GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID

Tarde del jueves, 1 de junio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Mari Carmen Camacho, (uno rechazado en el reconocimiento, otro devuelto por inválido), de discreta presencia, pobres de cara, flojos y sosos. 3º y 5º, ásperos. 4º, de Guardiola Domínguez, inválido. Sobreros: de Guardiola Domínguez, devuelto por inválido; 6º, de Peñajara, bien armado y brusco.

Diestros:

  • Fernando Cepeda, estocada y descabello (algunas palmas); media estocada, rueda de peones y se echa el toro (silencio). 

  • Uceda Leal, pinchazo, estocada trasera, rueda de peones y dobla el toro (silencio); pinchazo hondo, rueda de peones, estocada y descabello (escasa petición y ovación y salida al tercio). 

  • Juan Bautista, dos pinchazos, estocada corta, rueda de peones y se echa el toro (silencio); metisaca, estocada trasera y descabello (algunas palmas). 

Entrada: Lleno

Crónicas de la prensa:
ABC, El País


ABC. VICENTE ZABALA. Madrid. El manicomio de Alcalá 237

Existe un manicomio en Alcalá 237, una casa de locos donde el más cuerdo puede ser el toro y el peor majara el presidente. El de ayer, cuando menos, se comportó como un absoluto irresponsable que puso en peligro la vida de los toreros bajo un diluvio universal, sobre un barrizal ilidiable. Es más: no suspender la corrida fue una falta de respeto para con el público. La tropelía mayor la cometió cuando devolvió al sobrero de Javier Guardiola que hacía sexto porque resbaló una vez en el fango. Nadie daba crédito a la ineptitud presidencial. Los toreros se miraban despistados; los espectadores más racionales, igual de boquiabiertos. El tal Manuel Sánchez demostró su manifiesta y contrastada incapacidad para sentarse en el palco de la primera plaza del mundo.

La Autoridad posee unas potestades y adquiere unas responsabilidades cuando preside. A partir de la lidia del cuarto, debió suspender, dijeran lo que dijeran los toreros. ¿Qué habría pasado si cuando Uceda Leal patinó ante el quinto hubiera sobrevenido una grave cornada?

Los tres matadores se convirtieron en héroes en el ruedo a partir del tercer toro. Luego, Uceda Leal construyó ante el colorado quinto una faena valentísima sobre el cenagal, con los pies descalzos hundidos en la arena y la muleta empapada, de auténtico plomo: hasta tres veces cambió la pañosa. La obra careció de limpieza, pero tuvo un mérito indiscutible. Los pases que morían intactos poseían largura y clase; otros, los inacabados, destemplaban la faena entre los cabezazos del burel. Valentía importante la del madrileño. Conquistó los empapados corazones que se mantenían impávidos bajo el aguacero. No todos, pues a algunos todavía les parecía poco el esfuerzo. Había que matar, y Uceda lo logró en el segundo envite con una fenomenal estocada. Todavía necesitó el refrendó del verduguillo. Las almas entregadas sacaron una pañolada considerable, quizá no mayoritaria. Por ahí anduvo. El ínclito Sánchez se inclinó por la minoría, y luego a Uceda Leal ni le dejaron dar la vuelta al ruedo. ¿Hay quien entienda algo? Lo dicho. Un manicomio.

Derroche de valor

Uceda Leal también hizo derroche de valor con el manso, peligroso y reservón segundo, que le envió varios recados nada cariñosos a la pañoleta.

Igual que Uceda se entregó, Fernando Cepeda aprovechó la confusión, las idas y venidas en los tendidos (la caza de la almohadilla abandonada se convirtió en deporte popular) y el diluvio, para masacrar en los caballos al flojo remiendo de Guardiola Domínguez, que se moría a chorros en la muleta. A su primero lo lanceó a la verónica y recreó los cuatros o cinco lances que suelen componer los resúmenes de sus actuaciones. El toro era noblote y soso y la faena fue suave y sosa, con algún que otro apunte.

Cuando comenzó a desatarse la tempestad, Juan Bautista padeció un vendaval terrible, el comienzo del averno: el fin del mundo debe ser algo así. Las gotas caían como chapelas, y para colmo al caballo de picar le dio por acularse en tablas. Las cuadrillas la emprendieron a capotazos con el toro de Mary Carmen Camacho, que había suplido al devuelto y blandito titular —un violento trallazo de Cepeda facilitó su derrumbe— y que apuntaba cierta bravura. Pero después de semejante lidia, ¿quién se siente con argumentos para criticar a un animal que aguantó otra lluvia, de mantazos a mansalva? A la muleta llegó con la carita alta y cierta violencia por el pitón izquierdo y con un más claro viaje por el contrario. El francés hizo lo que supo o lo que las condiciones atmosféricas le permitieron.

