GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del sábado, 21 de septiembre del 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Victorino Martín, bien presentados.

Diestros

Entrada: lleno. En la fecha de este festejo se cumplía el primer aniversario del nuevo coso de La Ribera, promovido por Manuel Martínez Flamarique Chopera, en cuya memoria se ha guardado un minuto de silencio y ha sonado el pasodoble Manolo Chopera al inicio del festejo.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. PABLO G. MANCHA. La torería de Urdiales

Antes de salir el sexto al ruedo logroñés en la primera corrida de su feria, los tendidos rezumaban una cierta desilusión. Pero se presentó el victorino aquel y Diego Urdiales, que rezumaba dolor y sangre, le plantó cara en el anillo y se sobrepuso por naturales a toda una vida de desgracias e ilusiones rotas.

Hubo dos tandas por la izquierda repletas de torería y gusto. Quizá abundaron los atropellos y aceleración en el torero; quizá debió pararse más con el encastado cornúpeta, pero la belleza afloró -por unos instantes- de una manera indescriptible: la pañosa por los suelos y su alma entregada y abandonada a la suerte de la lidia. Falló a espadas y se fue dolorido a sus cuarteles a esperar otro invierno la llamada de las oportunidades.

Padilla se las vio con el toro más bravo del encierro, con una embestida pronta y humillada que pedía una muleta poderosa en cada lance. Toreó mucho y el astado serrano se acabó marchando. Seguramente aburrido, puso la proa mirando a chiqueros para doblar con la boca cerrada. En el quinto, el peor de la tarde, sencillamente se justificó. Manuel Caballero dejó una tarde de medios tonos, acorde con un toreo que empieza por abajo los muletazos y sale rematándolos siempre a media altura. Estuvo desconfiado con el que abrió, y en el cuarto, un animal de noble tranco, se empeñó en una faena dilatada y con los engaños retrasados.


ABC. A.G.ABAD.  Sólo Diego Urdiales dio la talla en el homenaje a Manolo Chopera

La afición de Logroño puesta en pie rindió homenaje póstumo a Manolo Chopera, el empresario que impulsó la moderna y flamante plaza de la Ribera, ayer llena a reventar no hasta la bandera, pues la enseña española parece no tener cabida en el interior del coso cubierto.

No fue lo único que falló en el festejo, ya que a la corrida de Victorino le faltó empuje -sólo tomaron seis varas y tres picotazos- y hasta faltó trapío en algunos ejemplares; mientras que a los toreros les sobró vulgaridad, especialmente en los casos de Manuel Caballero y Juan José Padilla.

El único que se justificó fue el diestro local Diego Urdiales, que suplió sus carencias con entrega. Pagó caro el riojano que a su encastado primero le dieran un solo puyazo. Por eso en el último tercio se vio desbordado, aunque tuvo el mérito de no perder nunca la cara y mantenerse aguerrido en la lucha.

El sexto, que manseó en el caballo, se entregó en la muleta tanto como el torero. Apoyado por los suyos cuajó los naturales de más verdad de toda la tarde. Los únicos. La faena fue a más y el triunfo, que ya acariciaba, se esfumó entre pinchazos y descabellos.

Larga labor

Manuel Caballero compuso una labor larga en dimensión y corta en contenido al primero. Pases y más pases sin sentido en un trasteo desangelado en el que toro y torero tuvieron su parte de culpa, aunque al final hubiera algunos aplausos para el victorino en el arrastre y se hiciera el silencio para el torero de Albacete.

Cuando ya se había pasado el ecuador de la corrida, el subalterno José Antonio Carretero hizo lo más lucido en dos pares de banderillas al cuarto. El de Victorino se empeñaba en decirle a su matador que se colocara en el sitio y le ligara los muletazos. El torero lejos de darse por enterado seguía perfilero y vulgar en un quehacer anodino. Eso sí, haciendo gestos de incomprendido cuando algún espectador le pitaba. Al final, como sucedió en el que abrió plaza, el toro se aburrió.

La lidia del bueno pero flojo segundo fue de juzgado de guardia, como durante casi toda la tarde. Con todo, el animal permitió mucho más que el aluvión de muletazos sin ligazón que le dio Juan José Padilla. Antes, el torero había estado animoso y bullidor con el capote y espectacular cuajando un vibrante tercio de banderillas. Con el quinto, el jerezano anduvo pasado de revoluciones y sin el mando que precisaba el incómodo enemigo.

La primera de San Mateo dejó un poso de decepción con los victorinos, que en ocasiones no lo fueron tanto, en una corrida con muchas carencias, sobre todo para una plaza con tradición torista.

 

 
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