestro que por la calidad del muleteo. Muy valiente Abellán en los cambios por la espalda. Pero le faltó serenidad y cabeza fría cuando el toro le ofreció la excelente embestida de su pitón derecho. Por el izquierdo, el toro tenía mucho que torear. No toreó Abellán y por eso le cogió más de una vez. Emoción y valor, mucho. Empleo de la técnica adecuada para torearlo, menos.

Zotoluco se ha dado de frente con la casta del toro español y no la ha entendido. Estuvo practicando toda la tarde un toreo brusco, con muchos trapazos y enganchones. Le faltó dominio y terminó acosado por sus dos enemigos. Su impotencia tiene disculpa en el caso del sobrero, un toro avisado y con peligro, con el que el mexicano estuvo temerario, y no tiene excusa con el primero, cuyo único problema era el de su casta.

Rivera Ordóñez se las vio con un primer toro flojito y un segundo manso, distraído y cobardón, que escarbó mucho y se pensó también mucho las embestidas. Tampoco hizo Rivera el toreo adecuado. Todo se le fue en muletazos hacia fuera, con ese toreo abierto del que tanto abusan hoy día los diestros, sin darse cuenta de que así no se dominan los toros.

Sí estuvo Rivera más acertado e inspirado con el manejo del capote. Recogió garbosamente y a pies juntos al segundo y remató el saludo con una media verónica muy amanoletada. Hizo también un quite por chicuelinas más que aseado e hizo el alarde de irse a la puerta de toriles para dar una larga al bicho que salía por allí.

Se ha encontrado Rivera con la exigencia, un tanto desproporcionada, de parte del público. Hay algunos toreros a los que, en Madrid, se les aplica una vara de medir muy rigurosa cuando se trata de juzgar todo lo que hacen. Rivera Ordóñez ha entrado ya en ese grupo y es difícil de saber si estas cosas le benefician, porque siempre se ha exigido a las figuras, o le perjudican, porque es otro torero más al que se le ha cogido manía.

 

 

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