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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del viernes, 26 de septiembre del 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrealta,
(1º, 3º, 4º-devuelto por cojo y sobrero de Esteban Isidro- y 5º), dos
remiendos de Adelaida Rodríguez (2º, devuelto y sustituido por un toro
del mismo hierro, y 6º, también devuelto; sobrero de Esteban Isidro).
Mansos, de juego y presentación desigual.
Diestros:
Entrada: tres cuartos de entrada. Crónicas de la prensa:
El País, ABC.
El País. PABLO
G.MANCHA. La torería de Ponce
El primero de los tres sobreros lucía dos pitones astifinos y recibió
en el primer encuentro con la acorazada un castigo tremebundo. Mas el toro
se sintió poderoso y decidió recrecerse en otro puyazo en el que se asomó
con la cara por las nubes. De pronto, apareció Enrique Ponce con la
muleta en la mano izquierda y en un alarde de torería sometió al manso,
le bajó la mano y se enseñoreó de una lidia que parecía
imposible.
La faena fue densa, no abundó la ligazón pero sí el temple. Juan
Mora también dejó dos faenas macizas, medidas. Se las vio con un
terciado torrealta que desarrolló casta y al que dibujó una faena
ligada en la que buscó las vueltas del toro, llevando las embestidas
hasta atrás.
Con el cuarto también se la jugó fajándose en una labor que no pudo
ser más emocionante porque el toraco tenía alma de buey de carretón y
lo suyo no era perseguir los engaños. Ponce también tuvo tiempo para
hacer embestir a un marmolillo quinto; fue algo inaudito, ya que pisó un
terreno muy comprometido y labró pases que parecían inverosímiles por
ambos pitones. Javier Conde pasó casi inadvertido.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Punto y final a la peor feria de verano
Desde San Isidro no se veía una feria de
rango tan desastrosa. A lo largo del verano, desde San Juan
aproximadamente, los toros habían embestido más y mejor que en marzo,
abril y mayo. La temporada recuperó aliento, aun siendo un año raro y
sin definir en cuanto a toreros. Pero este San Mateo en la frontera del
estío con el otoño ha sido como un puyazo criminal, un saldo ganadero,
restos de serie B. Ayer, el presidente Sánchez se presentó con la lección
aprendida y el pañuelo verde presto. Motivos no le faltaron para
desenfundarlo, hasta con premura ante cualquier atisbo de cojera. Tres
veces lo asomó. Gato escaldado huye del agua.
Entre tanto desaguisado, Enrique Ponce se centró con un sobrero de
Adelaida Rodríguez de lámina caballar. Y lo fue templando sobre la mano
izquierda en los medios, constantemente a más, por encima del toro y de
unas protestas infundadas contra su hacer. Ponce se descaró y se aplicó,
siempre al natural, crecido y en maestro. Como suele, pasó la faena de
rosca. Pero ahí quedó, sin el suficiente eco, pues hubo momentos que
merecieron una respuesta infinitamente mayor, por técnica y estética.
Media y descabello lo empujaron sólo a saludar.
Un quinto de Torrealta, burraco precioso, más serio por delante que
por detrás, se vino pronto abajo. Tal vez E.P. no lo midió en el
caballo. Apenas un templadísimo prólogo, y el toro empezó a acortar los
viajes. Insistió el torero en exprimir hasta la última gota.
Humillaba mucho el gigantesco y mansón suplente de Esteban Isidro que
hizo cuarto y que se desfondó en el tercio final. También Juan Mora se
había curado en salud en varas, por si acaso. Mora se mostró torero con
el torete de Borja Prado que estrenó la tarde, noble pero sin descolgar
un mínimo, con la cara siempre altísima. Mora se despatarró sobre la
derecha, corrida en largo con gusto; sobre la zurda se relajó en una
serie, abrió más el compás en otra, se puso más abandonado en la
siguiente... Ya se sabe que su definición de estilo es la indefinición,
mas estuvo bien, y breve con el acero. Probablemente sea el único matador
del escalafón que torea con la espada de verdad.
Javier Conde no quiso ver al tercero con el capote. Juan Mora se lo
enseñó en un quite, para que se confiase. Y cuando parecía que ya, se
partió la mano izquierda el animal, más o menos como le sucedió en
Valladolid. Lógicamente abrevió. Renqueó el sexto, de doña Adelaida, y
el usía no se lo pensó. El bis, otro jaco de la casa Chopera, también
andaba cojitranco de los cuartos traseros. El palco miró al reloj que no
hay, por cierto. Conde tanteó con la muleta y se asentó en derechazos de
mano baja, no excesivamente largos, rematados con un pase del desprecio
que precipitó al toro contra el ruedo. Poco a poco, la mansedumbre y la
pobreza de embestidas se impusieron, con clara tendencia a chiqueros,
donde murió a base de pinchazos y descabellos.
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