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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del domingo, 2 de abril de 2000
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Monteviejo, de excelente
presencia, duros, con problemas.
Diestros:
-
Antonio Urrutia:
estocada caída perdiendo la muleta (silencio); bajonazo tirando la muleta
(algunos pitos).
-
José
Ignacio Ramos: estocada desprendida (ovación); estocada corta (petición
minoritaria y vuelta).
-
Juan Carlos García:
estocada y descabello (ovación y salida al tercio); tres pinchazos,
metisaca y estocada corta delantera (silencio).
Tiempo: lluvia
Entrada:Un octavo
Crónicas de la prensa:
El País
El País.
LUIS M. MORCILLO, Madrid
Abrieron las nubes sus grises portones y se derramó el aguacero sobre el ruedo
venteño, mientras José Ignacio Ramos y Juan Carlos García levantaban el
estandarte de toreros machos frente a los problemas del segundo y tercer toro de
la tarde. Abrieron los toriles sus puertas de pintada madera y se desparramó
por el mojado redondel el empuje, el poder y la dureza de los astados de la
ganadería de Monteviejo.
Contra uno y otros lucharon los tres espadas con acierto unas veces, con mala
fortuna otras, pero siempre con gran disposición, con deseos de resolver lo
intrincado del trance, con la ilusión del triunfo. Es verdad que, la mayoría
de las veces, los toros no les dejaron hacer las faenas que, indudablemente, habían
soñado, pero el público anduvo toda la tarde diciendo que les hubiera gustado
ver allí a los ases de la baraja, esos que andan por ahí con el torito del
minipuyacito.
Los toros de esta corrida lucieron irreprochable trapío, desarrolladas
defensas, hechuras proporcionadas y armoniosas. A los seis se les castigó mucho
y fuerte en varas y sólo el quinto recibió dos puyazos. Y el tercero de la
tarde, tras dos lanzazos de mucho castigo, derribó espectacularmente en el
tercer puyazo. También pudo haber derribado el quinto, que romaneó en los dos
encuentros, de no haberlo impedido un monosabio, que lo distrajo con la varita.
Este duro castigo sufrido por todas las reses contribuyó a que, en el último
momento, los toros llegaran con escaso recorrido a las faenas de muleta. Tampoco
los toreros supieron alargarles el viaje. Para ello hacía falta adquirir
confianza y no quitarles la muleta de la cara tras cada pase. La desconfianza
estaba justificada, porque torear con el suelo hecho un barrizal y las ráfagas
del tempestuoso viento agitando los engaños es un trago de mucho cuidado.
Cuando algún torero se decidía a pararse, a tirar del toro y a intentar la difícil
ligazón, el muletazo surgía impecable y perfecto. Así ocurrió en algunos
momentos de las faenas de Antonio Urrutia, en el primero, y de Juan Carlos García,
en el tercero. Pero duraba poco la alegría, porque los morlacos no admitían
nunca el tercer muletazo de cada serie. El instinto de la casta les hacía
buscar al hombre que andaba intentando engañarles con el trapito colorado.
Hubo algunos momentos de brillante altura. La estocada de Ramos al quinto,
que le valió una merecida vuelta al ruedo tras haber aprovechado muy bien las
muy cortas arrancadas de su enemigo. O algunos pases de la faena de Juan Carlos
García al tercero, en las pocas veces en las que se decidió a no quitarle el
engaño de la cara.
El mexicano Urrutia estuvo muy valiente con el primero, que aprendía
enseguida y hacía muy difícil el quedarse allí para rematar el pase. Y muy
inhibido en el cuarto, con el que nunca se confió y anduvo con muchas
precauciones, dudas e inseguridades. El astado se había hecho el amo durante el
tercio de banderillas, esparciendo peligrosas amenazas contra los banderilleros.
Un rehiletero tan seguro como Curro Cruz tuvo, incluso, que clavar un palitroque
en cada encuentro y salir de estampida.
Al final de la corrida, cuando el público había abandonado ya los graderíos,
se desató la tormenta y corrieron ríos de agua y granizo por las calles. Pero
los toreros habían ya pasado el mal trago de pelear con el agua y los toros y
se libraron del diluvio final.
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