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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del lunes, 23 de septiembre del 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Dos toros de Niño
de la Capea y Marqués
de Domecq, deslucidos.
Diestros:
Entrada: lleno. Crónicas de la prensa:
El
País, ABC
El País. PABLO G.
MANCHA. Una tarde nihilista
El sexto de la tarde parecía el toro de la
carretera. Lucía una impresionante arboladura, la testuz rizada y un
morrillo a guisa de un castizo quesobola que se bamboleaba de un
lado a otro al ritmo que le imponía con su crepuscular trotecillo de
cabestro. Tenía cuerpo de galán: remos cortos, prominente badana,
estampa desafiante, pitones bien plantados, mas su espíritu era tan
endeble como el papelillo de fumar que por la mañana dictaminó su suerte
en el apartado. Y así, hasta cuatro condesos mansos y descastados
hasta la desesperación. Toros nihilistas, clónicos hasta lo absurdo y
degenerados desde la punta del cuerno hasta la borla del rabo. Resulta
inaudito descubrir cómo los modernos ganaderos han sido capaces de
destrozar en un periquete años de selección y tino hasta llegar a dar
con ejemplares de comportamiento estrafalario. Reses semovientes que
embisten al bulto, que salen de naja de los picadores rebotándose de uno
a otro en un infernal carrusel esperpéntico. Pero hay más, cuando llega
el tercio de muleta, huyen despavoridas y acongojados, convirtiendo la
lidia en un espectáculo deplorable.
Menos mal que Pablo Hermoso de Mendoza rescató a
los aficionados de tanta mediocridad, de tanto tedio. Estuvo fallón al
inicio de su primera comparecencia, pero cuando se fajó con el toro de
Carmen Lorenzo, comenzó a brotar su particular tauromaquia. El estellés
tiene el don del temple y se afana en muletear con cada cada uno de sus
pupilos las embestidas de los morlacos.
Hermoso de Mendoza y sus caballos, en singular
armonía, son capaces de pararse en la mitad de cada lance, de darse el olé,
y con el equino frente al toro, gustarse, citar por derecho y rematar el
viaje hasta el infinito. Resulta increíble contemplar cómo cada caballo
obedece con fe ciega en su jinete, aunque los pitones de los toros
merodeen por el estribo con peligrosa cercanía. Cortó una oreja con
mucha fuerza en el primero y se despidió de Logroño tras pasaportar como
pudo a un toro muy alto que apenas colaboró.
Rivera Ordóñez salió entre almohadillazos de La
Ribera. Al primero de su lote, un acobardado y parado ejemplar, lo probó
varias veces por el derecho y tras cuatro pinchazos saliéndose de la
suerte le endilgó un bajonazo monumental. Estuvo descolocado y no puso ni
una sola vez la muleta con afán de que le embistiera. En el cuarto la
cosa no fue mejor. El toro topaba y el torero se mostró abúlico: tras un
mantazo aquí pegaba una gurripina allí hasta que se lo quitó de encima
en un sórdido último tercio.
Miguel Abellán mostró una disposición diferente.
Se hizo presente en la lidia con tres escalofriantes largas. Intentó
sacarse al toro a los medios y se dejó ver. Lo llevó por momentos
templado, aunque no podía bajar la mano para que el bóvido aguantara al
menos dos tandas por cada pitón. Ni así; el toro se paró y el madrileño
estuvo muy desacertado con los aceros. El sexto, el toro de la carretera,
no se dejó dar ni un muletazo. Cada vez que le ponían la pañosa a su
alcance respondía con un cabezazo. La faena se fue desparramando por todo
el anillo mientras los aficionados, en franca huida del coso, maldecían a
estos ganaderos empecinados en la selección absurda en pos del más
infame descastamiento.
ABC. A.G.ABAD. La
herencia de «Cagancho»
Hermoso de Mendoza sin su ya mítico
caballo «Cagancho» sigue siendo Pablo, Hermoso y de Mendoza. Y mucho.
Para empezar, y como quien no quiere la cosa, puso el cartel de «no hay
billetes», como Victorino Martín el primer día y quién sabe si como El
Juli y Ponce en los venideros. El navarro estuvo portentoso con el primer
toro de Capea, que buscó desde que pisó el ruedo el refugio de las
tablas. Corrigió ese defecto y muchos más en una lidia rayana en la
perfección. Todo medido, sin brusquedades, imantando al toro con temple
infinito. Una lección de toreo, ni a pie ni a caballo, de toreo. Ahí está
la herencia de «Cagancho»: la maestría de Hermoso y esa cuadra con «Labrit»,
«Albaicín», «Chicuelo», «Danubio», «Mariachi», «Ébano»...
El afán de protagonismo del palco
Al único que no debió gustarle fue al presidente, que quiso
ser protagonista y le negó la segunda oreja. Pobre, no sabe que ni aún
así pasará a la historia de la Tauromaquia. Quien ya lo está, y ayer
escribió un nuevo e importante capítulo, es el rejoneador que hubo de
emplearse a fondo con el cuarto, más manso todavía. Poco a poco se fue
haciendo con él. Limó querencias y acabó clavando en los medios, pero
perdió la puerta grande en la hora definitiva de matar.
El segundo, un manso con peligro, llegó al último tercio tragándose
sin codicia los muletazos de Rivera Ordóñez que debió ajustarse más
para que lo tomaran en serio. Pinchó más de la cuenta y los riojanos le
pitaron.
Puso más ánimo en el quinto, al que toreó bien en un quite por verónicas.
Sin embargo, al público siguió sin gustarle que toreara tan despegado
con la muleta. Se enfadaron las buenas gentes de Logroño y se enfadó
Rivera que cortó por lo sano teniendo que aguantar una fuerte bronca
mientras se sucedían los pinchazos y los descabellos.
Miguel Abellán dio un sinfín de muletazos al tercero. Regulares y
malos en su mayoría, alguno hasta ligado con el siguiente, pero entre los
tiempos muertos que se tomó, la poca entrega del toro y lo perfilero que
anduvo el torero, aquello resultó de lo más descafeinado.
Salió con ganas ante el toro menos malo del conjunto del Marqués de
Domecq, que hizo sexto. Como por la vía del toreo puro aquello no
funcionaba -precisamente porque no había ninguna pureza- optó por
sembrar el ruedo de molinetes de rodillas y otros adornos sin que la
espada fuera, para más inri, una buena rúbrica a la movida faena
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