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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del jueves, 25 de septiembre del 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de San Martín,
bien presentada, fue remendada con dos toros de La Quinta, segundo
invalido y cuarto con peligro. Los titulares, el primero inválido,
tercero, quinto y sexto, sin ser un portento de bravura, se dejaron hacer
Diestros:
Entrada: tres cuartos de entrada. Crónicas de la prensa:
PortalTaurino, El País, ABC.
PortalTaurino.
MYKI RIOJA. Cuantos toros desorejables, se van intactos al desolladero? La respuesta para hoy, se queda en tres.
Comenzó mal la tarde con un inválido que incompresiblemente el usía de turno, mantuvo en el ruedo, Miguel Abellán, simplemente se estrelló ante la mencionada invalidez, limitándose a trastear. El cuarto un manso, con peligro, desbordó al torero que al final, no supo domeñarlo y lo pasaportó con el abucheo ciertamente injustificado del público.
Como antiguamente se decía con el cine, "otra del oeste" se podía haber dicho esta tarde en el coso de La Ribera, de La Ribera, del Ebro por si alguien tiene dudas de su nombre, el segundo fue más de lo mismo, otra ganadería distinta, La Quinta, la quinta ganadería no, La Quinta, nombre propio. Inválido sin ningún atenuante y otra vez el usía, manteniendo al toro en el ruedo, resultado? calcado de su compañero en el primero, El Juli se estrelló con la inutilidad del toro. El quinto ya fue otra cosa, el toro pedía guerra y El Juli, se la comenzó a dar, se plantó bien, intentando meterlo en la muleta, dejándosela en la cara y"arrastrando" al toro detrás de la franela. Estuvo con importancia el diestro, malogrando su quehacer con el estoque.
Sin lugar a dudas el lote de la tarde, se lo llevó Antonio Barrera, que no supo aprovecharlo en demasía, ambos oponentes, pedían poderío en la muleta, cruzarse, embarcarlo y llevarlo, cosas que consiguió a medias. Pudo haber triunfado el sevillano y no lo hizo.
El País. PABLO
G.MANCHA. Esperpéntico
Los toros debían de tener la dehesa en pleno Callejón del Gato,
porque si no no se entiende. Allí mismo, en vez de comederos a la vera de
la placita de tientas, había espejos cóncavos y convexos donde se
reflejaba su casta y salía deformada hasta conseguir una deformidad
amorfa que sólo se puede definir como un auténtico esperpento, y que
perdonen don Latino de Hispalis, Max Estrella, Madama Collet y Claudinita
semejante comparación, pero resulta grotesco contemplar una corrida de
toros sin toros, con presidentes que hacen oídos sordos ante el grito
desesperado de una afición que ya no puede más.
El primer toro salió dando tumbos y el presidente -en este caso César
Gómez- lo mantuvo en la arena. El siguiente tampoco se sostenía en pie,
pero siguió sobre el ruedo hasta que lo atronó El Juli, y así hasta
seis cornúpetas desesperadamente inútiles para la lidia, que fueron
asomando su alma derrotada por la puerta de unos chiqueros que parecían
la morada del marqués de Bradomín, tan viejo, tan feo, tan sentimental.
Pero lo peor de todo, lo más lacónico, fue ver cómo el ardor
guerrero del público en los dos primeros toros fue dando paso después a
un progresivo desentendimiento sobre lo que sucedía en el albero. Se
entiende: en La Rioja se sabe vivir y beber y la taberna en la que se ha
convertido la plaza de la Ribera es singular por su rareza, con su
inconfundible techo metálico que parece un enjambre donde los elementos
se dispersan en una suerte de matemática fractaria.
Así, lo que se esperaba como una bronca mantenida, se fue diluyendo
con la misma sobriedad con la que los tres coletudos iban despachando a
sus enemigos. Al final, ni Rubén Darío, ni Basilio Soulinake ni los
sepultureros convertidos en el tiro de mulillas pudieron recomponer una
función que para sí hubiera querido parecerse a las Luces de Bohemia.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Un profundo sentimiento de
desconsuelo
Un profundo sentimiento de desconsuelo asoló
una tarde afortunadamente breve. Algo es algo. Hablemos de desazón por no
hacerlo de palabras mayores, como engaño, estafa o mentira. Habría que
empezar a explicar, señores Chopera, por qué se le hurta a la afición
logroñesa una corrida anunciada y reseñada, por qué consienten que se
mangoneen toros para otras plazas, a lo peor incluso de su responsabilidad
y tutela, por qué lo autoriza el propio líder del escalafón o por qué
lo permite el ganadero (aunque parece obvio el porqué con la camada
entera vendida a la gran casa del Norte). Cuatro toros del ilusionante
hierro de San Martín, uno procedencia Barcial repescado para sumar el
cuarteto, y dos de La Quinta, todos blandos hasta decir basta, pero ésa
es otra cuestión, ni menor ni baladí, simplemente otra.
A José Luis González apenas le dio tiempo a fumarse un cigarro habano
en hora y tres cuartos, y a Carlos Rituerto le duró más la digestión de
las pochas que el sabor de la nada absoluta que presenció. San Mateo no
levanta cabeza, igual que no se levantaba del ruedo el inválido primero,
una y otra vez por los suelos. Miguel Abellán, que sustituía a El
Califa, solicitó al usía el cambio de tercio con una sola (mini)vara.
Pero el palco rehusó. Un suspiro fue la faena, un par de intentonas y
punto. Más o menos como el toro de La Quinta que hizo cuarto, con la
mirada tan ausente como el poder.
Blando como la plastelina
El Juli ni siquiera quiso poner banderillas al claudicante
segundo, otro remiendo de Martínez Conradi. Su buen galope inicial se
perdió en su tetraplejia. Ni con la espada resolvió Julián López, que
trató de imprimir mimo y cuidados intensivos. También blando como la
plastelina resultó el quinto, de justa apariencia. En esta ocasión sí
se decidió a usar los palos (con discreción) e incluso a brindar al público,
una osadía tal y cómo venía rodada la cosa. Dos series aguantó el
torete a derechas de largos muletazos y ya amagó con rajarse, como sucedió
a continuación. Tampoco ahora rubricó J.L. con la espada.
De haber podido con la penca del rabo, el tercero de San Martín no lucía
mal aire. Antonio Barrera en redondo se acopló más y mejor que al
natural, pero sólo conectó con el público de verdad con unos remates
regiomontanos y unas manoletinas de rodillas que despertaron algo a los
tendidos del letargo. La siesta siguió con el sexto, bello patasblancas,
bravucón en el caballo y castigado como ni necesitaba ni merecía. Después
sus ímpetus se redujeron bajo mínimos. No hubo ánimos ni de montar la
bronca.
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