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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del lunes, 22 de septiembre del 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq
(bien presentados).
Diestros:
Entrada: lleno. Crónicas de la prensa:
El
País.
El País. PABLO G.
MANCHA. Galácticos bajo sospecha
El festejo de ayer estaba programado para servir el triunfo en bandeja
al cartel de los galácticos de la tauromaquia. En este caso, los
habitantes del firmamento taurino se apuntaron a una corrida de Juan Pedro
Domecq, bien entrada en carnes y sin aparato alguno en sus cabezas. Se diría
que todo lo contrario, ya que el primer toro del lote de El Juli salió
astillado de un pitón y tras los continuos derrotes en los burladeros y
el peto, las astillas se fueron alcachofando hasta componer una imagen de
plaza de talanqueras, impropia de una feria que anhela ser importante y
demasiado habitual en los bureles que sortean la estrella madrileña y sus
compañeros de constelación. Quizás se trate de la ley del mínimo
riesgo y del máximo beneficio.
Con el primer toro de la tarde, Enrique Ponce dibujó una faena muy
templada basada en la mano derecha. Como al animal no le sobraban las
fuerzas, el coletudo basó su labor en los pases sueltos, sin romperse ni
una sola vez por abajo y abusando un tanto del pico de una muleta tan
tersa como despegada. Al cuarto, una mole con alma de buey charolés que
se paró de salida, le recetó una faena de aliño y punto.
El Juli se encontró en primer lugar con el toro de los pitones
alcachofados. La res desarrolló una nobleza extraordinaria, casi supina,
a pesar de la farragosa lidia que sufrió. Fue obligado por el peonaje a
derrotar a diestro y siniestro cuando le ofrecían los engaños de forma
traicionera por la bocana de los burladeros. A pesar de todo, la res tuvo
un fondo de excelente nobleza que hizo que se entregara de una manera casi
enternecedora, lo que le permitió a El Juli disfrutar en la plaza con
cada una de sus embestidas.
El toro, coloradito, grandón y acochinado, fue exprimido como un limón
por su matador, que lo bordó por momentos con la mano izquierda, con
quietud y sutil parsimonia. Sin embargo, aquellos pitones desmerecían
cualquier cosa que se hiciera con el toro. En el quinto, El Juli realizó
otra faena medida, de menor calidad que la anterior porque al ensayar los
naturales, la mayoría le salían tropezados. Lo más notable fue una
tanda ligada en redondo con la mano derecha, en la que se gustó como
pocas veces.
César Jiménez, que vive una verdadera historia de amor con Logroño,
lidió a un astado de reacciones extrañas con el que apenas se pudo dejar
ver en su primera comparecencia; algunos decían que estaba reparado de la
vista, pero lo cierto es que fue un manso de libro. Después, en el sexto
y cuando la tarde agonizaba, surgió el alboroto y la insumisión con un
palco que decidió no darle la segunda oreja. Jiménez planteó una faena
larga y efectista, con muchos muletazos de rodillas y demasiadas
recolocaciones entre tanda y tanda.
Sólo al final, antes de la coda y del arrimón definitivo, toreó como
mandan los cánones, ofreciendo la muleta al toro con claridad y
sometiendo la embestida en dos tandas de naturales excelentes, en las que
predominó la quietud y el gusto. Después, la estocada cayó demasiado
baja y el toro se desplomó como una catedral, con vómitos
incluidos.Afloraron los pañuelos, el presidente sacó el suyo una sola
vez. El peón estuvo más de un minuto desorejando a la res y como el
habitante del palco se negó a dar la segunda oreja, la pitada resultó
ensordecedora y la bronca tan monumental como el bajonazo del matador.
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