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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE ARGANDA
FERIA DE LAS NOVILLADAS
Miércoles, 6 de septiembre
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Novillos de Torrestrella, bien
presentados aunque sospechosos de pitones, muy flojos, manejables, casi todos
pastueños.
Diestros:
-
Martín
Antequera, estocada (silencio); estocada (oreja).
-
Pedro Lázaro, estocada
trasera caída (oreja protestada); tres pinchazos -aviso- y descabello
(silencio).
-
Javier Cerrato, escandalosa
media perpendicular cerca del brazuelo y descabello (silencio); cinco
pinchazos -aviso- y se echa el novillo (silencio).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo
El País.
JOAQUÍN VIDAL. El modelo
pegapases
Lo que pasa es que se fijan en las figuras y son todas unos
pegapases insoportables...
A lo mejor no hay razones de mayor peso para explicar cómo unos novilleros
con necesidad de triunfos son incapaces de hacerles el toreo a unos novillos dóciles,
blandorros, sospechosos de pitón. Y eso ocurrió en Arganda del Rey. Así
estuvieron los protagonistas de la tercera novillada de feria; fieles como un
solo hombre al modelo pegapases que han patentado las figuras. Y, naturalmente,
aburrieron al personal, nada numeroso por cierto.
El personal apenas tenía ganas de decir olé y no lo decía. Tampoco sentía
la necesidad de aplaudir y no aplaudía. Asistía resignado a la exhibición
pegapasista (a la paliza pegapasista sería más justo decir), al acabar cada
tanda algunos daban palmas por no desairar a los presuntos artistas, y ahí se
acababa la historia.
Fueron destacables las estocadas de Martín Antequera. Sólo eso destacó, si
nos referimos a las aportaciones positivas; pues si de las negativas se trata
podría elaborarse amplia relación con el correspondiente pliego de cargos.
Principalmente de los picadores; ese vidrioso asunto.
El vidrioso asunto de los picadores es de juzgado de guardia. No se menciona
el órgano a humo de pajas. Hace unos años (tampoco tantos) picaban los
picadores al estilo de ahora, y acababan en el cuartelillo.
Consiste el estilo en girar el caballo mientras reciben la embestida del
toro, dejarlo de esta forma con la salida tapada y pegarle leña a su sabor.
Obviamente, estas impresentables trazas dejan al toro indefenso, impiden al público
saber la medida de su bravura, si tiene poder lo liquidan, y se cargan por las
buenas el fundamento de la lidia.
De esta manera actúan los picadores. Todos sin excepción. Impunemente.
Con tan impune asiduidad actúan que el público se ha acostumbrado a verlo y
mucha gente ya cree que así es la suerte de varas. Incluso puede que los
toreros de las jóvenes promociones, que no han conocido otra cosa (y a quienes
suele aconsejar una partida de ignorantes), crean también que así es.
El modelo toricida, para el primer tercio. El modelo pegapases, para el
tercero. Buena va la fiesta.
Un primer tercio repulsivo por la estratagema carnicera; un tercer tercio
insoportable por el síndrome pegapasista. Esa es la base argumental de cada
tarde, sean figuras o principiantes sus intérpretes. Ese es el motivo de que la
fiesta paradigmática del arte y del valor, el mayor espectáculo del mundo que
siempre fue, se haya convertido en una vulgaridad, a veces hasta en una
ordinariez. Y lo que aún es peor: en un solemne aburrimiento.
Uno se ha preguntado muchas veces si entre la caterva de taurinos no habrá
alguno que sepa cómo es el toreo y entienda de qué va la vaina; y tenga interés
en explicárselo a los torerillos que empiezan, y sepa hacerlo.
Por los síntomas, esa rara especie no existe. O quizá existe en algún
lugar, y actúa, pero en cuanto explica de qué va realmente la vaina, los
torerillos aspirantes dicen que más verdes las han segado.
Porque una cosa es comprarse con el dinero ajeno una flamante furgoneta, un
precioso vestido de torear, los imprecindibles instrumentos de faena. Y hacerse
fotos en color para repartirlas por la calle. Y contonearse en el paseíllo. Y
pegar unos capotazos por cumplir. Y montar faenas de muleta consistentes en dar
un pase y salir corriendo. Y al concluir cada tanda, pegar un garrotazo al aire
e irse de la cara del tronado novillo fanfarroneando bravuconerías.... Y otra
cosa, torear.
