GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA RIVERA
Tarde del domingo, 21 de septiembre del 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería:   Toros de Victorino Martín, de juego desigual. 

Diestros

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. PABLO G. MANCHA. Victorinos de plastilina

Los victorinos se esperaban en Logroño como agua de mayo, casi como la única tabla de salvación ante todos los males de un espectáculo que se sume corrida tras corrida en una sucesión de despropósitos. Y en Logroño volvió a acontecer lo mismo, porque, excepto el sexto -que fue un primor-, los demás salieron de plastilina, algunos cojitrancos y otros con tanta sosería como la mayoría de esas ganaderías que atienden al apelativo de comerciales. Y con ese sexto, El Cid estuvo hecho un torerazo, ya que fue el único de los tres matadores que presentó los engaños de manera franca, adelantando los vuelos de la muleta para intentar traerse toreado a un ejemplar que, si bien no terminaba de humillar, inundó de emoción una plaza que se debatía entre la desilusión por la destemplada actuación de Diego Urdiales y la manifiesta incapacidad de Juan José Padilla para moverse por el ruedo sin ver tropezados sus enormes trebejos.

El último toro recibió una lidia incalificable, sobre todo en el tercio de banderillas, en el que acabó por enseñorearse de un peonaje que huía despavorido a tomar el olivo tras cada una de sus embestidas. Después del caos, apareció El Cid y con la muleta se encargó de poner las cosas en su sitio, bajando mucho la mano y cuajando cada tanda de al menos cinco lances macizos y emocionantes. Por el izquierdo, el toro estaba más avisado y le dio una voltereta. Le dio igual; más firme todavía, el sevillano expuso al máximo y el toro acabó por desentenderse de la muleta y viajar sin ninguna humillación. Al final, una estocada traserísima y caída le privó de un triunfo de ley.

Padilla se encontró en primer lugar con un borreguito sin emoción por el que pasó de puntillas. El cuarto, de astas pavorosas, fue picado de forma sañuda en su primer encuentro. Padilla pidió el cambio de tercio y el presidente no se lo concedió. Ante esta tesitura, el jerezano dejó que el piquero se cebara y al final el toro hubo de volver a los corrales de manera precipitada. El sobrero fue un manso de libro con el que construyó una faena densísima, en la que no pisó ni una sola vez los terrenos en los que los toros embisten.

Urdiales no entendió a ninguno de sus oponentes, el primero era noble hasta la exageración y el diestro no fue capaz de acoplarse, a pesar de que vio pronto la bondad del pintón izquierdo. Con el que cerró su actuación volvió a ser desbordado: era un ejemplar noble, aunque más exigente que la mayoría de sus hermanos.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Victorino, salvado por la campana

Salió el ensillado y encastado sexto y sonó la campana para Victorino, que se tambaleaba cual boxeador que merodea el K.O. No es que fuese un petardo en toda regla, pero casi. Porque cuando se adquiere el sello de figura, hay que marcar la diferencia, muy por encima del resto, que es lo que el personal espera. Y la victorinada de ayer marca poco y peca de males comunes en la cabaña brava, léase pobreza de fuerzas y bravura. Como decíamos en Valladolid, al ganadero de Galapagar más le vale una corrida picante, correosa y áspera que este tipo de toro en tierra de nadie.

El Cid, que sustituía a Jesús Millán, justificó su inclusión. Al fin y a la postre suya fue la más sólida faena, precisamente con la «campana salvadora», un tío muy serio, fino de cabos, con casta, como demostró en el caballo; por cierto, su cuadrilla acumula una racha regular, y con los palos aquello fue un sálvese quien pueda. Las únicas ovaciones correspondieron al piquero, tal vez por medir la segunda vara, quizá porque confundía la gente el obligatorio saludo castoreño en mano del último toro con un destocamiento ante las palmas. Su matador prologó hacia los medios la faena, con el paso firme con las repetidoras y nerviosas embestidas. Y allí le enjaretó dos tandas de derechazos ligados, en el sitio. Los oles sonaron con autenticidad por primera vez en la tarde, plenos de razones para cantarle a El Cid el trazo largo, la composición estética de las rondas; a izquierdas el victorino se lo pensó y a cámara lenta se le frenó en el tercer natural en las zapatillas para quitarlas del piso. Se reincorporó el torero de Salteras con decisión para tragarle y tirar con los vuelos de los viajes, tan valiente como tozudo en insistir en un pitón menos claro que el derecho, por donde todavía sacó una serie de última hora, con el toro ya reticente y la espada de verdad en la mano. ¡Ay la espada mío Cid! ¡Qué de disgustos ha traído! El ingenuo bajonazo, casi en el número, borró el posible trofeo. Y digo ingenuo porque de ser picardía hubiese sido estupidez de descarada ejecución. Ni siquiera se atrevió el hombre, atribulado por lo perpetrado, a pasear el anillo como merecía.

Entonado estuvo con el vareado y flojito tercero, de menos a más sobre la izquierda, templada y arqueado unos grados el codo, que desde la luxación igual se le ha quedado un tanto avitado (de Viti, no de habitar, claro). Pero coincidió que el acero se hundió desprendido con una estampida general a por refrescos y copas para que se silenciase un loable hacer.

Más silencios cosechó Diego Urdiales, que castigó lo justo a un toro blando que luego se vino arriba. Urdiales presentó pronto la izquierda. O sea que había voluntad y vista para entender a un enemigo asequible por ese lado, aun sin terminar de entregarse por abajo. Pero después la ligazón no apareció. Y aunque había una cierta continuidad se la echó de menos. Presentación y cierre de obra, andándole muy bien al toro, fueron lo mejor. Con la espada pasó un calvario. También con el manso y gazapón quinto. Ataca mal la suerte, con el brazo montado por delante y, lo que es peor, sin fe ni rectitud.

Padilla pechó con el peor lote. Perdido en su mansedumbre y sin humillar el que abrió plaza y todavía más rajado el sobrero de Criado Holgado, lidiado de forma abominable y brindado al público no se sabe si como coña marinera o como trajín para ramplar unas palmas; al victorino que provocó el pañuelazo verde no le ayudó en nada a mantenerse en el ruedo. Es más: cualquier malpensado diría que lo empujó a los corrales. En banderillas se alivió tanto como con la espada.

 

 
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