Animoso se mostró Bautista en quites. Así, participó por chicuelinas, caleserinas y tafalleras. La cara que se le quedó al chaval cuando el presidente desenfundó el pañuelo verde cuando la noche atronaba y el toro se deslizaba por el pantano venteño fue todo un poema. No era para menos. Dentro esperaba un sobrero de Peñajara, un tío. Mas ese no era problema presidencial, ¿verdad incompetente señor con pajarita?

Recogió con buen juego de brazos a la verónica a este último. Ahora, éste sí que que blandeaba de verdad. ¡Qué papelón, Sánchez! El torero de nombre bíblico creó un entonado comienzo de faena, con afarolado incluido. Pero el bruto perdía las manos una y otra vez, incrementada su debilidad por el estado del ruedo.


El País. LUIS MORCILLO, Madrid. Peste de corrida

Anda ya la feria con media estocada en la agujas y quiere echarse junto a las tablas para acabar de una vez. Llevamos un montón de corridas y la feria se tambalea, herida de muerte y con pobre balance de sólo un rejoneador y un novillero a hombros por la puerta grande. Padecemos una feria mustia, alicaída y dengue. Y cuando andamos sumergidos en estos abismos, de repente nos toca la corrida horrorosa. Peste de corrida.

Por lo pronto, salieron los dos primeros toros con no mucha presencia y con pintones pendientes de desarrollo. Los dos, justitos de fuerza. Al primero, al que le pusieron un par de varas sin exagerar, Cepeda lo toreó con una suavidad que no entusiasmó a nadie, porque el torete iba y venía un sí es o no es atontado. Se empeñaba Cepeda en darle pases y el animalito se quedaba corto, un tanto sonámbulo. Nada que hacer, por supuesto.

Le dieron un picotazo al segundo y, en su momento, salió Uceda Leal a darle su ración de derechazos. Se veía al madrileño con deseos de hacer un toreo largo y de dominio, pero al toro le costaba un esfuerzo tomar la muleta. Allí debió terminar Uceda su empeño, para intentar otra lidia más apropiada. Pero, no. Se puso tozudo, empeñado en darle pases hasta que el toro decidió no pasar más por el aro y se puso peligroso.

El tercero recorrió el anillo perdiendo las manos en cada rodal. Terminó pegándose una costalada y el del palco no tuvo más remedio que enviarlo al corral. En lugar del sobrero le echaron a Bautista el sexto, un torito que no humillaba, que pegaba arreones y que llegó a desarmar a su oponente. A pesar de ello, el francés consiguió llevarlo toreado en algunas ocasiones.

Y, en esto, llegaron los elementos. Empezaron a caer primero unas gotitas de agua, tímidas, con recato, como si les diera vergüenza mojarnos el cogote. Después, la llovizna y, de repente, el aguacero, el diluvio, la torrentera. Desbandada en los tendidos, enarboladura de paraguas y trasiego trajinero de chubasqueros. El ruedo se convirtió en un océano y a él fueron saliendo, con aire de nadadores olímpicos, los tres toros restantes.

Al cuarto, un ejemplar de Guardiola, mejor armado que sus congéneres de Camacho, le atizaron fuerte en varas y terminó cayéndose o resbalando, vaya usted a saber. De pronto, decidió sentarse un ratito en el suelo. Nada pudo hacer Cepeda con el inválido.

Salió el quinto, con cara de echar de menos una barquichuela para atravesar el ruedo. El cielo nos dio la sorpresa de parar el chorreo de la lluvia y Uceda se quitó las zapatillas y salió, muy decidido, a plantarle cara. Aguantó Uceda los cabezazos y las brusquedades del toro en una faena muy entonada, abundante de enganchones, claro está, pero también con algún muletazo templado y de buen ver. No le dieron una oreja pedida por la minoría vocinglera y escandalosa de siempre. Otra minoría, tampoco le dejó dar la vuelta al ruedo. La gran mayoría restante permanecía silenciosa e indiferente.

Seguro que le daba todo igual. Estaban hartos de una corrida larga, aburrida, incómoda, horrorosa. Peste de corrida.

 

 

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