Torear... que consiste en parar, templar y mandar; en ligar los pases a
despecho del consiguiente riesgo de cornada; en librarla con mando y poderío;
en dominar a la fiera. Y creando esa combinación de técnica y valentía,
aderezada de inspiración, poner en vilo al público, levantarlo de sus
asientos, elevar el toreo a la categoría de arte, alcanzar la gloria.
Si los que empiezan se sintiesen obligados a asumir este compromiso y sus
consiguientes riesgos, gran parte de ellos no querrían ser toreros, ni locos. Y
a lo mejor preferían estudiar, que es lo que no quieren muchos de los chavales
aspirantes a torero.
Martín Antequera, veterano dentro del escalafón novilleril, que el pasado
domingo lució formas ortodoxas y mostró torería en la cátedra de Las Ventas,
pasó por la plaza de talanqueras de Arganda del Rey sin pena ni gloria, dando
la sensación de que es un tosco pegapases. Y si se salvó fue porque cobró
sendas estocadas de fulminantes efectos.
Pedro Lázaro y Javier Cerrato, ni eso. A Lázaro le regaló el presidente
una oreja luego protestada, que no cuenta. Aferrados ambos al modelo pegapases,
lo único que dieron fue la nota.
El Mundo.
JÓSE LUIS VADILLO. Hubo dos orejas ...muy diferentes
Está claro que en esta vida no está bien forzar las cosas. Todo debe de
llegar por cauces naturales, sin precipitar los acontecimientos. También en el
mundo de los toros.
Ayer el presidente de la novillada en Arganda, el señor Sevilla, debió
pensar que tres festejos sin Puerta Grande son demasiados. La solución la
encontró el mismo presidente: aunque el público soberano no pida las orejas,
la autoridad puede concederlas. Así lo hizo en el segundo novillo de la tarde.
El agraciado fue Pedro Lázaro, quien tuvo en suerte un novillo que tenía
movilidad, recorrido y nobleza, aunque no hizo buena pelea en varas.
Lázaro comenzó con buen son, ligando una tanda con la diestra en la que
destacó el temple, aunque en ningún momento cargó la suerte, se cruzó ni
remató abajo los muletazos. Al natural siguieron idénticas virtudes y los
mismos defectos. El novillo cayó rodado por el efecto de un contundente
bajonazo. Apenas un cuarto de la plaza pidió la oreja para Lázaro, pero el señor
presidente se la concedió.
Sin embargo, los planes de la autoridad se torcieron. Ya está dicho que no
es conveniente forzar nada. En el quinto, Lázaro sólo apuntó algún natural
suelto, aunque con igual despego. En este novillo, el matador tenía un
inconveniente: no podía bajar la mano para no ver rodar al de Torrestrella por
el suelo. Además, el animal se murió tras tres pinchazos, por lo que las
expectativas de éxito redondo se diluyeron.
Aparte de esto, un problema brotó de la generosidad del palco. En el cuarto,
Martín Antequera demostró que es uno de los tres novilleros con más oficio
del escalafón. Ante un ejemplar muy bien presentado y blando logró domeñar el
molesto calamocheo y anduvo siempre por encima de su oponente. Corrió bien la
muñeca Antequera mientras pudo tirar del novillo y, en las postrimerías de la
faena, optó por las cercanías para arrancar todo lo que tenía el de
Torrestrella. Tras un estoconazo, su premio fue una oreja. ¿Sólo una? Las
comparaciones son odiosas, pero es cieto que no hubo faena para más. En el
primero de la tarde, Antequera se topó con un novillo regordío que protestaba
y se quedaba en cada muletazo aquejado de una evidente falta de fuerzas.
El sustituto de Javier Castaño fue Javier Cerrato. Ante el que cerró plaza,
el joven matador tuvo la mala fortuna de enfrentarse a un animal que se quedó
crudo en varas y repitió con codicia en cada muletazo. Poco placeado aún,
Cerrato se vio desbordado por la encastada embestida del novillo y pasó las de
Caín para matarlo. En el tercero, un ejemplar muy astifino y vareado, sólo
destacaron unas verónicas embraguetadas.
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